Santidad franciscana

Transcribimos el artículo de nuestro Asistente Nacional, Fr. Abel García-Cezón OFMConv, dedicado a los santos que siguieron la llamada de San Francisco de Asís (incluyendo los fundadores de la M.I.), publicado en el número de diciembre de 2017 de la revista Antena Conventual.

SANTIDAD FRANCISCANA

220px Colantonio 002

Cada año, el 29 de noviembre, toda la “familia franciscana” celebra en una sola fiesta a todos sus santos y beatos. ¡Son una verdadera multitud, de toda clase y condición! De ayer (los primeros son del siglo XIII) y de hoy (los últimos son de nuestros días). Gozaban de lo pequeño, pero su corazón se alimentaba con la alegría y el amor que no pasan nunca, que no caducan. Amaban sin cálculos, dispuestos incluso a dar la vida: su secreto era que se habían abandonado como niños en las manos de Dios. Su vida “sabe a evangelio” y sus obras “desprenden el buen olor de Cristo”. Hijos y hermanos de san Francisco y santa Clara de Asís, con quienes aprendieron a ser verdaderos amigos de Dios. Algunos realizaron cosas extraordinarias. Otros no. Lo más importante es que todos hicieron de Cristo el centro de su vida, fueron artesanos de paz y bien en el ambiente (a veces nada fácil) que les tocó vivir y practicaron la misericordia con los pobres, hambrientos, sedientos, desnudos, sin techo, doloridos, etc.

            Celebramos a todos ellos el 29 de noviembre porque en ese día del año 1223, Francisco y sus primeros hermanos recibieron la aprobación definitiva de la Regla, de la “forma de vida” que abrazaron. Y que seguimos abrazando ocho siglos después, por eso cada año los frailes renovamos la profesión en el marco de esta hermosa fiesta. El pergamino original de la Regla se conserva en Asís, en la capilla de las reliquias de la basílica de san Francisco. El testimonio luminoso de tantos hermanos y hermanas nuestros nos recuerda que la santidad franciscana no es algo del pasado ni un itinerario para unos pocos ni el privilegio de una élite... Es un camino siempre abierto para quien se decida a recorrerlo, una llamada siempre nueva para quien quiera escucharla y acogerla.

            Hemos de vencer el miedo y los complejos que muchas veces nos impiden “querer” ser santos y proponer como alternativa real la vida de tantos hombres y mujeres, de los pies a la cabeza y nada ñoños (¿es san Francisco un ñoño? ¿O madre Teresa?), en los que vemos la victoria del amor sobre el egoísmo y el mal, sobre aquello que desfigura y afea la belleza de lo que realmente somos por el bautismo, sobre la “globalización de la indiferencia” (pensemos en el padre Kolbe, que dio su vida por un solo hombre y además desconocido), sobre la muerte como horizonte trágico y fatal de nuestra vida. Los santos son los verdaderos dichosos, benditos, felices, porque han acertado con el secreto de la vida al haberse “aferrado” a Cristo, el Hijo amado de Dios, amando lo que Él amó, como Él amó, a los que Él amó. ¡Así encontraron la felicidad que nadie pudo arrebatarles! En Cristo y en su evangelio está la respuesta a nuestras búsquedas: ¿A cuántas personas se lo hemos dicho? ¿A cuántos jóvenes se lo hemos hecho ver o palpar, con nuestra vida auténticamente cristiana?