Convocatoria de la VIII Asamblea Nacional de la MI: Granollers, 27-28 de mayo 2017

 

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Queridos mílites,

Como sabéis, en este año 2017 nuestra Milicia, la Milicia de la Inmaculada, está celebrando el centenario de su fundación. Éste coincide además con una efeméride tan señalada para la vida de la Iglesia como es el centenario de las apariciones en Fátima. Frente a ello, también nos encontramos con el centenario de la Revolución bolchevique, los trescientos años de la fundación de la Masonería y los cinco siglos de la Reforma protestante. Como nuestros predecesores, somos conscientes de los retos de la hora presente y de que no nos faltará la gracia para estar a la altura de nuestra vocación cristiana. Ya que lo hemos recibido gratis en sobreabundancia, tenemos mucho amor para dar a nuestros hermanos. Siguiendo el ejemplo de San Maximiliano María Kolbe, queremos darles lo mejor: a Cristo por medio de la Inmaculada. A partir de la oración, por medio de todos los medios legítimos a nuestro alcance. Siempre con caridad y sencillez.

Sí, fue un 17 de octubre de 1917 cuando tuvo lugar la primera reunión de nuestros siete fundadores, los primeros mílites y caballeros de la Inmaculada, aquellos jóvenes y ardorosos franciscanos: San Maximiliano María Kolbe, José Pal, Antonio Glowinski, Jerónimo Biasi, Quirico Pignalberi, Antonio Mansi y Enrique Granata. Dejemos que lo cuente el mismo San Maximiliano:

En una pobre celda cerrada con llave, pero con el permiso del Superior, en el Colegio internacional de Roma, siete jóvenes clérigos vestidos con el hábito y el cordón franciscano, ciñendo las espadas espirituales, es decir, las coronas franciscanas, examinaron los puntos del primer estatuto de la Milicia de la Inmaculada. Por encima de ellos, entre dos velas, había una pequeña estatua de la Inmaculada. Cuando reunió a esos jóvenes e inexpertos religiosos, la Inmaculada ya sabía que, ese año, estrecharía a dos de ellos a su Corazón Inmaculado y materno, en el paraíso: que no mucho después también un tercero se encaminaría tras aquellos dos; que los demás se esparcirían por el mundo; que a éstos se les unirían otros muchos, en número cada vez mayor (EK 1277).

¡Cuánto amor, cuánto fervor había en aquella asamblea constitutiva! Amor a Dios, a la Inmaculada Concepción y a la Iglesia. Ciertamente, de buen comienzo, no faltaron las contrariedades y las incomprensiones. Por ello, aquella confianza, fruto del acto de entrega y consagración absoluta como cosa y propiedad de la Inmaculada por parte de nuestros fundadores, nos precede, nos estimula y nos empuja a seguir la misión de la Milicia: “procurar la conversión de los pecadores, de los herejes, de los cismáticos, etc., en particular de los masones, y la santificación de todos, bajo el patrocinio y por mediación de la Inmaculada” (EK 1368)[1]. Como diría San Maximiliano María: “estrictamente hablando, el fin de la Milicia de la Inmaculada es el fin de la Inmaculada misma” (EK 1220).

San Maximiliano y sus compañeros se sabían muy amados por esta maravillosa Madre Inmaculada. Ese amor de predilección por cada uno de nosotros proviene, en realidad, del amor de la Santísima Trinidad del que traemos causa cada uno de nosotros. La pequeña María, en su Inmaculada Concepción, la nueva Eva, nuestra primogénita, humilde creatura, es el ejemplar sublime de la creación –Ella es la creación recreada- en vistas de la encarnación del Verbo y para la restauración de toda la humanidad caída y corrupta. Pues bien, la Madre de Dios, la Inmaculada Concepción, la Esposa del Espíritu Santo, Reina del Universo y de la Iglesia, es madre amante y tierna de todos los hombres. ¡Es nuestra madre! Muchos no lo saben, no lo gustan, no lo gozan o incluso lo rechazan. Pero nosotros, ¡lo sabemos, lo experimentamos, lo vivimos! Excepcional privilegio, que jamás agradeceremos bastante, es ese de formar parte de la Iglesia como comunidad consciente de los redimidos, pudiendo vivir en gracia y contemplando las misericordias de nuestro Dios. Y ese privilegio implica también el don de tener por Madre a la que es la Inmaculada Concepción. Con todo, no nos olvidemos que los privilegios singulares siempre son concedidos para el bien de todos, de allí nuestra responsabilidad de bautizados –somos sacerdotes, profetas y reyes- de ser testigos de la Salvación, apóstoles de Jesús y heraldos del Evangelio hasta los confines de la Tierra. En nuestra Asociación, además, tenemos el honor de ser mílites de Nuestra Señora. El programa operativo, el plan de combate, al servicio de tan excelente Generala lo exponía sencillamente el p. Kolbe: “sufrir, trabajar, amar y alegrarse” (EK 33). Y es que la MI:

