Valentín Redondo Fuentes, OFMConv.
Alfonso López
y Compañeros Mártires,
Beatos Franciscanos Conventuales
Madrid, Enero 2001
©
Valentin Redondo Fuentes, 2001
Diseño portada: José Luis Silván Sen, OFMConv.
Impresión
y composición: La Gráfica Comercial, Cava Baja, 30. 28005 Madrid
I.S.B.N.
84-607-1705-4
Depósito Legal: M-51195-2000
ÍNDICE
A modo de parábola
Testimonio
de vida evangélica
El siglo XX, un siglo de mártires
Los Mártires constructores de paz
El marco socio-político de España
Manto de escarlata
La República
Los desórdenes
de Asturias
Las elecciones
de 1936
Tiempos de
persecución
La persecución
en Barcelona
La restauración de la Orden en España
Un nuevo amanecer
Os allanaré
los senderos
Caminaré delante
de vosotros
Os daré una
una tierra
Bajo el manto
azul de la “Moreneta”
Fundación
en Granollers
El terreno
Dios escribe
derecho con líneas muy torcidas
No miréis
hacia atrás
El enviado del Ministro general visita España (1921)
Perspectivas de futuro
Tiempos de sobresaltos (1931-36)
La fraternidad de Granollers
Vientos de guerra (1936)
La quema del convento
Nuestros Seis Testigos
Entrada en la Orden
Regreso a España
Vuelta de nuevo a Granollers
Disponibilidad
La salud
Personalidad
Desvelos maternales
Getsemaní y Calvario
Noche de tinieblas
A Can Diego de Llerona
La prisión
Camino de Samalús
Juicio sumarísimo
La muerte
La sepultura
Testimonios
Ingresa en Granollers
En la “Santa Casa” de Loreto
De nuevo en Granollers
Personalidad
Getsemaní y Calvario
Le ronda la hermana muerte
En busca de refugio
El arresto
Muerte y sepultura
Testimonios
Fotografías
Por tierras catalanas
Teólogo en Ósimo (Italia)
Regreso a España
Getsemaní y Calvario
Refugio provisional
Detención
Juicio
Camino del Calvario
Sepultura
Entrada en la Orden
Primeros ministerios
Personalidad
Al lado de los jóvenes
Docente en Brescia
Consideraciones de fr. Giacomo Mª Búlgaro
Maestro de noviciado
Regreso a España
Correspondencia
Producción literaria
Los achaques de la ancianidad
Getsemaní y Calvario
Al Hospital de Granollers
Prendimiento
Hacia “els Tres Pins”
Sepultura
En Granollers
En Asís
El Belén de la Basílica de Asís
Regresa a España
Getsemaní y Calvario
La noche del 19 de julio
En busca de
refugio
La prisión
En el hospital
de Granollers
Prisión y
muerte
Ingresa en
Granollers
Toma de hábito
Los cursos
de filosofía
Camino de
Ósimo
En el Colegio
Internacional .
Guardián de
Granollers
Personalidad
En el día
de mi Consagración
En el día
de la Epifanía
Getsemaní y Calvario
Busca refugio
En la cárcel
de Granollers
La liberación
En casa del
señor Llistuella
En Barcelona
El joven Eulogio
García
Su muerte
El reloj de
bolsillo
Conclusión
APÉNDICE I
APÉNDICE III
Los Franciscanos Conventuales de la Provincia de Nuestra
Señora de Montserrat de España nos alegramos de poder ofrecer el testimonio
de seis de nuestros hermanos que “Entregaron su vida” en el empeño de vivir
el Evangelio de Jesucristo al estilo de San Francisco de Asís.
Las tristes circunstancias de la Guerra Civil española
de 1936 produjeron un sinfín de dolor y muerte en el enfrentamiento fraticida
de unos contra otros. Nuestros hermanos Alfonso López, Modesto Vegas, Pedro
Rivera, Francisco Remón, Miguel Remón y Dionisio Vicente, que estaban ya dando
su vida en las tareas apostólicas de la vida diaria, tuvieron que darla de
forma martirial. Su entrega nos estimula a seguir en el camino, sembrando
siempre la paz y el bien.
