«Nos vamos a apañar. La Virgen no falla»

Como buen trabajador de la construcción, Alfonso no bajaba de sus buenos dos mil euros. Rocío, su mujer, dependienta en una tienda. Jauja para dos recién casados. Cuando ella se quedó embarazada, decidieron dejar el piso de alquiler y adquirir una vivienda. Con ese sueldo, ¿iban a tener problemas? El niño, en esta ocasión, en lugar de un pan bajo el brazo, se trajo una enorme crisis que dejó a los dos en paro. Por más que tiraron, por más que los abuelos les dejaron todos sus ahorros, en menos de un año estaban los tres en la calle. De la abundancia, a tener que acudir a la parroquia en busca de alimentos. Me cuentan que tienen una habitación en un piso compartido, y que están contentos porque, aunque en el piso de tres dormitorios, cocina y baño, viven diez personas, ellos tienen una habitación para los tres solitos y están estupendamente. «¿Qué más podemos pedir?», me dice Alfonso. Tengo una mujer que es un tesoro, el niño más guapo del mundo y estamos juntos. Otros no tienen ni donde dormir. ¿No te preocupa el porvenir? ¿No tenéis miedo? En ese momento, me abre la cartera y me enseña una ajada imagen de la Virgen. «Es la de mi pueblo. ¿Sabes? Yo apenas he podido ir a la escuela, pero mi madre me enseñó a querer a la Virgen y a mí Ésta no me falla. No puedo pedir ahora mucho, porque las cosas están mal para todos, pero te digo yo que nos vamos a apañar. Que Ella a mí no me falla, que lo sé yo... De momento, os tenemos a vosotros para que no nos falte de comer. Y para pagar la habitación me ayudan mi madre y mi suegra, y bueno, alguna cosa me sale. No podemos quejarnos». La fe es así. Del todo a la nada. Unos privilegiados porque pueden disfrutar de una habitación para los tres. Y la Virgen que los está acompañando. Me lo repitió mil veces: «Que no nos pasa nada, tranquilo, que saldremos... Que a mí Ella no me falla... No. No falla. Lo sé yo». Jorge G. Párroco de Tres Olivos (Madrid)