Valentín Redondo Fuentes, OFMConv.

  

Entregaron su vida

 

Alfonso López y Compañeros Mártires,

 Beatos Franciscanos Conventuales

    

Madrid, Enero 2001

 

 

© Valentin Redondo Fuentes, 2001

Diseño portada: José Luis Silván Sen, OFMConv.

Impresión y composición: La Gráfica Comercial, Cava Baja, 30. 28005 Madrid

I.S.B.N. 84-607-1705-4

Depósito Legal: M-51195-2000

 

ÍNDICE

 

Prólogo

 

Presentación

 

El mártir

 A modo de parábola

Testimonio de vida evangélica

 

El siglo XX, un siglo de mártires

 

Los Mártires constructores de paz

 

El marco socio-político de España

Manto de escarlata

La República

Los desórdenes de Asturias

Las elecciones de 1936

Tiempos de persecución

La persecución en Barcelona

 

La restauración de la Orden en España

Un nuevo amanecer

Os allanaré los senderos

Caminaré delante de vosotros

Os daré una una tierra

Bajo el manto azul de la “Moreneta”

Fundación en Granollers 

El terreno 

Dios escribe derecho con líneas muy torcidas  

No miréis hacia atrás  

El enviado del Ministro general visita España (1921)

Perspectivas de futuro

Tiempos de sobresaltos (1931-36) 

La fraternidad de Granollers  

Vientos de guerra (1936)  

La quema del convento  

Nuestros Seis Testigos

 

Alfonso López López 

Entrada en la Orden 

Regreso a España 

Vuelta de nuevo a Granollers

Disponibilidad 

La salud

Personalidad

Desvelos maternales

Getsemaní y Calvario

Noche de tinieblas

A Can Diego de Llerona

La prisión 

Camino de Samalús

Juicio sumarísimo

La muerte

La sepultura

Testimonios

 

Miguel Remón Salvador

Ingresa en Granollers

En la “Santa Casa” de Loreto

De nuevo en Granollers

Personalidad

Getsemaní y Calvario

Le ronda la hermana muerte

En busca de refugio

El arresto

Muerte y sepultura

Testimonios

Fotografías

Modesto Vegas Vegas

Por tierras catalanas

Teólogo en Ósimo (Italia)

Regreso a España

Getsemaní y Calvario

Refugio provisional

Detención

Juicio

Camino del Calvario

Sepultura

  Dionisio Vicente Ramos

Entrada en la Orden

Primeros ministerios

Personalidad

Al lado de los jóvenes

Docente en Brescia

Consideraciones de fr. Giacomo Mª Búlgaro

Maestro de noviciado

Regreso a España

Correspondencia

Producción literaria

Los achaques de la ancianidad

Getsemaní y Calvario

Al Hospital de Granollers

Prendimiento

Hacia “els Tres Pins”

Sepultura

Francisco Remón Játiva

En Granollers

En Asís

El Belén de la Basílica de Asís

Regresa a España

Getsemaní y Calvario

La noche del 19 de julio

En busca de refugio

La prisión

En el hospital de Granollers

Prisión y muerte

 

Pedro Rivera Rivera

Ingresa en Granollers

Toma de hábito

Los cursos de filosofía

Camino de Ósimo

En el Colegio Internacional .

Guardián de Granollers

Personalidad

En el día de mi Consagración

En el día de la Epifanía

Getsemaní y Calvario

Busca refugio

En la cárcel de Granollers

La liberación

En casa del señor Llistuella

En Barcelona

El joven Eulogio García

Su muerte

El reloj de bolsillo

Conclusión

APÉNDICE I

Decreto sobre el martirio

Carta del Ministro general

APÉNDICE III

Escrito del P. Pedro Rivera

 

PRÓLOGO

 

Los Franciscanos Conventuales de la Provincia de Nuestra Señora de Montserrat de España nos alegramos de poder ofrecer el testimonio de seis de nuestros hermanos que “Entregaron su vida” en el empeño de vivir el Evangelio de Jesucristo al estilo de San Francisco de Asís.

Las tristes circunstancias de la Guerra Civil española de 1936 produjeron un sinfín de dolor y muerte en el enfrentamiento fraticida de unos contra otros. Nuestros hermanos Alfonso López, Modesto Vegas, Pedro Rivera, Francisco Remón, Miguel Remón y Dionisio Vicente, que estaban ya dando su vida en las tareas apostólicas de la vida diaria, tuvieron que darla de forma martirial. Su entrega nos estimula a seguir en el camino, sembrando siempre la paz y el bien.

El 5 de octubre de 1953 se comenzó, en el Obispado de Barcelona, el proceso diocesano para la beatificación de nuestros hermanos; terminado éste, sus Actas fueron enviadas a Roma y el 17 de mayo de 1961 se reinició el proceso, esta vez en la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos; ahora el proceso será culminado con la Solemne celebración que presidirá el Papa Juan Pablo II el 11 de marzo del 2001 en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Nuestros hermanos verán así reconocida por la Iglesia su entrega martirial y nosotros podremos siempre hacer memoria de cómo han sido semilla buena en el crecimiento y desarrollo de nuestra fraternidad provincial.

Nos disponemos a celebrar el Centenario de la Restauración de la Orden en España, acaecida en 1904. Estos seis hermanos, que estuvieron entre los artífices de la vuelta a España de los Hermanos Menores Conventuales, son el mejor acicate para seguir esperanzados en la fuerza del carisma que hemos recibido y en el proceso de conversión de todos y cada uno de nosotros. ¡Que nunca nos falte el arrojo de darnos a una vida santa, llena de autenticidad y entrega generosa a los hombres y mujeres de nuestros días! ¡Que la Vida que hemos recibido llene toda nuestra vida y la refleje a los demás! ¡Que los seis mártires de nuestra Provincia intercedan hoy y siempre por nosotros y por todos!

 

Fr. Nicasio Ibáñez Abad,

      Ministro provincial.

 

Madrid, 29 de noviembre de 2000,

fiesta de Todos los Santos de la Orden Franciscana.

 

Presentación

NOSOTROS, Hermanos Menores Conventuales, miembros de la Iglesia peregrina en Granollers, en comunión con la Iglesia diocesana en Barcelona y con todas las demás iglesias diocesanas en Cataluña y en España, así como con todos los hombres de buena voluntad, os comunicamos la alegre noticia de fe y testimonio martirial de nuestros hermanos: Alfonso, Dionisio, Francisco, Miguel, Modesto y Pedro, y os deseamos la misericordia, la paz y la caridad de Dios Padre.

Ponemos en vuestras manos estas breves notas biográficas y el testimonio martirial y de fe de nuestros hermanos franciscanos menores conventuales: Alfonso López, Dionisio Vicente, Miguel Remón, Francisco Remón, Modesto Vegas y Pedro Rivera, que en un momento de grave crisis política, social, religiosa..., en el reciente pasado de España, durante el cual los ánimos rompieron los lazos de la armonía y de la paz, y forjaron de los arados espadas y de las podaderas lanzas [1] , ellos lavaron sus vestidos con la sangre del Cordero (cfr. Ap. 7,14).

Su conducta, como frailes menores conventuales, fue la del seguimiento de Cristo al estilo de Francisco de Asís, pues él nos dejó escrito que “la regla y vida de los hermanos menores es seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo” [2] . Su postura ante el Reino fue de fidelidad confiada hasta el final: “dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos, que Dios os va a dar una gran recompensa” (Mt. 5,11); su gloria fue la cruz: “el que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga” (Lc. 9,23); sí, la cruz de cada día que no es nada fácil llevar, y que en Alfonso López y sus Compañeros se corona con el martirio. Miremos, pues, a estos cristianos y franciscanos menores conventuales como candelabros de la esperanza que se fundamenta en “la paz y el bien”, “no mirando sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos. Porque obra es de verdadera y sólida caridad no buscar sólo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos” [3] .

Os invitamos, queridos lectores, como hacía Francisco en sus cartas, a ser misioneros y propagadores de los valores humanos y evangélicos de estos hermanos nuestros, mártires y testigos de la fe y, con su vida entregada y derramada, testigos de paz y de reconciliación, pues, como dice Pablo a los corintios: “nos encomendó el servicio de la reconciliación” (2Cor. 5,19).

Alentados, pues, por el testimonio de vida, hasta regalarla confiadamente, de estos seis frailes franciscanos menores conventuales, os invitamos a que, una vez que vosotros os hayáis enterado, tened la bondad de remitir estas breves biografías a los hermanos del contorno, a amigos y a personas de buena voluntad, a fin de que también ellos glorifiquen al Señor, que es quien escoge a los que quiere de entre sus siervos. Al que es poderoso para introducirnos a todos, por gracia y dádiva suya, en su reino eterno, por medio de su siervo, su unigénito Jesucristo, a Él sea gloria, honor, poder y grandeza por los siglos” [4] .

Caminad “conforme a la Palabra de Jesucristo, contenida en el Evangelio” [5] , sed fieles y coherentes.

Aprovechamos también para presentaros una breve introducción sobre el significado de “mártir”, así como un esbozo sobre la restauración de la Orden franciscana menor conventual en España, de la que Alfonso López y sus Compañeros son semilla de resurrección y de vida, árboles que, “plantados al borde de la acequia, dan fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas” (Sal. 1,3), y levadura de justicia, paz y bien que fermenta la masa.

 

 

El Mártir

QUISIERA CLARIFICAR la palabra “mártir”. Mártir significa en nuestro lenguaje corriente el que sufre o muere por amor a Dios, como testimonio de su fe, perdonando y orando por sus verdugos. El ejemplo del mártir es Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que se hacen(Lc. 23,34). Su ejemplo lo han seguido muchos testigos suyos y del Padre bueno, del que se nos comunica que somos hijos (cfr. Mt. 5,9.45). Entre estos testigos nos encontramos con Alfonso López y sus Compañeros de martirio. Murieron perdonando. De Alfonso dice su asesino, el Forcaire: “Aunque he asesinado a muchas personas, siento un remordimiento especial por haber matado un fraile de ese convento [6] , a quien llaman P. Alfonso. Antes de morir nos dijo: “¡Vosotros me matáis; yo os perdono y espero que Dios os perdone también!”. Mártir es el testigo, que con su vida confiesa que Cristo vive, y con su palabra hace presente y visible su mensaje de “buena noticia” en el mundo.

El uso tradicional ha reservado el término “mártir” a aquellos discípulos de Cristo que dan un testimonio no sólo con su vida y su palabra, sino entregando la propia vida, sufriendo la muerte o un tormento mortal por Jesucristo, y perdonando a sus verdugos, como Cristo en la cruz. El título de mártir se dio más tarde, por extensión, a quienes son víctimas de sus ideales políticos o sociales o al que sufre sencillamente por alguien o por algo.

El martirio es una gracia, un don que Dios concede a algunos privilegiados. El martirio es el testimonio supremo en el que se viven de manera extraordinaria los contenidos teológicos de la fe, la esperanza y la caridad. Francisco, cuando recibió la noticia del martirio de Berardo y sus cuatro compañeros, Protomártires franciscanos y primeros misioneros en Marruecos, simplemente exclamó: “¡Ahora puedo decir, de verdad, que tengo cinco hermanos menores!” [7] .

El mártir ama la vida, la vida presente, pero al mismo tiempo es un creyente que se fía de Cristo y es capaz de apostar por Él hasta dar la propia vida.

El mártir es testigo de la esperanza y de la trascendencia. Su caminar hacia la muerte es manifestar que confía en el Dios de la vida, en el Dios que es vida, no es Dios de muertos (cfr. Mt. 22, 32), y espera participar de su misma vida. El mártir es testigo de una liberación prometida en los sectores oprimidos de la sociedad. El mártir es testigo de la no violencia: no paga con la misma moneda, perdona y mantiene la esperanza de que el triunfo será de la vida y de la luz. Es testigo también de la trascendencia, de una vida mejor y superior.

El mártir es el que ha lavado sus vestidos en la gran tribulación, en la que la ambición del poder, gloria y riqueza no tolera la existencia de quienes niegan las bases de este sistema, presentando los cimientos evangélicos del servicio, la disponibilidad y la desapropiación. El mártir es testigo, a través de su fortaleza, del consuelo que procede de Dios (cfr. 2Cr. 1,3-4).

A modo de parábola

Cuentan que un día “los malos” se propusieron hacer a todos los hombres iguales. Viendo que la mayoría eran pobres hicieron a los ricos pobres y se repartieron sus bienes. Viendo que la mayoría eran necios e incultos, obligaron a que todos fuesen ignorantes, por lo que cerraron universidades y escuelas. Viendo que la mayoría eran feos, reprocharon la belleza de la minoría y les afearon y desfiguraron. Y así continuaron obrando... Se dijeron también: somos más numerosos que los buenos, por lo que decidieron acabar con ellos. Comenzaron a ofenderlos, a maltratarlos, a martirizarlos..., pero veían que en vez de renunciar al bien, la persecución los hacía más fuertes, al mismo tiempo que se les veía gozosos y no respondían con las mismas armas y la misma conducta que sus opositores... Al final, los malos se reunieron en consejo y determinaron, al ver la resistencia de los buenos, vivir como ellos, y alcanzaron la dicha.

Cierto, es una parábola, pero en el transcurso de la historia de los mártires de la Iglesia, la fortaleza, el perdón otorgado a los perseguidores y verdugos, ha provocado en muchas ocasiones gran admiración entre los mismos verdugos. Decía Tertuliano al hablar del valor de los mártires: “Atormentadnos, torturadnos, condenadnos, trituradnos: vuestra perversidad es la prueba de nuestra inocencia... Segando nos sembráis; somos más cuanta más sangre derramáis; que la sangre de los cristianos es semilla” [8] .

Testimonio de vida evangélica

El mártir vive y testifica lo que Jesús ya ha anunciado: “os perseguirán… por causa mía” (Lc. 21,12); “dichosos vosotros cuando… os persigan” (Mt. 5,11); “un discípulo no es más que su maestro” (Mt. 10,24).

El Concilio Vaticano II invita a todos los fieles a la santidad: “Todos en la Iglesia, pertenezcan a la Jerarquía o sean regidos por ella, están llamados a la santidad... Esta santidad de la Iglesia se manifiesta sin cesar y debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles... Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece, también en la sociedad humana, un estilo de vida más humano” [9] . Y en otra parte reitera: “Todos los cristianos están llamados y obligados a tender a la santidad y a la perfección de su propio estado de vida” [10] . Pero, la misma Iglesia venera de manera especial a los mártires: “La Iglesia siempre creyó que los apóstoles y mártires de Cristo, que habían dado con su sangre el supremo testimonio de fe y de amor, estaban más íntimamente unidos a Cristo. Por eso los veneró con especial afecto..., e imploró piadosamente la ayuda de su intercesión. A éstos se añadieron luego otros: unos, que habían imitado más de cerca la virginidad y la pobreza de Cristo, y finalmente otros que, a causa de la práctica de las virtudes cristianas y de los dones de Dios, podían ser recomendados a la devoción religiosa de los fieles para que los imitaran” [11] .

 

 

El Siglo XX, un siglo de mártires

JUAN, EN EL APOCALIPSIS, dice que un blanco ejército de mártires sigue al Cordero, y que lavaron sus vestidos en la sangre de dicho Cordero. En el transcurso de los siglos han sido numerosos los testigos de nuestra fe. La Constitución Lumen Gentium dice que “por el martirio, el discípulo se hace semejante a su Maestro, que aceptó libremente la muerte para la salvación del mundo, y se identifica con él derramando su sangre. Por eso la Iglesia considera siempre el martirio como el don por excelencia y como la prueba suprema del amor. Aunque se conceda a pocos, todos, sin embargo, deben estar dispuestos a confesar a Cristo ante los hombres y a seguirlo en el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” [12] .

En la Abadía de Westminster se colocaron, en julio de 1998, en las hornacinas medievales y actualmente vacías de la fachada principal, diez estatuas de mártires del siglo veinte, de todas las partes del mundo y de distintas confesiones cristianas, porque como dice la carta del Vicedecano de la Abadía de Londres, el siglo veinte ha sido un siglo de mártires cristianos, más generoso que cualquier otro. Y es que “como cada siglo en la historia de la Iglesia -decía en un discurso Juan Pablo II-, también el nuestro ha dado numerosos santos y beatos, y especialmente muchos mártires” [13] . El cardenal Höffner, de Colonia, decía en 1978,  que nunca tantos cristianos, a lo largo de la historia de la Iglesia, han sido tan fieles a su fe, han dado la vida por Cristo, como en nuestro siglo. Y Juan Pablo II en la carta apostólica “Tertio Millennio Adveniente” recuerda: “En nuestro siglo han vuelto los mártires, con frecuencia desconocidos, casi “militi ignoti” de la gran causa de Dios. En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia sus testimonios... Es preciso que las Iglesias locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio” [14] .

El mártir es el testigo fiel, el débil en quien se manifiesta la fortaleza de Dios. El Papa, en sus palabras de reflexión dirigidas a los fieles el 26 de diciembre de 1994, recordando al Protomártir Esteban decía: “En sus dos mil años de vida y de modo especial en nuestro siglo, la Iglesia se ha fortalecido constantemente con la contribución de los mártires... El pueblo cristiano... no puede y no quiere olvidar el don que le han hecho esos miembros suyos elegidos: constituyen un patrimonio común de todos los creyentes. El ejemplo de los mártires y de los santos es una invitación a la plena comunión entre todos los discípulos de Cristo” [15] .

Entre estos innumerables testigos (entre los Hermanos Menores iniciaron la lista San Berardo y sus compañeros: Pedro, Acursio, Adyuto y Otón, mártires en Marruecos), se encuentran también nuestros hermanos Alfonso López, Dionisio Vicente, Francisco Remón, Miguel Remón, Modesto Vegas y Pedro Rivera. Podemos repetir con Francisco que son “verdaderos frailes menores”, y queremos “por ello, antes que la lluvia del tiempo borre las huellas de estos héroes, recuperar para la historia y para la memoria colectiva la herencia... de su coherencia y valentía en la defensa de los valores supremos de la fe cristiana” [16] .

 

 

Los Mártires constructores de paz

HOY, LOS MARTIRES franciscanos conventuales, testigos de la fe y de bienes trascendentales, no son sólo patrimonio de la Provincia religiosa de Ntra. Sra. de Montserrat, de la Orden de Hermanos Menores Conventuales y de la Iglesia, sino que “son patrimonio de la nación” [17] , de España, y de la humanidad.

Estos mártires franciscanos eran pobres, tanto como sus mismos asesinos; tanto como quienes esperaban encontrar en el convento de Granollers un botín o un arsenal de armas. Estos mártires eran pobres, no tenían nada que defender ni que guardar, y eran hombres de paz. A pesar de todo, aunque sus verdugos no encontraron lo que buscaban, porque no lo tenían, fueron asesinados por ser frailes, “por el mero hecho de ser buenos cristianos” [18] . Pero es que “en aquellos momentos era causa de muerte, en momentos especialmente agresivos, pertenecer a una Orden religiosa, el ser sacerdote o simplemente cristiano fervoroso y practicante” [19] . “Sin olvidar que muchas muertes en aquel doloroso período de nuestra historia se debieron a muy complejas y variadas razones, es indiscutible que un numeroso grupo de hombres y mujeres dio su vida por motivos que fueron religiosos: en muchos casos, exclusivamente religiosos. Los mataron por odio a la religión católica, a la fe cristiana, a la Iglesia, y ellos aceptaron esa  muerte perdonando a sus verdugos o ejecutores” [20] .

La muerte de estos frailes conventuales, como toda muerte violenta, carece de sentido a los ojos del hombre y de la historia. Sin embargo, al ser personas de corazón limpio, que deseaban vivir esta bienaventuranza, no abrigaban malas intenciones contra su prójimo, llevaban la llama de la luz y de la esperanza de un mundo mejor, que no se puede esconder bajo la cama o debajo del perol (cfr. Mt. 5,15), y “aceptaron morir, porque llevaban en ello la certeza de que existe, más allá de las puertas de la muerte y de la noche, un mundo de luz y de vida más perfecto, más feliz que el terreno, optaron por el suplicio, por el dolor hasta la muerte” [21] . Estos mártires, seguidores de Cristo al estilo de Francisco de Asís, al entregar sus vidas, fueron cantores entonados de las sublimes estrofas del “Cántico de las Criaturas”:

 

“Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor

y soportan enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,

pues por ti, Altísimo, coronados serán.

Loado seas, mi Señor,

por nuestra hermana la muerte corporal,

de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

....

