Vida de San Maximiliano (2)

La Milicia de la Inmaculada

 

Una fecha inolvidable de esta primera estadía de San Maximiliano en Roma es la fundación de la Milicia de la Inmaculada. La devoción a la Virgen nace y se fortalece en él desde diversos puntos marianos que convergen en la Inmaculada Concepción: la visión de las dos coronas, la curación milagrosa del pulgar de la mano derecha en 1914 con agua de Lourdes, la tradición y evoción de la Orden hacia la Inmaculada. A través del estudio y la reflexión, nota que a la Orden le falta dar el salto desde la orilla de la devoción y defensa del dogma de la Inmaculada, que se había consolidado en el transcurso de los siglos, a la orilla de hacer de la Inmaculada la razón de la misión y del apostolado de la Orden en la Iglesia y en el mundo. Así lo expone el P. Kolbe en carta a su Ministro provincial: “Durante siete siglos hemos luchado para que fuera definido el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Es hora de comenzar la segunda parte de la historia: sembrar esta verdad en las almas, procurar que germine y dé frutos de santidad. Y esto en todas las almas: en las que existen y en las que existirán hasta el fin del mundo”.

 

 

Este proyecto de “misión mariana” se desarrolla y llega a su madurez cuando, durante la primera guerra mundial, la masonería recuerda el segundo centenario de su fundación y recorre las calles de Roma levantando pancartas y distribuyendo folletos y volantes en contra del Papa y de la Iglesia. Es entonces cuando se entrecruzan en su mente la “misión” y la utilización de los medios más modernos para comunicar al mundo la buena noticia del Evangelio. “Es necesario inundar la tierra, dice el P. Kolbe, con un diluvio de publicaciones cristianas y marianas, en todas las lenguas y en todas partes, para impedir con la fuerza de la verdad toda clase de error, que encuentra en la prensa la más poderosa aliada; llenar la tierra de escritos con palabras de vida, para devolver al mundo la alegría de vivir”.

Esta idea, la había compartido con otros seis compañeros residentes en el mismo Seminario Seráfico de via San Teodoro. Con el permiso del rector, P. Esteban Ignudi, el proyecto queda aprobado, el 16 de octubre de 1917, en el programa de la Milicia de la Inmaculada, trazado por San Maximiliano.

El carácter específico de la Milicia de la Inmaculada se halla en estas palabras: “Por medio de la Inmaculada”. Su fin es “la conversión y la santificación” de todos los hombres. Las condiciones son, así se las exponía a su hermano, el P. Alfonso: “Consagración total de uno mismo a la Inmaculada, como instrumento en sus manos virginales, y llevar la Medalla Milagrosa. La consagración no consiste en recitar muchas oraciones, sino en la sencilla relación de un hijo con su madre. Cuanto más radical sea nuestra consagración a la Inmaculada tanto más profundo será nuestro amor a Ella. Sin límites significa: estar siempre dispuestos a trabajar donde Ella quiera. Si pusiéramos un solo “pero”, ya no sería una consagración ilimitada. Los medios son la recitación de la jaculatoria: “Oh María, sin pecado concebida...”, y la utilización de todos los medios a nuestro alcance. Los medios no son “dejarse hacer”, sino “dejarse hacer ser”, es decir, permitirse el lujo de arriesgarse con María”.

Un medio valiosísimo, comprobado por el Santo en los momentos favorables y en las adversidades, es la “obediencia”. Y otro medio es la “oración”. “Regar todo trabajo con la oración”. “Oración y sacrificios, dice San Maximiliano, son como el carbón que enciende el fuego del amor. De ésta depende toda actividad en nuestro medio ambiente”.