El 5 de octubre de 1953 se comenzó, en el Obispado
de Barcelona, el proceso diocesano para la beatificación de nuestros hermanos;
terminado éste, sus Actas fueron enviadas a Roma y el 17 de mayo de 1961 se
reinició el proceso, esta vez en la Sagrada Congregación para las Causas de
los Santos; ahora el proceso será culminado con la Solemne celebración que
presidirá el Papa Juan Pablo II el 11 de marzo del 2001 en la Plaza de San
Pedro del Vaticano. Nuestros hermanos verán así reconocida por la Iglesia
su entrega martirial y nosotros podremos siempre hacer memoria de cómo han
sido semilla buena en el crecimiento y desarrollo de nuestra fraternidad provincial.
Nos disponemos a celebrar el Centenario de la Restauración
de la Orden en España, acaecida en 1904. Estos seis hermanos, que estuvieron
entre los artífices de la vuelta a España de los Hermanos Menores Conventuales,
son el mejor acicate para seguir esperanzados en la fuerza del carisma que
hemos recibido y en el proceso de conversión de todos y cada uno de nosotros.
¡Que nunca nos falte el arrojo de darnos a una vida santa, llena de autenticidad
y entrega generosa a los hombres y mujeres de nuestros días! ¡Que la Vida
que hemos recibido llene toda nuestra vida y la refleje a los demás! ¡Que
los seis mártires de nuestra Provincia intercedan hoy y siempre por nosotros
y por todos!
Fr. Nicasio Ibáñez Abad,
Ministro
provincial.
Madrid, 29 de noviembre de 2000,
fiesta de Todos los Santos de la Orden Franciscana.
NOSOTROS, Hermanos Menores Conventuales, miembros de la Iglesia
peregrina en Granollers, en comunión con la Iglesia diocesana en Barcelona
y con todas las demás iglesias diocesanas en Cataluña y en España, así como
con todos los hombres de buena voluntad, os comunicamos la alegre noticia
de fe y testimonio martirial de nuestros hermanos: Alfonso, Dionisio, Francisco,
Miguel, Modesto y Pedro, y os deseamos la misericordia, la paz y la caridad
de Dios Padre.
Ponemos en vuestras manos estas breves notas biográficas y el testimonio
martirial y de fe de nuestros hermanos franciscanos menores conventuales:
Alfonso López, Dionisio Vicente, Miguel Remón, Francisco Remón, Modesto Vegas
y Pedro Rivera, que en un momento de grave crisis política, social, religiosa...,
en el reciente pasado de España, durante el cual los ánimos rompieron los
lazos de la armonía y de la paz, y forjaron de los arados espadas y de las
podaderas lanzas
[1]
, ellos lavaron sus vestidos con la sangre del Cordero (cfr.
Ap. 7,14).
Su conducta, como frailes menores conventuales, fue la del seguimiento de
Cristo al estilo de Francisco de Asís, pues él nos dejó escrito que “la regla y vida de los hermanos menores es
seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo”
[2]
. Su postura ante el Reino fue de fidelidad confiada
hasta el final: “dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan
y os calumnien de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos,
que Dios os va a dar una gran recompensa” (Mt. 5,11); su gloria fue la
cruz: “el que quiera venirse conmigo,
que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga” (Lc.
9,23); sí, la cruz de cada día que no es nada fácil llevar, y que en Alfonso
López y sus Compañeros se corona con el martirio. Miremos, pues, a estos cristianos
y franciscanos menores conventuales como candelabros de la esperanza que se
fundamenta en “la paz y el bien”,
“no mirando sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos.
Porque obra es de verdadera y sólida caridad no buscar sólo la propia salvación,
sino también la de todos los hermanos”
[3]
.
