Gonzalo Fernández-Gallardo Jiménez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Supresión de los

Franciscanos Conventuales de España

en el marco de la Política Religiosa de Felipe II

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Madrid 1999

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A los franciscanos conventuales españoles,

los que son y los que serán,

en el umbral del primer centenario

de la restauración de la Orden,

herederos de nuestros antepasados,

de un legado histórico-espiritual

lleno de vida.

A aquéllos y a éstos: gracias.


 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

 

ABREVIATURAS.............................................................................................................. 5

INTRODUCCIÓN............................................................................................................. 6

CAPÍTULO I:.................................................................................................................. 10

ANTECEDENTES HISTÓRICOS EN LA ORDEN........................................................ 10

1.- LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA ORDEN....................................................... 10

2.- ¿QUIÉNES SON LOS FRANCISCANOS CONVENTUALES O CLAUSTRALES? 12

3.- LAS REFORMAS EN ESPAÑA (1390-1474)........................................................ 13

4.- La mayoría de edad de la Observancia................................................. 19

5.- LA REFORMA EN EL REINADO DE LOS REYES CATÓLICOS........................ 23

6.- EN LOS DÍAS DEL EMPERADOR....................................................................... 29

 

CAPÍTULO II:.................................................................................................................. 32

EL MARCO HISTÓRICO-RELIGIOSO.......................................................................... 32

1.- LOS PRIMEROS AÑOS DEL REINADO DE FELIPE II (1556-1568): EN EL CONTEXTO DE LA CONTRARREFORMA............................................................................................... 32

2.- LA REFORMA EN ALGUNAS ÓRDENES RELIGIOSAS..................................... 35

a.- LOS PREMOSTRATENSES............................................................................. 35

b.- LA TERCERA ORDEN REGULAR DE SAN FRANCISCO.............................. 36

c.- LA ORDEN DEL CARMEN................................................................................ 37

d.- LOS FRANCISCANOS DESCALZOS............................................................... 38

e.- OTROS CASOS................................................................................................ 39

 

CAPÍTULO III:................................................................................................................. 47

LOS INTENTOS DE SUPRESIÓN Y SUS PROTAGONISTAS.................................... 47

1.- DURANTE EL PONTIFICADO DE PÍO IV (1559-1565)........................................ 47

a.- Las primeras negociaciones (1561)...................................................... 47

b.- Ante las posturas del Concilio de Trento y del cardenal Borromeo.        48

c.- El fruto de la presión española (1565): el legado pontificio. 51

d.- La actitud de la Curia General de los Franciscanos Conventuales.  54

2.-   LOS CEREBROS DE LA “REFORMA”.............................................................. 56

a.- FRANCISCO PACHECO.................................................................................. 58

b.- ALONSO GUTIÉRREZ...................................................................................... 59

c.- BERNARDO DE FRESNEDA........................................................................... 60

 

CAPÍTULO IV:................................................................................................................ 67

LOS BREVES PONTIFICIOS Y EL PLAN DE LA CORONA: LOS ACONTECIMIENTOS            67

1.- PÍO V (1566-1572): UN NUEVO RUMBO............................................................. 67

2.- EL BREVE APOSTÓLICO "MAXIME CUPEREMUS" (2-12-1566)....................... 70

2.- EL PLAN DE LA CORTE...................................................................................... 71

4.- EL APOYO DEL COMISARIO GENERAL OBSERVANTE.................................. 74

5.- LA INSTRUCCIÓN DE LA "JUNTA DE REFORMA"............................................. 74

6.- SE ENVÍAN LAS REALES CÉDULAS.................................................................. 76

7.- MÁS PETICIONES A ROMA................................................................................. 77

8.- LOS FRANCISCANOS CONVENTUALES DE BADAJOZ SE ENTERAN: LAS CONSECUENCIAS.          78

9.- ANTES DE LO PREVISTO................................................................................... 79

10.- ¿CÓMO SE HIZO LA TOMA DE LOS CONVENTOS? EL CASO DE SAN FRANCISCO DE BETANZOS (LA CORUÑA)................................................................................................................... 81

11.- EL BREVE "SUPERIORIBUS MENSIBUS"........................................................ 83

12.- EL CASO DE PLASENCIA................................................................................. 85

 

CAPÍTULO V:................................................................................................................. 88

EL FINAL DE LOS ACONTECIMIENTOS Y UNA VALORACIÓN................................. 88

1.- FRANCISCANOS CONVENTUALES PASADOS A LA OBSERVANCIA............. 88

2.- LOS FRANCISCANOS CONVENTUALES "REBELDES"................................... 90

3.- EL DESTINO DE LOS BIENES DE LOS FRANCISCANOS CONVENTUALES. 93

4.- Valoración jurídico-moral de la supresión SEGÚN EL “DOCTOR NAVARRO”.        96

 

CONCLUSIONES........................................................................................................ 100

1.- EN EL MARCO DE LA REFORMA GENERAL DE LAS ORDENES RELIGIOSAS. 102

2.- EN EL MARCO DE LA POLÍTICA DE FELIPE II................................................. 103

3.-EN EL MARCO DE LA PUGNA INTERNA DE LA ORDEN FRANCISCANA....... 108

4- EN EL MARCO DE LAS RELACIONES ENTRE ESPAÑA Y LA SANTA SEDE. 113

5- UNA VALORACIÓN FINAL................................................................................... 118

 

apéndices................................................................................................................ 120

BIBLIOGRAFÍA............................................................................................................. 159

A.- FUENTES MANUSCRITAS:............................................................................ 159

B.- FUENTES IMPRESAS:................................................................................... 160

C.- ESTUDIOS:..................................................................................................... 160

 


 

 

 

ABREVIATURAS

 

 

