Escritos de San Maximiliano 2

Tú (oh Dios) nos mandaste que nos hiciésemos niños, si queríamos entrar en el Reino de los Cielos. Tú sabes muy bien que un niño necesita una madre: Tú mismo estableciste esta ley de amor. Por tanto, tu bondad y tu misericordia crearon para nosotros una Madre, la personificación de tu bondad y de tu amor infinitos, y desde la Cruz, en el Gólgota, nos la ofreciste a nosotros y nos ofreciste a Ella…
Además decidiste construirla –dispensadora y Mediadora de todas las gracias: Tú no le niegas nada a Ella, y Ella no es capaz de negarle nada a nadie…
Miremos dentro de nosotros mismos: ¿Acaso no es verdad que cada vez que nos hemos ofrecido con toda el alma a la Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, ha entrado siempre la paz en nuestro corazón?...Quien no lo haya experimentado todavía, que pruebe, que lo vea, que se dé cuenta personalmente: ¡comprobará lo potente y lo buena que es la Madre de Dios y Madre nuestra! (EK 1145)