Os invitamos, queridos lectores, como hacía Francisco en sus cartas, a ser
misioneros y propagadores de los valores humanos y evangélicos de estos hermanos
nuestros, mártires y testigos de la fe y, con su vida entregada y derramada,
testigos de paz y de reconciliación, pues, como dice Pablo a los corintios:
“nos encomendó el servicio de la reconciliación”
(2Cor. 5,19).
Alentados, pues, por el testimonio de vida, hasta regalarla confiadamente,
de estos seis frailes franciscanos menores conventuales, os invitamos a que,
“una vez que vosotros os hayáis
enterado, tened la bondad de remitir estas breves biografías a los hermanos
del contorno, a amigos y a personas de buena voluntad, a fin de que también
ellos glorifiquen al Señor, que es quien escoge a los que quiere de entre
sus siervos. Al que es poderoso para introducirnos a todos, por gracia y dádiva
suya, en su reino eterno, por medio de su siervo, su unigénito Jesucristo,
a Él sea gloria, honor, poder y grandeza por los siglos”
[4]
.
Caminad “conforme a la Palabra de Jesucristo, contenida en el Evangelio”
[5]
, sed fieles y coherentes.
Aprovechamos también para presentaros una breve introducción sobre el significado
de “mártir”, así como un esbozo sobre la restauración de la Orden franciscana
menor conventual en España, de la que Alfonso López y sus Compañeros son semilla
de resurrección y de vida, árboles que, “plantados al borde de la acequia, dan fruto
en su sazón y no se marchitan sus hojas” (Sal. 1,3), y levadura de justicia,
paz y bien que fermenta la masa.
QUISIERA CLARIFICAR la palabra “mártir”. Mártir significa en nuestro lenguaje corriente el que sufre
o muere por amor a Dios, como testimonio de su fe, perdonando y orando por
sus verdugos. El ejemplo del mártir es Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que se hacen”(Lc. 23,34). Su ejemplo lo han seguido
muchos testigos suyos y del Padre bueno, del que se nos comunica que somos
hijos (cfr. Mt. 5,9.45). Entre estos testigos nos encontramos con Alfonso
López y sus Compañeros de martirio. Murieron perdonando. De Alfonso dice su
asesino, el Forcaire: “Aunque he asesinado
a muchas personas, siento un remordimiento especial por haber matado un fraile
de ese convento
[6]
, a
quien llaman P. Alfonso. Antes de morir nos dijo: “¡Vosotros me matáis; yo
os perdono y espero que Dios os perdone también!”. Mártir es el testigo,
que con su vida confiesa que Cristo vive, y con su palabra hace presente y
visible su mensaje de “buena noticia” en el mundo.
El uso tradicional ha reservado el término “mártir” a aquellos discípulos de Cristo que dan un testimonio no
sólo con su vida y su palabra, sino entregando la propia vida, sufriendo la
muerte o un tormento mortal por Jesucristo, y perdonando a sus verdugos, como
Cristo en la cruz. El título de mártir se dio más tarde, por extensión, a
quienes son víctimas de sus ideales políticos o sociales o al que sufre sencillamente
por alguien o por algo.
El martirio es una gracia, un don que Dios concede a algunos privilegiados.
El martirio es el testimonio supremo en el que se viven de manera extraordinaria
los contenidos teológicos de la fe, la esperanza y la caridad. Francisco,
cuando recibió la noticia del martirio de Berardo y sus cuatro compañeros,
Protomártires franciscanos y primeros misioneros en Marruecos, simplemente
exclamó: “¡Ahora puedo decir, de verdad, que tengo cinco hermanos menores!”
[7]
.
El mártir ama la vida, la vida presente, pero al mismo tiempo es un creyente
que se fía de Cristo y es capaz de apostar por Él hasta dar la propia vida.
El mártir es testigo de la esperanza y de la trascendencia. Su caminar hacia
la muerte es manifestar que confía en el Dios de la vida, en el Dios que es
vida, no es Dios de muertos (cfr. Mt. 22, 32), y espera participar de su misma
vida. El mártir es testigo de una liberación prometida en los sectores oprimidos
de la sociedad. El mártir es testigo de la no violencia: no paga con la misma
moneda, perdona y mantiene la esperanza de que el triunfo será de la vida
y de la luz. Es testigo también de la trascendencia, de una vida mejor y superior.
