Un testimonio creyente, con La Inmaculada al fondo

En mi supina ignorancia sobre la santidad, y tantas cosas más, creía que era Dios quien decidía quién iba a ser santo, y le daba todas las "herramientas" en la tierra para llevar una vida ejemplar....

 Cuando empecé a disfrutar de la vida de los santos y leía o escuchaba que habían sido juerguistas, adúlteros, prostitutas, ateos, o de otras religiones...y después ya en su vida entregada a Dios, seguían luchando por dominar el genio, las dudas de fe, la falta de amor, o los escrúpulos...me di cuenta de que habían sido "humanos".  Pero eran una raza especial. Estaban horas interminables en oración, se desapropiaban de todos sus bienes, vivían felices en  pobreza, eran coherentes... ¡eran ejemplares!

 Y un día leí, que nosotros, "los demás", podíamos, debíamos aspirar a la santidad, que Dios nos quiere santos: matrimonios santos, religiosos santos, sacerdotes santos... ¡qué taquicardia! Pero qué maravilla.

Me di cuenta de que yo, sin saberlo, me ponía a las órdenes de Dios con una oración de san Ignacio que había hecho mía: "Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad....dame tu amor y  gracia que ésta me basta" pero me desesperaban las caídas tan frecuentes, y pensaba en abandonar, hasta que entendí profundamente que Dios me ama incondicionalmente.  Y eso ha sido mi salvación. Me emociona el amor de Dios.

 Y esto es lo que te puedo contar, este es mi pobre camino: "De comienzo en comienzo" (Taizé). Corto, pero con un ardor, casi dolor, que me hace ponerme en manos de María para que Ella calme con su dulzura este corazón, y de Su mano seguir el camino hacia el cielo. ¡Casi nada! (C. R. M.)