 

 

Retorno a Polonia

 

 

Acabados los estudios en Roma, vuelve a Polonia en julio de 1919. El Ministro provincial le nombra profesor de historia eclesiástica en el seminario mayor de Cracovia. Erige la Milicia aquí y la extiende a los seglares, en los círculos universitarios, los cuarteles... Pero muy pronto, en otoño de 1919, tuvo que abandonar las clases y ser hospitalizado con violentos ataques de tuberculosis en un hospital de Cracovia, y a partir del 12 de enero de 1920, en el hospital de Zakopane. Físicamente el P. Kolbe, aunque joven, es un fraile inútil y acabado, con los pulmones deshechos, al que dan unos meses de vida. Para muchos de sus hermanos de hábito, contando con todas estas limitaciones que le pone la enfermedad, es un “chiflado”, un “loco”, un “soñador”.

 

La estructura del hospital de Zakopane se halla en manos de incrédulos. A través de sus “municiones”, así llama a las Medallas Milagrosas, y de su inscripción en el departamento de “ayuda fraterna” de los intelectuales, comienza a misionar entre el personal de plantilla y los enfermos, logrando entronizar el Corazón de Jesús en el hospital. Escribe a su hermano Alfonso: “Desde la entronización del Corazón de Jesús muchas cosas han cambiado para mejor: un universitario se ha confesado, un judío ha recibido el bautismo, algunas almas se han entregado sinceramente a la búsqueda de la verdad...; en fin, hay un inminente cambio en la administración incrédula”. Abandona el hospital en abril de 1921. La enfermedad lo ha debilitado, pero le ha permitido trazar nuevos proyectos.

La Milicia de la Inmaculada, opina el P. Kolbe, es una misión para quienes no vienen a la Iglesia, y para ello tiene en programa publicar una revista. No le es fácil convencer a los suyos. Les dice que a la iglesia vienen el domingo mil, dos mil personas, más..., pero con la revista se puede llegar a miles y miles de personas. “Si ellos no vienen a nosotros, nosotros iremos a sus casas. Llevaremos la Inmaculada a sus casas, a fin de que las almas, acercándolas a María, reciban la gracia de la conversión y de la santidad”.

Al fin, obtuvo el permiso de los Superiores. La ayuda económica la debía buscar por medio de la limosna. Después de mucho mendigar se publica El Caballero de la Inmaculada, con una tirada de 5.000 ejemplares y un aviso: “La publicación periódica de la revista no puede garantizarse por falta de fondos”. A partir de este día llegan, sin cesar, ayudas providenciales, y aumenta la tirada de “El Caballero”, crece el número de sus lectores, y nace un plan: una imprenta para la revista. La Providencia hace llegar el dinero necesario para comprar la impresora y todo lo necesario, pero también un nuevo problema: debe abandonar Cracovia e ir al convento de Grodno, ya que aquel clima va mejor para su salud.

Grodno va a ser el trampolín para la construcción de una ciudad para la Inmaculada. La situación aquí es muy semejante a la de Cracovia, con una novedad, la presencia del P. Melchor Fordon, animador de la empresa mariano-kolbiana. También el Ministro provincial se inscribe a la Milicia y otorga un pabellón del viejo convento para “El Caballero”. Resueltos estos problemas, surgen nuevos proyectos, ahora, la publicación de un “diario católico”, pues, según el pensamiento del Papa, “vale tanto como la construcción de siete iglesias”.

Cuando las cosas parecen que están encauzadas, el P. Kolbe que no tiene tiempo para enfermar, se ve obligado por la fiebre y la “obediencia” a guardar reposo. De septiembre de 1926 a abril de 1927 tiene que pasarlo de nuevo en el hospital de Zakopane. El Ministro provincial envía al P. Alfonso Kolbe para que ayude a su hermano. Éste lo dejará todo, desinteresadamente, en manos del P. Alfonso y de la Inmaculada. A su regreso nota que el tiraje de ejemplares de “El Caballero” ha aumentado, comienza a ser una fuente vocacional, aumentan los donativos, y aparece un nuevo proyecto: la construcción de una “Ciudad de la Inmaculada”, porque el fin de la publicación de la revista es atraer y conquistar todo el mundo para la Inmaculada.