Bienaventurados aquellos

a quienes encontrará en tu santísima voluntad,

pues la muerte segunda no les hará mal” [22] .

 

Estos mártires, desconocidos para la mayoría, eran conocidos por los que convivían a su alrededor, y por su estilo de vida conventual y eclesial. Hoy se han convertido en grano de mostaza, que al ser enterrado con la reja de la muerte, se ha hecho un árbol frondoso que acoge a toda la Iglesia y a toda la nación española. Un árbol donde puede cobijarse la gran variedad de aves, porque al sembrar su vida -al dar la vida, al perder la vida por el Reino-, se han convertido en “portadores de un mensaje de paz, tolerancia, concordia y reconciliación nacional frente al odio irracional que movió a las dos Españas enfrentadas” [23] .

Como canta el libro de la Sabiduría (3,2-3), para quienes los mataron, parecía que morían, pero el Señor les mantiene la vida, y es el mismo Señor de la vida el que presenta la oferta de estos frailes franciscanos menores conventuales como herencia de grandes valores humanos y evangélicos, como testamento a favor de todos. El martirio fue fuente de purificación para sus defectos, pues los tenían. Aquí radica el gran amor misericordioso de Dios: “el Mesías murió por nosotros cuando éramos aún pecadores: así demuestra Dios el amor que nos tiene” (Rom. 5,8). Su martirio también es fuente de intercesión para todos. Es que la gracia martirial purifica las propias deficiencias y sublima la pequeñez y debilidad humanas, y también desinfecta y sana las heridas nacidas de la violencia y del desamor. Por eso dicen bien los Obispos de España en su carta “Constructores de Paz”, cuando afirman que “recojamos todos la herencia de los que murieron por la fe, perdonando a quienes los mataban, y de cuantos ofrecieron sus vidas por un futuro de paz y justicia para todos los españoles” [24] .

 

El marco socio-político de España

NO ES FACIL resumir la situación política de la España de los años treinta. Aquélla hinca sus raíces más superficiales y las más profundas en el siglo XIX. Hay un fondo de anticlericalismo en todo ello. ¿Cuáles son las razones por las que se manifiesta ese ambiente anticlerical? Es difícil llegar a la razón cuando la sinrazón de la violencia enfrenta a hermanos en una guerra civil. Pero no podemos olvidar que, para muchos, la Iglesia Católica era considerada como contraria a las legítimas aspiraciones del pueblo -¿pueblo, partido, grupo político...?-. Acaso se puedan compendiar algunas de las motivaciones que prepararon el sangriento balance de la Iglesia durante los años treinta en los siguientes aspectos: “la incultura del pueblo, la malograda evangelización de la sociedad, el anticlericalismo y la anti-rreligiosidad…” [25] .

Hemos de admitir que en el siglo diecinueve el clima sociopolítico de España se fue deteriorando. Se acentuó en algunos momentos específicos, como el 1909 –la Semana Trágica de Barcelona- y el 1917 –revueltas sociales-. Y se descompuso, particularmente, a partir del 1931, cuando la Segunda República, culminando dicho deterioro con la breve pero intensa Revolución de Asturias de 1934. Luego se prolonga en el conflicto de la Guerra Civil, 1936-1939, en la que como tragedia en tres largos actos de un año cada uno, se baja el telón con mucho derramamiento de sangre en la escena, con toda clase de muertes, con desolación y destrucción por todas partes, y un hervidero de odios. Por lo demás, en uno y otro bando, en una y otra parte de la España desgarrada, muchos muertos por la paz y la justicia. Y, en la Iglesia, muchos confesores de la fe y muchos mártires.

Manto de escarlata

La situación de inestabilidad socio-política que vivió España en el siglo diecinueve se prolongó en el primer tercio del siglo veinte. Se presentaron una serie de nubarrones tormentosos que afectaron muy duramente a la Iglesia de España: la “Semana Trágica” de Barcelona (1909), o los acontecimientos sociales del 1917 que se prolongaron al año siguiente. Los truenos de tormenta fueron tan retumbantes y secos que Sor Rosario de Soano, Superiora general de las Terciarias Capuchinas, escribía: “Previendo que, por alguna revuelta política, se obligue a las religiosas a salir de sus conventos, las Hermanas se dejarán crecer el cabello, tendrán listo el vestido seglar y pensada la casa donde acogerse, y, llegado el momento, estarán prontas para abandonar rápidamente la casa religiosa” [26] .

La Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) fue un período de aparente tranquilidad, estabilidad y prosperidad, fruto de una libertad reprimida. La máscara del fingido bienestar y seguridad sociales desaparece cuando, en octubre de 1929, la crisis financiera internacional provoca la devaluación de la peseta, y arrastra consigo la caída del Dictador.

La República

El 12 de abril de 1931 se celebran las elecciones administrativas, no legislativas. Los votos dan el triunfo a los partidos republicanos. Éstos interpretan la victoria como un rechazo de la monarquía. Alfonso XIII suspende el ejercicio de sus poderes reales e inicia, el 14 de abril, su camino al exilio.

La Iglesia española va a sufrir un rosario de calumnias. En el mismo saco entran los sacerdotes y los religiosos. Se había llegado a un envenenamiento tal de la atmósfera de convivencia que todo valía: “No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares. No hay nada sagrado en la tierra. El pueblo es esclavo de la Iglesia. Hay que destruir la Iglesia. Luchad, matad, morid” [27] .

La República se dejó arrastrar en muchas ocasiones por una minoría exaltada y anticlerical, presentando una Iglesia española deformada por acusaciones en parte exageradas y en parte gratuitas: “Una campaña propagandística cuyo ensañamiento y tosquedad pueden parecer hoy increíbles, pero que resultaron de probada eficacia… acuñada la imagen de una Iglesia rica, poderosa y corrompida, enemiga de la República y del pueblo, precisamente cuando la Iglesia estaba realizando todo lo posible por encauzar a los fieles por la vía pacífica de la legalidad” [28] . “El esfuerzo denodado de muchos sacerdotes y religiosos que dedicaron su vida entera a los humildes, naufragó en la ola de incomprensiones y rencores…” [29] . No pudieron terminar de allanar montes y enderezar caminos en el acercamiento al pueblo y estar al lado del pobre.

A partir de este momento, en la vida política de España, se adoptan posturas y acciones legislativas que ciertamente lesionan muchos derechos de la Iglesia. Así, el 9 de diciembre de 1931 se aprueba la nueva Constitución que incluye el polémico artículo sobre la disolución de “aquellas Órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del estado…”. Este artículo ponía el punto de mira sobre los jesuitas. Un mes más tarde, el 23 de enero de 1932, la Compañía de Jesús era disuelta y sus bienes eran nacionalizados.

Por otra parte, el artículo 24 de la Constitución, no suprime los Institutos religiosos, pero les prohíbe toda actividad educativa, lo que les ata las manos para su apostolado y les aparta del contacto con la vida pública y su aportación a la vida cultural del país.

A estos acontecimientos se añaden otros, como la supresión del Crucifijo en las escuelas, que obligará a decir a Miguel de Unamuno: “La presencia del Crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento, ni aun al de los racionalistas y ateos, y al quitarlo ofende el sentimiento popular, hasta el de los que carecen de creencias confesionales. ¿Qué se va a poner donde estaba el tradicional Cristo agonizante?… Porque… la campaña es de origen confesional… Lo de la neutralidad es una engañifa” [30] ; o la publicación de la “Ley de Confesiones”, por la que se prohíbe la enseñanza a los religiosos y se limita el culto católico.

Esta situación angustiosa de la Iglesia de España hace que otras Iglesias se muestren cercanas y animen en este camino de destierro, de calvario, de sufrimiento, como lo hace el episcopado portugués: “Hemos seguido paso a paso con el corazón angustiado, pero al mismo tiempo lleno de esperanza, los caminos de amargura y de cruz a donde os ha lanzado la impía persecución que se ha desencadenado contra la Iglesia en vuestro país… Nosotros rezamos y hacemos rezar…, para que, en breve, a estas tempestades de tormenta suceda la calma religiosa, la dulce fatiga de la reconstrucción de las ruinas, la aurora de mejores
tiempos” [31] .

Los desórdenes de Asturias

El triunfo de las derechas en noviembre de 1933 no aportó cambios significativos a la tensa situación que vivía la nación. Carentes como se estaba de una visión política en favor de los más desfavorecidos, y por falta de colaboración y comprensión entre gobierno y fuerzas políticas y sociales en el llamado “bienio negro”, se llega a los desórdenes que origina la llamada Revolución de Asturias de 1934.

Pío XI, en su carta encíclica Dilectissima nobis, del 3 de junio de 1933, indica la grave situación de la Iglesia de España. Al año siguiente, en el mes de octubre, fueron inmoladas las primeras víctimas: sacerdotes, religiosos y seminaristas, con los que comienza el largo martirologio del siglo XX en España.

En Asturias se viven días negros y aciagos, sobre todo del 5 al 14 de octubre de 1934. La Iglesia asturiana siente en sus entrañas los dolores del martirio, porque el odio desatado de turbas enardecidas asesina a treinta y cuatro sacerdotes, religiosos y seminaristas, y el fuego y el humo del delirio y de la rabia desatada destruyen cincuenta y ocho iglesias y aniquilan los signos religiosos. El beato Jesús Hita escribe: “En nuestra pobre España es cada vez más arriesgado ser religioso… y hasta simple
cristiano” [32]
 .

El obispo de Barcelona, Mons. Irurita, escribe por estas mismas fechas unas palabras claras sobre los acontecimientos luctuosos que se han vivido, obra de las turbas, pero no del pueblo. “No: el odio a Cristo no es popular, es masónico; el pueblo no odia a Jesucristo, le desconoce o no le conoce bien y, si va contra Él, es porque le empujan engañándole, porque se le dan malos ejemplos desde arriba. ¿Qué extraño es que se arrojen al fuego los crucifijos, después que el laicismo los ha arrojado de las escuelas; que se asesine a los sacerdotes, después que el laicismo los ha condenado a morir de hambre?” [33] .

Las elecciones de 1936

Las elecciones del 16 de febrero de 1936 dieron la victoria a una gran coalición política que se autodenominaba “Frente Popular”.

No era un tiempo tranquilo. La chispa de la oposición ideológica, de la tensión social y política, de un cierto radicalismo que obstaculizaba el diálogo y las posibilidades de apertura de caminos más lúcidos, hace que la leña social se reseque y una simple cerilla, una colilla de nada, provoque incendios y asesinatos… de tal manera que, desde mediados de febrero a primeros de mayo, se incendian ciento sesenta iglesias y se cuentan doscientos sesenta y nueve asesinatos, básicamente políticos. Bastante bien fotografiado queda el momento presente en un artículo de Ángel Ossorio y Gallardo, publicado en “La Vanguardia” de Barcelona: “A estas horas ni el Gobierno ni el Parlamento, ni el “Frente Popular” significan en España nada. No mandan ellos. Mandan los inspiradores de las huelgas inconcebibles; los asesinos a sueldo y los que pagan el sueldo de los asesinos; los mozallones que saquean los automóviles en las carreteras; los que tienen la pistola como razonamiento… Ninguno sabe lo que va a pasar ni presume quién sacará el fruto de la anárquica siembra” [34] .

En Granollers, donde estaban nuestros frailes, a través de las pocas cartas que el fuego, la violencia y la destrucción nos han dejado, notamos cómo el tiempo se va enrareciendo, aunque se mantiene la esperanza: “Nosotros, hasta el presente, no hemos sufrido nada, y, gracias a Dios, en esta región por ahora hay tranquilidad. Por esto nosotros continuamos la vida como antes” [35] . Ni siquiera un mes más tarde se nota cómo se eleva el tono de la tensión ambiental: “La situación aquí en España va empeorando y sólo nos queda la confianza en Dios que halla para los grandes males grandes remedios” [36] . Y el primero de julio, escribía el padre Pedro Rivera al Ministro general, Beda Hess: “No obstante las dificultades y angustias de los tiempos, que son realmente graves en España, en donde la persecución a la Iglesia y las vejaciones en las casas religiosas son favorecidas por el Gobierno, aquí en Granollers, gracias a Dios, nuestras cosas marchan bien: once jóvenes han terminado felizmente el curso…” [37] .

Así se encontraban las cosas en Granollers, pocas semanas antes de desencadenarse abiertamente la persecución contra la Iglesia.

Tiempos de persecución

Desde los primeros días del levantamiento militar, iniciado en Marruecos el viernes 17 de julio de 1936, la persecución a la Iglesia se hizo patente, y fue “cruel y premeditada”. Toda persecución tiene ribetes negros y rojos: sangre y saña. Es una persecución contra la Iglesia, fundamentalmente anticristiana y antidivina, en el intento de acallar al Dios de la Vida y al Dios que salva. Juan Peiró escribía: “Matar a Dios, si existiese, al calor de la revolución… es una medida muy natural y muy humana” [38] . Y Radio Barcelona daba la siguiente consigna general el 20 de julio: “Hay que destruir la Iglesia y todo lo que tenga rastro de ella. ¿Qué importa que las iglesias sean monumentos de arte? El buen miliciano no se detendrá ante ellos. Hay que destruir la Iglesia” [39] . Las consignas que se habían recibido eran todas semejantes: “Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo”. Algunos presidentes y miembros de comités declararon haber recibido órdenes como éstas: “Tratándose de sacerdotes, ni piedad, ni prisioneros: matarlos a todos sin remisión”; “Tenemos órdenes de matar a todos los obispos, a todos los curas y a todos los frailes”; o la respuesta a una consulta hecha acerca de un sacerdote, estimado por el pueblo, tanto por su bondad como por su generosidad: “Ya os ordenamos matarlos a todos, y a los que tenéis como mejores y más santos, los primeros” [40] .

La magnitud de la persecución religiosa en España engloba a todos aquellos (obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas, hombres y mujeres, seglares creyentes, cristianos de a pie cuya fe era una praxis en la vida de cada día) que entregaron sus vidas por amor de Dios y perdonando a quienes les quitaban la vida sólo y únicamente por ser cristianos. La policía o los grupos milicianos practican registros domiciliarios, ‘buceando en el interior de las habitaciones, de la vida íntima personal o familiar’, buscando víctimas o destruyendo imágenes y objetos de culto…

Jackson afirma que “los tres primeros meses de la guerra fueron el período de máximo terror en la zona republicana. Las pasiones republicanas estaban en su cenit y la autoridad del gobierno en su nadir… Los sacerdotes… fueron las principales víctimas del gangsterismo puro” [41] .

Durante la guerra, los sacerdotes, frailes y monjas, y los seglares comprometidos con su fe vivieron las circunstancias de la Iglesia catacumbal de los primeros siglos del cristianismo. Su único crimen era el “ser religioso” o “católico”. La fe, que es la luz de la vida en Cristo, se continuó celebrando, desafiando el peligro que, como espada de Damocles, hacía temblar a los más valientes, pero la “palma de la mano” del Dios de la Vida y del amor misericordioso daba alas de esperanza en medio de una sociedad y un mundo sin brújula y sin norte, donde dominaban en todas partes destrucción y muerte.

El cardenal Tarancón, hablando del verano de 1936, cuando la persecución religiosa llegó a su culmen, dice: “La verdad es que la gran matanza sacerdotal se realizó… en los últimos días de julio del 36, en que murieron unos 70 sacerdotes diarios. El día de Santiago se batió el record y murieron 95. Este ritmo se mantuvo a lo largo de todo agosto…” [42] .

La persecución sufrida por la Iglesia de España llegaba como noticia fuera de nuestras fronteras y hacía reflexionar a una carmelita, Edith Stein, que más tarde sufriría el martirio en el campo de concentración, en carta a una compañera: “Hasta ahora, hemos estado viviendo en la más profunda paz, sin que nadie nos perturbara tras los muros de nuestros conventos de clausura. Pero la suerte de nuestras hermanas religiosas de España nos dice claramente a qué tenemos que estar preparadas también nosotras. El que tan cerca de nosotras se dé un movimiento subversivo tan profundo es una saludable llamada de atención. De todos modos, es obligación nuestra ayudar, con nuestras oraciones, a las que están realizando tan duro trabajo en este camino” [43] .

La persecución en Barcelona

La situación en Barcelona, en los meses del verano de 1936, fue muy violenta. La radio, la prensa y las consignas se hallan cargadas de virulencia y fanatismo, como más arriba hemos visto en el caso de Radio Barcelona, y aparece también en periódicos y discursos.  El 2 de agosto de 1936, Andrés Nin, jefe del POUM, escribía en “La Vanguardia” de Barcelona: “La clase obrera ha resuelto el problema de la Iglesia sencillamente, no dejando en pie ni una siquiera”. Y unos días después, el 8 de agosto, afirmaba en un discurso en Barcelona: “…los republicanos burgueses no se habían preocupado de resolver el problema de la Iglesia; …nosotros lo hemos resuelto yendo a la raíz. Hemos suprimido sus sacerdotes, las iglesias y el culto” [44] . Y a finales de agosto de 1936, un alto dirigente catalán, preguntado por una redactora de L’Oeuvre sobre la posibilidad de reanudar el culto católico, respondió: “¡Oh, este problema no se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas!” [45] .

En los primeros meses de la guerra civil, en la diócesis de Barcelona fueron más de doscientos religiosos los que con su sangre entraron a formar parte de la muchedumbre que lavaron sus vestidos en la sangre del Cordero. Una lista recuerda algunas cifras y nombres de familias religiosas, sólo de la diócesis de Barcelona: “trece agustinos, catorce carmelitas descalzos, quince cartujos de Montealegre, dieciséis jesuitas, diecisiete misioneros de los Sagrados Corazones, dieciocho Hermanos de las Escuelas Cristianas, diecinueve Hermanos de la Caridad de la Santa Cruz, veinte dominicos, veintiuno del instituto de San Pedro ad Víncula, veintidós capuchinos y veintitrés claretianos” [46]  , a los que hay que añadir los seis hermanos franciscanos menores conventuales de Granollers: Alfonso López y sus compañeros. El 29 de julio, después de ser liberado de la cárcel de Granollers, el padre Pedro Rivera escribe al padre Esteban Marcos y le comunica la muerte de los primeros mártires de la naciente Provincia de España: “He de comunicarle también la muerte de Dionisio, Francisco, Vegas…” [47] .

Pío XI describe así la situación española en un discurso dirigido a los franciscanos seglares a principios del mes de septiembre de 1936: “Es horrible que precisamente entre hermanos existan tan crueles discordias. Basta mirar a los de España, donde hermanos asesinan a hermanos; horrible matanza fraterna, sacrilegios, horrible tormento, horrible estrago de todas las cosas más humanas, incluso divinas y cristianas…” [48] . Y añade en la audiencia especial a 500 prófugos españoles, el 14 de septiembre del mismo año: “ Todo esto es un esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmo y de martirios, verdaderos martirios, en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra, hasta el sacrificio de las vidas más inocentes, de venerables ancianos, de juventudes primaverales… Rezad para que estén con nosotros cuando, dentro de poco -…- el arco iris de la paz se lanzará sobre el hermoso cielo de España… ” [49] .

Difícil es encontrar unas razones a la sinrazón de una guerra entre hermanos. Sólo hay un dato cierto, la muerte: la muerte de tanto pueblo pobre, de tantos sacerdotes, frailes y monjas, que “eran tan pobres –eran tan pueblo- como sus asesinos”, de tantos seglares practicantes que murieron simplemente por vivir su fe [50] .

 

 

La Restauración de la Orden en España

EL MARTIRIO DE Alfonso López y sus Compañeros, piedras de gran valor en la restauración de la Orden franciscana menor conventual de España, da pie para recordar, aunque sea brevemente, el floreciente pasado de los Conventuales en la geografía española. Estas pinceladas sólo desean destacar el eslabón que une el pasado y el presente de una misma familia que camina en el seguimiento de Cristo al estilo de Francisco de Asís.       

Un nuevo amanecer

A principios del siglo XX, coincidiendo con el amanecer del siglo, alboreaba también para los Franciscanos Menores Conventuales un nuevo día, la alborada de una nueva vida y de una nueva historia en España, que quiere alargar sus raíces hasta los radiantes siglos que van del XIII al XVI, asumiendo toda  la preñez de vida y de historia que aquellos siglos conllevan: sus alegrías y angustias, sus comprensiones e incomprensiones, sus luces y sombras...

