Homilía del Papa Juan Pablo II en Niepokalanów

San Maximiliano M. Kolbe (1894-1941): Su figura evangélica

Homilía de Juan Pablo II en Niepokalanów (18-VI-1983)

1. Señores cardenales, arzobispos, obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, especialmente vosotros, hijos e hijas de san Francisco, y vosotros todos, queridos compatriotas, hermanos y hermanas:

El 10 de octubre del año pasado tuve la oportunidad de elevar al honor de los altares de la Iglesia universal al santo Maximiliano María Kolbe, hijo de la tierra polaca.

Fue una canonización insólita. En ella estaban presentes polacos, de Polonia y de la emigración, en un número considerable. Pero constituían sólo la minoría de la gran muchedumbre de peregrinos, que aquel domingo llenaba la plaza de San Pedro. Venían ciertamente de Roma y de toda Italia, pero también en número importante de Alemania y de otros países de Europa, así como de otros continentes, en particular de Japón, que ha unido duraderamente su corazón al Caballero de la Inmaculada. Se advertía bien que la proclamación como Santo, por parte de la Iglesia, del P. Maximiliano alcanzaba un punto neurálgico en la sensibilidad del hombre de nuestro tiempo. Por esto la espera de esta canonización fue universal, y la participación hizo ver lo que había sido la espera.

Reflexionando sobre las motivaciones, se puede afirmar que Maximiliano Kolbe, mediante su muerte en el campo de concentración, en el «búnker del hambre», puso de relieve muy elocuentemente el drama de la humanidad del siglo XX. Sin embargo, el motivo más profundo y más conforme parece ser el hecho de que en este sacerdote-mártir se hizo particularmente transparente la verdad central del Evangelio: la verdad sobre la fuerza del amor.

Dar la vida por los hermanos

2. «Nadie tiene amor mayor que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15,13): así dice Jesús al despedirse de los Apóstoles en el Cenáculo, antes de encaminarse hacia la pasión y la muerte. «Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos», repetirá después de su Maestro el Apóstol Juan en su primera Carta (1 Jn 3,14). Y concluirá: «En esto hemos conocido la caridad, en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).

Precisamente esta verdad del Evangelio se hizo particularmente transparente, mediante el acto realizado en Oswiecim por el P. Maximiliano Kolbe. Se puede decir que el modelo más perfecto que nos dejó el Redentor del mundo fue asumido en aquel acto con un heroísmo total y al mismo tiempo con una gran sencillez. El P. Maximiliano Kolbe sale de la fila, para ser aceptado como un candidato al «búnker del hambre», en lugar de Franciszek Gajowniczek: él tomó la decisión en la que manifiesta al mismo tiempo la madurez de su amor y la fuerza del Espíritu Santo, y realiza esta decisión evangélica hasta el final: dar la vida por un hermano.

Esto sucede en el campo de la muerte, en un lugar donde sufrieron la muerte más de cuatro millones de personas de diferentes naciones, lenguas, religiones y razas. Maximiliano Kolbe también sufrió la muerte: al final, se le dio el golpe de gracia con una inyección mortal. Sin embargo, en esta muerte se manifestó al mismo tiempo la victoria espiritual sobre la muerte, semejante a la que tuvo lugar en el Calvario. Él «no sufrió», pues, la muerte, sino que «dio la vida» por un hermano. En esto consiste la victoria moral sobre la muerte. «Dar la vida por un hermano» quiere decir que se es, de alguna manera, ministro de la propia muerte.

Un testimonio para el mundo de hoy

3. Maximiliano Kolbe era un ministro: era, en efecto, un sacerdote hijo de san Francisco. Él celebraba diariamente, de modo sacramental, el misterio de la muerte redentora de Cristo sobre la cruz. Repetía frecuentemente estas palabras del Salmo, recordadas por la liturgia de hoy: «¿Qué podré dar yo a Yahvé / por todos los beneficios y que me ha hecho? / Levantaré el cáliz de la salvación / e invocaré el nombre de Yahvé» (Salmo 115 [116],12-13).

Así es. Él alzaba diariamente el cáliz de la nueva y eterna Alianza, en la cual, bajo la especie de vino, la Sangre del Redentor es sacramentalmente «derramada» para la remisión de los pecados. Junto al misterio del cáliz eucarístico maduraba en él la hora de la decisión de Oswiecim: «El cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo?» (Jn 18,11). Y bebió, bebió hasta el final este cáliz, para dar testimonio ante el mundo de que el amor es más fuerte que la muerte. El mundo tiene necesidad de este testimonio, para sacudirse las ataduras de la civilización de la muerte que, especialmente en algunos momentos de la época actual, muestra su rostro amenazante.

Testigo singular de la resurrección

4. En el acontecimiento de Oswiecim está inscrito aquel diálogo fundamental, que permite al hombre superar el horror de la civilización de la muerte, y le permite diariamente superar los diferentes pesos de la temporalidad. Y éste es el diálogo del hombre con Dios: «¿Qué podré yo dar a Yavhé?... / ¡Oh Yahvé! Siervo tuyo soy, / siervo tuyo e hijo de tu esclava» (Salmo 115 [116],12.16).

