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Celebremos con San Maximiliano la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

InMaMurillo

 

En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, recordamos las palabras de San Maximiliano María Kolbe a los caballeros de la Inmaculada. Que nuestros corazones se abran a todas las gracias que Ella quiere regalarnos en este día; que podamos alabarla y honrarla como se merece y Dios sea glorificado en Ella:


“Los caballeros de la Inmaculada, tenemos que sacudirnos de vez en cuando, reflexionar sobre nosotros mismos, interrogarnos a fondo para saber si servimos a la causa de la Inmaculada con suficiente solicitud, impetrar de Ella el perdón por el descuido y la indiferencia, pedirle ayuda para el futuro, empeñarnos más activamente en el trabajo a fin de compensar con el fervor el tiempo pasado de manera centuplicada. La fiesta de la Inmaculada es la mejor ocasión para renovar el espíritu. ¿Qué debemos hacer, pues?
En primer lugar renovemos todos, el día 8 de diciembre, juntos o cada uno de manera individual, nuestra consagración a la Inmaculada (…) Antepongamos todos la santa confesión (…); recibamos la santa comunión durante la solemnidad misma y oremos por las intenciones del Santo Padre para ganar la indulgencia plenaria que todos los miembros de la Milicia de la Inmaculada pueden ganar ese día”. (EK 1218)


“El alma ofrece a la Inmaculada sus propios actos de amor, no como se entrega un objeto a un mediador cualquiera, sino en propiedad, en plena y exclusiva propiedad, ya que entiende que la Inmaculada ofrecerá a Jesús esos actos como suyos, es decir, los ofrecerá a Jesús sin mancha, inmaculados, después Jesús se los ofrece al Padre”. (EK 1310)

! FELIZ DIA DE LA INMACULADA 2019 ¡

¡ FELIZ DIA DE LA INMACULADA !
 
 
 
Roguemos a nuestra Madre María Inmaculada, en este dia tan especial, para que en todos los que formamos parte de la Milicia de la Inmaculada, crezca nuestro amor por Ella cada día más; hasta que nos enamoremos perdidamente de Ella y de Su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Que durante todo este día no dejemos de acordarnos ni un sólo segundo de Nuestra Madre María y consagremos toda nuestra vida a Ella.
 
ORACIÓN DE CONSAGRACIÓN A LA INMACULADA DE SAN MAXIMILIANO KOLBE
"OH Inmaculada, reina del cielo y de la tierra,
refugio de los pecadores y Madre nuestra amorosísima,
a quien Dios confió la economía de la misericordia.
Yo (n.n) pecador indigno, me postro ante ti,
suplicando que aceptes todo mi ser como cosa y
posesión tuya.

A ti, Oh Madre, ofrezco todas las dificultades
de mi alma y mi cuerpo, toda la vida, muerte y eternidad.
Dispón también, si lo deseas, de todo mi ser, sin ninguna reserva,
para cumplir lo que de ti ha sido dicho:
"Ella te aplastará la cabeza" (Gen 3:15), y también:
"Tú has derrotado todas las herejías en el mundo".
Haz que en tus manos purísimas y misericordiosas
me convierta en instrumento útil para introducir y aumentar tu gloria
en tantas almas tibias e indiferentes, y de este modo,
aumento en cuanto sea posible el bienaventurado
Reino del Sagrado Corazón de Jesús.
Donde tú entras oh Inmaculada, obtienes la gracia
de la conversión y la santificación, ya que toda gracia
que fluye del Corazón de Jesús para nosotros,
nos llega a través de tus manos".

Ayúdame a alabarte, OH Virgen Santa
y dame fuerza contra tus enemigos."

 

Dar la vida como Cristo y San Maximiliano Kolbe: a propósito de una pretendida “eutanasia” evangélica (y III)

(Continuación de la primera y segunda entrega de este artículo).

3. San Maximiliano, mártir de la Caridad y Patrono particular de nuestros tiempos difíciles

Kolbe faz

“Por alusiones”, consiguientemente, nos hemos visto forzados a reaccionar y polemizar con el autor del artículo que pretende equiparar moralmente la ofrenda que hicieron Cristo y San Maximiliano de sus vidas con la “opción” de una persona que decide voluntaria y conscientemente poner fin a su propia vida. Como es sabido, San Maximiliano -junto con sus seis compañeros franciscanos conventuales- fundó en 1917 la Milicia de la Inmaculada para “conquistar para la Inmaculada el mundo entero y todas las almas que existen y que existirán hasta el fin del mundo”[1]. Esa “conquista” del mundo para la Inmaculada, que es la extensión del Reino de Cristo y de su Iglesia, debe perseguirse por todos los medios legítimos, mediante la propia conversión, así como la de los alejados de la Iglesia, especialmente aquellos que la combaten más explícitamente (incluyendo su Magisterio); y la santificación de todos bajo el patrocinio de la Bienaventurada Virgen María Inmaculada[2]. Ese amor por el bien de las almas, avivado por la intimísima y gozosa contemplación de la belleza de la Inmaculada, la primera redimida y madre de los creyentes, animó su celo misionero y una abnegada actividad apostólica. En una de sus últimas cartas, mandada desde la cárcel de Pawiak en Varsovia y poco antes de ser trasladado a Auschwitz (12.05.1941), escribía San Maximiliano: “dejémonos conducir cada vez más perfectamente por la Inmaculada, adónde Ella quiera llevarnos y cómo Ella quiera, para que, cumpliendo bien nuestros deberes, contribuyamos a que todas las almas sean conquistadas por su amor”[3].

Kolbe Auschwitz animated

Allí, en Auschwitz, aquel 29 de julio de 1941, en represalia por la huida de un preso de su bloque (el 14), Zygmunt Pilawski, el comandante del Lager, Karl Fritzsch, eligió a otros diez presos, condenándolos a morir de hambre y sed en una celda del Bloque 11, mientras no fuera cazado el preso fugado. La escena es conocidísima. Uno de los condenados elegidos, el sargento polaco Franciszek Gajowniczek, se derrumbó, lamentando dejar huérfanos a sus hijos y viuda a su mujer. En ese momento, inesperadamente, el Padre Kolbe rompió filas y dirigiéndose al Lagerführer, solicitó intercambiarse por Gajowniczek. Esgrimió su condición de “sacerdote católico polaco” y su avanzada edad (aunque en realidad no había cumplido los 48). El comandante nazi, sorprendentemente, accedió a la insólita petición de nuestro fraile. Pero el acto heroico de San Maximiliano no sólo consistió en un gesto de caridad extrema hacia el desconsolado sargento polaco, sino en un acto sacerdotal sublime: descender a los infiernos más temibles de Auschwitz para acompañar y participar en la agonía de los otros condenados al suplicio.

De la relación en el proceso de canonización de San Maximiliano vertida por el preso Bruno Borgowiec, de nacionalidad polaca, que desempeñaba labores de administración en el campo de concentración alemán y debía cada día vaciar el cubo de excrementos de la celda (normalmente seco, porque los presos terminaban bebiéndose su propia orina) podemos leer que tras ser desnudados del todo, los presos fueron encerrados en la oscura y claustrofóbica celda. Los guardias, al cerrar la puerta, les gritaron: “os secaréis como tulipanes”.