AGS                       Archivo Genaral de Simanacas

   CC                      Cámara de Castilla

   E                         Estado

   P.R.                    Patronato Real

AHN                       Archivo Histórico Nacional

AM                         Annales Minorum

AIA                         Archivo Ibero Americano

AIVDJ                     Archivo de Instituto Valencia de Don Juan

AZ                          Archivo Zabálburu

BF                          Bullarium Franciscanum

BN                          Biblioteca Nacional


 

INTRODUCCIÓN

 

Este estudio tiene como punto de partida la enorme perplejidad que produce el saber que la Orden religiosa a la que perteneces fue suprimida en España cuando ésta era la gran potencia católica. La pregunta que vuelve una y otra vez es “¿por qué?, ¿por qué fuimos suprimidos los Franciscanos Conventuales en España en 1567?” Sí, desde el principio quiero confesar la carga emocional que hay en esta pregunta y en este trabajo, pero también mi profundo deseo de conocer con la máxima objetividad posible los hechos y su contexto. No pretendo justificar nada, ni creo sano que se pueda vivir desde las heridas del pasado, simplemente me interesa conocer la verdad de los que nos precedieron.

La pregunta consiguiente era: ¿qué se ha escrito sobre el tema? La respuesta a esta segunda pregunta es más sencilla. El único estudio sobre este tema fue publicado por Manuel de Castro en 1982 en base a la documentación encontrada, fundamentalmente, en el Archivo General de Simancas (Valladolid)[1]. La actitud de fondo de este trabajo fue la misma que había mantenido uniformemente la historiografía de los Franciscanos Observantes cuando en las crónicas de sus provincias mencionaban este tema. Es decir, su punto de partida y de llegada es la afirmación de que los Franciscanos Conventuales vivían de forma relajada la Regla de San Francisco y que, por lo tanto, fue justo y necesario acabar con ellos, porque “el mosaico de ramas franciscanas debía ser entonces piedra de escándalo para el sencillo pueblo cristiano”[2]. En 1984, Valentín Redondo, franciscano conventual, basándose en la misma documentación, estudió el tema para un “Cursillo de Franciscanismo” interno de nuestra Orden. Su aportación fundamental fue el cambio de perspectiva, porque planteó interrogantes y sugirió la incidencia de factores políticos en la supresión[3].

Después surgieron otros interrogantes: ¿sólo existe material archivístico en Simancas? ¿Dónde se halla la documentación de los conventos de los Franciscanos Conventuales? ¿Cómo trataban los frailes este tema (la reforma, el paso a la Observancia) en los Capítulos Provinciales?, ¿dónde están las actas de esos Capítulos? ¿Cómo defendieron sus intereses?, en definitiva, ¿dónde encontrar las fuentes en las que descubrir los hechos y su contexto?

La respuesta global viene de García Oro: “Las fuentes franciscanas documentales que han llegado a nosotros son fundamentalmente las de la familia observante… Del grupo conventual que representaba la organización tradicional de la Orden no conservamos hoy más que pequeños inventarios de bienes”[4]. Los archivos franciscanos, además de las vicisitudes normales de todos los archivos españoles -invasión napoleónica, desamortización, guerra civil, incendios, etc.-, han sufrido las consecuencias de las luchas fratricidas dentro de la misma Orden. Partimos, pues, de una escasa documentación respecto de la que, sin duda, tuvieron que generar los que fueron sujetos pacientes de la supresión.

Siempre queda la esperanza de encontrar parte de esta documentación perdida. La esperanza, también, de que la búsqueda en otros archivos, como el Vaticano (que no he tenido ocasión de consultar), aporten nueva luz sobre éste y otros temas de la historia franciscana conventual en España. De todos modos, contamos para nuestro estudio con documentación que, si bien es parcial y oficial, nos proporciona abundante luz y bases suficientemente sólidas como para hacer una valoración de los acontecimientos.

La mayor parte de la documentación que conocemos sobre la supresión de los Franciscanos Conventuales en 1567 se conserva, efectivamente, en el Archivo General de Simancas. Es la que usó, aunque no toda, Manuel de Castro en su estudio sobre el tema. De hecho, la sección “Patronato Real” del archivo contiene un cuaderno de 250 folios con este título: “Todos los despachos de su Magestad tocantes a la reformación fueron señalados del Doctor Velasco y Licenciado Menchaca, y el consejo y cámara de su magestad, y refrendados del secretario Gabriel de Zayas del su consejo de estado[5]. En este cuaderno se hallan, sobre todo, copias de los despachos enviados a los obispos, autoridades civiles, conventos, etc. para poner en marcha la supresión. En la sección “Estado” se encuentra gran parte de la correspondencia entre la Corte y el embajador en Roma, encargado de negociar este asunto ante la Santa Sede. La sección “Cámara Real de Castilla” guarda un importante documento, ya publicado, sobre el convento de San Francisco de Betanzos[6]. En esa sección no hemos encontrado más documentación de este tipo, salvo algunas referencias indirectas a nuestro tema, a las que aludiremos en su momento. Lo mismo sucede con la sección “Patronato Eclesiástico”, pues estos asuntos de la reforma se separaron de la sección “Cámara Real de Castilla” a partir de 1571[7].

En septiembre de 1996 tuve ocasión de consultar el Archivo General de la Orden de los Franciscanos Conventuales en Roma. Como tantos archivos ha sufrido irreparables mermas a lo largo de los siglos[8]. Asesorado por el archivero general, Tomislav Mrkonjic, pude comprobar que en el “Regestum Ordinis, 1566-1568” aparecen escasos datos referentes a las provincias de España y, casi todos, concesiones de permisos a frailes. No existe ninguna mención directa del tema de nuestro estudio. La documentación de esta época es escasísima, incluso en el apartado de la Procuraduría General.

La documentación que se gestionó con el Comisario general de los Franciscanos Observantes –el Comisario ejercía de Ministro general en España- se debía conservar en el Archivo General de la Orden que estaba en Madrid hasta el siglo pasado, cuando desapareció: invasión napoleónica, desamortización y exclaustración[9].