Así dice el hombre, ministro de la Eucaristía diaria, el hombre ministro de la propia muerte en el campo de Oswiecim. Así dice el hombre. Es ésta una palabra que resume toda su vida.

Y Dios responde con las palabras del libro de la Sabiduría. Estas son las palabras que contienen la respuesta de Dios: «Las almas de los justos están en las manos de Dios, y el tormento no los alcanzará... Dios los probó y los halló dignos de Sí. Como el oro en el crisol los probó y le fueron aceptos como sacrificio de holocausto» (Sab 3,1.5-6).

¿Es verdaderamente así? ¿«No alcanzó el tormento» realmente al P. Maximiliano? ¿Al hombre que veneramos precisamente como mártir?

La realidad de la muerte en el martirio es siempre un tormento; pero, el secreto de esa muerte está en que Dios es mayor que el tormento. La prueba del sufrimiento es grande, «probar como oro en el crisol» es duro; pero más fuerte es la prueba del amor, más fuerte es la gracia: «El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rom 5,5).

Así, pues, delante de nosotros tenemos un mártir: Maximiliano Kolbe –ministro de la propia muerte–, fuerte en su tormento, pero aún más fuerte en su amor, al que fue fiel, en el que creció a lo largo de toda su vida, en el que maduró en el campo de Oswiecim. Maximiliano Kolbe: un testigo singular de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testigo singular de la resurrección.

Siervo de María Inmaculada

5. «¡Oh Yahvé! Siervo tuyo soy, / siervo tuyo e hijo de tu esclava...».

Esta madurez en el amor, que llenó toda la vida del P. Maximiliano y se cumplió en tierra polaca de una forma definitiva mediante el acto de Oswiecim, esa madurez estuvo especialmente unida a la Inmaculada Sierva del Señor.

Él fue, como pocos, hijo espiritual «de tu esclava». Él experimentó desde su primera juventud su maternidad espiritual: la maternidad que se constituyó en el Calvario, a los pies de la cruz de Cristo, cuando María aceptó como hijo al primer discípulo de Cristo.

Maximiliano Kolbe, como pocos, había sido penetrado por el misterio de la divina elección de María. Su corazón y su pensamiento se concentraron de forma particular en torno al «nuevo comienzo», que fue en la historia de la humanidad –por obra del Redentor– la Inmaculada Concepción de la Madre de su encarnación terrena. «El significado de Madre –escribía– lo sabemos, pero el de Madre de Dios no lo podemos comprender con la inteligencia, con la mente limitada. Sólo Dios mismo comprende perfectamente qué significa “Inmaculada”... La Inmaculada Concepción está llena de misterios consoladores» (M. Kolbe, Carta del 12 de abril de 1933).

Maximiliano Kolbe penetró en este misterio de forma particularmente profunda, particularmente sintética: no de forma abstracta, sino a través del vivo contexto de Dios-Trinidad, Dios que es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y a través del vivo contexto de los designios salvíficos de Dios para el mundo. Escuchemos de nuevo sus palabras: «Busquemos cada vez más, cada día más, acercarnos a la Inmaculada; de este modo nos acercaremos cada vez más al Sacratísimo Corazón de Jesús, a Dios Padre, a toda la Santísima Trinidad, porque ninguna criatura está tan cercana a Dios como la Inmaculada. Así acercaremos también todos los que nos son cercanos en el corazón a la Inmaculada y al buen Dios» (M. Kolbe, Carta desde Nagasaki, 6 de abril de 1934).

Todas las iniciativas apostólicas del P. Maximiliano Kolbe dan testimonio de que el misterio de la Inmaculada Concepción estaba en el centro de su conciencia. De ello dan testimonio la «Milicia de la Inmaculada» y el «Caballero de la Inmaculada». De ello da testimonio la «Ciudad de la Inmaculada» (Mugenzoi no Sono) japonesa. De ello da testimonio, finalmente, nuestra «Niepokalanów» polaca.

6. Es bueno que nos hayamos reunido aquí, precisamente después de la canonización del P. Maximiliano. Ya, después de su beatificación, tuvo lugar en Oswiecim nuestra gran asamblea en tierra natal: fue una ceremonia emocionante. Oswiecim es, en efecto, el lugar en el que él «dio la vida por un hermano». Hoy estamos aquí en Niepokalanów, y Niepokalanów nos habla del descubrimiento del «nuevo comienzo» de la humanidad de Dios. Niepokalanów es el lugar donde, en continua obediencia al Espíritu de verdad, a ejemplo de la Inmaculada, el hombre se iba formando día a día, de manera que el Santo superase al hombre no sólo en función de la vida y del apostolado, sino también en función de una muerte de mártir «por el hermano».