Habían florecido durante tres siglos y medio, desde el 1219 al 1567, tres Provincias religiosas: Aragón, Castilla y Santiago, con casi ciento veinte conventos esparcidos por todo el territorio español, de los cuales se conservan todavía significativos ejemplos: San Francisco de Vilafranca del Penedès (Barcelona), San Francisco de Palma de Mallorca, San Francisco de Teruel, San Francisco de Toledo –hoy casa madre de las Concepcionistas-, San Francisco de Santiago, San Francisco de Betanzos… La Orden había hecho aportes significativos a la sociedad y a la Iglesia de su tiempo: el carisma evangélico de la vida fraterna al estilo de Francisco de Asís, que comportaba una espiritualidad propia; el acompañamiento del pueblo fiel a través del apostolado en las iglesias conventuales y las misiones populares; en el servicio a las iglesias particulares: Pedro Gallego, obispo de Cartagena y miembro de la Escuela de Traductores de Toledo, Bernardo Peregrí, obispo de Barcelona, Domingo Suárez, obispo de Ávila, Juan Rubí, auxiliar de Barcelona y teólogo en el Concilio de Trento…; en la aportación peculiar al pensamiento filosófico, teológico, social…, en las personas del polifacético Juan Gil de Zamora, Poncio Carbonell, Francisco Eiximenis, Antonio Andreu, Pedro de Navarra o de Atarrabía, Pedro de Castrobol…; la disponibilidad para andar los caminos de las misiones “ad gentes”: los beatos Juan de Cetina y Pedro de Dueñas, Pascual de Vitoria…

En tiempos de Felipe II, y bajo una fuerte presión político-religiosa del monarca y otros colaboradores políticos, eclesiásticos y religiosos, en 1567 se cerraban los conventos de los franciscanos conventuales, con diversos breves emanados por Pío V. Esto hizo que se perdiera el carisma de Francisco de Asís, transmitido según el estilo de vida de esta Familia franciscana. La Iglesia de España y, por qué no, la misma sociedad se empobrecían. Las puertas de España, aunque se llamó durante este tiempo con insistencia, no se abrieron. Uno de sus reyes, Felipe V, reconoce las cualidades y el talante del Ministro general conventual Vincenzo Coronelli, al que desea honrar con un obispado, pero no se le concede la vuelta de su familia religiosa a España, ni la posibilidad de abrir un convento en la Península, por presiones varias. Coronelli, gran geógrafo, que obsequió a Felipe V con un “Árbol genealógico”, le pidió a través del Sr. Juan Suárez que le permitiese abrir un convento de su Orden para cuatro religiosos, y para él, le conceda el título de Grande de España, en vez de una sede episcopal, con la que le quería honrar el rey [51] .

A pesar de los reiterados intentos por volver a España, los Franciscanos Menores Conventuales permanecieron fuera de sus fronteras, tanto peninsulares como coloniales, durante tres siglos y medio.

Os allanaré los senderos

Un monje camaldulense español, residente en Roma, fr. José Játiva, natural de Caudé (Teruel), vino a España en 1874.  A su regreso se llevó, como candidato para su Orden, a un joven caudetino, Carlos Salvador Remón, de 29 años.  Con los camaldulenses inició los estudios eclesiásticos. Unos diez meses después se pasó a los Franciscanos Menores Conventuales. Con éstos profesó el 1879, tomando el nombre de Miguel. Finalizados los estudios de filosofía y teología, fue ordenado  sacerdote hacia el 1882. Sustituiría, posteriormente, al padre Pedro Franquet en la Penitenciaría de San Pedro.

En 1886, al venir a España en visita de familia, se llevó consigo tres aspirantes de su pueblo natal, de los que perseveró sólo Dionisio Vicente, uno de nuestros mártires. Siete años después, en 1893, le acompañó un sobrino y paisano, Eugenio Salvador Remón, quien más tarde, con la profesión, cambió su nombre de pila por el de Miguel Ángel, aunque se le conocía normalmente por el padre Ángel.

Los mencionados padres Dionisio y Ángel fueron ordenados sacerdotes en 1898. Sus primeros destinos apostólicos fueron Querso (Croacia) y Espoleto (Italia), respectivamente. El padre Dionisio fue enviado como profesor de latín al convento de Querso, entonces de la Provincia Dálmata-Patavina, y el padre Ángel marchó a Espoleto como vicario parroquial.

Ésta es la semilla, el pequeño grano de mostaza del que nacerá la actual Provincia de España, cuya titular es Nuestra Señora de Montserrat.

Caminaré delante de vosotros

El padre Miguel Salvador tuvo un valedor en el obispo de Teruel, Maximiano Fernández del Rincón y Soto, terciario franciscano desde su juventud, y deseoso de que los Franciscanos Menores Conventuales volviesen a España. A pesar de haber pasado más de tres siglos sin la presencia de éstos, España permaneció siempre cerca del corazón de la Orden, o por tradición, o por hijos de España en la Orden [52] .

El convento que les ofrecía era el convento de San Francisco de Teruel, donde reposan los restos de los beatos Juan de Perusa y Pedro de Sassoferrato, enviados por Francisco a misionar entre los musulmanes de España. Vivieron en este convento turolense, y desde aquí marcharon a Valencia, donde sufrieron el martirio pocos años antes de conquistar la ciudad Jaime I. Son copatronos de la ciudad del Turia.

A este buen deseo del señor obispo se oponen dos problemas: el económico, ya que la diócesis es pobre; y un segundo, más difícil de salvar, ya que el convento, aunque estaba en manos del municipio y la iglesia en las del obispado, pertenecía a los frailes Franciscanos Observantes, quienes, como no vivían lejos de la diócesis, deseaban volver en el momento más propicio.

En 1895, en carta de Lorenzo Caratelli, Ministro general de la Orden, al señor obispo de Teruel, le comenta que lo que le preocupa no es el volver a habitar la antigua casa  conventual de dicha ciudad, sino la restauración de la Orden en España [53] . Ciertamente, establecerse en Teruel, piensa el Ministro general, significaría un doble beneficio: continuar en un lugar y convento donde la Orden tuvo un gran historial y restaurar la Orden en España.

Os daré una tierra

El padre Miguel Salvador, en sus visitas periódicas a la familia, comienza la búsqueda “in situ” de una casa, por los alrededores de Teruel, para dar comienzo a la restauración de la Orden. Va abriendo surco y buscando tierra donde sembrar la simiente del carisma de Francisco de Asís, al estilo de la Familia Conventual.

A pesar de que la tierra se hallaba reseca, por haber pasado tanto tiempo, Miguel Salvador, verdadero restaurador de la Orden en España, siempre mantuvo la esperanza de un regreso de los frailes Conventuales a España.

Los inicios son siempre insignificantes y no de fácil viabilidad. Es lo que le ocurrió al padre Miguel. En 1903 puso la mirada en el santuario de la Fuensanta, cerca del pueblo de Villel (Teruel), pero la enfermedad del Ministro general, Lorenzo Caratelli, le impide terminar sus gestiones. Lo intentó más tarde en el santuario de la Virgen de Camarillas (Teruel), pero la pequeñez de la casa, su aislamiento y las difíciles comunicaciones, lo dificultan y se margina el tema. Finalmente, parece que las cosas se presentan con mejores perspectivas  en relación con el Santuario de la Virgen de la Vega, de Alcalá de la Selva (Teruel), próximo a Mora de Rubielos, donde se reside casi un año. En carta de aquél al Ministro general leemos que “se halla en una región bastante buena y de fáciles comunicaciones, por lo que según mi parecer, éste es el lugar y santuario que nos conviene para comenzar [54] .

Parece que ya estaban instalados en el mes de octubre de 1904, aunque el padre Ángel Salvador se reuniría con el padre Miguel unos meses más tarde. Con todo, no era la fundación definitiva. En el santuario había un entramado de Confraternidades, que junto a la actitud de algunos sacerdotes de la zona, impiden que el santuario sea entregado definitivamente a los frailes.

Bajo el manto azul de la “Moreneta”

Todas estas circunstancias ambientales, junto con algunas otras que se agregaron, obligaron a los hermanos Franciscanos Menores Conventuales a buscar un nuevo lugar fundacional. El terreno se lo prepara Pedro Mártir Bordoy i Torrent [55]  , joven ilustre y de letras, natural de Barcelona, propagador católico, y apasionado de nuestra Orden; era pasante en una notaría de Granollers. Él les presentó el proyecto catalán. El lugar es Granollers, “donde venden un terreno por 100 escudos, para poder fundar allí, pues hay espacio, como le he comunicado, para construir el convento, para huerto, etc...” [56] .

Las solicitudes oficiales se presentan al secretario de cámara del obispado de Barcelona el primero de octubre de 1905. El padre Ángel, en Barcelona, estuvo hablando con el cardenal Casañas y el arcipreste de Granollers, Onofre María Biada. Luego, acompañado por el padre Jacinto Fudzinski [57] , se acercó a Granollers para ver el terreno y hablar con el arcipreste, “el cual se mostró acogedor a nuestra determinación, y además de darnos el terreno y la fábrica de la iglesia en construcción, prometió ayudarnos moralmente, ya que materialmente le era imposible” [58] .

Como primera medida, para su instalación y apostolado, se les “entrega, para poder oficiar, una capilla dedicada a Ntra. Sra. de Montserrat, y todos los paramentos sagrados, que se trasladarán después a la nueva iglesia” [59] . Esta capilla fue erigida hacia el 1887, por un clérigo granollerense apellidado Carbó, en la avenida del General Prim, a la altura del n. 64, y en ella se celebraba la Eucaristía todos los domingos y fiestas de precepto. Esta capilla subsistió hasta entrado el 1906. En noviembre de este mismo año, fue trasladada la imagen de la Virgen a la capilla provisional del naciente convento.

El terreno de Granollers pertenecía a la Curia episcopal. En él se estaba construyendo una iglesia, iniciada por Jaime Barba, predecesor de don Onofre, de la que se había levantado el ábside y el muro perimetral con una altura de unos dos metros.

Fundación en Granollers

El 8 de noviembre de 1905, el padre Ángel escribe al Ministro general, Domingo Reuter, desde Barcelona, diciéndole: “Escribo a Vuestra Paternidad Reverendísima para informarle de nuestra fundación en Granollers...” [60] .

Pero parece que pasaban los días y no se recibía ninguna respuesta del obispado. El padre Ángel, inquieto, decide acercarse para mover el asunto: “Viendo que pasaba el tiempo, volví aquí, y con el Sr. Arcipreste nos presentamos al Obispo Auxiliar y Vicario general, el cual, apenas nos vio, dijo que se había olvidado de darle curso. Ahora se halla en manos del Sr. Cardenal, y en breve harán el rescripto canónico. Así nos ha prometido el Obispo, no habiendo nada en contrario” [61] .

Al día siguiente nos encontramos con una nueva carta del padre Ángel al Ministro general, en la que con gran satisfacción le comunica: “Hoy me ha hecho saber verbalmente el Sr. Cardenal que estamos autorizados para fundar en Granollers, y que la fábrica de la iglesia, con los terrenos adyacentes, los otorga a nuestra Orden en usufructu perpetuo, continuando la propiedad en manos de la Mitra, para evitar que el día de mañana con una supresión vaya a manos del Gobierno... Contraemos algunas obligaciones y son: 1/ dar catequesis los días festivos a los niños que se hallan lejos de la parroquia; 2/ administrar los Sacramentos a los enfermos en caso urgente; 3/ hacer un horario de Misas para los días festivos, de tal manera que sean horas distintas a las de la Parroquia, para comodidad de la población” [62] .

El documento de fundación fue otorgado por el cardenal Casañas, obispo de Barcelona, el 21 de noviembre de 1905. Está escrito por el secretario del señor obispo, Ramón Salvia Civit, y firmado por él y por el padre Ángel Salvador Remón, como mandatario del padre Miguel Salvador, todavía residente en el santuario de Alcalá de la Selva.

El terreno

El arcipreste de Granollers, don Onofre, quien acogió al padre Ángel en su casa mientras se llevaba a cabo la gestión de la compra de una casa, le aconseja compre la que se halla unida a la fábrica de la iglesia en construcción, con lo que se encontrarán aislados y en su propia casa, mientras que las celebraciones litúrgicas, de momento, tienen lugar en la capilla de la Virgen de Montserrat de la avenida Prim.

Por valor de unas diez mil pesetas de entonces, se compran las edificaciones colindantes, en cuyo solar se levantará el convento y una capilla propia, evitando así el tener que ir a la capilla de la avenida Prim. Económicamente les ayudó una marquesa de Barcelona, y, en lo burocrático, la familia del párroco de Granollers. Los trabajos para agrandar la casa se iniciaron el 1 de enero de 1906, y finalizaron definitivamente el 31 de mayo de 1909.

El Cardenal Casañas, con el fin de impulsar las obras del templo en construcción, en un escrito fechado el 10 de mayo de 1906, concede doscientos días de indulgencias a quienes “contribuyan con alguna limosna en las obras de la conclusión del templo del convento de los Frailes Menores Conventuales de Granollers, bajo la advocación de Ntra. Sra. de Montserrat y San Antonio de Padua”.

En carta del 29 de noviembre de 1907, el padre Ángel comenta las primeras fotos de la nueva fundación que envía al Ministro general: “Con la misma le envío a V. Rvdsma. dos fotografías, una de la iglesia y parte del huerto... La iglesia, como ve, es la parte que queremos utilizar para el culto cuanto antes -presbiterio y crucero-; falta la nave central que, como ve, está levantada poco más de un metro de los fundamentos. Tiene 25 metros de alta, por 15 de ancha” [63] .

La iglesia, presbiterio y crucero con la capilla del Santísimo, dedicada a Nuestra Señora de Montserrat y a San Antonio de Padua, se abrió al público el 13 de abril de 1908, Domingo de Ramos, aunque la inauguración se dejaba para el mes de junio: “la fiesta la haremos en junio -fiesta de San Antonio-, y para tal ocasión esperamos que V. Rvdsma. pueda hacer una escapada hasta Granollers” [64] .

En enero de 1907 la fraternidad de Granollers estaba formada por Miguel Salvador [65] , Ángel Salvador, guardián, Pedro Balestra, Antonio Pastore, hermano no sacerdote [66] , y un joven de 20 años. El día 15 de noviembre de 1907 ingresaba  el joven de 28 años, Pedro Melero Gómez, y el 20 llegaba de Italia el religioso sacerdote Francisco Saba, para colaborar en la restauración de la Orden en España.

Dios escribe derecho con líneas muy torcidas

En mayo de 1909, escribía el padre Ángel estas palabras al Ministro general, acerca del convento de Granollers: “tiene todas las dependencias que piden nuestras Constituciones: todo es pobre pero decente. Pueden habitar quince o dieciséis personas, aunque sólo hay camas, sábanas, etc... para diez personas” [67] .

Todas estas esperanzas e ilusiones se vieron muy pronto truncadas. El 27 de junio de ese mismo año, se proclama en Granollers la República. La muchedumbre reunida en la plaza pide a gritos quemar la iglesia de los frailes. Cuando a éstos les avisan amigos y terciarios, no les dan crédito. Les obligan a esconderse. No se llevan nada, pensando que cesarán en su empeño. Sin embargo, iglesia y convento ardieron durante tres días, alimentando el fuego con leña, traída de fuera. Rociaron el techo de la iglesia con petróleo, pero no ardió. Se acercaron las autoridades y algunos amigos, pero tuvieron que  alejarse y algunos hasta huir, pues pretendieron quemar sus casas. El señor Pedro Bordoy, que dio asilo a un franciscano en su casa de Barcelona, tuvo serios peligros con su familia [68] .

El polvo de la tierra (el convento quedó totalmente destruido, en pie se hallaban sólo las paredes perimétricas) metió el miedo en el cuerpo de los frailes y, por qué no, también la desilusión, porque en muy poco tiempo se había desandado el camino hecho. De ahí las palabras del padre Francisco Saba en carta al Ministro general: “Dentro de unos días, si Dios quiere, llegaré para contarle lo ocurrido aquí en España. ¡Nos encontramos sin casa! El P. Pedro (Pedro Balestra) y yo volvemos a ponernos a disposición de nuestros Superiores... P.S.- El P. Ángel se quedará aquí para ver qué puede hacer” [69] .

El mismo padre Ángel parece que quiere volverse a Italia; suyas son estas desalentadoras palabras que nos recuerda el señor Bordoy: “Me encuentro sin fuerzas para emprender la obra de reparación del templo y casa” [70] . Pero será precisamente ese buen laico y amigo entrañable Pedro Bordoy quien levante el ánimo y haga que la esperanza renazca, sobre todo en el padre Angel. Valorando la actitud de este amigo, el padre Dionisio dice que “ha sido el alma de nuestra fundación y quiere serlo de nuestro restablecimiento [71] .

No miréis hacia atrás

Efectivamente, el 7 de agosto de 1909 Pedro Bordoy escribía al padre Ángel y le animaba a proseguir la restauración con estas palabras: “P. Ángel, se anime, ésta ha sido una cosa muy excepcional y transitoria... Una buena noticia, los frailes han vuelto a sus conventos, y también una buena parte de monjas. Otra buena noticia. Los sacerdotes andan ya por Barcelona tranquilamente con su hábito talar. Otra buena noticia. El Gobierno indemnizará a los religiosos los daños sufridos y ha enviado una circular a la Delegación de policía para que los superiores presenten una relación detallada de los daños sufridos y de su valor.

“Yo, en su lugar, y muy tranquilamente vestido de sacerdote, recibida la presente, tomaría el tren y sin perder tiempo iría a la casa del párroco de Granollers para que tome las medidas y datos necesarios e iría luego al alcalde para tratar de la indemnización. Ya estoy yo en Barcelona para hacer las diligencias necesarias” [72] .

Al padre Dionisio, que entonces se encontraba en Loreto de penitenciero, le informa sobre lo mismo y le pide que se lo comunique a la Curia general, lo que hace traduciendo la carta de Pedro Bordoy, y añade: “Este buen señor ha sido el alma de nuestra fundación y ahora lo quiere ser de nuestro restablecimiento. Si las cosas están como asegura, al menos podremos recuperar la cantidad gastada...” [73] .

Un mes más tarde, con fecha del 6 de septiembre de 1909, el mencionado Francisco Saba afirmaba, después de haber leído la carta del padre Ángel en que solicitaba reconstruir el convento y terminar la Iglesia: “en cuanto a la reconstrucción de la casa somos del parecer que por ahora no se debería reconstruir” [74] .

A pesar de los muchos obstáculos y pegas que encuentran para volver de nuevo a Granollers, hemos de confesar que había gente, entre ellos los franciscanos seglares (los “terciarios”), que “proveen de camas, ropa y todos los utensilios de cocina...” El padre Ángel espera del Ministro general “la vuelta de los PP. Saba y Balestra para preparar todo”. Pide también que se le envíe una estatua de San Francisco de Zanotto como regalo a los franciscanos seglares, por lo que han hecho y continúan haciendo, y para animarles a reconstruir su altar [75] .

Con sacrificios, trabajo y tenacidad se va restaurando la iglesia, sobre todo la capilla del Santísimo y la sacristía, que eran las que más habían sufrido las consecuencias del incendio, así como el pequeño convento. Se les cierran las puertas cuando van a pedir limosna, pero siempre hay gente generosa que les compra ropa, colchones, etc... para el nuevo convento.   

El convento fue reconstruido y habitado de nuevo en septiembre de 1910. Las obras de elevación de la iglesia, después de muchos años suspendidas, se comenzaron el 13 de junio de 1926, bajo la dirección del arquitecto Damián Rivas, y se terminan el 10 de diciembre de 1927; el altar mayor se inauguró el día de Noche Buena [76] .

Para ayudar a la naciente Provincia de España, en mayo de 1913 vino de Italia el padre Aquiles Fosco.

Deseosos de establecerse en la Ciudad Condal, se compró en 1915 una casa, pero el obispo de Barcelona, monseñor Enrique Reig y Casanova, a pesar de la influencia y el buen hacer del Ministro provincial de los Capuchinos, Miguel de Esplugas, no otorgó permiso de residencia. La casa se arrendó durante varios años.

A pesar de la penuria material y de personal, la mirada se dirige hacia un horizonte mejor, con la esperanza puesta en la animación vocacional. Se tiene que ir creando el ambiente, modelando los formadores, presentando el carisma a los jóvenes que están dispuestos a optar por la vida religiosa.

El enviado del Ministro General visita España (1921)

El Ministro general Domenico Tavani envió, en 1921, al padre Francesco Dall’Olio, Procurador general, con documento firmado el 28 de agosto de 1921, a realizar la Visita canónica al convento de Granollers.

