El Rosario: la espada de San Maximiliano, caballero de la Inmaculada

Kolbe Rosario

Celebramos hoy la fiesta de Nuestra Señora o Virgen del Rosario, antiguamente conocida como la fiesta de la Virgen de las Victorias, por la protección que la Liga Santa reconoció haber conseguido por el rezo del Santo Rosario en la Batalla de Lepanto contra el Turco, celebrada el 7 de octubre de 1571, que tuvo lugar el primer domingo de octubre de aquel año, fecha en la que celebraban dicha fiesta las cofradías del Rosario, fundadas por la Orden de Predicadores. Como es sabido San Pío V, papa dominico entonces reinante, había presidido aquel año un Santo Rosario en Santa María Mayor para rezar por la victoria de la Marina cristiana y, como muestra de gratitud a la Virgen María, decidió que a partir de entonces en toda la Iglesia se celebrara cada primer domingo de octubre la fiesta de la Virgen de las Victorias. Asimismo, añadió el título de “Auxilium Christianorum” a las letanías laurentanas de la Madre de Dios. Más tarde, se cambió la advocación por el de "Nuestra Señora del Rosario" y se fijó la celebración de la fiesta para el 7 de octubre.

El Pueblo de Dios ha depositado desde entonces una gran confianza en esa poderosa oración del Santo Rosario para sus necesidades espirituales y temporales. Numerosos santos han sido sus celosos apóstoles. Y la misma Virgen María nos ha pedido en sus revelaciones privadas -por ejemplo en Fátima- que nos unamos a su Corazón Inmaculado y contemplemos una y otra vez los misterios de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, rezando con piedad el Rosario. Nuestro fundador, San Maximiliano plenamente identificado con el sentir de la Iglesia, exhortaba a sus frailes y a todos los miembros de la Milicia que recurrieran a esta arma tan efectiva para obtener la gracia de la conversión para nosotros mismos, los pecadores y los enemigos de la Iglesia; para perseverar en el bien y para defendernos de las acechanzas del maligno. Él mismo era fiel rezador del Rosario, al que se aferraba todos los días, especialmente en aquellos más duros, llevándoselo consigo en su postrer viaje a Auschwitz.

La foto que encabeza este post reproduce una reliquia de San Maximiliano Kolbe: su último rosario, que pudo traerse en mayo de 1941 de la prisión de Pawiak al campo de concentración Auschwitz, entregándolo a uno de los presos, Wilhelm Zelazny, que se encontraba muy desesperado y que pudo sobrevivir a Auschwitz. El rosario del Padre Kolbe estaba roto.

A continuación, transcribimos la colaboración del Presidente Nacional de la MI en España para la revista de la Adoración Nocturna Española, La Lámpara del Santuario (fundada hace ya 150 años por el venerable Luis de Trelles), de este mes de octubre (nº 22, pp. 16-17), dedicada a San Maximiliano, su doctrina y su devoción al Santo Rosario. ¡Feliz fiesta de Nuestra Señora del Rosario!

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El Rosario, la espada de San Maximiliano, caballero de la Inmaculada

San Maximiliano Mª Kolbe, sacerdote franciscano, misionero polaco y mártir de la caridad en Auschwitz es conocido como el loco de la Inmaculada. En 1917, durante sus estudios en Roma, fundó, junto con seis jóvenes compañeros franciscanos, la Milicia de la Inmaculada. El ideal de esta asociación era la consagración de todas las almas a la Virgen María para la conversión propia, como medio eficaz de apostolado en la difusión del Reinado del Corazón de Jesús en todo el mundo, especialmente buscando también la conversión de los enemigos de la Iglesia. Al volver de sus estudios a Polonia, el Padre Kolbe lanzó la revista del Caballero de la Inmaculada, llegando a crear un convento-editorial: Niepokalanów (la Ciudad de la Inmaculada). En 1930, San Maximiliano partió como misionero para Extremo Oriente. A solo un mes de llegar al Japón, consiguió publicar Seibo no Kishi – el “Caballero” en japonés. Allí fundaría Mugenzai no Sono, el Jardín de la Inmaculada. Retornaría definitivamente a Polonia en 1936.

Según sus Estatutos originarios, los miembros de la Milicia de la Inmaculada (los “mílites”) se comprometían a llevar y distribuir la Medalla Milagrosa, acuñada por la misma Virgen María en sus apariciones de Rue du Bac en 1830. Kolbe se refería a dicha medalla como la “bala de la Inmaculada” por su gracia para vencer el mal.

Sin embargo, no es tan conocido que San Maximiliano también fue un gran apóstol del Santo Rosario, al que llamaba “la espada” de toda persona que se consagra a la Inmaculada (EK 1088). El Rosario le acompañaría en todas las etapas de su vida, hasta la celda del hambre en Auschwitz. Desde allí el carcelero podía oír, en lugar de las habituales blasfemias y lamentos de anteriores ocasiones, los cantos religiosos y el Santo Rosario, que dirigía San Maximiliano y que era seguido por sus compañeros de celda y otros presos. En distintos escritos y testimonios de su vida, San Maximiliano nos muestra el valor de esta oración, no solo porque la Iglesia lo ha recomendado reiteradamente en su magisterio, sino porque la misma Virgen María, en su aparición en Lourdes a Santa Bernardita, con un Rosario en mano, llamando a la penitencia y la oración, manifiesta cuánto la complace que le recemos. Además, como añade el santo franciscano conventual, «con esta oración podemos obtener fácilmente grandes gracias y la bendición divina» (EK 1171).

