Con La Inmaculada en el cielo

Felicidades, P. Miguel, un año más con la Inmaculada en el Cielo
 
 
 
“El beso de Dios que hizo Inmaculada a María,
llega a través de Ella a cada uno de nosotros y,
purificados en el Corazón de la Purísima,
nos hacemos dignos de llegar a Dios”
 
Fiel amante de la Santísima Virgen y gran devoto de San Maximiliano Kolbe, el sacerdote Miguel Conesa celebró el pasado 15 de abril su 38º cumpleaños, desde el Paraíso.
 
Para cuantos tuvimos el inmenso don de haberle conocido y todos los que se acogen a su intercesión, fue un día de acción de gracias. Al igual que el P. Kolbe, sacrificó su vida para salvar al joven que tenía junto a él. Sacerdote diocesano de la Diócesis de Cartagena, el P. Miguel regresaba de la peregrinación del Carmelo de la Aldehuela con los feligreses de su parroquia (Nuestra Señora del Rosario de Bullas), donde se encuentra el sepulcro de la Madre Maravillas de Jesús (tan querida entre los fieles de Bullas, al haber nacido la nodriza de esta Santa en este municipio murciano). No obstante, el autobús donde viajaba jamás llegó a su destino. Trece víctimas entregaban su alma al Señor aquella noche del 8 al 9 de noviembre de 2014, junto a su párroco, D. Miguel Conesa. Como comentaron las MM. Carmelitas Descalzas de la Aldehuela en un testimonio recogido en la publicación Alfa y Omega, “Aquí ganaron la Indulgencia Plenaria del Año Teresiano, así que en medio de tanto dolor (...), no queremos olvidar que aquí vinieron como peregrinos y su peregrinación ha terminado como todos querían: en el Cielo, abrazados por el amor misericordioso de Dios”.
 
Desde que “tenía uso de razón”, como él solía decir, ya quería ser sacerdote. Oírle hablar de la belleza de su ministerio contagiaba un perfume de Cristo, más del Cielo que de la tierra. Y el Señor le concedió asemejarse a Él también en su muerte. Como buen pastor, murió dando la vida por sus ovejas. Sacerdote, hasta el último suspiro. Cuando el P. Miguel se percató de que el autobús iba a volcar, en vez de abrochar su cinturón, dedicó los últimos instantes a proteger al joven que viajaba a su lado. No sólo puso el cinturón del chico antes que el suyo, sino que en vez de intentar abrocharse él también, se le abrazó haciéndole de escudo para amortiguar sus golpes y salvar su vida. Y así ocurrió, el joven logró salvarse. “El beso de Dios que hizo Inmaculada a María, llega a través de Ella a cada uno de nosotros y, purificados en el Corazón de la Purísima, nos hacemos dignos de llegar a Dios”- apuntó en su día el P. Miguel. Y es que, si algo le definía con toda seguridad, era su amor a la Inmaculada. La Virgen y él compartían el mismo corazón. Hablar con él, era hablar de María. Si se habla de él, se habla también de María. Toda su vida fue para Cristo a través de Nuestra Madre. Y, como él ya había anunciado, purificado en su Corazón, Ella le hizo digno “de llegar a Dios.”
 
En su testamento, San Maximiliano animaba a ofrecer la vida hasta el extremo por la causa de la Inmaculada: “cuando yo muera, deberéis seguir trabajando sin límites (por la Inmaculada), hasta el derramamiento de sangre si hiciese falta”. Hoy, 38 años después del nacimiento del P. Miguel Conesa, nos unimos en acción de gracias por haber continuado esta obra del P. Kolbe. Como se publicó en Alfa y Omega, en cierta ocasión el P. Miguel confesaba en una carta: “Muchas veces pienso, cuando salgo a visitar a los enfermos y llevarles la Sagrada Comunión y veo tanta gente alejada de Dios: ¿Señor, quién puede dar vida a un muerto? Y caigo en la cuenta de que soy tan pobre, tan poca cosa, para poder dar vida. Tengo claro que todo depende de mi unión con Dios. Pero enseguida renace mi esperanza, vuelo con mi pensamiento a la Santísima Virgen y le digo: Madre mía, lo que yo no puedo, hazlo tú. Aunque siento, como diría San Maximiliano María Kolbe, que la Inmaculada me ha elegido como instrumento suyo y actúa a través de mí. Todo en mi vocación y en mi ministerio se lo debo a la Madre de Dios”.
 
 
Como el P. Kolbe, el P. Miguel Conesa dedicó su vida a Cristo, entregándose sin límites a la Inmaculada por la salvación de las almas. Nos acogemos a su intercesión y le pedimos que, junto a San Maximiliano, interceda por la Milicia de la Inmaculada. Y, haciendo eco de sus palabras impregnadas de amor a María, le rogamos que nos ayude a vivir en, con, por y para la Inmaculada, como él lo hizo:
“Dice el Señor Jesús a su Madre –en mis elegidos, Señora, echa raíces-. Para poder alcanzar la alegría de la fe, el cumplimiento perfecto de la voluntad del Padre, el consuelo en el sufrimiento, la fuerza liberadora de la esclavitud del pecado, la santa perseverancia en el camino de la santidad, incluso hasta el martirio... Te necesitan a Ti, te los confío, Madre Santísima”  (Miguel Conesa)
 
Cristina Abbad