Sin embargo, si hasta entonces lo que salía de aquellas horrorosas celdas tan solo eran lamentos de desesperación y gritos renegados, en esta ocasión, de la celda donde se encontraban San Maximiliano y sus compañeros presos únicamente se oían oraciones recitadas en alto, el Rosario y cantos religiosos, a los cuales se unían los presos de otras celdas. Durante aquellos larguísimos días de ejecución dilatada, las cálidas oraciones y los himnos a la Santísima Virgen se difundían por el subterráneo del bloque. El P. Maximiliano Kolbe comenzaba las plegarias o entonaba los cantos y el resto le seguía. Maximiliano Kolbe se comportó heroicamente, de modo sobrenatural, nada pedía y no se lamentaba, antes bien, daba aliento a los demás. Paulatinamente, dada su debilidad, las voces de los presos se fueron haciendo más flojas. Durante cada visita –sigue su narración Bruno Borgowiec- veía al P. Kolbe de pie o arrodillado en medio de la celda, mirando serenamente a quien entraba. Los guardias conocían su acto de ofrenda, sabían que todos los que estaban allí hacinados morían inocentemente; por esto, respetando al Franciscano, se decían: “este sacerdote es ciertamente un hombre bueno; no habíamos tenido a nadie así hasta ahora”.

San Maximiliano sobrevivió a la mayoría de sus compañeros de celda. Como la agonía de Kolbe y los últimos tres presos se alargaba, las autoridades del campo decidieron “abreviarles” el castigo: necesitaban la celda para albergar a nuevas víctimas. El 14 de agosto de 1941, pasado el mediodía, un esbirro alemán, Bloch, entró en la celda para inyectarles ácido a los sobrevivientes. San Maximiliano, musitando una oración en los labios y anticipándose al verdugo, extendió su brazo izquierdo. Aquí Borgowiec no aguantó y salió de la celda. Al volver, se encontró a San Maximiliano sentado, apoyado en la pared, con los ojos abiertos, fijos en un punto, y la cabeza inclinada hacia la izquierda (su posición habitual). Su cara serena y bella estaba radiante. Así falleció el mártir, el ángel de la caridad de Auschwitz, habiendo dado la vida, su vida y ello sin perjuicio de la responsabilidad criminal de sus verdugos, a los que con toda seguridad había perdonado.

Kolbe inyecc

Desde entonces, su luz iluminó y sigue brillando en las oscuras tinieblas de aquel campo de concentración.

Instantes después, Borgowiec y otro preso (Maximiliano Chlebik), bajo la atenta vigilancia de los agentes de las SS, llevaron el cadáver del Padre Kolbe a la sala de lavado. Al día siguiente, fiesta de la Asunción y 15 de agosto de 1941, unos presos transportaron el cadáver de San Maximiliano en una caja de madera al crematorio cercano. Una vez incinerado su cadáver, sus cenizas fueron esparcidas por los campos vecinos. La sepultura era el último honor que los nazis podían negar a sus víctimas; cuyo recuerdo debía erradicarse de la historia según sus verdugos. Los restos de Kolbe fueron incinerados, como postrer holocausto, y pulverizados por la Inmaculada, esparciendo el viento sus cenizas por el mundo entero.

Kolbe Kolodzej

Si volvemos a la homilía con motivo de la citada canonización que citamos al comienzo de esta serie, San Juan Pablo II dispuso que San Maximiliano María Kolbe fuera venerado en adelante también como "mártir”, mártir de la caridad (San Pablo VI había beatificado el 17 de octubre de 1971 al P. Kolbe como “confesor de la fe”[4]). Con todo, a este respecto, hace un par de años, el Papa Francisco, mediante la Carta Apostólica en forma de Motu Proprio “Maiorem hac dilectionem” de 11.07.2017, introdujo el ofrecimiento de vida como un nuevo caso del iter de beatificación y canonización, distinto del caso de martirio y de heroicidad de las virtudes[5].

En el siglo xx fue la Alemania nacionalsocialista la que introdujo la eutanasia legal (el famoso Projekt Aktion T4), destinada a eliminar principalmente a personas con deficiencias mentales o físicas. En aquel momento, no se hablaba todavía de una “eutanasia voluntaria”, pero el criterio de la vida que merecía ser vivida y el modelo del Übermensch –en el caso de los ciudadanos alemanes, la raza superior- se supeditaba a consideraciones de utilidad y eugenesia, y no al fundamental valor de la dignidad intrínseca e irremplazable de cada ser humano. Esa eutanasia se cobró unas 250.000 víctimas, consideradas “indignas” para vivir. Huelga decir que el suicidio fue también una práctica muy extendida en el III Reich (el mismo Adolf Hitler se quitó la vida al final de la II Guerra Mundial).

La eutanasia actual se asemeja materialmente a la propugnada por el nazismo, difiriendo formalmente en la supuesta voluntariedad de la misma, acaso porque en nuestros tiempos la eutanasia la quieren justificar por cuanto el enfermo, consciente y capaz, manifiesta libre y espontáneamente su deseo de morir. Negamos, en todo caso y por lo ya expuesto anteriormente, la exigibilidad de semejante “consentimiento informado” frente a terceros, aunque esta voluntad resultara ser “capaz, libre y consciente”. Y es que afirmamos, con la Evangelium Vitae, que la eutanasia voluntaria -en cuanto suicidio- es moralmente reprobable, ya que: “el suicidio, bajo el punto de vista objetivo, es un acto gravemente inmoral, porque comporta el rechazo del amor a sí mismo y la renuncia a los deberes de justicia y de caridad para con el prójimo, para con las distintas comunidades de las que se forma parte y para la sociedad en general. En su realidad más profunda, constituye un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y sobre la muerte”[6]. Y la cooperación necesaria con la eutanasia: “significa hacerse colaborador, y algunas veces autor en primera persona, de una injusticia que nunca tiene justificación, ni siquiera cuando es solicitada”[7].

Pero, nos preguntamos, ¿qué ocurrirá si el paciente estuviere afectado por un ánimo depresivo o que condicionare dicha voluntariedad? ¿O si el paciente que reclama la eutanasia fuere menor de edad o un discapacitado físico o psíquico, en contra de la voluntad de sus padres o tutores? ¿O cuando fueren los padres o los tutores los que reclamen la eutanasia de un menor o de un discapacitado, con o contra su voluntad? Lamentablemente, en los últimos años hemos presenciado atónitos en Europa demasiados supuestos de eutanasia legal o legalizada por la vía de los hechos consumados en esos casos mediante resoluciones judiciales, dictadas incluso en contra de las decisiones de los familiares.

San Maximiliano murió –fue asesinado- por una inyección de fenol: podríamos aventurarnos a decir que fue una de las primeras “víctimas” de la eutanasia moderna. En una de sus primeras alocuciones, el 5 de noviembre de 1978 en Asís, San Juan Pablo II llamó a Maximiliano Kolbe como “Patrono particular de nuestros tiempos difíciles”. En las litterae decretales por las que se disponía su inscripción en el libro de los santos, San Juan Pablo II declaraba a su compatriota franciscano como “patronum horum temporum”[8]. Ciertamente, San Maximiliano ostenta los más variados patronatos: incluso hay quien propone que sea declarado patrón de los “start-ups” por su capacidad emprendedora; o patrón y defensor de la familia, ya que dio la vida por un padre de familia. Si San José es el patrón de la buena muerte, nosotros, desde aquí, le pedimos humildemente a la Iglesia que declare a San Maximiliano Kolbe patrón contra la eutanasia, esa lacra de la anticultura de la muerte, promovida insistentemente por poderosos medios de comunicación, y cuya pérfida mentalidad nos invade, infiltrándose incluso en ámbitos pretendidamente eclesiales.