El catálogo “Clero secular y regular, inventario de procedencia”[10] del Archivo Histórico Nacional de Madrid no tiene ni siquiera el epígrafe “Franciscanos Conventuales”, cuando sí se pueden encontrar los siguientes: “Franciscanos Menores Observantes”, “Franciscanos Menores Descalzos” y “Franciscanos Terciarios Regulares”. Pero, entre la documentación referida a los Franciscanos Observantes se encuentran datos que, por sus fechas, no cabe duda que son de la época en que algunos conventos pertenecían a los Conventuales. Siempre se trata de cuestiones relacionadas con los bienes de los conventos. En esa línea, pero directamente relacionada con la supresión de 1567, se encuentra la “Entrega de los bienes de los Claustrales”[11] del convento de San Francisco de Badajoz a los Observantes. Éste fue el resultado de consultar todos los catálogos de la sección “Clero”: legajos, libros y carpetas. Aún menos encontré en la sección “Estado”, que complementa la del Archivo de Simancas.

El Archivo de la Embajada de España ante la Santa Sede, que se encuentra en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid, conserva, aunque en estado de gran deterioro, documentos relativos a la reforma de religiosos. En cuanto a los Franciscanos Conventuales, estos documentos se refieren a la Provincia de Aragón, a Sicilia y Cerdeña, y a algunos frailes en particular.

Ha sido más fructuosa la búsqueda en la Biblioteca Francisco de Zabálburu de Madrid, pues conserva numerosísimos documentos de esta época, muchos copia de los que se conservan en Simancas, pero también, por ejemplo, algunos informes inéditos sobre la vida de los Franciscanos Observantes en el último cuarto del siglo XVI.

También fue fructuosa la búsqueda en el Archivo del Instituto Valencia de Don Juan de Madrid. Tiene abundante documentación sobre esta época. Sobre nuestro tema concreto es escasa, pero es abundante, por ejemplo, sobre la reforma de otras órdenes religiosas y en cuanto a cartas de obispos. Algunas noticias nos han ayudado mucho.

En el Archivo Diocesano de Salamanca se halla parte de lo que se escribió con motivo de la “Visita oficial del Provisor de Salamanca a la Casa-Colegio” de los Franciscanos Conventuales para su paso a la Observancia en abril de 1567.

En la Biblioteca Nacional de Madrid hay un manuscrito de dos hojas sobre la reforma de los Conventuales[12].

Dentro de las fuentes impresas, ha sido de mucha utilidad la obra de Luciano Serrano: “Correspondencia diplomática entre España y la Santa Sede durante el pontificado de Pío V” (Madrid-[Roma] 1914, 4 vols.).

A partir de esta documentación hemos organizado este estudio, limitándonos a la Provincia de Santiago de los Franciscanos Conventuales (conventos situados en Galicia, Asturias, Salamanca y Extremadura), porque la abundancia de materiales nos obligaba a delimitar geográficamente nuestro estudio, y dado que en sus causas, desarrollo y consecuencias, la supresión fue muy parecida a la de la Provincia de Aragón (conventos de Cataluña, Baleares, Aragón y Valencia).

El capítulo primero quiere situar los hechos en el contexto de la historia de la Orden. De forma extremadamente sintética presentamos cómo desde sus comienzos,  dentro de ella, como organismo vivo, surgieron tensiones y conflictos, y cómo algunos, en vez de ser asimilados para el crecimiento y maduración del grupo y su misión, acabaron en divisiones y rupturas lacerantes. Ya aquí aparece nuestro interés por relacionar el tema de las reformas con sus diversos contextos socio-político-religiosos.

El segundo capítulo es precisamente un intento de buscar el contexto más cercano a los acontecimientos. Nos aproximaremos en tres direcciones:

1.- Recordar algunos hechos de los más significativos de los primeros años del reinado de Felipe II.

2.- Repasar lo ocurrido coetáneamente en otras órdenes religiosas, especialmente las razones y los métodos usados en sus reformas.

3.- Rastrear en los datos que tenemos sobre los Franciscanos Conventuales, para ver si es posible conocer algo sobre su modo de vida, ya que la razón oficial de su supresión era que causaban escándalo.

En el capítulo tercero pasamos a estudiar el comienzo del proceso que llevó a la supresión, concretamente las negociaciones que la Corte del rey católico mantuvo con la Santa Sede durante el pontificado de Pío IV. Y, al aparecer tres frailes Franciscanos Observantes como “cerebros” de esta supresión, nos hemos detenido en conocer algo sobre sus motivaciones y sobre sus ideas concretas en este asunto.

En el capítulo cuarto nos centramos en el desarrollo de los acontecimientos más significativos que conocemos, y en el quinto en las consecuencias que trajo para los Franciscanos Conventuales y sus conventos, deteniéndonos en la valoración que, ajustándose a derecho, hizo el doctor Navarro, Martín de Azpilcueta.

En las conclusiones retomamos el “porqué” inicial y planteamos las perspectivas desde las que quedan iluminados los oscuros acontecimientos que acabaron con la presencia de los Franciscanos Conventuales en España hasta su restauración en Alcalá de la Selva (Teruel) en 1904 de forma provisional y en Granollers (Barcelona) en 1905 de forma, hasta hoy, definitiva.

Nuestro propósito busca mostrar cómo la supresión de los Franciscanos Conventuales en 1567 no es sólo ni principalmente el fruto de una reforma religiosa que pretendía corregir la relajación de la Orden (eso es lo que sostiene la historiografía franciscana “tradicional”), sino fundamentalmente el resultado de unas circunstancias políticas, sociales y religiosas bien precisas en la España del siglo XVI. Esta supresión se convierte así en un capítulo de la política religiosa de Felipe II.