Tres eran las cuestiones de mayor importancia que traía en
su cartera:

  ver si era oportuno conservar o vender la casa de
Barcelona, y conocer quiénes eran sus propietarios;

  nombrar guardián en el convento de Granollers al padre Pedro Balestra o al padre Miguel Ángel Salvador;

  estudiar la posibilidad de abrir una nueva casa en una región donde más fácilmente se pudiesen tener vocaciones religiosas.

Como dato estadístico, hay que dejar constancia que en Granollers, el 16 de septiembre de 1921, según la relación del Visitador general, la fraternidad estaba formada por los siguientes miembros:

P. Miguel Ángel Salvador Remón

P. Dionisio Vicente

P. Alfonso López

Fr. Pedro Melero, profeso solemne

Fr. Buenaventura Remón, profeso temporal

Fr. José Gonzalvo, novicio no clérigo

Arturo Vicente Ortiz, de 14 años, postulante

Eugenio Remón Salvador, de 15 años, postulante

P. Pedro Balestra, que vino de la Provincia de Génova.

El visitador Dell’Olio cierra su informe con estas palabras: “Dado el escaso número de religiosos no es posible abrir una nueva casa. De este argumento se podrá tratar de aquí a tres años, cuando vuelvan de Oristano los tres clérigos teólogos” [77] .

Perspectivas de futuro

Durante estos treinta primeros años de restauración de la Orden en España, dos eran los objetivos principales que ilusionaban la vida de la fraternidad de Granollers: la animación vocacional y la expansión de la Orden en España. Ninguno de los dos resultaba fácil, pero hubo interés e iniciativa en ambos. En efecto, Granollers fue centro de iniciativas para todo, también de acogida de los jóvenes vocacionables. A partir del 1906, con la llegada de Francisco Remón, iniciaba su andadura el seminario de la
futura Provincia de España.

El postulantado y el noviciado, por lo general, tuvieron su sede en Granollers. No así los estudios eclesiásticos, ya que las primeras vocaciones los cursaron en Oristano (Cerdeña), y luego pasaron a Ósimo (Italia), de la Provincia de las Marcas, o al Colegio Internacional y Facultad de San Buenaventura de Roma.

Con la vuelta a Granollers de los primeros religiosos españoles que estudiaron en Oristano (Cerdeña), se incrementó el número de postulantes. En 1924, el padre Esteban Marcos, antes de marchar a la Penitenciaría de Loreto (Italia), acompañó a un grupo de once jóvenes, entre los cuales se encontraba Modesto Vegas. Este número fue creciendo hasta el 1931, en que por motivos sociopolíticos e internos no se acogía a jóvenes. En 1935, de nuevo se promovió la animación vocacional, llegando a tener, durante el curso 1935-36, un grupo de quince jóvenes [78] .

Los estudios eclesiásticos se intentaron cursar en el seminario diocesano de Barcelona, ya en 1928. Al no obtener permiso del obispado, se vieron obligados a regresar a Granollers, donde cursaron la filosofía antes de ir, en 1930, a continuar la teología en Ósimo (Italia).

En este primer período de la restauración de la Orden en España, del 1905 al 1936, hubo diversos intentos de fundación: Barcelona, Tárrega (Lérida), Santo Toribio de Liébana (Santander), Sagunto (Valencia), La Folguera (Asturias)..., pero por carencia de personal, principalmente, no se hicieron realidad estos sueños.

Tiempos de sobresaltos (1931-36)

El 17 de enero de 1931 llega a Granollers, como guardián, el padre Antonio Rocchetti, de la Provincia de las Marcas. Aquí estuvo hasta el mes de marzo de 1934 en que vuelve a Italia.

A partir de 1931, tras la instauración, el 14 de abril, de la Segunda República, hubo ciertos momentos de tensión a nivel nacional, como la quema de conventos en muchas poblaciones de España a partir del 10 de mayo de 1931, y otros hechos desagradables, que también repercutieron en la fraternidad de Granollers.

El 12 ó 13 de mayo de 1931, el ministro de la fraternidad seglar franciscana de Granollers, el señor Juliá, hizo llegar a los frailes la orden del señor Obispo de que se cuidase la Iglesia y sus objetos sagrados y litúrgicos. Acabado el rezo del rosario, se consumieron las sagradas formas y se conservaron en lugar protegido las imágenes y objetos de culto.

La noche del 13 al 14, los postulantes, acompañados por el padre Ángel, la pasaron en el lugar llamado “Las Torres” o “Las Tres Torres”, en el término de Lliçà de Vall, de donde regresaron al día siguiente, fiesta de la Ascensión. El entonces novicio,  Bautista Díez, que pasó la noche fuera de casa, escribía a su hermano, Jesús Díez, estudiante de Filosofía en Urbino (Italia), y le comentaba: “No sé si te habrás enterado que ha sido proclamada la República en España, conque ya te puedes suponer cómo estarán los curas y los frailes. Tan sólo te digo que hace poco más de dos semanas los comunistas han quemado 200 conventos, de manera que estuvimos con un miedo... (de esto no digas nada a nuestra madre). Nos llevaron sin hábitos, a las 12 de la noche, a las Torres porque creíamos que iban a quemar el convento, y sacamos las cosas mejores de la Iglesia, las estatuas, etc..., pero aquí no hicieron nada, veremos en las elecciones de Junio, me creo que vamos a tener un verano bastante agitado” [79] .

Al grupo de frailes españoles que estudiaban Teología en Osimo les llegaban estas noticias y la turbación que les creaba la vemos reflejada en las breves líneas que nos han llegado de alguno de ellos. El padre Pedro Rivera escribe en su “Diario”: “Día 10 de Mayo al 17. Tristes noticias de España dicen haber comenzado en varias ciudades furiosa devastación de Iglesias y monasterios llevada a cabo por agentes comunistas a pesar de las medidas tomadas por el gobierno republicano. Dios quiera que tan grande calamidad pase presto, y se(a) de verdadero provecho para la Iglesia española, avivando el celo de sus ministros y la fe de nuestro pueblo” [80] . Y el padre Modesto Vegas describe lo mismo con otras palabras: “Notificaciones políticas y religiosas de España te podríamos decir muchas… Se ven cambios de una parte y desórdenes de por aquí y por allá muy perturbadores, hasta que las Cortes Constituyentes que puede ser que no terminen hasta Septiembre o al final de año, apacigüen todo esto, y con el nuevo Presidente, que aún no se sabe, se cambie todo en paz y tranquilidad, en fin lo que se necesita es rogar mucho y esperar más” [81] .

Desde el mismo Granollers llegaban noticias no demasiado tranquilizadoras, aunque en Cataluña se viviese con cierta serenidad, como escribe el padre Alfonso López: “Estamos esperando las elecciones del 28 de junio para ver si quedamos o nos echan. Parece que hay esperanzas que suba al poder un gobierno de orden. Dios lo quiera. En Cataluña no ha pasado nada, gracias a los catalanes de orden que amenazaron a los gobernantes que si quemaban conventos por incuria iban a parar al mar: Gobernador, Alcalde y Capitán General. En algunas poblaciones el pueblo es el que ha salido en favor de los religiosos” [82] . Desde esta fecha no se recibieron más postulantes hasta el 1935, ya que las cosas estaban bastante revueltas. Y, como añade el mismo padre Alfonso: “Hemos mandado algunos jóvenes a sus casas por precaución y porque así lo deseaban sus padres hasta ver en que para esto” [83] .

Tres años más tarde, cuando los sucesos de Asturias, el 6 de octubre de 1934, a causa de la intentona revolucionaria, todos los frailes abandonaron el convento durante algunas horas, aunque no durmieron fuera de casa. Un mes más tarde, el 6 de noviembre, moría en Granollers el padre Ángel Salvador, verdadero restaurador de la Orden en España.

El 16 de febrero del 36, fecha de las elecciones, en las que obtuvieron el triunfo las izquierdas, los frailes no abandonaron el convento, pero sí el rector, padre Lorenzo Castro, con los postulantes, que pasaron la noche en “Can Diviu”, propiedad del señor Juliá, en la carretera de Granollers a Caldas.

De todas las maneras, el guardián de Granollers, en carta al Ministro general, Domenico Tavani, le expone la situación socio-política de España como bastante tranquila para la vida y actividad de la fraternidad: “Nosotros, hasta el presente, no hemos sufrido nada, y, gracias a Dios, en esta región por ahora hay tranquilidad. Por esto nosotros continuamos la vida como antes. El trabajo no nos falta, porque además del trabajo de los Probandos, las clases externas y el servicio de nuestra iglesia, llevamos también el servicio del Hospital de la ciudad, además somos llamados con frecuencia a las parroquias limítrofes para oír confesiones y ahora también para predicar; estos dos apostolados son la fuente de los principales ingresos económicos de casa, porque son bien remunerados y porque la mendicación de los hermanos laicos, que en otro tiempo era el principal apoyo del colegio, ahora ha disminuido mucho” [84] . Aunque, en otra carta al Ministro general, un mes después, dice escuetamente: “La situación aquí en España va empeorando y sólo nos queda la confianza en Dios que halla para los grandes males grandes remedios” [85] .

Sin embargo, a pesar de los grandes nubarrones que se cernían y afeaban el cielo español, todavía se mantiene una cierta esperanza: “…no obstante las dificultades y angustias de los tiempos, que son realmente graves en España, en donde la persecución a la Iglesia y las vejaciones en las casas religiosas son favorecidas por el Gobierno, aquí en Granollers, gracias a Dios, nuestras cosas marchan bien: once jóvenes han terminado felizmente el curso; este número, a no ser que las circunstancias políticas determinen otra cosa, lo aumentaremos en el próximo curso. Así pues, también es deseo de todos, tan pronto como las circunstancias le sean favorables, se abra una nueva casa en España, para que nuestra Orden florezca de nuevo entre nosotros, como en tiempos pasados.… Dios quiera que tantos males como se ciernen sobre nuestra Nación, nunca se realicen, y restituida la paz a la Iglesia, a los ciudadanos, podamos gastar nuestras fuerzas para gloria de Dios y salvación de las almas” [86] .

El mismo ambiente de dificultad, pero esperanzado, expresa en otra carta el mismo padre Pedro Rivera, cuatro días después al padre Jesús Díez: “…la situación de España no sé qué decirte, si vamos mejor o peor: lo cierto es que han pasado ya aquellas violencias contra la Iglesia de los primeros días después de las elecciones, ahora parece que se la emprende contra los ricos y contra las compañías: todo son huelgas y todos piden aumento de jornal y lo que sucede es que el trabajo va disminuyendo y aumentando la miseria, así es que no sé donde iremos a parar…”.

“No obstante todo eso, aquí en Granollers estamos como en Jauja, pues nadie nos ha molestado lo más mínimo, y continuamos muy bien. El colegio marcha viento en popa y la Comunidad también. Dios quiera preparar tiempos mejores para nuestra patria y entonces con el trabajo y buen comportamiento de todos podremos hacer mucho, sobre todo si sabemos dejar ciertos resabios contraídos en tierras extrañas y adquirimos verdadero espíritu y verdadera formación religiosa sin la cual trabajaríamos en vano. El curso próximo pensamos aumentar el número de los probandos que ahora se han reducido a 11, pero buenos; si los tiempos se ponen mejores emprenderemos otra nueva fundación, etc. De manera que ánimo y a prepararse seriamente para el trabajo que te espera para gloria de Dios y bien de nuestra patria tan necesitada hoy de hombres como sobrante de “pecore mate” [87] . Pero le advierte respecto a Asturias, donde vive su familia: “En cuanto a tus vacaciones, creo estarás al corriente con tu familia y te habrás enterado cómo están las cosas por Asturias que no creo que estén muy a propósito para vacaciones, pero tú verás” [88] .

Durante el curso 1935-36 subió hasta diecisiete el número de postulantes, lo que presagiaba un futuro alentador, como leemos en la carta que escribe el P. Pedro Rivera al Ministro general: “A principios de este año, todos hemos trabajado por la reapertura de nuestro Probandado, lo cual se hizo con 17 jóvenes, y gracias a Dios todo marcha bien bajo todos los aspectos, por el diligente cuidado del P. Maestro, P. Lorenzo Castro” [89] . Y continúa dicha carta diciendo: “También la vida de la comunidad se ha reorganizado, siendo la aspiración de todos el florecimiento de la vida religiosa que será el fundamento del florecer de nuestra Orden. Pero aquello que más deseábamos todos era una nueva fundación, para lo que se trabajaba intensamente y que parecía próxima su realización, cuando las elecciones a Diputados han dado la vuelta a todos nuestros planes, porque ha cambiado totalmente la situación, que se presenta ahora muy oscura y amenazante, y existen motivos para esperar inconvenientes muy graves, aun una supresión de todas las Congregaciones religiosas” [90] .

Acabado el curso escolar, las cosas se fueron agravando y deteriorando. Los frailes se iban informando sobre el curso de los acontecimientos a través de amigos y bienhechores de la Orden. “En vista de la gravedad de los mismos -dice el entonces P. Arturo Vicente Ortiz, miembro de la fraternidad de Granollers-, el objetivo común fue marchar del convento para salvar la vida” [91] .

La fraternidad de Granollers

Con la vuelta de Italia, en 1934, de cuatro jóvenes sacerdotes, Agustín Cisneros, Gregorio Millán, José Gómez y Modesto Vegas, se respiraron aires nuevos y se mantuvo una esperanza rejuvenecida para nuestra presencia en España, reforzada al año siguiente con el regreso de otros dos sacerdotes, Pedro Rivera y Lorenzo Castro, además del Hno. Francisco Remón. Así, pues, la fraternidad quedó formada por nueve hermanos sacerdotes, cuatro hermanos no sacerdotes, un novicio y diecisiete postulantes.

Al estallar la Guerra Civil, los postulantes se repartieron entre los bienhechores del convento, con los que algunos de ellos permanecieron hasta el final de la contienda. Los religiosos también se vieron obligados a abandonar el convento y vivir durante tres años con la vida pendiente de un hilo. Algunos de ellos “recibieron el don eximio del martirio y supieron responder con la prueba suprema del amor” [92] .

Así describía a esta fraternidad, en 1921, el padre Francesco Dall’Olio en la relación de su visita: “Dichos padres gozan de buen nombre y tienen una conducta religiosa... En el pasado ha habido alguna cosa entre ellos, pero no tardaron en restablecer la concordia y ahora se hallan en perfecta paz” [93] .

Y en la relación del padre Dionisio Vicente al Ministro general, así retrata a la fraternidad de Granollers y su apostolado, después del verano de 1935: “Se celebran todas las funciones franciscanas. Existe una floreciente Orden Tercera... Nuestros religiosos confiesan, predican, atienden muy bien la Iglesia y ayudan a los párrocos de alrededor, colaborando así a una parte de entradas del convento. Nuestra Iglesia tiene alrededor de veinte a veinticinco mil almas, y se espera, con el tiempo, poderla declarar parroquia, y ésta es la aspiración de los religiosos. Los religiosos son muy estimados por los párrocos de alrededor, por los servicios que prestan...” [94] .

Esto escribía el guardián, padre Pedro Rivera, al Ministro general, P. Beda Hess, el día primero de julio: “En esta casa actualmente habitan nueve sacerdotes y cinco hermanos laicos; suficiente, sin duda, en cuanto al número, aunque equivalgan a pocos en la práctica, pues de los padres uno está ciego y otro es anciano; otros dos están enfermos y por lo tanto son más una carga que una ayuda, aunque trabajan según sus fuerzas en lo que pueden; otro está al cuidado de nuestros Postulantes y otro dirige el colegio de alumnos externos; por lo tanto, no son sino dos o tres quienes pueden ejercer el ministerio sacerdotal, particularmente oyendo confesiones y predicando en las parroquias vecinas, donde más se pide nuestra ayuda y es bien remunerada, de tal manera que constituye nuestro principal medio de sustento… Por lo demás, aquí en Granollers nuestra vida transcurre regularmente, y aunque casi todos sean jóvenes y hasta el presente pobres en muchas cosas, existe buena voluntad en todos por avanzar en la virtud y el sacrificio, para que realmente nuestra Orden crezca entre nosotros en número, virtud y ciencia” [95] .

Vientos de guerra (1936)

El 18 de julio de 1936, la Fraternidad de Granollers está compuesta por los siguientes miembros:

P. Pedro Rivera, Guardián

P. Dionisio Vicente, Vicario

P. Alfonso López, Maestro de Novicios y profesor de Historia en las Escuelas Antonianas

P. Antonio (Arturo) Vicente, enfermo, pastoral sacramental

P. Gregorio Millán, encargado de las Escuelas Antonianas de primera enseñanza

P. José Gómez, ecónomo y profesor de Historia y Geografía en el postulantado

P. Agustín Cisneros, profesor de Matemáticas y Música en las Escuelas Antonianas

P. Modesto Vegas, enfermo, pastoral sacramental

P. Lorenzo Castro, Rector de los postulantes y profesor de latín de los mismos

Fr. Francisco Remón, sacristán y portero

Fr. Pedro Melero, encargado de la sastrería

Fr. Buenaventura Remón, limosnero

Fr. Miguel Remón, cocinero

Fr. Pascual Coll, novicio

Sr. Angel Mazarrón, “El Mazarronero”, oblato, profesor en el postulantado

y doce Postulantes: “Gabriel Gómez (P. Gabriel Gómez), Jesús Urbón, Jesús Gómez, Abelardo Torres, Agustín Romero, Pablo Santiago, Eulogio García, Joaquín Villar, Martí, José Luis Gago y el lego Gonzalo” [96] .

De esta fraternidad franciscana menor conventual, con sus luces y sus sombras, seis de sus miembros van a ser testigos del perdón y de la reconciliación en tiempo de violencia y persecución. Un séptimo, Fr. Buenaventura Remón, llevó para siempre en su cuerpo los signos de su confesión de fe. Dos más, el padre Lorenzo Castro y fray Pedro Melero estuvieron presos por su condición de “frailes”. Todos se vieron en la situación de esconderse. Y es que llegado el momento, su debilidad se convierte en fortaleza, porque el Padre hablará por ellos. Y la Palabra del Padre es palabra de amor misericordioso aun en el momento más negro y calamitoso de la vida de su Hijo o de sus hijos adoptivos.

Los ánimos se encontraban exaltados y el aire enrarecido con olor a revuelta y a pólvora, que lo envolvía todo. Así lo describe el padre Modesto Vegas: “España parece que se va volviendo peor que el Africa; cuando recibas esta carta ya puede ser que sepas que el Presidente Alcalá Zamora ha dimitido o mejor dicho le han hecho dimitir, es la noticia del día que te escribo” [97] .

La inquietud en el convento de Granollers llegó el 16 de julio, fiesta de la Virgen del Carmen. Mientras algunos de los frailes toman el fresco en la terraza del convento, el padre Antonio Vicente, “que tenía unos auriculares”, se acerca para comunicar que el ejército de Marruecos se había sublevado [98] . Todo quedó en una guerra de nervios, de situación incierta y dudosa, aunque los frailes no abandonaron el convento nunca. Sin embargo, al rector del seminario, padre Castro, el guardián le pidió que conectase con algunas familias amigas del convento, para alojar a los postulantes –“seráficos” se les llamaba entonces–, dada la situación de inseguridad que se iba creando.

El domingo 19, los frailes celebraron la Eucaristía según el horario dominical, con toda normalidad, tanto en la iglesia conventual de Granollers, como en aquellos lugares que fueron a ayudar pastoralmente ese día, como es el caso del padre Gregorio Millán que fue a celebrar a Figaró y ya no pudo regresar al convento, porque la revuelta se había extendido por Granollers y sus contornos; y el padre Lorenzo Castro, que celebró la misa de las doce en la parroquia de San Esteban de Granollers.

En la sacristía de la parroquia, el padre Castro habló con el vicario parroquial y los Escolapios acerca de las noticias que circulaban por la ciudad, pero ninguno sabía nada en concreto. Terminada la misa, regresa al convento por la calle Corró. Al llegar a la altura de la plaza de Jacinto Verdaguer se lleva una solemne sorpresa, al ver el convento rodeado por los milicianos de la F.A.I., que no le dijeron nada ni le impidieron la entrada al convento.

Al resto de la fraternidad la encontró en el comedor, desconocedora de lo que sucedía fuera, y a la que explicó lo que había visto y cómo el convento se encontraba “acordonado por los revolucionarios”. El susto fue tal, que se suspendió la comida [99] . Avisado el lampista del convento, el señor Font, trajo una radio para que los religiosos estuviesen al corriente de lo que sucedía.

Tanto las emisoras de Barcelona como las de Madrid comentaban la sublevación militar e invitaban al pueblo a armarse contra los rebeldes.