Nuestra Milicia de la Inmaculada promueve la iniciativa de los Caballeros al Pie de la Cruz, es decir, la actividad de aquellos miembros (mílites) que se encuentran en el lecho del dolor, enfermos o impedidos para ejercer sus actividades ordinarias o para un apostolado “externo”, pero que, consagrados a la Inmaculada sin límites, ofrecen paciente y amorosamente sus sufrimientos para la consecución de los fines constitutivos de la Milicia que, en realidad, son los mismos de la Iglesia, como no podía ser de otro modo. Se trata de la vanguardia, la avanzadilla más eficaz de nuestra asociación, que lucha para no desvirtuar la Cruz de Cristo (cf. 1 Cor 1,17). No se amoldan a este mundo (cf. Rom 12,2). Estos mílites se unen en ello a María, la Dolorosa, que estaba junto a la Cruz y que por el sufrimiento oblativo de su Corazón inmaculado, el corazón traspasado de la Madre del Crucificado, adquirió el título de “Corredentora”. Por ello destacaba el Concilio Vaticano II que en su peregrinación de la fe, María “mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo»”[9]. Por el contrario, pretender sobrellevar nuestras cruces con nuestras propias fuerzas y sin la gracia es una peligrosa y vana ilusión, ya que sin esa gracia la Cruz siempre nos terminará aplastando. En cambio, nosotros sabemos que en el sufrimiento, aunque sea extremo e insoportable, nunca nos faltará la gracia divina para arrostrarlo y, es más, ofrecerlo con gozo interior. Y es que la gracia es un don que Dios está deseando concedernos y –de hecho, concede a todos- pero que también, por ser algo inmerecido, desde nuestra pequeñez debemos pedir, acoger y agradecer humildemente. Esa es la gracia que María, como mediadora universal y salus infirmorum, nos concede tan maternalmente.

 

Dr. Miquel Bordas Prószynski
Vicepresidente del Centro Internacional de la Milicia de la Inmaculada
Presidente del Centro Nacional en España de la Milicia de la Inmaculada

 

Koronas

[1] Cf. EK 137.

[2] En este sentido, cf. EK 21.

[3] Cf. EK 960.

[4] Poco antes de su beatificación, el padre franciscano Joachim Roman Bar analizó, a partir de los testimonios de los hechos, la muerte de San Maximiliano en el artículo publicado en 1968 bajo el título “Śmierć O. Maksymiliana Kolbe w świetle prawa kanonicznego” [(La muerte del P. Maximiliano Kolbe a la luz del Derecho canónico) cf. Prawo Kanoniczne : kwartalnik prawno-historyczny 11/3-4, 81-154)].

[5] “Son dignos de consideración y honor especial aquellos cristianos que, siguiendo más de cerca los pasos y las enseñanzas del Señor Jesús, han ofrecido voluntaria y libremente su vida por los demás y perseverado hasta la muerte en este propósito. Es cierto que el ofrecimiento heroico de la vida, sugerido y sostenido por la caridad, expresa una imitación verdadera, completa y ejemplar de Cristo y, por tanto, es merecedor de la admiración que la comunidad de los fieles suele reservar a los que han aceptado voluntariamente el martirio de sangre o han ejercido heroicamente las virtudes cristianas”. Unos días antes, el Papa Francisco, en la audiencia general del 28 de junio de 2017, identificó el martirio –el testimonio- con la fidelidad a Jesús: «esta fidelidad al estilo de Jesús —que es un estilo de esperanza— hasta la muerte, será llamada por los primeros cristianos con un nombre bellísimo: “martirio”, que significa “testimonio”. Había muchas otras posibilidades, ofrecidas por el vocabulario: se podía llamar heroísmo, abnegación, sacrificio de sí. Y en cambio los cristianos de la primera hora lo llamaron con un nombre que perfuma de discipulado. Los mártires no viven para sí, no combaten para afirmar las propias ideas, y aceptan tener que morir solo por fidelidad al Evangelio. El martirio no es ni siquiera el ideal supremo de la vida cristiana porque por encima de ello está la caridad, es decir, el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice muy bien el apóstol Pablo en el himno a la caridad, entendida como el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Lo dice muy bien Pablo en el himno a la caridad: «Aunque partiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1 Corintios 13, 3). Repugna a los cristianos la idea de que los terroristas suicidas puedan ser llamados “mártires”: no hay nada en su fin que pueda acercarse a la actitud de los hijos de Dios. A veces, leyendo las historias de los muchos mártires de ayer y de hoy —que son más numerosos que los mártires de los primeros tiempos—, permanecemos estupefactos ante la fortaleza con la cual han afrontado la prueba. Esta fortaleza es el signo de la gran esperanza que les animaba: la esperanza cierta de que nada ni nadie les podía separar del amor de Dios que nos ha sido donado en Jesucristo (cf. 8, 38-39). Que Dios nos done siempre la fortaleza de ser sus testigos. Nos done el vivir la esperanza cristiana sobre todo en el martirio escondido de hacer el bien y con amor nuestros deberes de cada día».

[6] Nº 66.

[7] Ibíd.

[8] Cf. Acta Apostolicae Sedis - Commentarium Officiale, An. et Vol. LXXVI, 4 Ianuarii 1984, nº 1, p. 6.

[9] Cf. Lumen Gentium, nº 58.

Dar la vida como Cristo y San Maximiliano Kolbe: a propósito de una pretendida “eutanasia” evangélica (I)

1. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Con esta cita evangélica (Jn 15, 13) empezó San Juan Pablo II su homilía en la misa de canonización de San Maximiliano María Kolbe el 10 de octubre de 1982[1]. Citó también la primera carta de San Juan: “en esto hemos conocido el amor, en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos” (1 Jn 3, 16).

JPII canonizacion Kolbe

En un reciente artículo publicado en un conocido portal de información religiosa, su autor –dedicado a promover desde hace tiempo en sus textos la subversión de la Tradición de la Iglesia Católica, en línea con lo que desde hace dos mil años demanda el espíritu de este Mundo- postula en esta ocasión la aceptación de la eutanasia voluntaria (y, por extensión, del suicidio asistido) por parte del Magisterio, so pretexto de supuestas exigencias evangélicas[2]. Para hacerlo, movido por la sospecha y el disentimiento, ese autor pretende relativizar o diluir el contenido doctrinal de la enseñanza “oficial” de la Iglesia, como habría sucedido para el autor con el caso de la cremación o incineración de los cadáveres (práctica que habría estado prohibida severamente y sin excepciones hasta no hace tanto tiempo en el Derecho canónico, habiéndose permitido en la actualidad bajo ciertas condiciones[3]). Para ello, en lugar de buscar una comprensión de las cuestiones a partir de lo que se ha llamado la evolución homogénea del dogma en consonancia con el sentir de la Iglesia[4], el autor recurre a un argumento sociológico, motivado por una sedicente “opinión pública” cristiana, para forzar la reinterpretación de cualquier verdad incómoda que integre el depósito de la fe revelada, hasta su derogación, según y cuando convenga al spiritus mundi. Todo ello para concluir falazmente que, en particular, la eutanasia no se opone al cristianismo y que, según espera ese autor, llegará el día en que la fuerza del progreso de la conciencia social obligará al Magisterio de la Iglesia a aceptar la licitud de la eutanasia activa.

