San Maximiliano Kolbe (síntesis)

San Maximiliano Kolbe

San Maximiliano María Kolbe, “el loco de la Inmaculada”, nació el 8 de enero de 1894 en Zdunskawola (Polonia). A los diez años la Virgen le mostró dos coronas, una blanca y la otra roja; le propuso escoger entre las dos, él respondió que quería ambas (la pureza bautismal y ser testigo hasta el final).

A los 13 años entró en la Orden de los Franciscanos Conventuales (por eso aparece siempre con hábito negro). Tras el noviciado fue enviado a Roma, donde obtuvo la láurea en teología y filosofía. Inspirándose en los más puros ideales marianos del franciscanismo, el 16 de octubre de 1917, con otros hermanos, fundó la “Milicia de la Inmaculada”. Al año siguiente fue ordenado sacerdote.

En 1919 regresó a su patria y comenzó su apostolado mariano según el espíritu de la “Milicia de la Inmaculada”, dando vida a grupos marianos. En 1927 fundó la “Ciudad de la Inmaculada” para dedicarse a toda clase de apostolado, especialmente el de la buena prensa: un diario con 250.000 ejemplares; 250.000 copias del boletín mensual para los jóvenes; un millón de copias del boletín “El Caballero de la Inmaculada”, y otras publicaciones y revistas, con un complejo de cerca de un millar de frailes obreros, profesionales, técnicos, todos consagrados al trabajo de la Inmaculada y al bien del prójimo, utilizando los medios modernos: prensa, radio, cine.

En 1930, ardiendo en celo por llevar a Dios a todos los hombres por medio de la Inmaculada, viajó a Oriente. Cerca de Nagasaki, en el Japón, fundó la segunda ciudad de la Inmaculada con los mismos objetivos de la primera, llamada Mugenzai-No-Sono, logrando también allí un notable desarrollo de obras en medio de poblaciones no cristianas. Del Japón pasó a la India para fundar allí un nuevo centro mariano, pero a causa de la mala salud debió renunciar. En 1936 regresó a Polonia, donde retomó la dirección de la ciudad de la Inmaculada llevándola, en 1938, a su máximo desarrollo.

La segunda guerra mundial y la invasión de Polonia marcaron la destrucción de su obra. Su prisión en varios campos de concentración marcó su “Vía Crucis” hasta febrero de 1941, cuando fue deportado al campo de exterminio de Auschwitz, donde ofreció su vida para salvar a un padre de familia, condenado como represalia con otros nueve al bunker del hambre. Allí murió el 14 de agosto con una inyección de ácido fénico y luego el 15, fiesta de la Asunción, fue arrojado en el horno crematorio. Tenía 47 años. En 1973 Paulo VI lo beatificó y en 1982 Juan Pablo II lo canonizó como “Mártir de la Caridad”.

Kolbe decía: “Dejémonos conducir por Ella, sea a lo largo de una calle bien asfaltada y cómoda, o sea por otra escabrosa y difícil. Es suficiente un solo acto de amor –amor que procede no del sentimiento, sino de la voluntad, es decir, como acto de obediencia religiosa- para que una caída se transforme en un beneficio aún mayor. Las caídas nos enseñan a no confiar en nosotros mismos, sino a poner toda nuestra confianza en el amor de Dios, en manos de la Inmaculada, Mediadora de todas las gracias”.

Otras palabras de Kolbe, ¡singularmente interesantes para los jóvenes!: “La frecuente conversación cara a cara con Ella o a sus pies, será una óptima escuela para que aprendas a conquistar para Ella un número cada vez mayor de almas y profundice en ellas su reino cada vez más. No tengas miedo: aunque creas tener ya un pie en el infierno, si no te cansas de dirigirte a Ella con plena confianza, sin considerar absolutamente tu situación interior, debes estar tranquilo, porque sin duda no perecerás”.