 

CAPÍTULO I:

ANTECEDENTES HISTÓRICOS EN LA ORDEN

 

1.- LOS PRIMEROS TIEMPOS DE LA ORDEN

 

La interpretación del carisma de Francisco de Asís (1182-1226) no ha sido nunca fácil para sus seguidores. Viviendo todavía el fundador, se dieron los primeros problemas por el impresionante crecimiento de las fraternidades y las diversas formas de entender el camino a seguir dentro de la Iglesia. Basta recordar que, aprovechando la estancia de Francisco en Oriente, los dos vicarios que había dejado, Mateo de Narni y Gregorio de Nápoles, se apresuraron a convocar un Capítulo especial que dictó varios estatutos destinados a dar un carácter más monástico a la Orden. Además, se habían solicitado privilegios a la Santa Sede, y se había construido en Bolonia un convento, cuya propiedad creó probemas... A su vuelta, Francisco intentó poner las cosas en su sitio, pero las fraternidades no eran ya aquel primer grupo de 12 hermanos; ahora hacía falta una organización, no para ahogar el carisma, sino para facilitar su vitalidad. Con la bula "Cum secundum consilium", del 22 de noviembre de 1220, se reforzaba la disciplina interna y se introducía el año de noviciado. Era necesario un auténtico discernimiento vocacional y una adecuada formación de los candidatos.

La redacción de la Regla de 1223 (llamada comúnmente “bulada” o 2ª Regla) tampoco fue fácil. Y el testamento del santo aumentó la disparidad de criterios entre los que postulaban un estilo de vida como el de los comienzos (itinerante) y los que optaban por "asentamientos" (convento-iglesia) dentro del más sencillo y pobre estilo de vida evangélica.

Tras la muerte de Francisco, la tensión interna no cesó a la hora de ver en qué consistía la fidelidad a la Regla. El 28 de septiembre de 1230 hubo de intervenir la Santa Sede con la famosa bula "Quo elongati", para aclarar la cuestión. Ésta fue la primera de otras muchas declaraciones pontificias que pretendían interpretar la Regla en sintonía con los “signos de los tiempos”.

Hacia 1240 "la Orden se había constituido ya en la primera potencia religiosa de la Iglesia"[13]. Los conventos e iglesias franciscanas estaban en pleno auge. Habían sintonizado perfectamente con las nuevas ciudades burguesas.

El gran caballo de batalla fue la pobreza. Diversas bulas pontificias ("Ordinem vestrum" (1245), "Quanto studiosius" (1247)...) habían distinguido entre propiedad y uso de bienes muebles e inmuebles. La Santa Sede tenía la propiedad, la Orden el uso. Pronto surgieron los "espirituales", el grupo que pretendía vivir en estricta pobreza, y la "comunidad", la mayoría que aceptaba la evolución de la Orden como signo positivo de crecimiento y adaptación a las nuevas circunstancias.

El generalato de San Buenaventura (1257-1274) logró un período de estabilidad. Resolvió positivamente los conflictos con el clero secular y la universidad de París, asentando dentro de la Orden la idea de que no se había traicionado el espíritu de Francisco. Era el triunfo del equilibrio[14]. No duraría mucho tiempo.

Tras la muerte de San Buenaventura (1274), las ideas joaquinitas se infiltraron excesivamente entre los "espirituales". Fue decisiva la obra "Introducción al evangelio eterno" de Gerardo de Borgo San Donnino, que actualizaba la división de la historia ideada por el monje cisterciense Joaquín de Fiore (1130-1202). Para la Orden, y de modo especial para los "espirituales", quedaba claro que Francisco era el "ángel del sexto sello", con "la señal del Dios vivo" (los estigmas) y portador del "evangelio eterno" (la Regla). Era la Orden nueva que hacía llegar, desde la pobreza, la deseada iglesia espiritual.

El conflicto entre la "comunidad" y los "espirituales" llegó a tomar un carácter violento cuando pareció que el Concilio de Lyon iba a obligar a los Menores a poseer en común. Tanto en Italia (Pedro de Macerata y Angel Clareno) como en Francia (Hugo de Digne y Pedro Juan Olivi) encabezaron una lucha contra la doctrina del "uso pobre" que había fijado la bula "Exiit qui seminat" (14 agosto 1274). La gravísima situación desembocó en división: Celestino V autorizó  a los espirituales la separación de la comunidad, recuperando su vida en los eremitorios. La situación cambió con su sucesor, Bonifacio VIII. Y llegó a su punto culminante con la condena de todos los espirituales que dictó Juan XXII con la bula "Sancta Romana" (1317). Éstos, expulsados de la Orden Franciscana, pasaron a la historia con el nombre de "Fraticelos".

La Orden iba creciendo. En 1240 contaba ya con tres provincias en la península ibérica: Santiago en el noroeste, Castilla en el centro y Aragón en el este[15]. Hacia 1335, eran en toda la Orden unos 35.000 frailes, distribuidos en 34 provincias, 211 custodias, 1422 conventos y 5 vicarías-misioneras (cuasi-provincias) que se extendían desde Rusia hasta la China. Pero en la segunda mitad del siglo XIV no se escapó de la decadencia que asoló a la vida religiosa, enumerándose siempre como causas generales: la peste negra (1348-1362), la Guerra de los Cien Años (1339-1453) y el Cisma de Occidente (1378-1417), que dividió profundamente también a la Orden minorítica. A pesar de estas dificultades, en Castilla, entre 1350 y 1406, de los 22 religiosos que fueron nombrados obispos, 12 eran franciscanos[16].

 

 

2.- ¿QUIÉNES SON LOS FRANCISCANOS CONVENTUALES O CLAUSTRALES?