Hacia las tres de la tarde, la radio de Barcelona transmite unas palabras del general Godet, entonces Capitán General en Cataluña, que deponía las armas y ordenaba a todas las guarniciones de Cataluña a hacer lo mismo, con el fin de evitar derramamiento de sangre.

A las cinco de la tarde la fraternidad se reúne en la iglesia para el rezo del Santo Rosario. Terminado éste, se consumen las partículas del Santísimo, que se distribuyen entre los postulantes.

Ya bien entrada la tarde, el señor Juliá, presidente de los Terciarios de la fraternidad de Granollers, se acerca al convento. Comunica a los frailes lo que se rumorea y es comidilla en los bares de la ciudad: “que esta noche van a quemar el convento” [100] .

Hacia las ocho de la tarde se cena, aunque con el desasosiego propio que nace con las noticias que llegan a nivel nacional sobre la sublevación militar, y las que diversas personas, amigas, hacen llegar a los frailes sobre la situación que se ha creado en Granollers. Terminada la cena, los postulantes son distribuidos entre las familias con las que se había conectado precedentemente, y el resto de la fraternidad, con el permiso del guardián, se dispersa para pasar la noche fuera del convento. Sólo se quedó en él esa noche el Hermano Buenaventura Remón.

Cada cual se improvisó un traje seglar, aunque les delataba de lejos, y se llevó ciento veinticinco pesetas en monedas de a duro, entregadas por el ecónomo del convento, padre José Gómez, para hacer frente a situaciones imprevisibles [101] .

La quema del convento

En Granollers, por esos días, se estaba trazando el tendido del nuevo ferrocarril. En esta obra trabajaban unos trescientos o cuatrocientos obreros.  Los ánimos de los trabajadores estaban muy excitados. La situación de la ciudad, en la cual todavía se mantenía la calma, era muy tensa. El lunes, 20 de julio, hacia las cuatro de la tarde, el padre Castro y el Hno. Pedro Melero vieron desde su escondite, la casa Creus (Peret de la Era), como se acercaban a Granollers algunos camiones cargados con milicianos de la F.A.I., procedentes de Cardedeu.

Al llegar al convento de los “Frares”, antes de entrar, hicieron varios disparos dentro, para cerciorarse que se encontraba vacío.

Luego entraron en la iglesia y sacando algunas estatuas, las queman en “El camp des Frares”. En medio de la iglesia, por el contrario, amontonan bancos, sillas y cuanto encuentran a su paso, lo rocían de gasolina y le encienden fuego. Suben a las bóvedas de la iglesia y derraman unos cuantos barriles de petróleo que encienden. Las consecuencias fueron que se hundió parte del tejado de la iglesia y dos o tres bóvedas; mientras que todo el interior quedo ahumado con las llamas de los bancos y la quema de las puertas.

La misma suerte corrieron la parroquial de San Esteban de Granollers, de bello estilo gótico, que arrasaron, y la iglesia de San Francisco de Paula.

El convento, antes de incendiarlo fue dado al pillaje, y los hábitos, sábanas y mantas que dejaron, fueron colgados en el tendido eléctrico de la calle. Posteriormente, el convento fue restaurado en parte y habilitado para colegio con el nombre de “Concepción Arenal”.

Nuestros seis testigos

A través de las páginas precedentes hemos visto el concepto de “mártir”, el ambiente difícil de la España de la primera mitad de los años treinta y los pasos dados por los Franciscanos Conventuales en la restauración de la Orden en España. Ahora, con detenimiento, vamos a recorrer una a una las biografías de nuestros seis testigos del Mártir del Gólgota: Alfonso López, Miguel Remón, Modesto Vegas, Dionisio Vicente, Francisco Remón y Pedro Rivera. Son los nombres de aquellos hermanos menores que, parafraseando a Francisco, “siguieron al Señor en la tribulación y la persecución” [102] , siendo testigos del amor, de la no-violencia y de la esperanza.

 

 

Alfonso López López

ALFONSO NACIÓ EN Secorún, de la provincia de Huesca y diócesis de Jaca, el 16 de noviembre de 1878. Secorún es una pequeña entidad de entre las diversas que componen el municipio del mismo nombre: Secorún, del antiguo partido judicial de Boltaña. Por aquellos tiempos debía comprender unos catorce edificios y menos de un centenar de personas. Estaba situado, porque hoy ya no existe, en el centro del Valle de Serrallo. Su vida económica se apoyaba en la agricultura y particularmente en la producción de centeno, patatas y legumbres. Si el nacimiento de un niño siempre es motivo de alegría y de júbilo, en un pueblo tan pequeño, estas circunstancias se acrecientan. Fue bautizado cinco días después, el 21 del mismo mes de noviembre, y se le puso el nombre de Federico. Como era frecuente al final del siglo pasado, su familia era numerosa y él era el último de ocho hermanos. Fue confirmado el 12 de noviembre de 1882.

Además de los estudios primarios, había cursado Humanidades, lo que le abrió las puertas, antes de entrar en la Orden, para desempeñar diversos oficios civiles, entre ellos el de Secretario de Ayuntamiento.

Queriendo responder a su vocación religiosa, pensó ingresar entre los benedictinos en una abadía de Australia, donde llegó después de un largo viaje. El padre Castro le oyó “varias veces explicar su viaje a Oceanía –dice él-, donde permaneció una temporada... (En) dicho viaje tuvo que salvar el Cabo de las Tormentas, pues todavía no estaba abierto a la navegación el Canal de Suez” [103] .

Entrada en la Orden

Desconocemos los motivos que le obligaron a desandar tan largo viaje. Lo cierto es que a la edad de 27 años ingresó como postulante en nuestro convento de Granollers, el 25 de julio de 1906 [104] , por mediación del padre José Alonso García [105] .

Una conjetura es que se encontrase con éste, el entonces Santiago Alonso García, en Australia, pues era diplomado en veterinaria y acompañó al ejército español en Cuba. Ante el desastre del 98 huyó a Sidney, donde trabajó en una farmacia especializada en medicamentos para animales. De vuelta a España, pasa por Italia e ingresa en la Orden en Ósimo, el 19 de marzo de 1906. Ateniéndonos a los apuntes del padre Gabriel Gómez, debió ser Australia o Italia donde se encuentra con aquél, y de común acuerdo deciden ingresar en los franciscanos conventuales, aunque Federico lo hace en España, en el convento de Granollers.

A principios de octubre de 1906 Federico es enviado a Italia, en compañía de Francisco Remón, que se quedó en Asís. Federico, por su parte, se incardina a la Provincia Seráfica Umbra.

En abril de 1907 inicia el año de noviciado en Osimo, Provincia de las Marcas, bajo la dirección del padre Antonio Rocchetti [106] . La profesión temporal la emitió al año siguiente en abril, cambiando su nombre de pila, Federico, por el de Alfonso.

Como ya tenía hechos algunos estudios de humanidades, comenzó directamente los estudios eclesiásticos en Ósimo, y el 12 de junio de 1908 recibió la tonsura y las órdenes menores en esta misma ciudad, siéndole conferidas por monseñor Giovanni Battista Scotti, obispo de Osimo-Cingoli. Una vez acabado el trienio de teología, emite la profesión solemne, en Ósimo, el 29 de noviembre de 1911. Es ordenado sacerdote el 24 de diciembre, y al día siguiente, Navidad, canta su primera Misa [107] .

Regreso a España

Ante la necesidad de personal en Granollers, tanto para las actividades pastorales como para el acompañamiento en la formación de los candidatos, el padre Ángel Salvador pide al Procurador de la Orden que el neo-sacerdote, padre Alfonso regrese a España “a prestar sus servicios a nuestra Orden” [108] .

Regresa, pues, a Granollers en mayo de 1912, junto con el padre Dionisio Vicente. Muy poco es el tiempo que permaneció en Granollers, donde colabora en la formación de los seminaristas: Luis Hernández Murciano, Modesto Vicente Torres, y Francisco Ramo Gómez, dando clases [109] de lengua española y aritmética.

En el mes de junio de 1912, el padre Pedro Balestra regresa a Italia, destinado a la Penitenciaría de la Santa Casa de Loreto, pero se quedó en su Provincia de Génova. El Vicario general, Francesco Dall’Olio, en octubre de ese mismo año, destina al padre Alfonso a la Penitenciaría de Loreto. Aquí residió como penitenciario durante el trienio 1912-15 [110] .

El ministerio de la reconciliación y el acompañamiento espiritual serán campos de apostolado predilecto del padre Alfonso. Tanto los seminaristas de Granollers como el pueblo fiel encontrarán en él un apóstol del confesionario, como lugar en el que el sacramento de la penitencia expresa y celebra el perdón de los pecados y la conversión.

Vuelta de nuevo a Granollers

Transcurrido el período de penitenciario, en 1915 regresó al convento de Granollers, donde se le encomendaron diversos ministerios, entre ellos, la dirección del Colegio externo o “Escuelas Antonianas”. En ellas ejercía también el oficio de maestro de tercera elemental. El Colegio tenía tres clases elementales libres, en las que en 1920 había una matrícula de 180 niños, distribuidos en tres clases [111] . 

En 1918 era maestro de novicios, y vicemaestro el padre Dionisio. Posteriormente, fue nombrado rector de postulantes
-maestro de probandos-, del 1924 al 1931. Alumnos suyos, y también novicios, fueron Modesto Vegas, Pedro Rivera y Miguel Remón.

Durante la visita a Granollers, la primera a España después de cuatro siglos [112] , realizada por el Ministro general, Alfonso Orlini [113] , del 26 al 29 de mayo de 1928, éste dispuso que el padre Alfonso ejerciera también de maestro de novicios, lo que llevó a cabo durante el trienio 1928-1931; aunque este ministerio lo ejerció, dice el padre Castro, “durante toda su vida, exactamente hasta el año 1935” [114] .

En el convento de Granollers residió hasta el estallido de la Guerra Civil, excepto “una brevísima estancia de medio año en Italia, adonde volvió en 1932” [115] . En el mes de octubre de ese mismo año marchó a Roma a entrevistarse con el Ministro general, debido a problemas de convivencia en la casa de Granollers, donde era guardián el padre Antonio Rocchetti desde el 17 de enero de 1931. Regresó a España a mediados de noviembre del treinta y tres con el padre Angel y el Hno. Pedro Melero, acompañados por monseñor Giovanni Sanna [116] , obispo de Gravina-Irsina (Italia), como Delegado del Ministro general. Al regresar monseñor Sanna a Italia, dejó al padre Dionisio como guardián del convento de Granollers.

Disponibilidad

Teniendo en cuenta que la Regla nos pide a nosotros, “frailes menores”, que seamos “peregrinos y forasteros” [117] , podemos confesar esta disponibilidad en el padre Alfonso. Es cierto que casi toda su vida discurre en Granollers, pero siempre dispuesto a dejarlo cuando le proponen otros objetivos. Así, en 1934, se estaba esperando el beneplácito de la Curia general para fundar en Barcelona, donde podrían “ir los siguientes padres: P. Antonio Vicente, P. José Gómez y P. Alfonso López... Con dos hermanos, formarían la Comunidad” [118] . La Curia no dio el correspondiente permiso y la casa no se abrió.

También en 1934 estuvo visitando el monasterio de Santo Toribio de Liébana (Santander), donde ya se tenía el permiso del obispo de León, José Álvarez Miranda. Luego, por diversos motivos, quedó todo en las cartas de correspondencia. En una de ellas se lee: “Los RR.PP. de esa Orden, Agustín Cisneros y José Gómez, me hicieron entrega, el 22 de diciembre, de las letras comendaticias expedidas por V. Rma.  a favor de los dos citados, más los PP. Alfonso López y Modesto Vegas, y de los HH. Luis Arenillas y Miguel Remín (Remón) como designados para formar la Comunidad en el citado Santo Toribio de Liébana” [119] .

La salud

No gozaba de buena salud, como lo atestigua el padre Dionisio: “Al P. Alfonso López, que es de poca salud, hemos hecho que le visite el médico más de una vez, y declara que puede terminar pronto su debilidad en tisis” [120] 120. Se estaba pensando, según atestigua esta carta, en enviarle a una fundación en Castilla, a un Santuario cerca del pueblo del padre José Alonso, lugar bueno para su salud y para  un descanso.

Su salud debía haber cambiado muy poco en 1914, ya que el padre Ángel Salvador escribe a los superiores diciéndoles que tiene “un estado de tisis, y, según se nos dice, no pasará este verano sin que nos dé un mal día”. Pide permiso, al mismo tiempo, para que pase el verano en su pueblo [121] , y le conceden dos meses de vacaciones [122] . Es evidente, pues, que su salud es algo con lo que se debe contar, por eso en su relación el padre Dall’Olio anota que: “no es muy buena; sufre de nefritis, tiene necesidad de cuidarse y de atención en las comidas” [123] .

A pesar de ser una persona enfermiza, a la que se le añaden nuevos achaques, como indica en 1935 el padre Dionisio en carta al Ministro general (por ejemplo, sufre de diabetes y es víctima de frecuentes agotamientos) [124] , las fuerzas que arranca a la enfermedad las pone al servicio del seminario, de las “Escuelas Antonianas”, de la pastoral en nuestra iglesia conventual de Granollers o en ayudar a los párrocos de la comarca del Vallés Oriental…

Personalidad

La figura del padre Alfonso López es la de un fraile íntegro, la de un franciscano que quiere vivir su carisma, su profesión religiosa y su ministerio sacerdotal con una entrega total. Tres años después de su profesión solemne, el padre Ángel Salvador nos ha transmitido un interesante retrato de su personalidad en la relación enviada al Vicario general, Domenico Tavani [125] : “El P. Alfonso es joven que promete con su seriedad y cultura, unida a un espíritu religioso observante y, no obstante que haya entrado en la Orden en edad avanzada la ama -tiene 36 años-, pero tiene una enfermedad incipiente de pecho y no se le pueden dar trabajos gravosos, según el parecer del médico, para que pueda ser paralizada; ahora parece que se ha recuperado y lleva adelante la casa” [126] .

Por las referencias que encontramos en algunas cartas, era una persona querida por los párrocos y los feligreses que frecuentan nuestra iglesia y por las familias que envían sus hijos a estudiar a las Escuelas Antonianas: “El P. López goza de la simpatía de la población, habla correctamente el catalán, los párrocos le prefieren y lo quieren” [127] . Los mismos jóvenes encuentran en él una persona acogedora, como se lee en otra carta: “su agradable trato social y ‘don de gentes’ es adorado por los jóvenes” [128] .

“El P. Alfonso López -escribe el padre Alfonso Orlini, Ministro general de la Orden-, maestro de los novicios, es hombre de mucha oración, serio y observante” [129] . El padre Lorenzo Castro, que lo conoció cuando era estudiante en Granollers y, luego, como miembro de la misma fraternidad, escribe que “fue un hombre de conspicuas virtudes religiosas, de ardiente fe, de mucha caridad, queridísimo por el pueblo, experto director de almas, celosísimo en el sagrado ministerio de la asistencia a los enfermos” [130] .

Desvelos maternales

Contribuyó enormemente a la formación espiritual de nuestros jóvenes aspirantes y religiosos. En esta línea debe subrayarse su devoción a la Eucaristía y a la Virgen María, que inculcó a los jóvenes “bajo la forma llamada de esclavitud mariana...” [131] , según la espiritualidad de San Luis Griñón de Montfort. En carta a Fr. Jesús Díez [132]   le exhorta: “sólo te digo dos cosas: que seas muy sufrido por amor de Dios y te muestres muy valiente ante las dificultades que se te presenten en el orden moral o intelectual. Abrázate a Jesús y a María y Ellos te sostendrán. Se necesitan religiosos píos” [133] . “Hijo mío te recomiendo que seas bueno; acuérdate que eres esclavo de María, Madre de la santa pureza” [134] . Los desvelos, solicitud y preocupaciones maternales del padre Alfonso López para con los jóvenes que le habían sido encomendados quedan atestiguados por estas líneas de una carta del padre Ángel Salvador, guardián de la casa, escrita a nuestro Ministro general, Domenico Tavani: “El Padre Alfonso López es maestro de nuestros jóvenes, los cuales aprovechan mucho, bajo su dirección, en los caminos de la virtud y de la santidad. Es también un experto maestro en latín y otras ciencias” [135] .

Al leer las pocas cartas que nos han llegado, se respira en ellas el cariño y aprecio que sentía hacia los jóvenes candidatos a la vida religiosa en su camino de formación: “Muy amado Fray Jesús en el Seráfico Padre: las ocupaciones y más que todo la gravedad de nuestro querido fray Francisco me impiden ser difuso” [136] . Y en otra carta también a Fr. Jesús Díez: “pocas palabras te escribo porque el dolor que me ha ocasionado la muerte de Fr. Francisco me incapacita hasta para escribir. A causa de la gripe que a mediados de enero le atacó tan fuerte que lo fue consumiendo hasta que se quedó en la piel y los huesos a su muerte. Dios nos dé resignación” [137] .     

Agustín Corbera, un cristiano practicante y ferviente de Granollers, refiere del padre Alfonso que “los vecinos decían que se parecía a una madre por la ternura con que trataba a los que le habían sido encomendados” [138] . Otros testigos que le conocían personalmente y le habían tratado reiteran las mismas alabanzas acerca de su ternura y cariño especial para con los seminaristas y los chicos de las “Escuelas Antonianas”, manifestando siempre una gran ternura para con éstos, propia de una madre [139] .

Getsemaní y Calvario

Noche de tinieblas

La noche del 19 de julio de 1936, el padre Alfonso, como hicieran todos los demás frailes a petición del guardián del convento, el padre Pedro Rivera, abandonó el convento, por los temores que corrían, y se refugió, junto con fray Miguel Remón, en la casa de la familia Comas, conocida y cercana al convento. Era el carnicero del convento y vivía en la Avenida de Joan Prim, frente al garaje “Baulenas”.

A la mañana siguiente, lunes, 20 de julio, volvió al convento a celebrar la santa misa; le acompañaban los Hnos. Buenaventura Remón y Miguel Remón. Al despedirse de la familia que le había hospedado, donde se habló del borrascoso momento que se cernía sobre la Iglesia y, en particular, para los sacerdotes, frailes y monjas, les dijo, como oteando el horizonte cercano:¡Que se cumpla la voluntad del Señor! ¡Estoy dispuesto a morir por Dios!”.

Hacia las diez de la mañana de ese mismo día, irrumpió en el convento un grupo de milicianos con el fin de registrar la casa, pensando que encontrarían armas. Aquí se encontraron con el padre Alfonso, fray Miguel y fray Buenaventura Remón. A éste, el primero con el que se encontraron los revolucionarios, le preguntaron si tenían armas y gente para guardarlas. Buenaventura respondió negativamente. Sí les comunicó que en el convento se encontraban otros dos religiosos, el padre Alfonso y fray Miguel. Le obligaron a ir en su busca, pues se encontraban en el piso superior. Cuando se presentaron les dieron el “¡alto!”, e inmediatamente fueron registrados.

Al hermano Buenaventura lo dejaron en la planta baja, custodiado, mientras otros revolucionarios, acompañados por el padre Alfonso y el hermano Miguel, registraron toda la casa: miraron por todos los rincones del convento, porque estaban convencidos que los frailes escondían armas; al no encontrar lo que buscaban, les amenazaron con incendiar la casa y matarlos, si los encontraban allí en su próxima visita [140] .

El convento y la iglesia fueron dados a las llamas el día veinte por la tarde. Los objetos de culto y las imágenes fueron quemadas. La iglesia fue utilizada posteriormente como garaje y almacén. El convento, que había quedado muy deteriorado por las llamas, fue acomodado y restaurado en sus dos primeros pisos, utilizados como escuela [141] .

A Can Diego de Llerona

Con el susto metido hasta los tuétanos, y la muerte como presagio anunciado, cada uno de los frailes salió con la intención de buscar una casa que le acogiese. El P. Alfonso se dirigió a la masía “Can Diego”, de Llerona, pueblecito cercano, al norte de Granollers. Aquí van a llegar, sin previo acuerdo, los otros frailes Miguel y Buenaventura Remón. La familia era bienhechora del convento y tenía un sobrino estudiando en las Escuelas Antonianas.

Desde este lugar, reconociendo que la situación era amenazadora, y temiendo por su vida, escribió a su hermano Saturnino, residente en Barcelona, suplicándole que le procurase un pasaporte para librarse de una muerte segura [142] .