Para reforzar su desenfocada y errante tesis, sin ningún apoyo en la ciencia médica, en lo que sólo puede tildarse de inculta pedantería, el autor llega a invocar la misma conducta de Jesús, el cual, en un alarde de autodeterminación, habría dispuesto voluntariamente de su vida, abreviándola manifiestamente, en la Cruz. Olvida que Cristo subió al Madero cargando nuestros pecados y, con ellos, el sufrimiento de toda la Humanidad. Por otra parte, para redargüir las confusiones del autor aquí nos asiste la Veritatis Splendor de San Juan Pablo II, hoy más actual que nunca para defender la universalidad y la inmutabilidad de la Ley moral: “el origen y el fundamento del deber de respetar absolutamente la vida humana están en la dignidad propia de la persona y no simplemente en el instinto natural de conservar la propia vida física. De este modo, la vida humana, por ser un bien fundamental del hombre, adquiere un significado moral en relación con el bien de la persona que siempre debe ser afirmada por sí misma: mientras siempre es moralmente ilícito matar un ser humano inocente, puede ser lícito, loable e incluso obligatorio dar la propia vida (cf. Jn 15, 13) por amor al prójimo o para dar testimonio de la verdad”[5].

Por ello, nos preguntamos asombrados ante las afirmaciones tan temerarias del autor: ¿qué tiene que ver esta entrega excelsa de la vida por el prójimo, como la de Nuestro Señor, con un acto (del ámbito de la medicina) respecto de un paciente en una situación más o menos irreversible, como la eutanasia? Conviene recordar aquí la definición de eutanasia de la Organización Mundial de la Salud (OMS) como aquella “acción del médico que provoca deliberadamente la muerte del paciente”, enmarcada en principio en un cuadro de padecimiento del paciente. De forma similar, la Asociación Médica Mundial (AMM) definió en 2013 la eutanasia como “el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente”. En cuanto tal, según la AMM, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares es contraria a la ética. Ello no impide al médico respetar el deseo del paciente de dejar que el proceso natural de la muerte siga su curso en la fase terminal de su enfermedad[6]. En nuestro país, el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos, en una declaración adoptada el 21 de mayo de 2018, entre otras cosas señaló: “(…) 3.- El médico nunca provocará intencionadamente la muerte de ningún paciente, ni siquiera en caso de petición expresa por parte de éste. 4.- El médico está obligado a atender las peticiones del paciente reflejadas en el documento de voluntades anticipadas, a no ser que vayan contra la buena práctica médica”.

Es claro, por consiguiente, que el rechazo a la eutanasia no es una arbitrariedad del Magisterio de la Iglesia[7], sino que se trata de una práctica que la comunidad médica, desde el juramento hipocrático[8], siempre ha reprobado como contraria a los principios más elementales de la deontología profesional. En la recientísima Declaración conjunta de las religiones monoteístas abrahámicas sobre las cuestiones finales de la vida sus firmantes manifestaban que se oponen a cualquier forma de eutanasia, así como al suicidio asistido “porque contradicen fundamentalmente el valor inalienable de la vida humana y, por lo tanto, son actos equivocados desde el punto de vista moral y religioso, y deberían prohibirse sin excepciones”.

Por tanto, en la eutanasia estamos hablando de un acto “médico”, que exige la acción de un tercero (el facultativo) para conseguir su finalidad y, en principio, en una situación concreta, de enfermedad terminal o sufrimiento extremo e incoercible.

En cambio, para el autor del artículo que censuramos, el enfermo o incapaz y, en realidad cualquier persona, podrían estar legitimados o incluso moralmente obligados a poner fin a su vida o reclamar de otros la ejecución del fin de la misma –su propia muerte- “una vez llegado a situación irreversible de imposibilidad de hacer a otros bien alguno” o, simplemente, para evitar ser una carga para los demás. En definitiva, cualquier motivación subjetiva que fuera sincera sería válida y no objetable para ejercer el derecho absoluto e irreversible de la autodeterminación personal (autodeterminación entendida como un valor absoluto, aunque suponga la propia desaparición del sujeto), revestida, es claro, de autocompasión: ya que uno no puede darse la vida a sí mismo, al menos puede y, por tanto, debe quitársela. ¿Qué mal hace al prójimo la eutanasia activa? – se pregunta retóricamente el autor, amparándose sofísticamente, sin citarlo, en el principio clásico de alterum non laedere, olvidando que –en el plano natural- el hombre es un ser social, puesto que vive en sociedad y no se debe sólo a sí mismo, sino que la dignidad humana es un valor intrínseco indisponible, que no depende de la “calidad” subjetiva de la vida de un individuo. Estamos entrelazados y nuestros actos personalísimos siempre tienen efectos externos. Además, perpetrar la eutanasia exige también que sea un tercero el que conculque gravemente el quinto mandamiento de la Ley de Dios, inscrito en lo más íntimo de cualquier conciencia humana: “no matarás”[9]. El objeto del non occides se refiere al prójimo, pero también a uno mismo. Por su parte, la pretensión del reconocimiento de un supuesto derecho a la eutanasia de suyo supone que este sea garantizado por toda la comunidad política, o sea el Estado, a través de las respectivas instituciones del sistema de la Seguridad Social o mediante instituciones privadas integradas en el sistema público de salud. Es decir, que el acto homicida sea financiado con cargo a los contribuyentes, queriéndonos hacer cómplices del mismo a todos nosotros. Y no nos engañemos, antes o después, se restringirá el derecho a la objeción de conciencia del personal sanitario que pueda estar involucrado en el tratamiento del paciente que solicite la eutanasia.

 

Dr. Miquel Bordas Prószynski
Vicepresidente del Centro Internacional de la Milicia de la Inmaculada
Presidente del Centro Nacional en España de la Milicia de la Inmaculada

(Continuará).

Cristo Kolbe


[1] Véase la traducción castellana aquí.

[2] En esto resonarían los ecos de una refinada heterodoxia todavía más mefistofélica (en pluma del jesuita Juan Masiá), según la cual la eutanasia –definida eufemísticamente como “dejar morir”- sería una respuesta moral obligada, ya que “dejar morir dignamente no es matar, sino dejar nacer a la vida verdadera” (publicada en el mismo portal de información religiosa). Sin embargo, es de fe creer que tras la muerte hay una vida eterna, lo que entraña también la realidad del juicio, la salvación y la visión beatífica, el purgatorio e incluso la condena eterna en el infierno en caso de uno fallezca en situación de pecado mortal -pecado mortal es el homicidio o el suicidio- rechazando la misericordia divina, sin arrepentirse.

