La actividad exterior depende de la profundización de la vida interior

En estos nuestros tiempos de secularización (eufemismo de "apostasía"), la Iglesia, principalmente por medio del Santo Padre, nos urge a la Nueva Evangelización. De modo que cada uno, dentro de su ámbito y siguiendo las inspiraciones el Espíritu Santo, renueve audazmente su compromiso apostólico adquirido en el bautismo, hacia aquellos que aún no han recibido el anuncio salvífico de Cristo o quienes, habiéndolo recibido, lo han rechazado por haberlo recibido distorsionado o sin las debidas disposiciones para acogerlo con prontitud. No obstante, en esta tarea, una de las mayores tentaciones es el activismo del "agente" evangelizador, que implica una velada presunción, que esteriliza las mejores intenciones y le aboca a la frustración. San Maximiliano Kolbe ya advirtió de tal peligro, ofreciendo el antídoto: la entrega "sin restricciones" a la Inmaculada, cuyo único fiat es respuesta amorosa a la Palabra eterna del Padre. Adhiriéndonos a María, nos ponemos en su escuela de vida interior, esto es, de filial y obediente confianza en Dios. La Inmaculada nos enseña a orar, introduciéndonos en el silencio contemplativo, que culmina en la Eucaristía. La oración, al conformarnos con la voluntad de Dios - y Dios quiere que todos se salven - es premisa de toda acción verdaderamente evangelizadora. Por esto, el arma de los apóstoles modernos ha sido y seguirá siendo el rosario, compendio del Evangelio que nos mantiene unidos al corazón de la Iglesia.

"Hacen falta muchas gracias, para uno mismo y para otros. La fe también es una gracia. Si no hay gracia nadie obtendrá la fe y de ahí que sea necesario rezar por todos (...) Lo único que quería era subrayar esa aspiración interior constante a santificar el alma. Se trata de que los avances no se basen en las manifestaciones exteriores, sino en los logros interiores (...). Por la naturaleza de las cosas no podemos estancarnos. Debemos tener mucho movimiento interno, porque, cuando el alma no avanza en ese sentido, entonces se derrama hacia fuera. La profundización de la vida interior es la esencia de la vida conventual. Las cosas exteriores son solamente signos, reflejos de la perfección interior. No podemos tomar como objetivos las tiradas de nuestras publicaciones u otras cosas similares. La esencia de nuestro objetivo es el acercamiento del alma a la Inmaculada; la santificación del alma hasta el punto de que la Inmaculada la domine plenamente y no quede nada en ella que no sea de la Inmaculada. Hace falta que todo, hasta lo más cotidiano, sea cada vez más de Ella. Se trata de que nuestra voluntad se funda con la de Ella y que en nosotros no haya dos seres humanos: el interior y el exterior.

Ella debe dirigirnos totalmente. Hace falta que nuestro "yo" desaparezca y se destruya. Se trata de que tengamos su causa como objetivo en nuestras almas. Que nuestros asuntos no sean nuestros sino de Ella. Debemos entregarnos plenamente a Ella y pertenecerle también de manera total. Tengamos mucho cuidado de que poseamos como objetivo lo que acabo de señalar y seamos cada vez más de Ella. De eso depende toda nuestra eficiencia hacia el exterior y toda nuestra actividad" (San Maximiliano, conferencia pronunciada en Niepokalanów, 28.02.1938, cf. apuntes del hermano Witalian Milosz, Konferencje Swietego Maksymiliana Kolbego, Wydawnictwo OO. Franciszkanów, Niepokalanów 1990, p. 223).

Por Miquel Bordas.