En este refugio intentaban huir de la muerte, pero al mismo tiempo se preparaban para ella. “Can Diego” era para el padre Alfonso y sus dos compañeros como el Huerto de los Olivos, donde, conscientes de ser buscados y que pendía sobre ellos una sentencia de muerte por ser religiosos, pedían al Padre que les librase de beber aquel “trago amargo”, “sin embargo, -como Jesús- no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mt. 26,39).

La señora Antonia Nualart Palau, dueña de “Can Diego”, último refugio del padre Alfonso y de fray Miguel, asegura que con frecuencia les oía decir que ofrecían “su vida por la salvación de España y de la Iglesia. Constantemente rezaba el santo rosario”. La espiritualidad de la entrega generosa a María, en este momento era una enseñanza hecha vida. El padre Alfonso, cuenta la señora Antonia, durante estos días que estuvo con ellos, les inculcaba la devoción al Angel de la Guarda.

La prisión

Había quienes estaban buscando a los frailes, y aparecieron también aquí. El tres de agosto llegan los milicianos de la F.A.I., entre ellos “El Forcaire”, que había sido su alumno [143] , practican un registro y detienen al padre Alfonso junto con el hermano Miguel y el hermano Buenaventura. Serían las seis o las siete de la tarde. “No dieron ningún motivo para el arresto, ni manifestaron  otra cosa que no fuesen blasfemias e insultos, a lo que los religiosos respondían con jaculatorias, porque veíamos cercano nuestro sacrificio -refiere el Hno. Buenaventura, que sobrevivió al fusilamiento-. Durante este tiempo nos daban fuertes golpes, a los que no oponíamos resistencia, ni tan siquiera con palabras” [144] .

Al Huerto de los Olivos, donde se hace la ofrenda generosa de la vida, sigue la flagelación material y moral de Jesús y sus discípulos. Al P. Alfonso, lo mismo que a sus compañeros, le insultan, le atan las manos, le golpean con las culatas de los fusiles, hasta causarle heridas que sangran. Ante las blasfemias e insultos que lanzaban contra él, respondía con el perdón: “¡Señor, perdonadles, porque no saben lo que hacen!” [145] .

Camino de Samalús

Inmediatamente después de ser arrestados, les ordenan subir a un furgón, y son conducidos desde “Can Diego” de Llerona al lugar denominado “Dels Puatells” del término municipal de Samalús del Vallés, distante unos seis kilómetros. Inician así el camino al lugar de “La Calavera”, a la muerte, aunque en otra forma de crucifixión.

Mientras les conducen al sacrificio les dicen que eran “los últimos que mataban, que los demás ya habían muerto, y divulgaban la fortaleza y el espíritu de fe del padre Dionisio, pronunciando -uno de los milicianos- estas palabras: “Así mueren los hombres” [146] . Añadieron que la muerte de este padre había ocurrido hacía poco.

Camino del Calvario, el padre Alfonso “exhortó a los hermanos, fr. Buenaventura y fr. Miguel, a que hiciesen un acto de contrición y les daría la absolución”.

Uno de los asesinos se dio cuenta de este gesto de la absolución que hizo el padre Alfonso y mandó parar el coche “de la muerte”. La comitiva se detuvo, y gritando y gesticulando, decía a sus camaradas: “¡Que había que fusilar inmediatamente a esta calaña de gente!”. Pasado el momento de cólera, el coche reanudó su marcha, hasta llegar a un bosquecillo del paraje llamado Dels Puatells, distante un kilómetro y medio de Samalús.

Juicio sumarísimo

Llegados al Calvario, esto es, al punto elegido para la ejecución de los tres frailes franciscanos menores conventuales, les obligan a descender del coche. Colocados en fila, les invitan a apostatar, pero permanecen firmes en su fe. Entonces, uno de los verdugos, antes de disparar, les soltó la siguiente perorata: “Yo, que tanto he tenido que sufrir por parte de esta mala gente que engaña y envenena al pueblo con sus doctrinas, juntamente con mis compañeros aquí presentes, declaramos que estos tres frailes son reos de muerte [147] y que sus cabezas van a volar ahora mismo por los aires” [148] .

La muerte

En las últimas horas de la tarde, dos disparos de fusil acaban con la vida del padre Alfonso y de fray Miguel. Fray Buenaventura es dado por muerto al caer envuelto en el charco de su propia sangre, al lado de sus compañeros de martirio. Los verdugos regresan al Comité en busca de otras víctimas, y al marchar les dan un puntapié, mientras se ratifican en su obra, exclamando el jefe del pelotón: “¡Vámonos, ya han caducado!” [149] .

Fr. Buenaventura Remón, testigo de excepción y “mártir-confesor”, intenta cerrar su hemorragia y huye del lugar. Él es quien narrará, de primerísima mano, los hechos vividos en propia carne, y cuyas cicatrices atestiguaban su veracidad.

Cuando los verdugos volvieron al lugar de los hechos con tres ataúdes para recoger los cuerpos de los recientemente fusilados, constatan que sólo hay dos.

La sepultura

El cuerpo del padre Alfonso fue recogido tres días después, el seis de agosto de 1936, a las once y cuarenta y cinco minutos.

El acta de defunción describe así su muerte: “falleció en la madrugada del día cuatro del actual (aunque su muerte fue el tres por la tarde) a consecuencia de dos disparos de arma de fuego, cráneo y espalda, según resulta de la declaración de dos médicos que lo han inspeccionado y reconocimiento practicado, en su cadáver” [150] .

Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de La Garriga del Vallés, a unos cinco kilómetros de Granollers. Es difícil identificarlo porque fue enterrado en una fosa común, en la que posteriormente fueron inhumados muchos más.

Testimonios

Una franciscana seglar de Granollers, Dolores Anglada, cuenta que unos meses más tarde de este crimen, oyó lo siguiente de boca de quien mató al padre Alfonso, el famoso “Forcaire”: “Aunque he asesinado a muchas personas, siento un remordimiento especial por haber matado un fraile de ese convento -refiriéndose al convento de franciscanos menores conventuales de Granollers- a quien llaman P. Alfonso. Antes de morir nos dijo: “¡Vosotros me matáis; yo os perdono y espero que Dios os perdone también!” [151] .

El señor Mariano Gudayol, que conocía al padre Alfonso, testifica: “Sólo quiero añadir que uno de los asesinos del P. Alfonso, llamado Faig, me dijo que el Siervo de Dios les había perdonado y que rogaría por ellos desde el cielo para su conversión” [152] .

 

 

Miguel Remón Salvador

EL HERMANO MIGUEL nació en Caudé (Teruel), el 17 de septiembre de 1907, a la una de la mañana. Sus padres eran Fidel Remón Vicente y Felipa Salvador Remón. Su familia, sencilla y humilde, se dedicaba a las tareas agrícolas.

Caudé era y es un pueblecito de la provincia y diócesis de Teruel. Por aquel entonces tenía unos 526 edificios en su territorio y lo habitaban 956 personas. Se halla situado en una extensa llanura, contiguo al arroyo Cella. Goza de tierras de secano y de regadío, con una hermosa vega, que puede considerarse continuación del canal de Concud.

Su población se dedicaba particularmente a la labranza, base de su economía. El campo les ofrece variedad de productos, que les sirve para su consumo familiar y diario, así como para el intercambio o el comercio interno: cereales, legumbres, hortalizas, azafrán, frutas riquísimas, cáñamo, nueces, nabos, patatas…

A la agricultura hay que añadir la ganadería, al menos para las necesidades propias del vecindario, tanto para las labores del campo como para las exigencias de una alimentación primaria y diversificada: ganado lanar, vacuno y cabrío.

A veces, podía verse mejorada la mesa con carne de caza menor: conejos y perdices, o las anguilas y las truchas que ofrecía el arroyo Cella.

Fue bautizado el mismo día de su nacimiento por el párroco José Guillén, en la parroquial de Santo Tomás de Canterbury. Se le puso el nombre de Eugenio [153] , que cambiará por el de Miguel al emitir los votos temporales.

Fue confirmado en el mismo Caudé, el 24 de marzo de 1908, por el obispo de Teruel, Juan Antón de la Fuente [154] .

Ingresa en Granollers

Naturales de Caudé fueron también el restaurador de la Orden en España, el padre Ángel Salvador y el fundador del convento de Granollers, el padre Miguel Ángel Salvador. A estos dos frailes se sumaron luego muchas más vocaciones caudetinas. Tres de los Mártires son naturales de Caudé: Dionisio Vicente, Francisco Remón y nuestro Miguel Remón.

Miguel hizo sus estudios primarios en la escuela del pueblo. Las perspectivas de futuro para los hijos del pueblo eran las de siempre: las labores del campo. Acabada la escuela, pues, Miguel –Eugenio en aquel entonces– se dedicó a las tareas de la labranza.

Durante este tiempo, viendo a los frailes franciscanos menores conventuales que venían a pasar unos días con los familiares en verano, el recuerdo de su pariente, el hermano Francisco Remón, los contactos con los padres Miguel y Dionisio…, le indujeron a reflexionar sobre su vocación religiosa. Después de madurada la idea, decidió marchar al convento de Granollers. Era el mes de septiembre de 1925. Por esa misma fecha llegaban otros tres chicos de Castilla, entre ellos el futuro padre Pedro Rivera.

Cumplidos los veinte años, el 8 de noviembre de 1927 recibe el hábito e inicia el año de noviciado bajo la dirección del padre Ángel Salvador, pero en el mes de mayo, después de la Visita del Ministro general Alfonso Orlini, el noviciado se pone en manos del Maestro padre Alfonso López. Compañero de noviciado lo fue también el joven Pedro Rivera. Los votos temporales los emitió el 11 de noviembre de 1928, en manos del padre Ángel, guardián del Convento.

En Granollers pasó cuatro años sin hacer mucho ruido, pero viviendo la fraternidad y la minoridad como regalo y don a los demás hermanos. Ejerció diversos servicios, humildes los llaman algunos, no porque no se vean, son patentes, sino porque no se les aprecia y aplaude como a otros, pero que son puntales para la buena marcha del convento. Estos servicios los ejerció como cocinero, portero y, en tiempo libre, se dedicó a mendigar limosnas para el seminario.

Francisco de Asís alaba estos valores sencillos y de disponibilidad cuando le piden que defina al “hermano menor” [155] . Recuerda muy bien la paciencia del hermano Junípero, al que las florecillas nos lo pintan en la cocina preparando la comida para los frailes; la conversación elegante y devota del hermano Maseo, tan necesaria para saber acoger al que llama a la puerta, y acogerlo benignamente; o el servicio de la mendicación, como añadidura a los recursos del trabajo, si éstos no alcanzan, porque como recuerda aquél en la Regla de 1221: “La limosna es la herencia y justicia que se debe a los pobres adquirida para nosotros por nuestro Señor Jesucristo. Y los hermanos que trabajan en su adquisición recibirán gran recompensa, y se la hacen ganar y adquirir a los que se la dan” [156] .

En la “Santa Casa” de Loreto

En marzo de 1933 marcha a Italia junto con fray Pedro Melero, que se queda en el Sacro Convento de Asís, mientras que fray Miguel tiene la obediencia para la Penitenciaría de Loreto.

En la “Santa Casa” de Loreto se encontraban los hermanos franciscanos menores conventuales como penitenciarios desde el 1773. Había frailes procedentes de diversas naciones para asistir espiritualmente en el sacramento de la reconciliación a los peregrinos. Con la invasión napoleónica fueron expulsados todos los frailes “extranjeros”. Durante la unificación de Italia algunos decretos volvieron a repercutir negativamente en el Colegio de los Penitenciarios, que bajaron de dieciséis presencias a doce. Después del Concordato de Italia con la Santa Sede (1929), por el que el Santuario de la Santa Casa se convirtió en territorio vaticano, Mons. Borgoncini Duca tomó posesión del Santuario el uno de julio de 1934. En esta misma fecha dejan la Penitenciaría de Loreto los franciscanos menores conventuales, y pasa a los franciscanos menores capuchinos. El último rector conventual de dicha Penitenciaría fue el padre Filippo Colaiacomo de Segni (+1972).

El padre Ángel Salvador, en carta al Ministro general, dice que “Fr. Miguel Remón, destinado a Loreto, ha aceptado con gusto... Es profeso temporal, pero ya ha terminado el trienio, y para la profesión solemne me parece muy oportuna su permanencia en Loreto” [157] .

El mentado rector, padre Filippo, en la relación que envía al Ministro general, Domenico Tavani, con motivo de la profesión solemne de fray Miguel, dice así: “aunque lleva poco tiempo de familia en este Convento..., apenas dos meses..., parece un buen religioso..., parece que haya conservado siempre buena vocación religiosa..., amante de la piedad y del trabajo...” [158] . Así, pues, en Loreto emite los votos perpetuos el 14 de julio de 1933 [159] ; aunque permaneció aquí hasta el 1934, concretamente hasta que se cierra la presencia de nuestra Orden en dicha localidad.

De nuevo en Granollers

Terminada su estancia en Loreto, fray Miguel pasa por el Sacro Convento de Asís, como consta en la ficha de destinos. Fue una breve estancia y experiencia, porque al año siguiente, 1935, lo encontramos otra vez en Granollers, ejerciendo el oficio de cocinero y de portero.

Personalidad

Fray Miguel era de “carácter afable, pacífico, muy idóneo para el desempeño de todas las tareas de hermano religioso” [160] . Entre sus hermanos de fraternidad y la gente que lo conocía, tanto de la ciudad de Granollers como de los alrededores, era considerado”un santo varón dotado de una fe extraordinaria”.

Ya el Ministro general, padre Orlini, en su relación, dice de Fr. Miguel, cuando todavía se encontraba haciendo el noviciado, estas palabras elogiosas: es “novicio no clérigo. Es muy bueno. Es el cocinero y trabaja el huerto” [161] .

La hermana Flora de los Santos Reyes Costa y Denesa refiere que era alabado por sus compañeros, satisfechos de sus servicios de cocina [162] . Además, durante algún tiempo fue limosnero del convento, como ya se ha dicho, y durante los años 1934 al 1936, según recuerda fray Pascual Coll, atendía también la lavandería [163] .

Getsemaní y Calvario

Le ronda la hermana muerte

Como todos los frailes y postulantes de la casa de Granollers, la noche del 19 de julio la pasó en casa del señor Comas Mas, a unos doscientos metros del convento. Con él se encontraba el padre Alfonso López, como ya hemos visto al tratar del padre Alfonso. Al día siguiente, a las cinco de la mañana, acompañó a éste al convento, donde celebró la misa. Se marcharon de esta casa para no comprometer a la familia que les había hospedado esa noche, aunque el señor Comas insistía en que no se marchasen, ellos le dijeron “que era preferible que les matasen a ellos dos sólo que no a todos” [164] . Eran conscientes, pues, de que la “hermana muerte” les rondaba. Sabían muy bien que únicamente se les acusaba de ser religiosos: éste era su único baldón. ¡Cuánto han perjudicado las sinrazones!

Cuando fray Miguel se despidió del señor Comas, le dijo: “¡Haré lo que Dios quiera de mí! ¡Estoy dispuesto a morir por Cristo!” [165] .

En busca de refugio

El lunes, 20 de julio, después de la misa, es sorprendido en el convento junto al padre Alfonso y a fray Buenaventura Remón. Ante la amenaza de los revolucionarios de quemar el convento y matar a cuantos encuentren en él a su vuelta, se dispersan. Busca un refugio y, sin previo aviso, llega a “Can Diego”, de Llerona.  Aquí se encuentra con los anteriores.

Buscó refugio en esta masía, porque un sobrino de Antonia Nualart Palau, casada con Andrés Puig, estudiaba en nuestras “Escuelas Antonianas”. Ésta era la razón por la que la familia tenía una buena relación con el padre Alfonso, con fray Miguel y con el padre Dionisio. En tiempos pasados, sus padres habían ayudado al convento con algunas limosnas. Esto indujo a los tres religiosos, Alfonso, Miguel y Buenaventura,  a acercarse con confianza a la casa de campo de esta familia. En una masía se creían más seguros.

En “Can Diego”, escondido con sus compañeros en una especie de bodega, entre las tinajas, carrales de vino, patatas, cereales y paja, permaneció casi dos semanas largas. Durante este tiempo, junto con sus dos compañeros,  pasaba buenos ratos rezando el rosario.

El arresto

Al sufrimiento moral que conlleva la inseguridad y el temor de ser descubierto en cualquier momento, se añaden los malos tratos, una verdadera flagelación, que une mística y realmente al testigo del Evangelio con el Mártir del Gólgota. 

El 3 de agosto de 1936, por la tarde, un grupo de milicianos de la FAI registra la casa. Al recibir culatazos que sueltan por doquier en busca de los que supuestamente se esconden, y golpes de horcas, fray Buenaventura Remón exclamó: “¡Eh! ¡Que me hacéis mal, caramba!” [166] . Así es descubierto fray Miguel y arrestado junto con el padre Alfonso y fray Buenaventura, compañeros de refugio. Algunos sostienen que fueron delatados. Era en torno a las cinco de la tarde.

Los milicianos, entre los que se encuentran “El Forcaire” y “El Trapaire”, que habían sido alumnos del padre Alfonso López en las Escuelas Antonianas, les invitaron a abjurar de la fe, pero no respondieron nada. Les esposaron y les daban patadas. Sobre fray Miguel descargan los mismos golpes que sobre el padre Alfonso o fray Buenaventura. A las palabras de un sicario, cuenta éste último, compañero de martirio, mientras esperaban el coche que les llevaría al lugar de la muerte, uno de ellos les dice: “¡De ahora en adelante tenéis que renunciar a todo lo que hasta aquí habíais creído!”. A lo que respondió con presteza fray Miguel: “¡Eso hay que verlo, ya veremos lo que haremos o diremos!”. Sólo entonces se hace verdad y reconoce que la Palabra de Jesús es cierta: “cuando os entreguen  no os preocupéis por lo que vais a decir o por cómo lo diréis, pues lo que tenéis que decir se os inspirará en aquel momento; porque no seréis vosotros los que habléis, será el Espíritu de vuestro Padre quien hable por vuestro medio” (Mt. 10,19-20). El grupo de milicianos le incita a blasfemar, pero fray Miguel responde con energía: “¡Perdónales, Señor!”.

La señora Antonia estaba presente cuando les hicieron prisioneros y oyó cómo el padre Alfonso y fray Miguel hicieron un acto de contrición público, rogando al Señor que les perdonase sus pecados [167] .

Muerte y sepultura

Desde “Can Diego”, en el furgón de la muerte, les conducen a su “Calvario y lugar de crucifixión”, un bosque cercano a Samalús, a unos seis kilómetros de distancia de Llerona. Al llegar al lugar del suplicio, le pidieron los milicianos que renegase de la fe y blasfemase. Pero fray Miguel se mantuvo firme e intrépido, confesando con su actitud que el seguimiento de Jesús daba sentido a su vida, y respondiendo en nombre de los tres que iban a ser ajusticiados: “no renegamos lo que hemos profesado” [168] .

Fue matado de dos tiros en el paraje “Dells Puatells”, en el término y parroquia de Samalús, al atardecer del mismo día tres de agosto. Fue ejecutado en el mismo lugar y fecha que el padre Alfonso López: tal como fue referido a la señora Antonia por un trabajador de su casa. Más tarde, conoció los hechos por el mismo fray Buenaventura, que los soportó y sobrevivió al suplicio. El jefe del pelotón no les dio el tiro de gracia, lo que salvó la vida de Buenaventura.

Cuando los de la F.A.I. volvieron al lugar de los hechos, al cabo de una hora, para recoger los cuerpos de los fusilados, quedan sorprendidos al ver que sólo hay dos. Fray Buenaventura contempló como buscaban al tercero que habían fusilado. Cansados de tanto rastrear y mirar, cargaron con los dos cadáveres y se marcharon [169] . El acta de defunción dice: “A las once y treinta y cinco minutos del 6 de agosto de 1936..., se procede a registrar la muerte de un hombre desconocido hallado muerto cerca de otro cadáver en el paraje ”Dells Puatells”, distante un kilómetro y medio de la población, de unos veinticinco o veintiocho años... Murió al alba del día cuatro (aunque su muerte fue el tres por la tarde)  de los corrientes, a consecuencia de dos disparos de arma de fuego, uno en el cráneo y otro en la espalda, según relación de los médicos que lo han examinado” [170] .

Su cuerpo reposa en el cementerio de La Garriga del Vallés, en una fosa común, sin que haya podido ser identificado.

Testimonios

Luis Icart, bienhechor del convento de Granollers, que conocía a los frailes y el por qué de su muerte violenta, confesó que uno de los asesinos conocía de vista a los frailes, sin haber tratado nunca con ellos [171] .