El mártir es el que ha lavado sus vestidos en la gran tribulación, en la
que la ambición del poder, gloria y riqueza no tolera la existencia de quienes
niegan las bases de este sistema, presentando los cimientos evangélicos del
servicio, la disponibilidad y la desapropiación. El mártir es testigo, a través
de su fortaleza, del consuelo que procede de Dios (cfr. 2Cr. 1,3-4).
A modo
de parábola
Cuentan que un día “los malos” se propusieron hacer a todos los hombres
iguales. Viendo que la mayoría eran pobres hicieron a los ricos pobres y se
repartieron sus bienes. Viendo que la mayoría eran necios e incultos, obligaron
a que todos fuesen ignorantes, por lo que cerraron universidades y escuelas.
Viendo que la mayoría eran feos, reprocharon la belleza de la minoría y les
afearon y desfiguraron. Y así continuaron obrando... Se dijeron también: somos
más numerosos que los buenos, por lo que decidieron acabar con ellos. Comenzaron
a ofenderlos, a maltratarlos, a martirizarlos..., pero veían que en vez de
renunciar al bien, la persecución los hacía más fuertes, al mismo tiempo que
se les veía gozosos y no respondían con las mismas armas y la misma conducta
que sus opositores... Al final, los malos se reunieron en consejo y determinaron,
al ver la resistencia de los buenos, vivir como ellos, y alcanzaron la dicha.
Cierto, es una parábola, pero en el transcurso de la historia de los mártires
de la Iglesia, la fortaleza, el perdón otorgado a los perseguidores y verdugos,
ha provocado en muchas ocasiones gran admiración entre los mismos verdugos.
Decía Tertuliano al hablar del valor de los mártires: “Atormentadnos, torturadnos,
condenadnos, trituradnos: vuestra perversidad es la prueba de nuestra inocencia...
Segando nos sembráis; somos más cuanta más sangre derramáis; que la sangre
de los cristianos es semilla”
[8]
.
Testimonio
de vida evangélica
El mártir vive y testifica lo que Jesús
ya ha anunciado: “os perseguirán… por
causa mía” (Lc. 21,12); “dichosos
vosotros cuando… os persigan” (Mt. 5,11); “un discípulo no es más que su maestro” (Mt. 10,24).
El Concilio Vaticano II invita a todos los fieles a la santidad: “Todos
en la Iglesia, pertenezcan a la Jerarquía o sean regidos por ella, están llamados
a la santidad... Esta santidad de la Iglesia se manifiesta sin cesar y debe
manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles...
Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece,
también en la sociedad humana, un estilo de vida más humano”
[9]
. Y en otra parte reitera: “Todos los cristianos están llamados
y obligados a tender a la santidad y a la perfección de su propio estado de
vida”
[10]
. Pero, la misma Iglesia venera de manera especial a los
mártires: “La Iglesia siempre creyó que los apóstoles y mártires de Cristo,
que habían dado con su sangre el supremo testimonio de fe y de amor, estaban
más íntimamente unidos a Cristo. Por eso los veneró con especial afecto...,
e imploró piadosamente la ayuda de su intercesión. A éstos se añadieron luego
otros: unos, que habían imitado más de cerca la virginidad y la pobreza de
Cristo, y finalmente otros que, a causa de la práctica de las virtudes cristianas
y de los dones de Dios, podían ser recomendados a la devoción religiosa de
los fieles para que los imitaran”
[11]
.
JUAN, EN EL APOCALIPSIS,
dice que un blanco ejército de mártires sigue al Cordero, y que lavaron sus
vestidos en la sangre de dicho Cordero. En el transcurso de los siglos han
sido numerosos los testigos de nuestra fe. La Constitución Lumen Gentium dice que “por el martirio,
el discípulo se hace semejante a su Maestro, que aceptó libremente la muerte
para la salvación del mundo, y se identifica con él derramando su sangre.