 

            El nombre oficial que San Francisco dio a sus seguidores fue el de "Hermanos Menores". No tardaron mucho en llegar los "apellidos”. El término "conventual"[17] ya se daba en el ámbito eclesiástico antes que surgiera el movimiento franciscano. Pero, dentro de los Menores, comenzaron a llamar tanto a las iglesias como a las casas "conventuales", para distinguirlas de los eremitorios. Las mismas Constituciones narbonenses (1260), redactadas por san Buenaventura, diferenciaban entre "loca conventualia" y "loca non conventualia". El término fue pasando a los frailes que habitaban en un lugar "conventual". Inocencio IV en 1254 y Clemente IV en 1256 dirigían  sus bulas a "Ministris, Custodibus, Guardianis conventualibus", a la vez que las Constituciones de Narbona distinguían entre "guardiani conventuales" y "guardiani non conventuales". En 1277 se aplicó directamente a los mismos frailes como conjunto: “fratribus minoribus conventualibus de Campo Orti”[18].

La "communitas Ordinis", de la que tanto se habló en torno a la cuestión  de los "espirituales", se identificaba con la comunidad conventual. Así lo reconocen el franciscanista anglicano Moorman, escribiendo: "The Community or, as they came to be called, the Conventuals"[19],  Motiers: "dans le principe, les Mineurs étaint tous conventuels"[20], y Rusconi: “la maggioranza dell’Ordine (la ‘communitas’) e l’ala radicale (zelanti e ‘spirituali’) nel corso del XIII secolo; di nuovo il grande corpo dell’Ordine (i ‘conventuali’) e i gruppi sempre più esteri di riformatori (gli ‘osservanti’) nel XV secolo”[21].

Si cabe, aún aparece más claro cuando surgen las reformas de finales del siglo XIV y se hace necesario distinguir bien entre aquellos que pertenecen al cuerpo primigenio de la Orden (Conventuales) y aquellos que, perteneciendo a la  misma Orden, deciden llevar un estilo de vida diverso con la intención de ser más fieles a la Regla (Observantes, y algunos otros grupos).

            En España, a los Conventuales se les llamaba también "fratres de claustro" o "Claustrales", como haría ya Martín V en la bula "Super gregem" del 28 de diciembre de 1427[22]. ¡Lástima que todavía hoy se escriba con imprecisión sobre este tema[23]!

            Podemos escuchar también a un franciscano descalzo español del siglo XVI, fr. Juan de Santa María: “El nombre de Conventuales se juntó al de Menores luego en los principios de la misma Orden, por concesión, y authoridad apostólica… Contra la ignorancia de los que tienen por nombre de afrenta, y le dan por baldón, siendo (como es) nombre de honra, e impuesto por authoridad apostólica a los primogenitores de la Orden, y de que usó por espacio de doscientos años, y más, hasta que aquel fervor de espíritu con que comenzaron, se comenzó en ellos a resfriar… y aunque en España ya no ay dellos ningún Conventuales, son muchos, y muy insignes los que ay en Italia, con grande opinión, y representación de letras, y sciencia. Algunos dicen, que se llamaron Conventuales, y Claustrales, porque sus conventos eran muy grandes, y tenían muy grandes claustros a distinción de los reformados, cuyas casas eran menores, y claustros pequeños… Esa razón no cuadra de ninguna manera, porque si fuera la más verdadera, los Observantes se avian de llamar también Conventuales, y Claustrales; pues los más de sus conventos, y claustros son ahora mayores, que lo eran en tiempo de los Conventuales”[24].

 

 

3.- LAS REFORMAS EN ESPAÑA (1390-1474).

 

En la práctica totalidad de las órdenes religiosas, tanto monásticas como mendicantes, surge en esta época de finales del siglo XIV y principios de XV un movimiento de "observancia"  que estuvo "fuertemente marcado por las fuerzas espirituales que desataba el ocaso del medievo religioso, a través de la crisis, la decadencia, las divisiones internas y el desconcierto fomentados por el Cisma de Occidente y por la mundanidad de la corte papal de Aviñón"[25]. Todos estos movimientos se distinguieron por un ferviente deseo de reavivar el espíritu religioso[26]. Surgieron unas veces desde la autoridad, y otras desde la base de las Ordenes, tanto en Francia  e Italia como en España.