Acabada la guerra, uno de los asesinos es apresado y procesado. Pero antes de pronunciar la sentencia, el juez hace que se presente en el tribunal fray Buenaventura Remón, que sobrevivió a la muerte. El verdugo del padre Alfonso y de fray Miguel y fray Buenaventura confiesa: “conozco a aquel fraile, sí, yo estaba entre los asesinos, pero yo no disparé”. El juez se dirige a fray Buenaventura y le pregunta si reconoce a este hombre. El fraile sabe que la vida de ese hombre se encuentra en sus manos; baja la cabeza, y su pensamiento vuela al Calvario recordando las palabras de Jesús: “Perdónales, Padre...”(Mt. 23,34)..., al final rompe el silencio y exclama: “¡No lo conozco; era de noche. Te perdono igualmente!”. El confesor de la fe vuelve a perdonar y salva la vida de una persona. De seguro que en el cielo hicieron fiesta todos los ángeles y se cantó con alegría desbordante la estrofa del “Cántico de las Criaturas”: “Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor...” [172] .

Al perdón evangélico que otorgaba en ese momento fray Buenaventura, de seguro que se añadía, con el júbilo de los ángeles, el del padre Alfonso y fray Miguel.

 

 

Modesto Vegas Vegas

MODESTO NACIÓ el 24 de febrero de 1912, a las ocho de la mañana, en La Serna (Palencia). Hijo de Claudio Vegas y Mariana Vegas.

La Serna era un pueblecito de la provincia de Palencia y diócesis de León. El censo que se hace en ese tiempo nos transmite que el pueblo tiene unos 128 edificios y 326 habitantes. El nacimiento de un niño era motivo de fiesta no sólo para la familia, sino para todo el pueblo.

La Serna pertenece al partido judicial de Saldaña. Se encuentra situado en el territorio llamado Loma de Saldaña, cerca del río Carrión. Su población se dedicaba a la agricultura, basada particularmente en el cultivo de cereales, cáñamo y hortalizas.

Como la demás gente del pueblo, los padres de Modesto se dedicaban a la labranza.

Fue bautizado cuatro días después de nacer, el 28 de febrero, en la iglesia parroquial de la Asunción, por Mariano Rodríguez. Se le puso el nombre de Modesto, y se le dio como protector a San Mateo Apóstol [173]  .

El obispo de León, José Álvarez Miranda le confirma el 9 de septiembre de 1922 [174] .

En la parroquia del pueblo fue monaguillo. Este servicio en los actos litúrgicos le ayudó a vivir una vida de piedad sencilla pero cotidiana, le provocó la admiración, y luego la decisión por la vida religiosa.

Los estudios primarios los hizo en la escuela del pueblo, continuando el bachillerato en Granollers, del 1924 al 1927. De él dice su maestro, Ricardo Alonso: “desde niño se significó siempre por su carácter bondadoso, pudiendo afirmar que durante los años de escolaridad demostró su bondad en todo momento, siendo un niño obediente y cariñoso con sus compañeros de clase, practicando la virtud de la caridad” [175] .

Por tierras catalanas

Fray Pedro Melero, natural de Boadilla de Rioseco (Palencia), pueblecito cercano a La Serna, en sus vacaciones hacía de promotor vocacional, yendo por los pueblos de las provincias de Palencia, León, Burgos, Valladolid… Modesto fue uno de los chavales que, con el consentimiento paterno, a la propuesta de fray Pedro, respondió contento para ir al seminario.

El viaje a Granollers lo hizo con éste, ingresando en nuestro seminario a la edad de doce años, en 1924 [176] . En Granollers, estudió humanidades, teniendo como profesores, entre otros, a los padres Alfonso López y Dionisio Vicente. El 22 de octubre de 1928 comenzó el noviciado, teniendo por Maestro al padre Alfonso López. Emitió la profesión temporal el 27 de octubre de 1929. También en Granollers estudió un año de filosofía.

Teólogo en Ósimo (Italia)

El convento de Granollers dependía jurídicamente en este tiempo de la Provincia de las Marcas. Esta Provincia tenía mejores estructuras para la formación del postnoviciado. Así que el 29 de octubre de 1930 [177] , por mandato expreso del Ministro general, Domenico Tavani, Modesto es enviado a Ósimo, para realizar los estudios de teología. Con él viajaron otros compañeros: José Gómez, Agustín Cisneros, Pedro Rivera, Lorenzo Castro y Jesús Díez. En Susa (Italia) les salió a esperar el padre Pedro Balestra, que del 1907 al 1912 trabajó en el convento de Granollers. El 5 de noviembre emprenden viaje a Ósimo, acompañados por el padre Capurro.

El convento de San Francisco de Ósimo echa sus cimientos en los primeros años de la fundación de la Orden. Hoy se le conoce como convento de “San José de Cupertino”, porque en la cripta de su iglesia descansan los restos mortales del “Santo de los vuelos” y patrón de los estudiantes. Sufrió las consecuencias de la supresión de las Órdenes religiosas en Italia, en 1861, y el convento pasó a manos del estado. En 1903 se volvió a abrir como centro de estudio de teología, y en 1929 se restituía a la Orden buena parte del antiguo convento. Aquí hará los estudios eclesiásticos el padre Modesto Vegas.

Un compañero suyo, el padre Giovanni Marinelli, dice de él que “era educado, piadoso, preciso..., muy delicado con todos los compañeros” [178] .

La profesión solemne la emitió en Ósimo, la festividad de la Sagrada Familia, el 7 de enero de 1934, siendo su rector el padre Ernesto Franciosi. Con él profesaron también sus compatrioras José Gómez y Agustín Cisneros. Fue ordenado sacerdote el 29 de junio del mismo año por el obispo Monaldusio Leopardi, obispo de ósimo-Cingoli [179] .

Regreso a España

Terminada la teología y ordenado sacerdote, el padre Modesto regresó a España el 9 de octubre de 1934. Con él regresaban también los recién ordenados: Gregorio Millán, José Gómez y Agustín Cisneros. Viajaron el 20 de julio de Ósimo a Asís [180] , donde permanecieron hasta primeros de octubre.

Ha llegado hasta nosotros la carta que escribió al Ministro general, Domenico Tavani, junto con sus compañeros de curso, solicitando permiso para volver a España, finalizados los estudios de teología: “Los neosacerdotes españoles abajo firmantes, acabados los estudios canónicos de la Sagrada Teología con buen éxito en los exámenes finales tenidos del 28 del corriente mes, piden humildemente a Vuestra Paternidad Reverendísima permiso para acercarse a España y poder ver a sus queridos padres que desde hace diez años no ven. El P. Provincial, deseando mandarnos cuanto antes, espera su orden” [181] .

Mirando con perspectiva de futuro, la fundación española se robustecía con este ramillete de frailes sacerdotes. Eran tan halagüeñas las condiciones que se pensaba en fundar un convento en Castilla. Lo impedirá la difícil situación política de España, porque el Gobierno había confiscado algunos bienes y, de momento, el Nuncio estaba intentando un “modus vivendi” en las relaciones entre España y la Santa Sede, como escribe el padre Antonio Rocchetti al Ministro provincial de las Marcas [182] . Por otra parte, Pedro Bordoy Torrents invitaba a la fraternidad de Granollers a abrir casa en Perpiñán (Francia), para extender la presencia de los franciscanos conventuales en tierras catalanas, pero también como puerta para entrar en Francia; y dada la situación político-religiosa de España, sería útil en caso de una posible supresión [183] .

Residiendo en Granollers ejerció los ministerios de la predicación y de la reconciliación, apostolado que también desempeñó en los alrededores, en la comarca del Vallés Oriental.

Su salud no era buena, pues, padecía tuberculosis que se le manifestó una vez terminados los estudios sacerdotales. Ésta se fue agravando, lo que le ocasionó la pérdida de un pulmón, después de una operación que sufrió en una clínica de Barcelona [184] . En carta a fray Jesús Díez, le escribía: “Voy mejorando poco a poco de mi enfermedad” [185] ; pero lo cierto es que debía ser muy poca la mejora tal como se deduce de una carta del padre Rivera: “El P. Modesto Vegas por su enfermedad pulmonar crónica, desde hace año y medio no sólo no es una ayuda, sino que es causa de muchos y continuos gastos” [186] .

Tenía “un carácter fuerte” [187]  e impetuoso [188] , pero en medio de la enfermedad y sus secuelas y molestias supo resignarse y aceptar la voluntad del Señor.

La enfermedad, “soportando su tribulación y sufrida en paz” [189] , como canta Francisco de Asís, le ayuda a madurar la resignación, como virtud de esperanza.

El ministerio de la reconciliación le permitirá ser portador y regalador de la misericordia de Dios Padre a los muchos penitentes que se acercaban a la iglesia conventual de Ntra. Sra. de Montserrat y San Antonio de Padua. Su enfermedad y el dolor que le causaba, tanto físico como moral, le permitía ser generoso y acogedor con quienes se acercaban al confesionario y buscaban el perdón de Dios.

Getsemaní y Calvario

Refugio provisional

Al sufrimiento que le causaba la enfermedad, que se agravaba por días, se añadía la situación política de España, que tanto afectaba a la vida religiosa. El mismo día 19 de julio de 1936, fecha de comienzo de la guerra civil, con el permiso del guardián, Pedro Rivera, dejó el convento y se refugió en casa de la terciaria franciscana Dolores Artigas Font, casada con José Anglada Artigas, sita en la Avenida de Joan Prim, casa en la que se encontraba prestando servicios domésticos su hermana
Carmen Vegas.

En esa casa permaneció hasta el 27 de julio. Algunos vecinos debieron alertar a la señora Dolores acerca de los planes de los milicianos de registrar su casa. El padre Agustín Cisneros, que también estaba hospedado en la misma casa, al conocer sus intenciones se refugió en la casa de al lado saltando una gran tapia [190] .

El padre Modesto, enfermo como se encontraba, hacia las tres de la tarde abandonó dicha casa acompañado por su hermana Carmen, y se dirigió al Hospital-Asilo de Granollers, “donde equivocadamente se creía (que estaría) más seguro” [191] . Convivió escondido en la misma casa de la señora Dolores con su compañero Agustín Cisneros, quien afirma de él que “repetía muchas veces que, dado su estado de enfermo en que se encontraba, prefería ser mártir de Jesucristo que vivir dando preocupaciones y molestias a los que le rodeaban” [192] . Y es que la situación era muy grave y el ser religioso conllevaba en esos momentos el ser odiado, rechazado, condenado a muerte… En esas circunstancias es cuando uno vive en la propia carne la tensión de la fidelidad en el seguimiento de Jesús y el padecer persecución por su nombre: “Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por Rey. Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien por causa mía. Estad alegres y contentos, que Dios os va a dar una gran recompensa” (Mt. 5,10-12). Esta experiencia se vive, difícilmente se describe; además, porque por lo general esto lo hacen otros.

La misma señora Dolores manifestó la buena disposición de ánimo y serenidad del padre Modesto Vegas [193] ; y su hermana Carmen asegura que, hablando con él, le inculcaba la devoción al Ángel de la Guarda.

Detención

Sale de casa camino del hospital, donde creía iba a encontrarse más seguro, como se ha dicho. Lo acompañó, como decimos, su hermana Carmen. Desconoce que los milicianos están “al acecho en su escondrijo como león en su guarida” (Sal. 10,9), y que el enemigo lo cerca, pero la oración del salmo se hace presente: “guárdame… de los malvados que me asaltan, del enemigo mortal que me cerca” (Sal. 17,9). A mitad del camino, en el paso a nivel del tren, de la antigua carretera de Cardedeu y a corta distancia del hospital, a pesar de que iba vestido de seglar, un grupo de niños lo reconoció y comenzaron a gritar y a llamarle por su nombre: “¡Padre Modesto!”. “¡Padre Modesto!”. Esto alertó a un grupo de milicianos de la FAI, que se hallaban desparramados por todas las esquinas de Granollers, y lo detuvieron. Esta situación nos conduce de nuevo al salmo donde el león, el violento, el poderoso “acecha al desgraciado para secuestrarlo, secuestra al desgraciado, lo arrastra en su red” (Sal. 10,9).

Inmediatamente lo condujeron al Comité Revolucionario de Granollers, delante del cual confesó su condición de religioso franciscano y sacerdote. Por este motivo fue víctima de todo género de injurias y vituperios. Se actualiza en los preámbulos de su muerte el dicho del salmista: “estoy echado entre leones que devoran hombres; sus dientes son lanzas y flechas; su lengua es puñal afilado” (Sal. 57,5). Intentó defenderse de las falsas acusaciones que lanzaban contra los religiosos en general [194] . Sólo por ser fraile y sacerdote fue inmediatamente detenido, para horas más tarde ser conducido a la muerte.

Juicio

Todo mártir revive la pasión de Jesús: “buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte, pero no lo encontraban…” (Mt. 26,59-60). Sobre el padre Modesto ya pendía una causa: “ser fraile”. En el Comité le pidieron la documentación, a lo que respondió que no la tenía consigo, sino que se encontraba en casa de su hermana, que si querían iba a buscarla inmediatamente... “A lo que respondieron los de la FAI: “¡Tú no eres uno cualquiera! ¡Dinos la verdad!”.

Cuenta su hermana Carmen, que siempre permaneció al lado de su hermano Modesto, que durante el interrogatorio “los del Comité preguntaron a mi hermano si era religioso, lo que no negó ni afirmó. Fui yo la que negué esta condición de mi hermano, con el fin de salvarlo de una muerte que creía segura”.

“Nos invitaron a sentarnos un momento para que nos recordáramos de esto. Durante este tiempo, mi hermano me rogó que no ocultase su condición de religioso, y yo me oponía a ello”.

“Interrogado nuevamente..., aun siendo consciente del peligro mortal que implicaba semejante confesión, mi hermano afirmó ser religioso. “Soy un religioso y sacerdote franciscano”. A la confesión de mi hermano, los rojos prorrumpieron en horrendas blasfemias, y en acusaciones contra los curas y los frailes. Ellos dijeron: “¡Ya lo sabíamos! ¡Sois una mala raza! ¡El opio del pueblo! ¡Las sanguijuelas de la humanidad! ¡No servís nada más que para hacer mal al pueblo soberano! ¡El pueblo ahora, en tu persona, castiga a todos los curas y frailes!”.

“Entonces mi hermano con calma y serenidad, replicó: “¡No es cierto! ¡Los curas y los frailes no hacemos mal a nadie! ¡Por el contrario, hacemos todo cuanto está a nuestro alcance en beneficio de los demás!”.

“Entonces un ex-seminarista, lleno de ira y de rabia, contestó: ¡No seas embustero! ¡Yo he estudiado con curas y frailes y os conozco bien! ¡Todos debéis ser quemados vivos!” [195] .

Modesto vive lo que dice de nuevo el salmista: “abren contra mí las fauces leones que descuartizan y rugen” (Sal. 22,14). La sentencia, aunque no se hace pública, ya está decidida: la muerte.

Camino del calvario

Acabado el interrogatorio, dejaron en libertad a su hermana Carmen, no así al padre Modesto, a quien  inmediatamente después le hicieron subir a un camión, con la excusa de llevarlo a la cárcel. “No supe más de mi hermano” [196] .

El camino no era el de la prisión, sino el que conduce al lugar de “la Calavera”. El seguimiento del Jesús pobre y crucificado, el carisma de Francisco de Asís asumido por el P. Modesto, le conducirá hasta la cruz del Maestro, que para él será la cruz del fusil, del arma de fuego.

Le condujeron al bosque de Can Montcada, término municipal de Lliçà d’Amunt, a unos cuatro kilómetros de Granollers, donde “fue fusilado hacia las cinco de la tarde” de ese mismo día 27 de julio de 1936.

En la vía dolorosa continuó el diálogo entre el condenado a muerte y sus verdugos, por cuanto refiere Dolores Anglada, que dice habérselo contado uno de los asesinos del padre Modesto, quien “les dijo: “¡¿Me lleváis a la muerte?!”.

“¡No!”, le respondieron ellos.

“Pero el padre Modesto, que estaba seguro que pretendían su muerte, les dijo: “¿No tenéis compasión con un pobre enfermo?”.

“Le respondieron: “¡Si realmente estás enfermo, ya no tienes nada que hacer en esta vida! ¡Nosotros te vamos a llevar a un lugar donde, según tus creencias, estarás mucho mejor!”.

Pasados unos tres meses, su hermana fue informada por un joven, natural de La Serna, un tal Agustín Romero, quien le dijo que halló el cadáver del padre Modesto en un bosque cercano a Granollers, que pertenecía al municipio de Lliçà d’Amunt. Este joven le conocía muy bien, y según él fue fusilado [197] . Esto mismo cuentan muchas personas de la localidad de Lliçà d’Amunt.

Sepultura

Su cuerpo estuvo abandonado tres días, hasta las cinco de la tarde del treinta de julio. Muerto, dice el acta de defunción; “a consecuencia de hemorragia interna, según resultado de la autopsia practicada, y reconocimiento practicado” [198] . Fue enterrado en el cementerio de Lliçà d’Amunt [199] , en una fosa común, en la que continuaron enterrando a otros muertos durante tres años, por lo que resulta imposible su identificación.

El acta de defunción lo describe como “sujeto desconocido, de unos venticinco a treinta años” [200] .

 

 

Dionisio Vicente Ramos

CAUDÉ ES LA CUNA del padre Dionisio Vicente, y el pueblecito turolense donde nacieron los hermanos Miguel y Francisco. Dionisio vio la luz el 9 de octubre de 1871, a las siete de la mañana. Eran sus padres Simón y Bibiana. Como la mayoría de las familias del pueblo se dedicaban a las labores del campo.

Fue bautizado el mismo día de su nacimiento en la parroquia de Santo Tomás de Canterbury, por José Calvo, párroco. Se le puso el nombre de Dionisio [201] . Fue confirmado por Francisco de Paula Moreno y Andreu, obispo de Teruel, el 15 de mayo de 1878, durante la visita pastoral a la parroquia [202] .

Entrada en la Orden

Natural de Caudé (Teruel) era también el padre Miguel Salvador, restaurador de la Orden de los Franciscanos Menores Conventuales en España, como queda dicho precedentemente. En una de sus visitas a la familia desde Roma, donde tenía la residencia, se llevó consigo a Dionisio Vicente. Era el año 1886.

Como la Orden por entonces no tenía conventos en España, el padre Miguel se lo llevó consigo a Italia. En Montalto, Las Marcas, realizó el postulantado y los estudios de bachillerato. En octubre de 1887 fue enviado a San Miniato, en Toscana, donde hizo el noviciado y, posteriormente, el 1 de noviembre de 1888, emitió los votos temporales. Los estudios de filosofía los realizó en Bagnoregio, cuna de San Buenaventura, en el convento de la Provincia Romana. Perdido con la desamortización del Reino de Italia, se compró al ayuntamiento el 1 de mayo de 1884 a través del canónigo Settimio Marini y se instaló en él el seminario mayor de la Provincia. Es ahí donde emitió Dionisio Vicente la profesión solemne el 1 de noviembre de 1891. La Teología la estudió en Roma, residiendo en el Colegio San Nicolás de Tolentino y cursando los estudios en la Universidad de Propaganda Fide. Obtuvo el doctorado en teología: el 28 de junio de 1895. Fue ordenado sacerdote en Roma de manos del Vicario cardenal Parocchi, el 26 de julio de 1894. Aunque se afilió a la Provincia Seráfica Umbra [203] , hasta su vuelta a España estuvo bajo la obediencia del Ministro provincial de la Romana y del Ministro general.

Primeros ministerios

Acabados los estudios, fue enviado por el Ministro provincial de la Romana, Angelo Fratelli di Castro dei Volci, a dar clases de filosofía en el seminario de Bagnoregio, del 1894 al 1899. Pacifico Paolozzi di Segni, Ministro provincial de la Romana, le envió como vicario parroquial de la parroquia de la Inmaculada de Civitavecchia, del 1899 al 1902 (se trata de una iglesia construida sobre la antigua de San Antonio Abad, que recibió la Orden en un intercambio con la de San Francisco, hoy catedral de la ciudad, consagrada en 1856, y dedicada a la Inmaculada). Durante este mismo tiempo fue profesor de filosofía en el seminario diocesano. Posteriormente, el provincial Paolozzi lo trasladó a Anzio, durante el trienio 1902-1905, como vicario parroquial de nuestra parroquia de los Santos Pío y Antonio. Es una iglesia construida por Inocencio XII (1691-1700), al tiempo que construía el puerto de Anzio para dar vida a la ciudad, y que Benedicto XIV (1740-1758) la elevó a parroquia, entregándola a la Orden en 1746.