se llama “de la Inmaculada”, porque sus miembros se han consagrado sin restricciones a la Sma. Virgen María Inmaculada, para que Ella misma obre en ellos y por medio de ellos y derrame sobre otras almas, siempre a través de ellos, la gracia de la luz”, de la fuerza y de la felicidad sobrenaturales. Además se llama “Milicia”, porque no puede permitirse descansar, antes bien, por medio del amor pretende conquistar los corazones para la Inmaculada y, a través de Ella, para el Corazón Divino de Jesús y, en definitiva, para el Padre celestial (EK 1237).

En definitiva: ¡estamos de enhorabuena y queremos celebrar debidamente nuestro Centenario! Del 17 al 21 de marzo en Madrid y en Murcia hemos disfrutado de la visita y las enseñanzas del Presidente Internacional de la Milicia, fr. Raffaele di Muro, quien hizo hincapié en la importancia de la oración para nuestra misión y en preservar siempre la comunión entre nosotros como condición para la expansión de la MI. Celebraremos en pocas semanas la VIII Asamblea Nacional. Este año, Dios mediante, tendrá lugar por primera vez en el Convento franciscano de Granollers y durará todo el fin de semana del 27 y 28 de mayo de 2017. En esta ocasión, queremos acercarnos a Cataluña, donde tiene sus raíces nuestra Milicia en España y donde la Inmaculada está haciendo nacer admirablemente nuevos grupos de mílites. Os adjunto el programa provisional del mismo, con los detalles relativos a la inscripción. ¡Estáis todos invitados!

            Por otro lado, del 16 al 18 de octubre de 2017 también estamos todos invitados a participar en el Triduo celebrativo de la fundación de la Milicia en Roma. El Centro Internacional de la MI ha preparado un programa muy interesante que también os adjunto. Como veréis, esperamos encontrarnos con el Santo Padre en la Audiencia del 18 de octubre de 2017. Acompaño esta carta con el programa provisional y los detalles para la inscripción.

            Quedo a vuestra disposición y os mando un abrazo fraterno con la Inmaculada y San José, nuestro primer mílite.

Fdo. Miquel Bordas Prószynski

Presidente del Consejo Nacional de la MI en España

 

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[1] Según el art. 2 de los Estatutos Generales vigentes de la MI, su fin es: “El fin de la M.I., universal como su misión, consiste en colaborar a la conversión y la santificación de todos, proporcionando la máxima gloria a la Santísima e indivisible Trinidad (cfr. LG 69). Los miembros de la M.I. viven la propia vocación bautismal acogiendo el don del Redentor de la Cruz: “Ahí tienes a tu madre” (Jn.19, 27) y se entregan y se dan totalmente a la Inmaculada en vista de la propia santificación y para colaborar en su misión materna de orientar a Cristo el corazón de cada hombre. El mismo Cristo en el Calvario realiza el primer acto de consagración, dando el discípulo a María y María al discípulo (cfr. Jn 19,25-27), de forma que la vida del discípulo, desde aquel momento, se caracteriza por su presencia materna (cfr. RM 45). Una de las formas en las que se practica y se expresa en la historia de la Iglesia la especial consagración del hombre a la Madre de Cristo (cfr. RM 45), es la de San Maximiliano Kolbe. Él vivió una relación singular con María, vital y dinámica, entendida como una “transformación en Ella”, un “ser de Ella” (EK 508) para alcanzar una unión más perfecta con Cristo, y para indicarlo, como ella (cfr. Jn 2,5), a todos los hombres.”