Según el Padre Kolbe, el Rosario es una oración simple y sublime (EK 1088), que nos introduce en el corazón del Evangelio de la mano de la Inmaculada, la cual nos lleva a Jesús: «es un modo sabio de enseñarnos cómo debemos profundizar los misterios de Jesús, desde su venida al mundo hasta la coronación como Reina del cielo de Aquella que fue su Madre. Pues bien, si deseamos elevarnos hasta llegar a conocerla a Ella y a enamorarnos de Jesús, debemos detenernos a meditar estos misterios en unión con Ella, susurrando y repitiendo incesantemente el “Ave María”» (EK 1297).

El Rosario ejerce también una función catequética muy relevante: «El rosario es una oración muy fácil, con tal de que se recuerden las tres oraciones mencionadas. Es fácil entender que los niños, incluso las personas que no saben leer, pueden recurrir con facilidad al rosario como a un medio de oración. Además, las personas cultas, si reflexionan a fondo sobre estos misterios, entienden fácilmente la doctrina católica, y cualquiera que reflexiona sobre ellos hace propias muchas verdades necesarias para la vida diaria. Evidentemente, también los incrédulos pueden rezar el rosario. No sólo pueden rezarlo, sino que, reflexionando sobre los misterios, entienden más fácilmente la devoción del rosario y además, mediante el rezo del rosario, pueden impetrar para sí mismos la gracia de la verdad perfecta y de la fe» (EK 1133).

Con el Rosario en mano, San Maximiliano encomendaba a la Inmaculada los frutos de su trabajo apostólico, según reconocía en una charla a sus hermanos en Mugenzai no Sono en 1933: «quiero confesaros que, desde hace varios años, siempre, antes del comienzo de cada elaboración de El Caballero y después de su terminación, rezo una parte del Santo Rosario, ofreciendo a la vez todos los resultados de la revista a la Inmaculada». Sus frailes, por ejemplo, le veían rezar el Rosario caminando por su celda antes de organizar un viaje. Cuando fue detenido por primera vez por los nazis en 1939, el Padre Maximiliano se paseaba a menudo en el campo de Amtitz solo o con otros hermanos que deseaban hacerle compañía rezando el rosario u otras oraciones. Años antes, al poco de llegar al Japón, el conocido doctor radiólogo Takashi Nagai, el cual todavía no se había hecho cristiano, trató médicamente a Kolbe. Le preguntaría el Dr. Nagai admirado de dónde sacaba el vigor y la alegría que tenía el franciscano, aquejado por una grave tuberculosis que le invadía ambos pulmones desde hacía diez años. San Maximiliano le mostraría un rosario, desvelándole su secreto: «¡Todo está en él! ¡Todo está en él!». Más tarde, como es sabido, el Dr. Nagai abrazó la fe católica. En agosto de 1945 sobrevivió a la bomba atómica en Nagasaki, pero al volver a su casa en Urakami se encontró pulverizados los restos de su mujer. No obstante, tuvo el consuelo de hallar entre los dedos calcinados de su esposa medio fundido el rosario que su esposa llevó consigo hasta el fin.

Para Kolbe, el valor de la oración –la Santa Misa, la adoración del Santísimo Sacramento o el Rosario- se reconoce en las gracias obtenidas. En una conferencia, les recordaba a sus hermanos de Niepokalanów que la oración del Rosario resultaba incluso más efectiva que la mejor predicación. Como exhortaba a los lectores en un artículo en el Caballero de la Inmaculada, en el Rosario pedimos por nuestras intenciones, pero también lo rezamos en beneficio de quien tiene más necesidad y, en especial, «de nuestros pobres e infelices hermanos masones. Ellos son hermanos, ya que Jesús no los excluyó en absoluto de la participación en los méritos de su Pasión. ¿Y según qué intención? ¿No piensan ustedes, queridos lectores, que la mejor intención es que se conviertan cuanto antes, es más, que formen parte del movimiento Milicia de la Inmaculada y que, con el deseo de reparar el mal cometido hasta aquel momento, se dispongan con mayor fervor, según el ejemplo de San Pablo después de su conversión, a trabajar en la obra de la salvación de las almas?» (EK 1133)

No obstante, San Maximiliano les recordaba a sus hermanos de comunidad, que el valor de la oración no depende del número de rosarios rezados, sino de la unión de voluntades, es decir, del amor, que pedimos humildemente mediante el Rosario. Y es que: «la esencia de la oración es, según el catecismo, la elevación del pensamiento y del alma hacia Dios. Naturalmente que también hay que elevar oraciones orales y asistir a la Iglesia, pero solamente cuando y como lo desee la Inmaculada. Su voluntad está por encima de la oración, del trabajo y de la mortificación. La elevación de nuestra voluntad hacia Dios, (es decir, la unión de nuestra voluntad con la de la Inmaculada), es la oración suprema» (conferencia de 8.11.1936). Por tanto, explicaría el Padre Kolbe en otra conferencia de 1937, dictada en Niepokalanów, el cumplimiento de la voluntad de Dios no consiste en rezar mucho y durante largo tiempo, o en rezar muchos rosarios, sino en hacer de la manera más perfecta lo que hay que hacer.