El Ministro general, Domingo Reuter, le nombró penitenciario en la Basílica de la Santa Casa de Loreto, en 1905. Aquí estuvo ejerciendo el ministerio de la reconciliación hasta el 1912. El nombre del P. Dionisio [204] se hallaba todavía, en 1913, entre los miembros del “Colegio perpetuo de defensa de la Santa Casa”.

En 1912 vuelve a España, permaneciendo en Granollers hasta el 1930. Durante este tiempo dio clases en un colegio público y en nuestras Escuelas Antonianas. En nuestro seminario enseñó griego, literatura, geografía, historia sagrada, canto y “cultura religiosa”, sobresaliendo particularmente en la docencia del latín.

Personalidad

Los rasgos de su personalidad los podemos encontrar en una relación que el padre Ángel Salvador escribe al Vicario general de la Orden, Domenico Tavani, en estos términos: “El P. Dionisio Vicente es un religioso con gran amor a nuestra Orden, gran trabajador, de profundo espíritu religioso y de conducta moral y religiosa intemerata, según he podido asumir en estos años, pero al mismo tiempo de una voluntad obstinadísima, unida a un carácter versátil... Según mi juicio es el óptimo maestro para regentar una cátedra de filosofía y el paciente consultor de libros...” [205] .

A la descripción anterior, se pueden añadir las breves palabras con las que el padre Francesco Dall’Olio describe al padre Dionisio, en la relación de su visita al convento y fraternidad de Granollers en 1921: El “P. M. Dionisio Vicente, retirado, estudioso, carente de comunicativa, nervioso, muestra mucha piedad” [206] .

Unos años más tarde, cuando se solicita la presencia de un religioso de Granollers en Loreto como penitenciario, el padre Ángel escribe al Ministro general que Dionisio Vicente es el más idóneo. “Recuperada la salud, volverá de buen grado a su puesto” [207] , pues estuvo allí siete años. Y un año más tarde, el padre Ángel vuelve a escribir de él que “es más apto para el confesionario y para el recogimiento de los libros, donde puede prestar un buen servicio a la Orden y que volvería con agrado a Italia” (como penitenciario a Loreto) [208] .

El Ministro general, Alfonso Orlini, escribe en la relación de su visita al convento y fraternidad de Granollers: “el P. M. Dionisio Vicente, en otro tiempo penitenciario en Loreto, hombre docto y piadoso..., tiene los ojos enfermos y ahora deberá operarse” [209] .

Por otra parte, nos ha llegado la descripción que del padre Dionisio Vicente nos ha dejado fray Giacomo Búlgaro, hermano no sacerdote de la Provincia de Padua, de quien fue Maestro de Noviciado, y que se halla en proceso de beatificación. Volveremos sobre el tema más adelante, pero quiero plasmar aquí las pinceladas ricas de color y calor espiritual y humano de Fr. Giacomo. Dice: “Desde que llegó a Brescia el P. Dionisio hasta el comienzo de mi noviciado, es decir, desde abril a agosto, mi alma se enamoraba de él. A finales de julio comprendí que iniciaría pronto el noviciado, pero no sabía quién sería mi Maestro. Un día, hacia el mediodía, cuando los padres salían de la iglesia después del rezo de la Hora Intermedia, este venerable padre me dijo: “Giacomo, ha llegado de Roma la orden de admitirte al noviciado”. No puedo expresar la alegría de mi alma cuando supe que el Maestro era precisamente él, se llamaba P. Dionisio Vicente… El año de noviciado lo pasé bien, bajo la férrea mano del Maestro” [210] .

Y en otra parte, describe su veneración por el padre Dionisio, y la confianza puesta en un hombre que le ayudó a madurar espiritualmente y a profundizar en la espiritualidad franciscana: “Su entrada (en San Francisco de Brescia) fue una bendición. Su figura, sus blancos cabellos me inducían a una profunda veneración y confianza. A él se abría mi corazón, y mi alma, alimentándose de las sabias instrucciones de su sabiduría, ascendía a los horizontes más sublimes. Padre, me perdone si en este capítulo me he extendido demasiado” [211] .      

El padre Dionisio era, como percibimos por los rasgos que nos han descrito las semblanzas que han llegado hasta nosotros, de carácter fuerte, hombre de oración, muy devoto, acérrimo defensor de la libertad y de la justicia, enemigo del ocio, muy culto... Era tenido en muy buena consideración, según manifiestan algunos testimonios, por ejemplo el del párroco de Palou, Juan Calvet, quien decía de él que “era un santo”. Y la Hna. Montserrat Serra, religiosa de Santa Ana, decía: “El Padre Dionisio era un varón piadoso”; y añadía con referencia a la celebración de la misa: “¡Enfervorizaba a la gente!”. También  la Sra. Dolores Anglada, franciscana seglar, decía que “¡Era un santo!”.

Al lado de los jóvenes

Poco tiempo después de llegar a Granollers, fue nombrado rector de postulantes, que, en 1914, eran: Luis Hernández, Modesto Vicente y Francisco Ramo. En 1918 era vicemaestro de novicios.

Además de las clases en el seminario, se entrega al acompañamiento espiritual de los seminaristas, como escribe el obispo franciscano conventual Giovanni Sanna [212] . Y, al mismo tiempo, trabajaba continuamente en la modelación de la propia persona y en la aportación de los ricos valores de la espiritualidad franciscana a los candidatos de la Orden.

Durante el período 1926-1930 fue director espiritual de nuestro seminario de Granollers, reconociéndosele la importante ayuda y los ricos estímulos que otorgaba a nuestros seminaristas, para forjar su vida de piedad y colaborar en su discernimiento vocacional. Era un amante extraordinario de la Virgen, cuya devoción inculcaba a los aspirantes y a los fieles de nuestra Iglesia, como también la devoción tan franciscana del Vía Crucis.

En 1922 parece que el Ministro general requería sus servicios para la Penitenciaría de Loreto: el caso fue expuesto al padre Dionisio, pidiéndole su parecer, y la respuesta fue que le parecía mejor la de Roma; y el padre Angel completa la información: “dados los compromisos que tenemos en curso en esta nuestra restauración conventual, he consultado el caso con los padres del convento y son del parecer que, dado el estado del P. Vicente y su condición, no hay lugar más adecuado para él que el convento de Granollers” [213] .

Docente en Brescia

Sin embargo, en el mes de abril de 1930, a petición del Ministro general, Alfonso Orlini, marchó a Brescia. Dejamos hablar de nuevo a Fr. Giacomo Búlgaro a través de su Diario: “Este santo religioso partía de Granollers (Barcelona, España) el sábado, 12 de abril de 1930, por la mañana, ignorado de todos. Dejaba su ciudad natal para seguir la voz de Dios que lo llevaba a tierra extranjera, en donde, en una ciudad de Italia, en un oscuro claustro, se hallaba la ovejita descarriada que el Señor confiaba a sus cuidados” [214] . Lo acompañó el padre Luis Hernández.

En San Francisco de Brescia estuvo hasta 1932, como profesor en nuestro seminario, pues había sido enviado para enseñar a los seminaristas del convento. Pero fueron los últimos años que ejerció la enseñanza, ya que las cataratas le hicieron perder la vista, siendo destinado de nuevo a Granollers, donde se dedicó particularmente al ministerio de la reconciliación.

En el convento de Brescia estaba realizando el año de prueba, para decidir si era admitido a la Orden, y trabajaba como zapatero, Giacomo Búlgaro, que como queda dicho se halla también en proceso de beatificación. Fray Giacomo tenía entonces 51 años y la fraternidad había solicitado al Ministro general que, dada su edad y el servicio que prestaba al convento, le permitiese hacer el noviciado en Brescia. La respuesta, después de consultar a la Santa Sede, fue positiva. Pero pide a la fraternidad que nombre un maestro de noviciado para Fr. Giacomo. El designado será el P. Dionisio Vicente, un español, del que se sirve el Señor para la formación religiosa y franciscana del Siervo de Dios Fr. Giacomo Búlgaro.

El nombramiento, acaso, recayó en el P. Dionisio, porque dado lo avanzado de la enfermedad de cataratas que le afectaba a la vista, le impedía dedicarse totalmente a la docencia de otras materias en el seminario.

Pero sabemos que tanto los estudiantes seminaristas como Fr. Giacomo estaban muy agradecidos al P. Dionisio. Cuenta Fr. Giacomo que el 9 de octubre de 1930, onomástico de dicho padre, los seminaristas quisieron homenajear con cantos y discursos en diversas lenguas a su profesor de griego; a ellos se añadió fray Giacomo, quien pidió la palabra y dirigió un discurso con serenidad y rico en contenido. Todos se maravillaron de que hablase tan bien en público. No volvió a hacerlo más. “Sólo el agradecimiento al P. Dionisio obró el milagro de abrirle la boca delante de la comunidad de frailes y de estudiantes” [215] .      

Consideraciones de fr. Giacomo Mª Búlgaro

Así describe fray Giacomo la llegada del padre Dionisio Vicente al convento de Brescia: “Era el 13 de abril de 1930, domingo, una jornada de lluvia..., cuando hacia las 7 se paró una carroza y bajaron dos Padres de la Orden de San Francisco, uno joven [216] y el otro un poco más anciano; el joven había acompañado a aquel venerable Padre a Brescia, que debía ser el maestro y guía de la ovejita... había venido de España. Al verlo mi corazón se elevó a altos sentimientos de devoción e intentaba estar cada vez más cerca de él en cuanto me era posible, para escuchar sus palabras de sabiduría y sus sabios consejos. Transcurridos algunos meses en el convento, supe que debía ser mi Maestro de Noviciado. Ante tal nueva,... , mi alma se llenó de una alegría inefable, y aumentaba más mi veneración hacia él”.

“Era la tarde del 3 de agosto de 1930, domingo, los Padres habían determinado que hiciese el Año de Noviciado: me llamaron y me pidieron si quería cambiarme el nombre; el nombre lo había preparado ya... Deseaba cambiarlo después de haber leído la vida de un Santo de una Orden religiosa, pero, propuesto, los Padres, después de breves instantes, me dijeron: Conservad el vuestro, porque todos os llaman así”.

“También el venerable Padre Maestro, dirigiéndome la palabra, me dijo: “¡Giacomo, mantened el vuestro, porque Santiago es también el Apóstol de España!”. Ante esta orden incliné la cabeza y dije: se haga la voluntad del Señor” [217] .

Continúa Fr. Giacomo: “Tuve como Maestro de noviciado al padre Dionisio Vicente, un religioso español de gran virtud y lleno del espíritu de Dios”. El padre maestro durante todo el año guió e instruyó con gran amor a su discípulo. Le explicó a fondo las reglas y la espiritualidad de la Orden franciscana, le indicó la vía de una cada vez más alta perfección.

“La veneración aumentó después, porque consideraba a su padre Maestro un mártir de la fe. De hecho el P. Dionisio Vicente, poco tiempo después, fue llamado por la obediencia a España, su patria. Aquí, el 1936, fue matado por los comunistas,... junto con otros religiosos” [218] .

Fr. Giacomo conservó siempre gran veneración y reconocimiento hacia su padre Maestro. Y es que éste lo acompañó con total entrega, atento a su carácter y defectos, y ayudándole en la construcción de su personalidad humana y franciscana. Por esto, siempre le estará agradecido. En 1933 escribe en su “Diario” estas expresiones de afecto enviadas a su Maestro: “Padre, le agradezco todo lo que ha hecho por mí. ¿Qué hubiera sido de mí si Vd. hubiese usado de medios contrarios a los que ha usado?” [219] .

Maestro de noviciado

      Giacomo Búlgaro comenzó el noviciado el 3 de agosto de 1930, en el convento de Brescia, teniendo como padre “Maestro” al P. Dionisio Vicente, proveniente de Granollers (Barcelona). Me parece que es suficiente detenernos y gustar la descripción que del año de noviciado nos ha dejado Fr. Giacomo, su relación con su Maestro, y el enriquecimiento de su espíritu con sus diálogos.

“Aquí estoy, en el Noviciado. Pasé el año de Noviciado bajo la continua guía de mi padre Maestro. Él se entregó de inmediato a mi instrucción. No ahorró nada por mí.

“Mi buen Maestro me amaba muchísimo y también yo le amaba con toda la devoción. El Señor lo había elegido entre todos para que fuese guía de su ovejita.

“Cada día me daba clase, excepto las fiestas. Cuando salía del convento a pasear, me quería siempre en su compañía, porque tenía enfermos los ojos y veía poco. El paseo con el padre Maestro era de gran utilidad para mí. Cada vez que salía me decía: “Fray Giacomo, vamos a dar un paseo, que un poco de movimiento te hace bien también a ti”. Pero, además del bienestar material que podía derivarse, era mayor el del espíritu, por las continuas conversaciones espirituales que me daba. Y mi alma, deseosa de sus santas instrucciones, lo interrogaba continuamente” [220] .

Habiendo visto un día Fr. Giacomo en la habitación de otro fraile la autobiografía de Santa Teresita del Niño Jesús, tuvo grandes deseos de leerla. Se la pidió a su compañero. “Obtenido el consentimiento, fui al P. Maestro a pedirle el permiso y su bendición. La lectura de aquella vida me impresionó mucho y me llenó de maravilla”.

“Pero algunas frases no las entendía bien; y entonces, durante el paseo con el P. Maestro le manifestaba mi duda. Él, con toda bondad, me aclaraba todo, añadiendo que Santa Teresa era una santa inteligentísima y que todo aquello que había escrito era inspiración del Espíritu Santo.

Añade fray Giacomo: “Es verdaderamente así. Los Santos han obrado todos bajo la inspiración del Espíritu Santo” [221] .

“Pasé el Noviciado bajo la guía de mi padre Maestro, el cual me instruía cada día acerca de la Regla y los votos. Llegado al final, el padre Maestro me mandó hacer una semana de ejercicios espirituales en preparación a la profesión.

“El padre Maestro hubiese deseado que hiciese la profesión el 15 de agosto, fiesta de la Asunción, pero el padre Guardián la pospuso ocho días después, no sé por qué motivo. Fue fijada para el domingo 23 de agosto, fiesta de San Felipe Benicio.

“Mi alma, concentrándose en sí misma, suspiraba, meditaba, rezaba... Llegado el momento de la Misa, el padre Maestro me acompañó hacia la iglesia... Subí al altar, me arrodillé delante de mi Superior con las manos unidas a las suyas. Allí, ante la presencia del representante de mi Señor, emití con voz conmovida mis votos, ofreciendo al Señor mi corazón, mi alma, mi voluntad...

“Acabada la profesión, me levanté y abracé a mi padre Maestro, que estaba cerca de mí, y vi que de sus ojos salían lágrimas... Entre tanto los cantores entonaban el “Te Deum” de acción de gracias” [222] .

Regreso a España

Dionisio Vicente, en 1932, recibió la orden del Ministro general, Domenico Tavani, de regresar a España. Su separación fue causa de gran dolor para fray Giacomo. He aquí cómo recuerda el hecho:

“Un domingo por la mañana el padre Maestro me dijo: “Fray Giacomo, ven a sentarte aquí, cerca de mí (estábamos en el salón del convento), porque debo decirte una cosa. Creo que te dolerá mucho.

“Yo me senté cerca de él escuchando, con el corazón destrozado, sus palabras.

“Fray Giacomo, me dijo, quizás lo hayas intuido ya, pero te lo digo. Debo dejaros. Sé que os causo un gran dolor, pero es necesario que vuelva a mi convento en España, porque las cosas no van bien allí (en España habían subido al poder los comunistas). El padre Secretario general quisiera que partiese en seguida, pero el mal de mis ojos no me permite hacer solo un viaje tan largo. Espero al hermano que me acompañará. Vosotros, entre tanto, no debéis desconsolaros. Tomemos de las manos de Dios todo lo que Él nos da: será siempre lo mejor para nosotros.

“Pocos días después vino el hermano a Brescia. El padre Maestro partió el 20 de agosto de 1932, a la una de la tarde. “Le acompañé a la estación y bajo el techo, en medio de tanta gente que miraba, me arrodillé con lágrimas en los ojos y le pedí por última vez su bendición, porque no lo vería más en esta tierra. Luego, subió al tren. El tren arrancó y yo le seguí con la mirada hasta que pude...” [223] .

Correspondencia

La relación fraterna y espiritual de Fr. Giacomo Búlgaro con el P. Dionisio se mantuvo viva siempre. Como llama de amor viva la encontramos en su “Diario”, aunque no siempre le permitieron cartearse con su padre Maestro.

“Pasaron varios meses de silencio, pero el corazón del discípulo sentía todavía la ausencia del Maestro.

“Un día pedí permiso al Superior para escribirle una carta. He aquí el resumen:

“Padre, le agradezco todo aquello que ha hecho por mí... He pedido al padre Confesor si me permitía rezar cada día tres Avemarías por Usted. Me dijo que sí.

“Padre, se recuerde de mí cada día cuando celebre el santo sacrificio de la Misa.

“¿Cómo se encuentra? ¿Y sus ojos?

“Su devmo. fray Giacomo”.

Una semana después, el padre Dionisio, le escribió la siguiente carta:

“Queridísimo fray Giacomo, gracias por tu carta que me llega de improviso... Conozco la pena que sentiste a mi partida de ahí. Pero me alegro que la soportases con amor. Por lo demás, se cumpla la voluntad de Dios, que es siempre el mejor bien para todos. Mi vista no va muy bien. Espero poder soportar la extracción de las cataratas. Será lo que Dios quiera.

“Si tienes ocasión, saluda de mi parte a los padres y hermanos de ahí, y también a don Angelo, Mons. Pè, las Hermanas y tu familia. Yo tengo la intención de rezar por ti en la santa Misa.

“De nuevo te saluda y soy tu humildísimo hermano fray Dionisio Vicente”

De hecho, el día de su profesión solemne, el 16 de octubre de 1934, quiso enviar una invitación al padre Maestro, “pero los superiores no lo consintieron. Así que no tuve más correspondencia” [224] .

Producción literaria

Ya hemos señalado que el padre Dionisio era un “paciente consultor de libros”, un “estudioso”. Hombre de vasta cultura, estuvo muy al contacto con los libros. Ya en 1910, siendo penitenciario en la Santa Casa de Loreto, publicó, traducido del francés al italiano: Loreto nel secolo XII. Opuscolo del P. Luigi Poisat, S.J. [225]  . Y un año después, Il giuramento prescritto dal S.P.Pio X. Nel motu-proprio “Sacrorum Antistitum” del 1 settembre 1910 ed i Documenti Pontifici relativi contro il Modernismo [226] . También dio a luz Expositio Psalmi 118: “Beati immaculati in via” [227] .

En España, tradujo del italiano el Devocionario de San Antonio. Tenía intención y ya había apalabrado con el P. Domenico Sparacio la traducción al español de su Vita di S. Antonio, pero no se llevó a término [228] . Como tampoco llegó a publicar una biografía del insigne franciscano escocés Juan Duns “Escoto”.

Los achaques de la ancianidad

Sufría, dice el P. Gregorio Millán, de arteriosclerosis [229] . Siendo guardián del convento de Granollers, en otoño de 1935, escribe al Ministro general una relación de la fraternidad y sus actividades y dice de sí mismo: “imposibilitado y casi completamente ciego, con miopía progresiva tan fuerte y avanzada que no tardará mucho en que esté ciego del todo. Además sufro de estómago, de tal manera que muchos días estoy obligado a ir a la cama antes de tiempo” [230] .

Al quedarse casi ciego, por razón de las cataratas, el tiempo libre que le dejaba el ministerio del confesionario, lo dedicaba a hacer rosarios, encuadernar libros, remendar y coser la ropa.

Getsemaní y Calvario

Al hospital de Granollers

Era vicario del convento cuando estalló la guerra civil. El 19 de julio, por la noche, después de una cena frugal, habiendo distribuido a los postulantes por las distintas casas de los bienhechores, los religiosos buscaron dónde poder pasar la noche. El P. Dionisio, debido a su ceguera [231] , a su avanzada edad y al poco trato que tenía con la gente, no sabía a dónde ir. Ante esta incertidumbre, en la escalera que une la iglesia con el convento, el guardián, el padre Pedro Rivera, le aconsejó acercarse al Hospital de Granollers; estaría más seguro allí, pensaba y así se lo manifestó, pues el hospital estaba regentado por las Hermanas Carmelitas de la Caridad de la Madre Vedruna (Santa Joaquina de Vedruna).

Nadie pensaba que l