Por eso la Iglesia considera siempre el martirio como el don por excelencia
y como la prueba suprema del amor. Aunque se conceda a pocos, todos, sin embargo,
deben estar dispuestos a confesar a Cristo ante los hombres y a seguirlo en
el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia”
[12]
.
En la Abadía de Westminster se colocaron,
en julio de 1998, en las hornacinas medievales y actualmente vacías de la
fachada principal, diez estatuas de mártires del siglo veinte, de todas las
partes del mundo y de distintas confesiones cristianas, porque como dice la
carta del Vicedecano de la Abadía de Londres, el siglo veinte ha sido un siglo
de mártires cristianos, más generoso que cualquier otro. Y es que “como cada
siglo en la historia de la Iglesia -decía en un discurso Juan Pablo II-, también
el nuestro ha dado numerosos santos y beatos, y especialmente muchos mártires”
[13]
. El cardenal Höffner, de Colonia, decía en 1978,
que nunca tantos cristianos, a lo largo de la historia de la Iglesia,
han sido tan fieles a su fe, han dado la vida por Cristo, como en nuestro
siglo. Y Juan Pablo II en la carta apostólica “Tertio Millennio Adveniente” recuerda: “En nuestro siglo han vuelto
los mártires, con frecuencia desconocidos, casi “militi ignoti” de la gran
causa de Dios. En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia
sus testimonios... Es preciso que las Iglesias locales hagan todo lo posible
por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio”
[14]
.
El mártir es el testigo fiel, el débil en quien se manifiesta la fortaleza
de Dios. El Papa, en sus palabras de reflexión dirigidas a los fieles el 26
de diciembre de 1994, recordando al Protomártir Esteban decía: “En sus dos
mil años de vida y de modo especial en nuestro siglo, la Iglesia se ha fortalecido
constantemente con la contribución de los mártires... El pueblo cristiano...
no puede y no quiere olvidar el don que le han hecho esos miembros suyos elegidos:
constituyen un patrimonio común de todos los creyentes. El ejemplo de los
mártires y de los santos es una invitación a la plena comunión entre todos
los discípulos de Cristo”
[15]
.
Entre estos innumerables testigos (entre los Hermanos Menores iniciaron
la lista San Berardo y sus compañeros: Pedro, Acursio, Adyuto y Otón, mártires
en Marruecos), se encuentran también nuestros hermanos Alfonso López, Dionisio
Vicente, Francisco Remón, Miguel Remón, Modesto Vegas y Pedro Rivera. Podemos
repetir con Francisco que son “verdaderos frailes menores”, y queremos “por
ello, antes que la lluvia del tiempo borre las huellas de estos héroes, recuperar
para la historia y para la memoria colectiva la herencia... de su coherencia
y valentía en la defensa de los valores supremos de la fe cristiana”
[16]
.
HOY, LOS MARTIRES franciscanos conventuales, testigos de la
fe y de bienes trascendentales, no son sólo patrimonio de la Provincia religiosa
de Ntra. Sra. de Montserrat, de la Orden de Hermanos Menores Conventuales
y de la Iglesia, sino que “son patrimonio de la nación”
[17]
, de España, y de la humanidad.
Estos mártires franciscanos eran pobres, tanto como sus mismos asesinos;
tanto como quienes esperaban encontrar en el convento de Granollers un botín
o un arsenal de armas. Estos mártires eran pobres, no tenían nada que defender
ni que guardar, y eran hombres de paz. A pesar de todo, aunque sus verdugos
no encontraron lo que buscaban, porque no lo tenían, fueron asesinados por
ser frailes, “por el mero hecho de ser buenos cristianos”
[18]
. Pero es que “en aquellos momentos era causa de muerte,
en momentos especialmente agresivos, pertenecer a una Orden religiosa, el
ser sacerdote o simplemente cristiano fervoroso y practicante”
[19]
. “Sin olvidar que muchas muertes en aquel doloroso período
de nuestra historia se debieron a muy complejas y variadas razones, es indiscutible
que un numeroso grupo de hombres y mujeres dio su vida por motivos que fueron
religiosos: en muchos casos, exclusivamente religiosos. Los mataron por odio
a la religión católica, a la fe cristiana, a la Iglesia, y ellos aceptaron
esa muerte perdonando a sus verdugos o ejecutores”
[20]
.