Dentro de la Orden Franciscana encontramos brotes reformadores en todas las latitudes[27]. Pero esta multitud de brotes que buscan la prístina "observancia" de la Regla -dentro de los cuales habría que ubicar, como predecesores, a los ya mencionados "espirituales" del siglo XIII- no es lo mismo que la "Regular Observancia" como rama de la Orden. Ahora bien, ¿cuándo surge en España esta rama franciscana de la "Regular Observancia", que en 1517 obtendría la primacía jurídica de la Orden? Por el momento resulta imposible responder con exactitud a esta pregunta, porque  no es temerario sostener que esta parte de la historia franciscana referida a las reformas de los siglos XIV-XVI ha sido escrita apologéticamente por cronistas Observantes. Además, es un hecho incuestionable que la lucha entre Conventualidad y Observancia tuvo, particularmente en España, un claro triunfador, y que la historia de la Orden siempre se ha escrito desde los vencedores. Los mismos historiadores de las reformas franciscanas españolas, Lejarza y Uribe, al hablar de Lope de Salazar y Salinas, enjuician así a los cronistas de la Orden: "por pagar tributo a los gustos de los siglos en que escribieron, se preocuparon muy poco en aclarar los numerosos puntos oscuros de su historia, legándonos un maremagnum de confusionismo en torno a muchos importantes pormenores de su vida. Y así son muy poco de fiar cuando no fundamentan sus afirmaciones con datos fehacientes, por lo mismo que anteponen, con frecuencia, el amor particularista de sus respectivas Provincias a la veracidad histórica de los hechos"[28]. Pero mismo sucede respecto de Italia, donde se ha hablado de “gli oscuri inizi dell’osservanza”[29], y de Francia, donde se ha dicho:  “Dans l´histoire de l´Église, l’Observance a été entourée de ce préjugé favorable dont on crédite généralement tous les réformateurs d’ordre…Qui oserait, en effet, soutenir la cause de Conventuels dégénérés, pliant sous le poids de leurs “abus”, quand se présentent devant eux, parés de leur vertu, les redresseurs de torts?”[30]. García Oro, por su parte, dice: "A la Claustra le tocó perder y a la Observancia ganar. Suerte dispar reflejada también por la historiografía religiosa, que, salvo raros ejemplos, es apologética y da razón a los vencedores"; y continúa: "El historiador de hoy está mejor asesorado para valorar a ambos grupos y dar a cada cual su parte. Tiene que situarse a prudencial distancia de los alegatos de las partes. Sobre todo ha de empeñarse en comprender a la parte débil y condenada que es el conventualismo"[31]. No es, pues, extraño que, ante esta idea de que, en sí, lo “observante” es positivo y lo “conventual” es negativo, casi siempre hayan resultado incómodas las que, por otra parte, se llaman "juiciosas observaciones del P. Laín y Rojas sobre los posibles males que acarreó a la Conventualidad de Castilla y Andalucía el pernicioso Cisma de Occidente y demás concausas que se citan al respecto"[32]. Laín Rojas quizá sea el único cronista Observante de siglos pasados que juzga con claridad de forma positiva a los Conventuales. Fue un “historiador ‘hijo de la Ilustración’", y no como los anteriores "hijos de la Contrarreforma"[33]. Afirmaba: "Con verdad puedo decir que mis noticias históricas me obligan a leer con enojo los escritos de muchos historiadores que infaman injustamente a nuestros predecesores (nótese que él es observante) del siglo cuartodécimo, dignos de mejor suerte; y aseguro que no puedo leer sin enfado algunas crónicas que asignan por motivo de varias reformas nacidas a fines del siglo quintodécimo los relajaciones que suponen hubo en la Orden más de un siglo antes..."[34].

             La visión de Laín Rojas parece ecuánime. Es decir, cuando surgen las reformas no todo era negativo en el seno de la Orden. Es más, las reformas brotan dentro de la misma Orden como algo que le pertenece. Normalmente sucedía que algunos frailes deseaban vivir retirados y en condiciones más pobres, en eremitorios. El gobierno de la Orden (Conventuales) concedía sin problemas, a veces alentando, el permiso. Los eremitorios eran una casa más de la Orden, aunque con un estilo peculiar de vida. Así consta, por ejemplo, en la bula "Vestre devotionis integritas" del 10 de abril de 1392, concedida por Bonifacio IX a Diego Arias y compañeros de la Provincia de Santiago, entre los que figura el protagonista de la reforma en dicha Provincia, Gonzalo Mariño: “Dilectis filiis Didaco Ariae, Gondisalvo Marino ac Petro Didaci ord. fratr. Min. professoribus. Vestrae devotionis integritas promeretur, tu petitionibus vestris, in iis praesertim, quae animarum vestrarum salutem et quietem animi concernere dignoscuntur, quantum cum Deo possumus, favorabiliter annuamus. Vestris itaque in hac parte supplicationibus inclinati, vobis, qui ut asseritis vitam solitariam ducere et locum in aliqua eremo infra provinciam s. Iacobi in Compostella secundum morem dicti ordinis recipere ac inibi perpetuo Domino famulari desideratis, recipiendi locum huiusmodi, si vobis pia largitione fidelium vel alias legitime concedatur, ac in ipso cellam seu domum construendi et aedificandi cum oratorio, campanili, campana, refectorio et aliis necessariis officinis, in loco tamen ad id congruo et honesto, ac habitandi ibidem (fel. rec. Bonifatii papae VIII et quibuslibet aliis apostolicis ac ipsius ordinis statutis et consuetudinibus contrariis nequaquam obstantibus) plenam et liberam, auctoritate apostolica, tenore praesentium facultatem elargimur: iure tamen parochialis ecclesiae et cuiuslibet alterius in omnibus semper salvo. Volumus autem, quod superioribus dicti ordinis nihilominus subditi sub consueta obedientia existatis. Nulli ergo etc. Datum Romae apud s. Petrum IV idus aprilis anno tertio”[35].

Pero se da también el caso de algunos religiosos que, como Luis de Saja, en la misma Provincia de Santiago, pretendían reformar los conventos ya existentes. Parece que éstos son los que comenzaron a sentirse rama Observante, embriones de las Vicarías Observantes que adquirieron carta de ciudadanía en el Concilio de Constanza (1414-1418). "Lo cierto es que en el seno de la Provincia de Santiago destacaban por aquel entonces (bien entrado el siglo XV) tres organismos autónomos, el primero de los cuales estaba formado por los antiguos eremitorios de Fr. Gonzalo Mariño, incrementados por los de Ribadavia, Redondela?, Valderrago, Hoyo y Castañar; el segundo, por los conventos reformados y gobernados por Fr. Luis de Saja, y el tercero, por los que aún no habían sido sometidos a ninguna reforma ni a la Observancia, con la particularidad de que los del segundo grupo eran proyección de una Custodia extraña con la cual se habían identificado espiritualmente pero conservando el Ministro Provincial su alto mando y dirección" [36].

            La convivencia entre estos diversos grupos no fue pacífica, porque los afanes expansionistas de la Observancia fueron pertinaces, no sólo en relación a los Conventuales que vivían en los conventos, sino también en cuanto a los frailes que vivían en los eremitorios[37].  Estos últimos valoraban como algo intocable el mantenerse unidos al tronco de la Orden: era cuestión de conciencia, pues el capítulo VIII de la Regla no dejaba lugar a dudas sobre la necesidad de obedecer directamente al Ministro General. No obstante, algunas situaciones concretas, como el Cisma de Occidente, causaron desconcierto entre los frailes y propiciaron el que algunos pensaran más en sus intereses que en la fidelidad al carisma[38].