[3] Concretamente, la Instrucción Ad resurgendum cum Christo, de la Congregación para la Doctrina de la Fe, acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación, de 15 de agosto de 2016, recuerda que ya mediante la Instrucción Piam et constantem del 5 de julio de 1963, el entonces Santo Oficio, estableció que “la Iglesia aconseja vivamente la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos”, pero agregó que la cremación no es “contraria a ninguna verdad natural o sobrenatural” y que no se les negaran los sacramentos y los funerales a los que habían solicitado ser cremados, siempre que esta opción no obedezca a la “negación de los dogmas cristianos o por odio contra la religión católica y la Iglesia”. No se trataba, pues, de una cuestión correspondiente a un orden de fe o moral, sino de disciplina eclesiástica.

[4] Según lo enseñado desde la época de los Padres de la Iglesia y, en especial, por San Vicente de Lerins en su Conminatorio, fijando el criterio de la enseñanza fundamental que los cristianos han de creer: quod semper, quod ubique, quod ab omnibus creditum est (sólo y todo cuanto fue creído siempre, por todos y en todas partes). A este respecto, la Encíclica Veritatis Splendor de San Juan Pablo II aclara en su nº 27: “dentro de la Tradición se desarrolla, con la asistencia del Espíritu Santo, la interpretación auténtica de la ley del Señor. El mismo Espíritu, que está en el origen de la Revelación, de los mandamientos y de las enseñanzas de Jesús, garantiza que sean custodiados santamente, expuestos fielmente y aplicados correctamente en el correr de los tiempos y las circunstancias. Esta actualización de los mandamientos es signo y fruto de una penetración más profunda de la Revelación y de una comprensión de las nuevas situaciones históricas y culturales bajo la luz de la fe. Sin embargo, aquélla no puede más que confirmar la validez permanente de la revelación e insertarse en la estela de la interpretación que de ella da la gran tradición de enseñanzas y vida de la Iglesia, de lo cual son testigos la doctrina de los Padres, la vida de los santos, la liturgia de la Iglesia y la enseñanza del Magisterio”. A este respecto, véase también el Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana de San Juan Enrique Newman, canonizado el pasado 13 de octubre de 2019, que le llevó a abrazar el catolicismo.

[5] Nº 50.

[6] Véase la Resolución adoptada por la 53ª de la Asamblea General de la AMM, Washington, mayo 2002 y reafirmada con una revisión menor por la 194ª Sesión del Consejo, Bali, Indonesia, abril 2013. Esta resolución recuerda la Declaración de la AMM sobre Eutanasia, adoptada por la 38ª Asamblea Médica Mundial, Madrid, España, octubre 1987 y reafirmada por la 170ª Sesión del Consejo, Divonne les Bains, Francia, mayo 2005.

[7] La Encíclica Evangelium Vitae analizaba admirablemente en su nº 15 -en 1995- la extensión de una mentalidad favorable a la eutanasia: “en un contexto social y cultural que, haciendo más difícil afrontar y soportar el sufrimiento, agudiza la tentación de resolver el problema del sufrimiento eliminándolo en su raíz, anticipando la muerte al momento considerado como más oportuno”.

[8] “(…) Me serviré, según mi capacidad y mi criterio, del régimen que tienda al beneficio de los enfermos, pero me abstendré de cuanto lleve consigo perjuicio o afán de dañar. Y no daré ninguna droga letal a nadie, aunque me la pidan, ni sugeriré un tal uso, y del mismo modo, tampoco a ninguna mujer daré pesario abortivo, sino que, a lo largo de mi vida, ejerceré mi arte pura y santamente”. Ciertamente, no hay que olvidar que la deontología médica actualmente tampoco se halla exenta de fuertes presiones ideológicas y legislativas para redefinir estos principios fundamentales hacia fórmulas antitéticas con los mismos, bajo confusas alegaciones a la autonomía del paciente, considerada en términos absolutos, o a la proscripción del paternalismo médico.

[9] Ese quinto mandamiento, a la luz de la profundización del sentido de la inviolabilidad y dignidad de la vida humana, ha llevado a que la Iglesia haya declarado recientemente que, en ningún caso, la pena de muerte podría ser admisible. Véase el Rescripto del Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe “ex Audentia SS.mi”, de 02.08.2018, que dio nueva redacción al punto 2267 del Catecismo de la Iglesia Católica.

102 años de la fundación de la Milicia de la Inmaculada

¡¡ La Milicia de la Inmaculada cumple 102 años !!

Hoy hace ya 102 años que en la noche del 16 de octubre de 1917, en una sencilla habitación del Colegio internacional de los Frailes Menores Conventuales, en la calle San Teodoro Nº 42, en Roma, el joven franciscano de 23 años, Maximiliano María Kolbe, junto a seis de sus hermanos de la orden, fundó el Movimiento de la Milicia de la Inmaculada ( MI ).

Movimiento del que humildemente formamos parte muchos de los lectores que desde esta página web intentamos transmitir a todos los hombres, creyentes y no creyentes, nuestro profundo amor a la Virgen Inmaculada, aprendido del ejemplo de vida de San Maximiliano María Kolbe.

Hasta llegar a esa noche del 16 de octubre, la vida de nuestro santo estuvo marcada desde su inicio por la siempre presencia amorosa de la Virgen.

En 1906, con 12 años, sucede un acontecimiento que marcó profundamente la vida de Maximiliano:

"Mama, cuando me reprochaste, pedí mucho a la Virgen me dijera lo que seria de mi. Lo mismo en la iglesia, le volví a rogar. Entonces se me apareció la Virgen, teniendo en las manos dos coronas: una blanca y otra roja. Me miro con cariño y me pregunto si quería esas dos coronas. La blanca significaba que perseveraría en la pureza y la roja que seria mártir. Contesté que aceptaba las dos. Entonces la Virgen me miró con dulzura y desapareció“.

Desde entonces toda su vida fue por y para María.

Durante la permanencia del joven Kolbe en Roma, entre 1912 y 1919, estalla la 1ª guerra mundial con todos sus horrores. En el año 1917, la masonería mundial celebró el segundo centenario de su fundación en Roma, con actitudes abiertamente hostiles hacia la Iglesia católica. Maximiliano se siente fuertemente interpelado por estos acontecimientos y se pregunta:"¿Es posible que nuestros enemigos trabajen tanto hasta prevalecer, y nosotros permanezcamos ociosos o al máximo rezando pero sin entrar en acción?. ¿Acaso no tenemos armas más poderosas como la protección de la Inmaculada?. La sin mancha, vencedora de todas las herejías, vencerá al enemigo que levanta la cerviz".

 

Nunca se insistirá lo suficiente en los humildes comienzos de la Milicia de la Inmaculada.

La reunión fundacional fue la primera y la última de aquel tiempo. Siguieron luego años lleno de dificultades, en los que difícilmente Kolbe se atrevía a hablar, aún entre sus Miembros: “Mamaíta, no sé que rumbo tomará este asunto, pero dígnate hacer de mí y de todos nosotros lo que a ti misma te agrade para la mayor gloria posible de Dios; yo soy tuyo, ¡oh, mi mamaíta Inmaculada!" (EK II, p 757)

Será con el regreso a Polonia en 1922, después de ordenarse sacerdote en Roma, cuando empiece a trabajar para “marianizar” al mundo entero. Ese fue su ideal absorbente por el que trabajó, predicó, luchó, oró, escribió y sufrió: "Conquistar para la Inmaculada un alma tras otra, enarbolar su estandarte en las casas editoriales de los diarios y de la prensa periódica, en las agencias y antenas radiofónicas, en los centros docentes y cenáculos literarios, en las salas de cine, en los parlamentos y senados: en una palabra, en cualquier rincón de la tierra "


Por eso, pasó a conocérsele como “el loco” de la Inmaculada.

