Crónica de la 1ª Peregrinación de la MI de España a Polonia

El viaje comenzó con dos días en Potsdam, Berlín y Dresden, en Alemania, para no olvidar lo que sucede cuando los hombres deciden vivir sin el Dios vivo y verdadero, pues cuando esto sucede siempre se acaba colocando en su lugar a algún ídolo, que exige hasta la vida: el nazismo y todos los totalitarismos son prueba evidente de ello. Sólo Dios libera al hombre y le da una dignidad que él mismo jamás pudo soñar.

Después entramos en Polonia, patria de San Maximiliano y del siervo de Dios Juan Pablo II. Hemos quedado impresionados de la fe del pueblo polaco y de su claro sentido de pertenencia a la Iglesia Católica. Hemos encontrado iglesias llenas, con muchos jóvenes, con filas en los confesionarios, con expresiones de admirable piedad y devoción. Hemos palpado la fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía…

¡Cómo olvidar cada una de nuestra celebraciones, nuestras oraciones y reflexiones en el mismo autobús, la Eucaristía del domingo en el Santuario de la Divina Misericordia, la visita a la ciudad natal de Juan Pablo II (“aquí comenzó todo”, dijo él mismo en su visita de los años finales de su pontificado), la visita al santuario de Czestochowa (allí nos conmovió la Reina de Polonia, y la hna. Francisca, especialmente ante un moderno viacrucis pintado por un artista tras su conversión), y el regalo final (el 1 de septiembre antes de regresar a Madrid) de conocer y venerar al último de los beatos polacos, el p. Jerzy Popieluzko, martirizado por la policía comunista en 1983!

Pero, sin duda, nuestra atención se ha centrado de modo singular en la figura del p. Kolbe. Empezamos por su final, pues en Harmeze, tras celebrar la Eucaristía en la iglesia parroquial de la Inmaculada, confiada a los franciscanos conventuales, visitamos la muestra “Restos de la Memoria”, obra de Marian Kolodziej, un artista y escenógrafo polaco que estuvo prisionero en Auschwitz. Desde allí nos dirigimos al mencionado Campo de exterminio, donde con profundo estremecimiento veneramos el lugar exacto donde Kolbe salió de la fila para ofrecer su vida a cambio de la de un desconocido hermano; lo mismo hicimos en el bunker del hambre donde culminó su entrega.

En la basílica de San Francisco de Cracovia celebramos la Eucaristía en el altar de la Virgen de los Dolores, uno de los hermanos nos mostró después, con detenimiento, los lugares del Seminario donde San Maximiliano impartió sus clases y también el lugar donde inició su andadura el primer grupo de seglares de la Milicia de la Inmaculada; así mismo cantamos ante la imagen de la Inmaculada, donde Kolbe encontró el dinero que necesitaba para el primer número de “El Caballero de la Inmaculada”.

El último día de agosto tuvimos la dicha de pasar toda la mañana en Niepokalanow (literalmente, “Ciudad de la Inmaculada”), fundada por San Maximiliano. El superior de los 150 franciscanos conventuales que forman aquella comunidad nos dio la bienvenida y nos alentó a seguir profundizando en el gran legado que nos ha dejado Kolbe. Después el p. Jacek nos acompañó durante toda la visita: basílica, primera capilla, editorial, cuerpo de bomberos, museo, cementerio, tienda de recuerdos… Pero, una vez más, lo central fue la Eucaristía y las confesiones, en la misma capilla en la que tantas veces celebró el mismo p. Kolbe, y dentro de ella, nuestra consagración sin fisuras a la Inmaculada.

En fin, una experiencia indescriptible, porque entre los peregrinos se ha respirado un ambiente de gran espiritualidad y fraternidad, se ha afianzado nuestro amor a la Virgen, se ha vigorizado nuestro ardor apostólico: hemos recibido gracia tras gracia. Entre los 43 peregrinos y nuestro guía, Bartek Cetera, hemos gozado de una preciosa sintonía de fe e ideales. Y hemos vuelto a España con profundos deseos de ser santos de verdad, de hacer siempre la voluntad de la Inmaculada y de que Cristo sea amado cada vez más y por más.

El 25 de agosto de 2010 dio comienzo la 1ª Peregrinación de la Milicia de la Inmaculada de España a Berlín y Polonia, para pedir la gracia de conocer mejor la experiencia espiritual y misionera de San Maximiliano María Kolbe (1894-1941), franciscano conventual polaco que entregó su vida para salvar a un padre de familia en el Campo de Concentración de Auschwitz, tras haber desarrollado una ingente obra apostólica alentado por su amor incondicional  a la Inmaculada Virgen María, siempre con el objetivo de instaurar el Reino de Cristo a base de una conversión cada vez más total a Él.