También en las provincias de Aragón[39] y Castilla[40] se daban enfrentamientos entre los Observantes y los frailes de los eremitorios[41].

La Regular Observancia intentó capitalizar estos intentos de reforma. Lo mismo sucedió en la Provincia de Castilla con la llamada reforma villacreciana. Pedro de Villacreces (+ 1422), maestro en Teología, fundó los eremitorios de La Salceda, La Aguilera y El Abrojo. Pero "su constante anhelo y única preocupación había sido reformar la Orden sin dividirla"[42]. Le vino el choque por su diversidad con los Observantes, quienes aparecen con claros síntomas de ser acaparadores y uniformistas. Éste fue uno de los más grandes problemas que tuvo que soportar Villacreces y sus seguidores: "la batería y la tenaz contradicción que venía experimentando desde el comienzo de su reforma por parte de los Observantes, que por entonces comenzaron a levantar cabeza... pero sus émulos andaban tan empeñados en echar por tierra todo el edificio de su Reforma, que no cejaron hasta obtener una bula de Benedicto XIII? autorizándoles para que el eremitorio de La Aguilera pasase a depender del convento de Santo Domingo de Silos a la muerte de Villacreces o antes si éste accedía a su agregación. Fue éste el resultado inmediato de una campaña sistemática y funesta iniciada años atrás..."[43]. Para defenderse de estos ataques se dirigió al Concilio de Constanza, con el fin de conseguir que Martín V confirmase su modo de vida, cosa que consiguió. Curiosamente, los cronistas Observantes, a pesar de estos gravísimos problemas con sus antecesores, le han considerado como el primer Observante. Basten las palabras del epitafio que colocaron en su sepultura: "Observantiae in Hispania primus instaurator"[44] . La realidad es que murió en el convento de Peñafiel (Valladolid), que era de los Conventuales.

Pedro de Santoyo (+1431) ha sido tenido como otro de los grandes reformadores franciscanos. Hacia 1402 ingresó en el convento de San Francisco de Castrojeriz (conventual), de donde pasó al de Valladolid[45]. Los cronistas Observantes se empeñan en mostrar a Pedro de Santoyo como un gran reformador de los Claustrales, el "monstruo de la Claustra", en palabras del P. Sobremonte[46]. Después de analizar detenidamente el tema, especialmente referido a San Francisco de Valladolid, Lejarza y Uribe concluyen: "el convento de Valladolid no se reformó hasta 1433 y, por lo tanto, que su reforma no se debió a Santoyo... no fue reformador de ningún otro convento de la Claustra"[47]. Santoyo y sus seguidores tuvieron problemas con los Observantes hasta que pasaron bajo su jurisdicción[48], porque "la Observancia hizo su aparición en la historia franciscana de España con manifiestas tendencias disgregatorias e intenciones de predominio sobre las demás reformas ya existentes"[49].

Situaciones similares vivieron Lope de Salazar y Salinas [50] y san Pedro Regalado[51], que también sufrió las consecuencias de los afanes de la Observancia por capitalizar todos los movimientos de reforma, aunque él "no fue ni fundador ni reformador, porque ni fundó ni reformó nada"[52].

 

4.- La mayoría de edad de la Observancia.

A principios del siglo XV la Orden tenía cerca de 70 eremitorios con unos 600 frailes, muchos de los cuales acabarían constituyendo la rama de la Observancia al conferirles el papa Eugenio IV (1431-1447) una organización, de hecho, paralela a la de la Orden. Sus jurisdicciones se llamaron “vicarías”, y sus superiores “vicarios provinciales”, sometidos a los ministros provinciales (claustrales siempre), pero en realidad con plena autonomía. Sólo frailes como Bernardino de Siena intentaron conjugar a un tiempo unidad y reforma de la Orden. San Bernardino “rehusó obstinadamente tener cuenta de esta designación (vicario general) y se tituló por el contrario ‘vicario del ministro general’, para dar a entender que pertenecía a la orden de los Hermanos Menores. Las Constituciones Bernardinas que dio a los Observantes en 1440 fueron por tanto caracterizadas por una rara moderación. Bernardino evitó que ningún artículo diera índice de la mínima censura a los Conventuales… guardó en el mismo estado los conventos pasados a la reforma, sin creerse obligado a operar en ellos restauraciones espectaculares” [53].

Además de controlar los brotes de vida eremítica, la Regular Observancia, paradójicamente, pretendía asentarse en los grandes conventos urbanos que habían nacido en la Orden desde el siglo XIII. Esto provocó una gran conflictividad que desembocó en agresividad fratricida. A partir de la bula “Ut sacra” (1446), los “enfrentamientos habían dejado muchos rencores en las almas: los Conventuales llamaban irónicamente a los Observantes ‘hermanos de la bula’ (porque ésta les concedía la autonomía). Los Observantes respondían denominando a aquéllos ‘hemanos de la bolsa’”[54]. García Oro habla de “la hora de la verdad”, “asaltos y conquistas”, “querellas jurisdiccionales”, “fusión y confusión en la Observancia”[55]. La relevancia social de la Orden hacía que su infraestructura fuese apetecible. Había muchos intereses en juego, dado el número de conventos y frailes y su influencia en la vida de la Iglesia y de la sociedad[56].