De 1922 a 1939 fundó la revista “El Caballero de la Inmaculada”, que en esta página web se puede consultar su edición española, y que llegó a alcanzar en 1938 el millón de ejemplares.

Construye en Polonia "Niepokalanów", en castellano: la Ciudad de la Inmaculada; con casi 800 frailes y 34 modernas máquinas de impresión de aquella época, donde el ideal de aquella ciudad lo resumía nuestro santo con estas hermosas palabras: "En Niepokalanow, María lo es todo: es el corazón y la meta; es el ideal y la fuerza. Por Ella se trabaja, se vive, se sufre, como por Ella se muere. ¡Todo a la mayor gloria de la Inmaculada!"

 

Debido a su ardor apostólico y misionero, por expandir el amor a la Inmaculada, viajó hasta Japón, estando en ese pais de 1935 a 1936. Fundó allí otra Ciudad de la Inmaculada "Mugenzai No Sono". Sin conocimientos de la lengua nativa logró editar la revista de "El Caballero" en japonés. Pero debido al clima cálido y húmedo del pais y a las condiciones de salud del P. Maximiliano, que habían empeorado notablemente, volvió a Polonia.

 

Estalla la 2ª guerra mundial.

 

El horror nazi, la invasión de su querida Polonia y el exterminio judío y de miles de religiosos.

Niepokalanów, la hermosa Ciudad de la Inmaculada es aniquilada. Los frailes que habitaban en ella son dispersados o como nuestro Padre Kolbe llevados al "infierno en la tierra" como era el campo de extermino de Auschwitz.
Allí el 14 de agosto de 1941, como preparación al dia de la fiesta de la Asunción de la Virgen, y tras una agonía de 14 dias, sin agua y sin comida, por haber ofrecido su vida a cambio de la de un padre de familia; nuestro santo entregó su vida.

Pero la sangre de los mártires es "fruto que da vida" y da vida en abundancia.

Hoy su legado, del que formamos parte todos los que estamos inscritos en su sueño de entregar nuestra vida a la Inmaculada, se extiende por todo el mundo.

La Milicia de la Inmaculada cuenta con cerca de 5 millones de consagrados, con presencia en los 5 continentes, 30 ediciones en distintos idiomas de la revista "El Caballero de la Inmaculada", con emisoras de radio y canales de TV, con cientos de Iglesias y basílicas dedicadas a San Maximiliano y con nuevas ciudades de La Inmaculada repartidas por el mundo (Polonia, Brasil, USA).

Y aunque la realidad de La Milicia de la Inmaculada en España, por ahora es muy humilde, nos sabemos sostenidos por la fuerza de nuestra Madre Inmaculada que en todo momento quiere llevarnos al Sagrado Corazón de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo.


El sueño de San Maximiliano María Kolbe y su Milicia de la Inmaculada sigue y seguirá vivo mientras haya un sólo hombre y mujer en el mundo que se sienta locamente enamorado, como él, de la Inmaculada.

¡ Felicidades a todos los miembros de la Milicia de la Inmaculada en este dia !

 

 

“ Conquistar el mundo entero para Cristo, por medio de la Inmaculada”

San Maximiliano María Kolbe

Sábado con la Inmaculada - 23 Noviembre 2019

Este próximo 23 de noviembre a las 17:00 tendrá lugar en Madrid, en la Parroquia de "Ntra. Sra, del Rosario" (Plaza de los Franciscanos, 3 - Metro Batán) un nuevo encuentro de los "Sábados con la Inmaculada" de este curso 2019, organizado por La Milicia de La Inmaculada en España.
 
Será un encuentro de oración, de la mano de María, en la que compartiremos: Alabanza, intercesión, Rezo del Rosario meditado y  Exposición del Santísimo.
 
 
  
 
¡Atrévete a dejarte inundar de su Santo Espíritu, como María, y como Ella verás las maravillas de su Amor y proclamarás que su Misericordia es eterna! 
 
Todos los que amáis a nuestra Madre Inmaculada.
Todos los que buscáis a tientas en las sombras una respuesta que de sentido a vuestra vida.
Todos los que queréis aumentar vuestro amor al Señor Jesús, a través de su Madre.
 
Todos,seais quienes seais, estais invitados. ¡ Tu Madre te espera !. ¡ Ven !

Dar la vida como Cristo y San Maximiliano Kolbe: a propósito de una pretendida “eutanasia” evangélica (II)

(Continuación de la primera entrega de este artículo).

2. La tentación de la eutanasia

Kolbe confesando

La vida, cualquier vida humana, es un don de Dios. Por ello, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: “Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud y a conservarla para su honor y para la salvación de nuestras almas. Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella”[1]. La vigencia de la norma moral, además, anclada en la ley natural, no depende de la voluntad o discrecionalidad del sujeto sino que debe guiar la libre conducta humana, sin perjuicio de que pueda haber circunstancias o condiciones que atenúen –o agraven- la correspondiente responsabilidad de tal sujeto por sus actos. En este sentido, “cualesquiera que sean los motivos y los medios, la eutanasia directa consiste en poner fin a la vida de personas disminuidas, enfermas o moribundas. Es moralmente inaceptable”[2]. Se concluye, por tanto, que “una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, provoca la muerte para suprimir el dolor, constituye un homicidio gravemente contrario a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador”[3]. Es obvio, por otro lado, que la reprobación de la eutanasia no legitima el “encarnizamiento terapéutico” y que los cuidados paliativos deben ser alentados.

A comienzos del pasado mes de septiembre, el Papa Francisco, dirigiéndose a los miembros de la Asociación Italiana de Oncología Médica levantaba su voz por estos nuevos descartados, potenciales víctimas de la mentalidad eutanasista que por desgracia se va extendiendo en nuestros tiempos y abogaba por la verdadera civilización del amor y de la vida: “la tecnología no está al servicio del hombre cuando lo reduce a cosa, cuando distingue entre el que todavía es acreedor de cuidados y el que no, porque se le considera solamente una carga ―y a veces un descarte―. La práctica de la eutanasia, que ya es legal en varios estados, solo aparentemente busca alentar la libertad personal; en realidad se basa en una visión utilitaria de la persona, que se vuelve inútil o puede equipararse a un costo, si desde el punto de vista médico no tiene esperanza de mejorar o ya no puede evitar el dolor. Por el contrario, el compromiso de acompañar al paciente y a sus seres queridos en todas las etapas de la enfermedad tratando de aliviar su sufrimiento mediante paliación u ofreciendo un ambiente familiar en los hospicios, que son cada vez más numerosos, contribuye a crear cultura y prácticas más atentas al valor de cada persona”[4]. Y advertía el Santo Padre: “si se elige la muerte, los problemas se resuelven en cierto sentido; ¡pero cuánta amargura hay detrás de este razonamiento y qué rechazo de la esperanza implica la opción de renunciar a todo y romper todos los lazos! A veces estamos en una suerte de vaso de Pandora: todo se sabe, todo se explica, todo se resuelve, pero ha quedado escondido solamente algo: la esperanza. Y también tenemos que buscarla. Cómo traducir la esperanza, es más, cómo darla en los casos límites”.

