El Dulce Nombre de María

"¡Oh Inmaculada, Inmaculada, Inmaculada, Inmaculada! ¡Qué dulce, qué agradable al corazón de un hijo, tu Santo Nombre! ¡Qué bien resuena en el alma! ¡Qué estupenda melodía! El mundo no te conoce aún. Muchos te conocen sólo de manera superficial. ¡Déjanos alabarte, oh Virgen Santísima! ¡Y danos fuerza contra tus enemigos!" EK 991 R

El loco de la Inmaculada se gana el apelativo a pulso. No puede evitar amar tanto a María. Comienza las cartas con Su dulce nombre, frecuentemente entre exclamaciones. Entre frase y frase, se desliza una jaculatoria, un arrebato de gozo, como al ver a alguien muy estimado; María es causa de su alegría, y de la nuestra.

El Padre Kolbe nos invita a pronunciar el dulce nombre de María en toda circunstancia, especialmente en la aridez y el dolor. Es dulce a la boca y al sentimiento, y esa sensación se dilata mientras decimos, paladeamos, el "Ave María". Le rezamos a un ser finito que es Madre de Dios y Madre nuestra, que nos va a entender como nadie, y que nos quiere con todo su santo ser. Pero ahora me quiero quedar con esa dulzura que no dejo de repetir, con ese sosiego que da pronunciar Su nombre y dedicarle unos segundos. Todos podemos experimentar ese sosiego. Estoy seguro de que Jesús, mientras andaba por los caminos de Israel anunciando el Reino de Dios, y dormía al raso sin tener dónde apoyar la cabeza, se acordaba de Su Madre, pronunciaba Su nombre, y el suelo adquiría blandura. Y ahora que esperamos la Navidad, podemos ver a María embarazada, con ojos tranquilos y alegres, acariciándose el vientre, y pensar que somos nosotros los que estamos en él, seguros, protegidos, cuidados, mimados.

Entonces, se nos va la ansiedad mundana.

Isael Pla