Vida de San Maximiliano (1)

SAN MAXIMILIANO Mª KOLBE

 

 

San Maximiliano Mª Kolbe es un franciscano menor conventual que ha compartido con nosotros más de un tercio del siglo pasado y ha dejado una impronta profunda en la Iglesia y en la sociedad. Tres características, particularmente, marcan su vida: la devoción y consagración a la Inmaculada, centro de su vida mística y apostólica, contemplativa y activa; la apertura y acogida de los medios de comunicación como altavoces de la evangelización; la entrega de su vida por un compañero condenado a muerte en el campo de concentración de Auschwitz. Tres rasgos que le presentan como hombre moderno, evangélico y franciscano.

 

La familia

 

Maximiliano Kolbe nace en el seno de una familia sencilla en Zdunska-Wola (Polonia), el 8 de enero de 1894. En el baustismo le ponen el nombre de Raimundo, que cambiará por el de Maximiliano en el noviciado. Sus padres eran Julio Kolbe, tejedor y terciario franciscano, y María Dąbrowska, que entrará entre las Felicianas, en Cracovia, cuando los hijos y el marido hayan entrado entre los Conventuales.

Sus hermanos fueron: Francisco, el mayor, que entra en el seminario de los Hermanos Menores Conventuales, pero lo abandona muy pronto; muere en el campo de concentración de Auschwitz, en 1943; José, el tercero, entra también entre los Conventuales, en la profesión cambia el nombre de pila por el de Alfonso; muere en Niepokalanow, siendo guardián del convento; otros dos hermanos menores, Valentín y Antonio, mueren a muy tierna edad.

 

 

La familia Kolbe se traslada a Pabianice con la intención de mejorar su vida. Con algunos ahorros que tenía, el padre abre una pequeña tienda y cultiva un campo arrendado. La madre, además de las faenas de casa, ejerce de comadrona.

 

Retrato de infancia

 

Raimundo era un niño vivaracho, esbelto, fogoso y alguna vez obstinado y duro de mollera. En más de una ocasión daba dolores de cabeza a su madre, aunque también alegrías.

Las mejores pinceladas del retrato psicológico de la infancia de Raimundo nos han llegado a través de su madre, mujer devota pero enérgica. Dice de él: “era un muchacho muy vivo, listo y un poco refunfuñón. Pero, entre mis hijos, para nosotros, sus padres, era el más obediente. Tuve en él una verdadera ayuda; cuando con mi marido me iba al trabajo, Raimundo se encargaba de la cocina, dejaba la casa limpia como un espejo, realizaba todos los quehaceres. Se distinguía de sus tres hermanos hasta en el recibir el castigo por alguna ligera travesura. Él mismo traía la vara de castigo, y, sin vacilar, se acomodaba en el banco, y, después de recibir el castigo, nos lo agradecía, e imperturbable volvía a colocar la vara en su sitio”.

Y Francisco Pisalski, un vecino de casa, dice que “era de carácter alegre y vivaracho. Me decía que se encontraba tan lleno de alegría como el mismo San Francisco, y que había querido, como el Santo de Asís, conversar con los pájaros”.

 

Las dos coronas

 

La vida se desarrollaba normal. Alguna vez hacía alguna pillería de niño que ponía nerviosa sobre todo a su madre. Entre las pequeñas historias que han llegado a nosotros, se cuenta la compra de un huevo con el dinero sisado a su madre. Lo llevó a encubar al gallienro de una familia vecina. Roto el cascarón, contento, lleva el polluelo a casa. Su madre lo reprende, lo azota y le dice: “Dime, ¿qué será de tí, hijo mío?”.

Su madre lo cuenta así, como testigo en el Proceso de Canonización de su hijo: “En una ocasión no me gustó algo que hizo y le dije: “Raimundito, ¿puedo saber qué será de tí?”. Después no pensé más en esto, pero observé que el niño cambió de tal manera que no le reconocía. Teníamos un altar oculto, donde él a menudo se retiraba sin llamar la atención y allí rezaba llorando; en general, se mostraba en su comportamiento por encima de su edad infantil, siendo siempre recogido, serio...