Sobre esta misma cuestión, un par de semanas después, en un discurso dirigido a la Federación italiana de los Colegios de Médicos[5], el Pontífice actual insistía en que la medicina, por definición, es un servicio a la vida humana y, como tal, implica una referencia esencial e indispensable a la persona en su integridad espiritual y material, en su dimensión individual y social: la medicina debe estar al servicio de todo el hombre, de cada hombre. En este contexto, según el Santo Padre, el paciente ha de ser acompañado con conciencia, inteligencia y corazón, especialmente en las situaciones más graves. Aseveraba el Papa a los médicos italianos que, con esta actitud, “se puede y se debe rechazar la tentación -inducida también por cambios legislativos- de utilizar la medicina para apoyar una posible voluntad de morir del paciente, proporcionando ayuda al suicidio o causando directamente su muerte por eutanasia”. Estas tentaciones, el recurso a la eutanasia o al suicidio asistido, para el Papa reinante, “son formas apresuradas de tratar opciones que no son, como podría parecer, una expresión de la libertad de la persona, cuando incluyen el descarte del enfermo como una posibilidad, o la falsa compasión frente a la petición de que se le ayude a anticipar la muerte”. En efecto, como nos recordaba la Evangelium Vitae, la verdadera “compasión” nos hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. Más que piedad compasiva, en este caso sería una perversión de la misma.

Por su parte, el autor del artículo que replicamos y que ciertamente no soporta la sana doctrina (cf. 2 Tm 4, 3) reconoce que su desafío al Magisterio provocará “repelús”. ¡Y cómo no lo va a provocar si raya lo blasfemo, al pervertir la fe y querer confundir al Pueblo de Dios! Se burla, además, del valor del sufrimiento hecho oración, ofrecido por amor, así como de la condición reparadora de la resignación cristiana, porque no le cabe en la cabeza un Dios, Padre bueno, que haga sufrir a sus hijos. Es en el fondo la recurrente pregunta mal planteada y, por tanto, mal respondida por el autor sobre el sentido del sufrimiento, así como la tendencia, tan humana, de huir de la Cruz que abrazó Nuestro Señor por todos nosotros. Obviamente la psicología nos enseñará que el sufrimiento debe tener sentido, el sufrir sin más no nos da ese sentido. Efectivamente, San Pablo se refería a completar en su carne lo que les falta a los padecimientos de Cristo (cf. Col 1, 24). Naturalmente, no se trata de una visión estoica o fatalista ante el misterio del sufrimiento humano. Según el ejemplo del Buen Samaritano, el cristiano está llamado a ofrecer una respuesta caritativa y comprometida ante los distintos sufrimientos y dolencias de los hombres. Como recuerda la carta apostólica Salvifici Doloris de San Juan Pablo II, la historia de la Iglesia ha visto nacer numerosísimas iniciativas y organizaciones, cuyo objeto o carisma es asistir a los enfermos y necesitados. Frente a la eutanasia, por ejemplo, nos queda mucho por explorar del campo de los citados cuidados paliativos. Sin embargo, el autor viene a cuestionar y exigir la alteración de toda la Tradición inmutable de nuestra Santa Madre Iglesia, para convertirla, en suma, en una religión mundanizada y antropocéntrica de la inmanencia, al servicio de un mero bienestar físico y anímico, sin esperanza sobrenatural y negando la dimensión salvífica del sufrimiento ofrecido (recordemos que la Iglesia, entre otras acepciones, siempre ha celebrado la Eucaristía como el santo sacrificio del altar).

Nuestro autor, en su afán por deconstruir los fundamentos doctrinales de nuestra fe, ¡aduce el Evangelio contra el mismo Evangelio! En ello sigue a aquellos compatriotas de Jesús que le entregaron a Pilatos. “¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Él era homicida desde el principio y no se mantuvo en la verdad porque no hay verdad en él. Cuando dice la mentira, habla de lo suyo porque es mentiroso y padre de la mentira” (cf. Jn 8, 43-44). La mentira, aquí y siempre, debe ser denunciada. Nosotros no creemos que la libertad de expresión pueda amparar esta apología de una forma tan sutil de homicidio, especialmente de los más débiles -crimen y pecado gravísimo- y le pedimos a la Inmaculada que toque el corazón y la inteligencia del autor, para que reconsidere sus planteamientos equivocados y rectifique sus conclusiones, teniendo en cuenta que el escándalo a los más pequeños clama al Cielo (cf. Lc 17, 2).

Ello no obstante, nuestra repulsa no nos movería a escribir estas líneas, que seguramente podrían redactarse con mayor solvencia por personas mejor preparadas, sino fuera porque el autor del texto irreverente que impugnamos, en su atrevimiento, todavía alude con argucias al caso de San Maximiliano María Kolbe[6], como otro seguidor de la “eutanasia activa” que Cristo se habría aplicado en la Cruz. Así, tan extraviado autor identifica el ofrecimiento de la propia persona del santo franciscano polaco para salvar a otro compañero del campo de concentración de Auschwitz como una forma de eutanasia voluntaria, ya que equivalía, en su asombrosa percepción, a disponer libremente de su misma vida.

 

Dr. Miquel Bordas Prószynski
Vicepresidente del Centro Internacional de la Milicia de la Inmaculada
Presidente del Centro Nacional en España de la Milicia de la Inmaculada

(Continuará).

Kolbe enfermería

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2280.

[2] Ibíd., nº 2277.

[3] Ibíd.

[4] http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/september/documents/papa-francesco_20190902_aiom.html.

[5] http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/september/documents/papa-francesco_20190920_medici.html.

[6] Transcribimos íntegro el fragmento en cuestión: “¿Defraudó al Evangelio el franciscano Maximiliano Kolbe, al ofrecerse voluntariamente a sustituir al padre de familia con hijos, condenado en Auschwitz a morir de hambre? ¡Juan Pablo II lo canonizó! Esta incongruencia romana de canonizar en Kolbe ‒que ni siquiera estaba en situación terminal‒ lo condenado en la eutanasia voluntaria, sólo es muestra de las tantas producidas a lo largo de la historia.”

Angela Morais, nueva Presidente Internacional de la Milicia de la Inmaculada

La Asamblea Electiva Internacional de la Milicia de la Inmaculada (MI), celebrada en la Pontificia Facultad Teológica “Seraphicum” de Roma del 10 al 13 de octubre de 2019 eligió como nueva Presidente Internacional de la Milicia a la laica brasileña Angela Morais, quien hasta la fecha había desempeñado el cargo de Vicepresidente Internacional de la MI.

 

Angela Morais

La Asamblea Electiva, conforme a lo establecido en los Estatutos de la Asociación Pública de Fieles de la Milicia de la Inmaculada, reunió a representantes (presidentes, asistentes y delegados de jóvenes) de los centros nacionales de la MI de Italia, Polonia, Brasil, Estados Unidos, México, Bolivia, República Checa y Luxemburgo. El Centro Nacional de España estuvo representado por su Presidente, Miquel Bordas.

