Desde Vinaròs (1)

¡Paz y bien, queridos hermanos en Cristo! Por iniciativa del padre Gonzalo he escrito unas líneas con toque mariano. Lo cierto es que no sabía qué escribir ni por dónde empezar, pero hace varios días asistí a una charla de sor Emanuelle sobre Medjugorje y los mensajes de la Virgen, así que me parece un tema estupendo para comenzar. Con vuestro permiso resumiré lo que ocurrió.

 La charla empezó un poco tarde, tras la adoración del Santísimo, el rezo del Rosario y la Santa Misa. Sor Emanuelle se nos unió poco antes de dar inicio a la adoración, si no recuerdo mal. Se la veía una anciana menuda, resuelta y algo severa, como una vieja monja maestra de escuela, algo que confirmó en cuanto se acercó al micrófono: nos mandó guardar silencio, y aseguró que el no respetar ese silencio antes, durante y después de la Misa es propio de los occidentales. "La iglesia es el palacio de Dios".

 Comenzó con un resumen de la historia de Medjugorje: las apariciones, los videntes, los mensajes, la Escuela de la Virgen, la protección de María,... Eran tantos los temas de los que se podía hablar que eligió uno solo, la familia (aunque mejor sería decir así, "la oración en familia").

 

 La familia es una institución creada y querida por Dios, es el cauce principal por el que se llega a la santidad. La familia debe promover la santidad de sus miembros. Pero mal se puede llegar a eso sin rezar, sin pedir ayuda y discernimiento a Dios y a la Virgen. "Orad, orad, orad" dice la Madre de Dios. La oración, la lectura diaria de la Biblia, el ayuno, la confesión al menos mensual y la Eucaristía son los pilares de la vida cristiana que enseña nuestra Madre en Medjugorje. Las cinco piedras.

 La excusa más frecuente para no rezar es el tiempo, pero advierte sor Emanuelle que rezando, todo en nuestra vida lo hacemos antes, todo es más fácil, porque Dios y la Virgen nos ayudan, trabajan por nosotros; es más, van delante de nosotros, ya sea en el trabajo, en la familia... Y pone un ejemplo: si una madre de familia debe tomar una decisión, pero duda, de no rezar es posible que elija la solución incorrecta, que le llevará a un error, y que no podrá enmendar en diez años. Sin embargo, si reza durante una hora y pide luz al Espíritu Santo, se sabrá en las manos de Dios y de María, más fácilmente elegirá la solución correcta, y con una sola hora se habrá ahorrado diez años de sufrimiento estéril para ella y toda la familia.

 Le preguntaron a Mirjana, una de las videntes, casada y con varios niños alegres y juguetones: "¿Cómo tienes tiempo de rezar con estos chicos que no paran, tan llenos de vida?" Y ella respondió "¡Al contrario! ¡Qué sería de mí si no rezara! ¡No podría con ellos!". Le dijo un sacerdote a sor Emanuelle: "Casi todos me aseguran que no tienen tiempo para orar, por lo que yo les digo "rezad a la hora de la comida, ya veréis como luego encontráis un ratito para comer"".

 Beneficios de la oración sana y santa en familia: no existe el divorcio en los matrimonios que rezan juntos. Las familias que rezan unidas permanecen unidas. Cuando se ora en familia, Cristo se hace presente entre ellos: "Donde dos o más se reúnen en mi nombre, allí estoy en medio de ellos". La Virgen también se hace presente, y a cada uno les dan lo que necesitan: a uno paz, a otro salud, a otro discernimiento,...

 Por estar presente Cristo en esa casa, en esa familia, Satanás no puede entrar; cuando lo intenta, ve que la casa ya está ocupada y sale en estampida. El no rezar es lo que permite al demonio entrar provocar el mal; es algo que se ha visto de un tiempo a esta parte: divorcios, maltratos, separaciones, envidias, abortos... En cambio, el rezo asusta a Satanás, incluso cuando es uno solo el que reza. Si reza un chiquillo de cuatro años, en él está Jesús, y el demonio tiembla.

 Otra cosa: Dios y la Virgen quieren que los matrimonios tengan cuantos más hijos, mejor. A aquellos que tengan hijos no les afectará los diez secretos revelados por la Virgen a los videntes (se entiende que esos secretos son calamidades o castigos).

 Para terminar, sor Emanuelle nos contó la historia del padre Daniel, sacerdote amigo del padre Pío, al que éste resucitó tras fallecer por una complicada operación de estómago. Despertó de nuevo a la vida (para pasmo de la monja que velaba su cadáver), y claro, todo el mundo le preguntó qué había visto. Él contó que vio a Jesús y a la Virgen, pero luego fue al purgatorio, donde sufrió dos dolores: uno grande y otro grandísimo. El grande era no volver a ver a Dios después de haberlo visto en un primer momento. Es una nostalgia terrible de amor. Ni la pareja más enamorada, cuando están uno lejos del otro, puede experimentar tal agonía. El dolor grandísimo era este: vio toda su vida, desde la concepción hasta la muerte, y vio el plan de vida santa que tenía Dios para con él. Le dolió indeciblemente no haber cumplido la voluntad de Dios en todo, no haber ejecutado su plan.

 El padre Daniel vivió el tiempo que le quedaba sirviendo a los demás, y se alegraba de su frágil salud porque así podía ofrecer sus sufrimientos a Cristo. Murió y ahora está en proceso de canonización. "A la segunda vez, no falló" sentenció sor Emanuelle.

 Dios tiene un plan de santidad para todos, desde el momento en que somos concebidos estamos llamados a ser santos, grandes santos. San Maximiliano María llegó a formularlo en términos matemáticos: v=V=S. Es decir, si nuestra voluntad (v) es la voluntad de Dios (V), llegaremos a la santidad (S).

 Además, tenemos una Madre única, porque conoce el plan divino para cada uno de nosotros. Sólo tenemos que cogerla de la mano y pedir que ella nos lleve por ese camino.

 "¿Estáis dispuestos a aceptar el plan y cogeros de la mano de María?" Preguntó para finalizar sor Emanuelle. "¡Claro!", respondemos nosotros. Pidámosle, pues, a la Virgen que nos ayude a cumplir con él, que no nos soltemos de sus benditas manos y vayamos por la senda trazada, que con Ella es la más segura, la más fácil, la más dulce.

 ¡Un abrazo a todos y el deseo de que Dios os bendiga!

 Isael

 Vinaròs, 4 de octubre de 2010, día de San Francisco de Asís.