Intentando profundizar en el sentido de esta lucha, Isaac Vázquez afirma: la Observancia procedió con criterio enormemente unilateral y reductivo cuando, habiendo debido enfrentarse con el complejo problema de la reforma de la Orden, se limitó al tema de la pobreza: la pobreza lo era todo; sobre el ara de la pobreza se sacrificaron alegremente el principio básico de toda vida religiosa, cual es la obediencia; la virtud fundamental cristiana, cual es la caridad fraterna; y las gloriosas tradiciones de la Orden, como, por ejemplo, la de los estudios. La segunda característica fue el subjetivismo: los impulsos del carisma personal prevalecen sobre las exigencias de la institución; se desechan las interpretaciones y declaraciones oficiales de la Iglesia sobre la Regla, so pretexto de observar la Regla puramente y a la letra; pero, luego, por iniciativa personal, al lado de la Regla, y con igual carácter de obligatoriedad, se pone el Testamento, las palabras -‘verba’- que se creía haber dicho San Francisco, y hasta las mismas ‘intenciones’ que se suponía habría tenido en su mente; se alega a cada momento el ‘espíritu del Evangelio’; pero examinándolo de cerca, queda la fuerte impresión que, en vez del Evangelio de Cristo, revelado, histórico, confiado a la Iglesia, se trate, más bien, del ‘Evangelium Aeternum’, desencarnado, abstracto y utópico, de Gerardo de Borgo San Donnino y de los Espirituales. Y, por fin, estos elementos -unilateralismo pauperístico y subjetivismo-, elevados a la enésima potencia del superlativismo: todo era lícito, con tal de que contribuyese a aumentar las asperezas exteriores y despreciar los bienes materiales; diríase que en cuestión de pobreza no cabía parvedad de materia… Desde mediados del siglo XV la Orden Franciscana ofrece el absurdo espectáculo… de estar compuesta por dos cuerpos y dos cabezas, prácticamente separados: Conventuales sub ministris, Observantes sub vicariis; los primeros, defendiendo la unidad de la Orden, sin gran interés por la reforma; los segundos, luchando por su reforma, aun a trueque de sacrificar la unidad de la Orden”[57]. Este autor, y sobre el mismo tema, afirma: “En un cierto momento, la reforma –que es siempre de minorías selectas- se convierte en fenómeno de masa. A los maestros reformadores de la provincia de Santiago se les escapa de la mano el control del movimiento; son los frailes de misa y olla –de misa, no todos- los que agitan más fuertemente la bandera; pero aquel proletariado conventual –menos numeroso, tal vez, pero ciertamente más aguerrido que el proletariado clerical de que habla el gran historiador de la Reforma, J. Lortz-, aquel proletariado, digo, que no compartía ni el fervor espiritual de los austeros eremitas ni siquiera el amor por la disciplina comunitaria de los hombres de letras, convierte la bandera de la reforma en escudo de una ‘guerra santa’ que se libra a la enseña de ancestrales reivindicaciones sociales. Y los superiores jerárquicos, que no supieron recoger y favorecer, con tempestiva sensibilidad, los anhelos espirituales de los auténticos reformadores, tienen que rendirse, impotentes, a las reclamaciones tumultuarias de los revolucionarios. Desde que en 1447 se erige en la provincia de Santiago una Vicaría provincial de Observancia con autonomía práctica frente a la unidad de la misma provincia y a la obediencia debida a los superiores, lo que buscan los corifeos de la ‘reforma’ no es tanto restablecer un ‘espíritu’, cuanto consolidar y aumentar el ‘cuerpo’ del propio partido: se asaltan conventos a golpe de pica, se expulsa a sus legítimos y pacíficos moradores, se cometen pillajes. Ni más ni menos de lo que, en el campo político-social, estaba sucediendo en la Castilla preisabelina”[58]. Las cita son largas, pero con enjundia, porque abandonan el dualismo propio de la mayoría de los autores de las crónicas franciscanas que partían siempre del poco crítico principio de que los Conventuales eran los malos y los Observantes los buenos. Cada vez más se encuentran otras posturas, como la siguiente: “Sería un error suponer que todos los conventuales eran irreligiosos o todos los <observantes> santos. Mientras las autoridades de la ciudad pedían individualmente a conventuales que pronunciaran sermones, con frecuencia individuos <observantes> eran denunciados por su vagancia y su vida apóstata”[59].

Es necesario, no obstante, dar un paso más para valorar no sólo lo que sucedió en el interior de la Orden, sino la relación que tuvo la reforma con la vida política, social y económica de cada momento. La documentación habla explícitamente de esto en raras ocasiones. A modo de ejemplo citamos el breve “Dum singulos regulares ordines” del 1 de mayo de 1475, en el que Sixto IV denuncia la intervención de los laicos en la reforma porque sólo buscan “propriis incumbentes affectibus”, ya que los Observantes vendían los bienes que adquirían al apoderarse de los conventos de los Conventuales a precios muy bajos[60]. Adeline Rucquoi ha constatado que hasta 1370 los conventos de Valladolid habían seguido la misma política económica que “el patriciado urbano, esencialmente orientado hacia la apropiación del suelo urbano”, y que, a partir de esa fecha, tanto en el campo civil como en el eclesiástico, se potenciaron otras fuentes de financiación basadas en la diferenciación de sus fuentes de ingresos. Rucquoi relaciona este cambio en el origen de los ingresos económicos con el abandono de los bienes del convento de San Francisco al “abrazar la observancia”[61], en 1433.

La reforma tenía también una dimensión social. En muchos cambios de frailes conventuales por observantes -o en la recuperación de los conventos por parte de los primeros- intervino activamente el clero secular e importante número de conciudadanos. Fue sonado el caso del convento de San Francisco de Palencia[62]. Los cambios de banderías en los conventos guardaban relación con las familias influyentes en cada momentoy con las “modas” espirituales en uso. Por ejemplo, en la documentación del Concejo de Murcia se puede ver cómo, desde 1461 hasta 1482, el convento de San Francisco pasa de unas manos a otras, cómo intervienen las personas influyentes en el Concejo, los altercados populares que provoca, la importancia de algunos bienes económicos - en este caso las salinas del Pinatar (hoy, San Pedro del Pinatar)-, y al final la decisiva intervención de la reina Isabel la Católica tomando partido por los Observantes