Asamblea

 

El nuevo Consejo Internacional, elegido para el sexenio 2019-2025, estará formado por:

Angela Morais (Brasil) - Presidente

Miquel Bordas (España) - Vicepresidente

Margherita Perchinelli (Italia)

Norma M. Magdalena Sánchez (México)

Fr. Tomasz Tęgowski OFMConv (Polonia)

John Galten (Estados Unidos)

Consejo MI

A su vez, el Presidente saliente, Fr. Raffaele di Muro, OFMConv, ha sido designado delegado del Asistente Internacional de la Milicia de la Inmaculada, el Ministro General de la Orden Franciscana Conventual, Fr. Carlos Trovarelli, por lo que seguirá acompañando los trabajos del órgano rector de la MI, en consonancia con lo realizado en los últimos años y podrá contribuir a dar cumplimiento al documento programático: ¡Después del Centenario! Trabajemos en la M.I. del futuro (publicado en 2018 y recogiendo las conclusiones alcanzadas por un grupo de trabajo durante las celebraciones del centenario de la MI en octubre de 2017).

La nueva Presidente de la MI, Angela Morais, es una mílite laica, licenciada en Relaciones Públicas por la FAPCOM (Faculdade Paulus de Tecnologia e Comunicação). Actualmente cursa estudios de relaciones internacionales en Anhembi Morumbi. Especialista en comunicación, es directora ejecutiva de Kolbe Arte Produções, una productora y agencia informativa de ámbito religioso, especialmente católico. Promotora de numerosos eventos religiosos y culturales, fue responsable de la organización de los stands de la MI en las JMJ de Rio de Janeiro y Cracovia, como delegada de jóvenes de la MI.

A raíz de su elección, Angela Morais agradeció a Dios y San Maximiliano que le hayan hecho conocer a la Inmaculada, a quien se consagró en 1998, compartiendo su testimonio de pertenencia y colaboración con la Milicia de la Inmaculada.

La elección de los nuevos consejeros de la MI en la mañana del sábado 12 de octubre -fiesta de Nuestra Señora de Aparecida, Patrona del Brasil, y de Nuestra Señora del Pilar, Patrona de la Hispanidad- estuvo precedida el viernes 11 de octubre de la exposición de la relaciones de los diversos países participantes en la Asamblea, poniendo de relieve el dinamismo y la adaptación de la MI a las distintas realidades nacionales. Asimismo, el mismo viernes el Presidente Internacional saliente, Fr. Raffaele Di Muro, OFMConv, presentó su Relación sobre el sexenio 2013-2018, marcado por una intensa actividad, el fallecimiento en noviembre de 2015 de la Presidente Internacional, Raffaela Aguzzoni y la celebración gozosa del centenario de la MI en 2017, todo ello acompañado de numerosas visitas a los centros nacionales para acompañar y orientar su crecimiento. Igualmente, el Presidente Internacional saliente expuso algunas consideraciones y desafíos que tendría que asumir el Consejo Internacional que resultara elegido, con especial mención a la imprescindible atención a los jóvenes. Para el p. Raffaele Di Muro es fundamental que la MI se sienta “como una gran familia”. Este deseo de comunión le permitirá a la Milicia conquistar todo el mundo para la Inmaculada.

Tras la elección del nuevo Consejo, los delegados de la Asamblea pudieron visitar el sábado por la tarde la Casa Kolbe en la calle San Teodoro de Roma, lugar en el que fue fundada la Milicia por San Maximiliano y sus seis compañeros hace 102 años.

Celda

Especialmente emotiva fue la oración de envío sobre los miembros del nuevo Consejo, para que puedan desempeñar su misión con responsabilidad y pasión, en fidelidad al carisma originario de la Milicia, ante los retos que plantea la nueva evangelización en el mundo actual, marcado por una profunda secularización.

Capilla

 

Finalmente, tras la celebración de la Santa Misa presidida por Fr. Tomasz Szymczak OFMConv – delegado del ministro general de los franciscanos y asistente internacional, Fr. Carlos Alberto Trovarelli, OFMConv, la Asamblea Electiva concluyó con las aportaciones y propuestas de los delegados nacionales de la MI para el próximo sexenio. Se recalcó la necesidad de coordinar y avanzar en la preparación de materiales formativos, tanto para los miembros de la MI, como para los asistentes. Se auguró una mejor comunicación entre el Centro Internacional y los centros nacionales, también mediante el aprovechamiento de las nuevas formas de comunicación telemáticas.

Pueden ver aquí un breve vídeo con imágenes de la Asamblea Electiva. 

La nueva Presidente Internacional ya ha tenido ocasión de participar el pasado 17 de octubre en la celebración del 102 aniversario de la fundación de la MI en la capilla de la Casa Kolbe de Roma, cuyo acto central fue una eucaristía presidida por Fr. Raffaele di Muro.

V Asamblea Internacional Electiva de la Milicia de la Inmaculada

Hoy 11 de octubre y hasta el próximo domingo 13 de octubre, está teniendo lugar en Roma la

V Asamblea Internacional Electiva de la Milicia de la Inmaculada.

Este es un momento importante de discernimiento y comunión, entre los distintos centros nacionales establecidos, incluida España, y los que están en proceso de reconocimiento.

Nuestro presidente nacional de España, Miquel Bordas Prószynski, ya se haya presente en Roma para participar en esta importante Asamblea , en la que será elegido el próximo Presidente Internacional de la Milicia de La Inmaculada.

 

Desde el Centro Internacional de la MI han pedido que encomendemos este encuentro con esta oración preparada para la ocasión:

 

ORACIÓN PARA LA PREPARACIÓN DE LA
ASAMBLEA DE LA MILICIA DE LA INMACULADA

 

MI International

¡Oh, San Maximiliano María Kolbe, que diste la vida para salvar a un padre de familia, enséñanos a amar como tú!
Tú que tuviste una experiencia profunda del amor de Dios y de la Inmaculada, atrayendo a incontables apóstoles a ese amor materno, muéstranos el camino que debemos recorrer para llevar a Dios el corazón de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo, testimonios valientes y fervorosos para continuar defendiendo tu legado espiritual en el mundo.

Pedimos la intercesión de Raffaella Aguzzoni, la cual, siguiendo los pasos de Jesús y atraída por Él, fue apóstol y misionera que con su celo apostólico fue testigo de cómo la Milicia de la Inmaculada constituye una herencia profética que, con el correr de los años, nos es confiada a cada uno de nosotros.

Que nuestros ojos sean capaces de vislumbrar siempre nuevos horizontes y que, impulsados por el ejemplo de San Maximiliano, sepamos llegar hasta los confines de la tierra, manteniendo encendida la llama que ardía en su corazón.
Que nuestras orejas sepan escuchar el grito de los pobres y que sepamos traducir nuestra Consagración a la Inmaculada mediante gestos concretos de vida y de esperanza.

Por ello, oh San Maximiliano, te pedimos que renueves en nosotros la audacia, el coraje, el espíritu de sacrificio y que, en esta V ASAMBLEA GENERAL DE LA MILICIA DE LA INMACULADA sepamos abrazar la cruz de Cristo, venciendo todos los desafíos, que nos harán más fuertes. Amén.

¡San Maximiliano Kolbe, ruega por nosotros!