Me preocupé, pensando si no estaría, por casualidad, enfermo, y entonces le pregunté: “¿Qué te pasa?”. E insistí: “Debes contar todo a tu madre”.

Temblando por la emoción y con lágrimas en los ojos, me dijo: “Mamá, cuando me regañaste, pedí con insistencia a la Virgen que me revelase mi porvenir. Y, luego, en la iglesia, se lo pedí de nuevo. Entonces se me apareció la Virgen con dos coronas en las manos: una blanca y otra roja. Me miraba con afecto y me preguntó cuál de las dos coronas escogía. La blanca significaba santidad de vida, y la roja que llegaría a ser mártir. Respondí que aceptaba las dos. Entonces, la Virgen me miró con dulzura y desapareció.

El cambio extraordinario obrado en el niño me justificaba la verdad del hecho. Estaba dominado por la visión, y en toda ocasión hacía alusión, con rostro radiante, a su anhelada muerte de mártir. Así, pues, yo estaba preparada para ello, como la Virgen después de la profecía de Simeón”.

San Maximiliano mantuvo este secreto de su Reina y Señora para sí. Sólo en una ocasión, muy veladamente, se lo manifestó a algunos hermanos en Niepokalanow. La visión de las dos coronas será el motor incial que inflame al P. Kolbe en su amor por la Inmaculada, su entrega por la expansión del Reino de Cristo, y su amor al prójimo.

 

Los caminos del Señor

 

Los padres ya habían pensado en el futuro de Raimundo y de su hermano José. Éste iría a la Escuela de Comercio de Pabianice y, luego, continuaría con la carrera eclesiástica. Raimundo pasaría la vida detrás del mostrador de la pequeña tienda, así sustituiría a su madre.

El boticario del pueblo, sin embargo, le dio clases de matemáticas al conocer sus dotes, un día que fue a comprar una medicina por encargo de su madre. Esto le permitió esaminarse por libre en la Escuela de Comercio. Los resultados fueron brillantes y, al año siguiente, comenzó el segundo curso.

Sin embargo, durante la Cuaresma de 1907, unos frailes Franciscanos Conventuales predican la misión y comunican a los fieles que han abierto un seminario para jóvenes aspirantes en Leópoli. Francisco y Raimundo se apuntan. ¡Cuánto le costó a su madre esta decisión! Con todo, en el mes de octubre, atravesada clandestinamente la frontera austriaca, acompañados por su padre, llegaron a Cracovia. Desde aquí, irán a Leópoli en tren.

Durante los años de formación en el seminario menor manifiesta grandes dotes para las matemáticas y hace los primeros pinitos de investigador.

Un tiempo de gran lucha interior y de crisis fue el paso hacia el noviciado. Ya habían decidido Francisco y Raimundo hablar con el Ministro provincial y comunicarle que abandonaban la Orden. En esos momentos llega una visita inesperada. La madre se acerca a Leópoli para comunicarles, desconocedora de los proyectos de sus hijos, que el hermano menor, José, ha entrado en el seminario de los Franciscanos Conventuales, que su padre se ha hecho “hermano oblato” de los Conventuales en Cracovia, y que ella, con el permiso de papá, ingresaba en las Benedictinas de Leópoli. ¡Qué jugada de la Inmaculada! Renuevan todos los planes, y Francisco y Raimundo inician el noviciado el 4 de septiembre de 1910. Raimundo cambia el nombre de bautismo por el de Maximiliano.

Después de pasar un año en Cracovia, hecha la profesión, los Superiores deciden enviarle a Roma, al Colegio Internacional y a la Facultad Teológica de San Buenaventura. Aquí se dedica a su formación religiosa y sacerdotal. Siete años de estudios, durante los cuales obtiene el doctorado en filosofía en la Universidad Gregoriana y el de teología en la Facultad de San Buenaventura.

En Roma, emite la Profesión Solemne el 1 de noviembre de 1914; y se ordena sacerdote el 28 de abril de 1918, celebrando su primera Misa en la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte, en el altar donde el judío Alfonso Ratisbona tuvo la visión de la Medalla Milagrosa e inició su conversión al catolicismo.