¡Muerte dulce!

¡Qué dulce será la muerte de aquel que haya sido de veras propiedad suya en la práctica y no sólo en la teoría, en la repetición del acto de consagración! EK 756.

Leyendo los escritos de San Maximiliano María Kolbe me topé con este párrafo y, conociendo cómo murió, además de sorprenderme, podría haber seguido leyendo, hacer como si mis ojos no hubieran reparado en estas frases. Podría haber pensado: "pobre San Maximiliano, confiado y fervoroso, mas cándido e ingenuo". En ello latiría cierto desprecio. O aún peor: podría haberme dejado caer por una pendiente que se iniciaría con la advertencia de esa candidez, seguiría con algún pensamiento sarcástico, continuaría con cierta desesperanza y desengaño, para terminar en la sencilla desconfianza, si no en el total descreimiento.

Sin embargo, no ocurrió así. Cierto, la impresión fue grande, tan grande como la alegría que me produjo. No hizo mella en mí un realismo mundano, craso, y la Virgen me resguardó de las tentaciones del demonio que podían inducirme a la pendiente de la que he hablado. No: tomo muy en serio las palabras de los sacerdotes, de las personas consagradas, de los preferidos del Señor, del mismo modo que tomo muy en serio el hecho de que nosotros, en tanto bautizados, somos sacerdotes, profetas y reyes. Aquí, profetas, en todo su sentido.

La Virgen le inspiró a nuestro santo estas palabras. Él las meditó, las sintió y luego las escribió. O quizá sólo las sintió y las escribió, porque ello parece deducirse del contexto de las frases y esas exclamaciones de alegría, tan comunes en los escritos de San Maximiliano cuando va a piropear a la Virgen, que le permiten ver con gozo incluso el momento más terrible.

La Providencia ha querido que todos lo leyésemos.

Pero, ¿fue dulce la muerte de Kolbe? ¡Lo fue! Y eso a pesar de la manera atroz en que murió, su largo sufrir. No se trató de un martirio más o menos rápido al estilo de San Esteban o de los primeros cristianos, algunos de los cuales, con el primero, vieron abrirse el Cielo antes de morir y fallecieron con una sonrisa en sus labios. La agonía se prolongó durante días. Está comprobado que no ingerir líquidos durante cierto tiempo provoca alucinaciones en la mente de las personas. Sin embargo, San Maximiliano estuvo sereno hasta el momento de fallecer. Dirigió las plegarias de los condenados, y los prisioneros de las celdas contiguas creían estar oyendo una Misa. Tras inyectarle el cianuro, murió tranquilo, sonriente, los ojos, más abiertos de lo normal, mirando apaciblemente un punto determinado de la pieza y la cabeza ligeramente ladeada a la izquierda, en una postura característica.

Su muerte, como él mismo profetizó sin quererlo, o sin ser consciente totalmente de lo que escribía (porque otra mano dirigía su pluma), fue dulce, y eso se debió a María, Virgen poderosa, que impidió por amor a un hijo predilecto, "tocado" especialmente por su amor a Ella, que lo que es natural que ocurra, sobrenaturalmente no ocurriera. Su manto lo envolvió. Y ello, además, para nuestro consuelo.

Este texto de San Maximiliano es, hasta el momento, el que más me ha llegado al corazón.

Isael