La muerte de estos frailes conventuales, como toda muerte violenta, carece
de sentido a los ojos del hombre y de la historia. Sin embargo, al ser personas
de corazón limpio, que deseaban vivir esta bienaventuranza, no abrigaban malas
intenciones contra su prójimo, llevaban la llama de la luz y de la esperanza
de un mundo mejor, que no se puede esconder bajo la cama o debajo del perol
(cfr. Mt. 5,15), y “aceptaron morir, porque llevaban en ello la certeza de
que existe, más allá de las puertas de la muerte y de la noche, un mundo de
luz y de vida más perfecto, más feliz que el terreno, optaron por el suplicio,
por el dolor hasta la muerte”
[21]
. Estos mártires, seguidores de Cristo al estilo de Francisco
de Asís, al entregar sus vidas, fueron cantores entonados de las sublimes
estrofas del “Cántico de las Criaturas”:
“Loado seas, mi
Señor, por aquellos que perdonan por tu amor
y soportan enfermedad
y tribulación.
Bienaventurados
aquellos que las sufren en paz,
pues por ti, Altísimo,
coronados serán.
Loado seas, mi
Señor,
por nuestra hermana
la muerte corporal,
de la cual ningún
hombre viviente puede escapar.
....
Bienaventurados
aquellos
a quienes encontrará
en tu santísima voluntad,
pues la muerte segunda
no les hará mal”
[22]
.
Estos mártires, desconocidos para la mayoría, eran conocidos por los que
convivían a su alrededor, y por su estilo de vida conventual y eclesial. Hoy
se han convertido en grano de mostaza, que al ser enterrado con la reja de
la muerte, se ha hecho un árbol frondoso que acoge a toda la Iglesia y a toda
la nación española. Un árbol donde puede cobijarse la gran variedad de aves,
porque al sembrar su vida -al dar la vida, al perder la vida por el Reino-,
se han convertido en “portadores de un mensaje de paz, tolerancia, concordia
y reconciliación nacional frente al odio irracional que movió a las dos Españas
enfrentadas”
[23]
.
Como canta el libro de la Sabiduría (3,2-3), para quienes los mataron, parecía
que morían, pero el Señor les mantiene la vida, y es el mismo Señor de la
vida el que presenta la oferta de estos frailes franciscanos menores conventuales
como herencia de grandes valores humanos y evangélicos, como testamento a
favor de todos. El martirio fue fuente de purificación para sus defectos,
pues los tenían. Aquí radica el gran amor misericordioso de Dios: “el Mesías
murió por nosotros cuando éramos aún pecadores: así demuestra Dios el amor
que nos tiene” (Rom. 5,8). Su martirio también es fuente de intercesión para
todos. Es que la gracia martirial purifica las propias deficiencias y sublima
la pequeñez y debilidad humanas, y también desinfecta y sana las heridas nacidas
de la violencia y del desamor. Por eso dicen bien los Obispos de España en
su carta “Constructores de Paz”, cuando afirman que “recojamos todos la herencia
de los que murieron por la fe, perdonando a quienes los mataban, y de cuantos
ofrecieron sus vidas por un futuro de paz y justicia para todos los españoles”
[24]
.
NO ES FACIL resumir la situación política de la España de
los años treinta. Aquélla hinca sus raíces más superficiales y las más profundas
en el siglo XIX. Hay un fondo de anticlericalismo en todo ello. ¿Cuáles son
las razones por las que se manifiesta ese ambiente anticlerical? Es difícil
llegar a la razón cuando la sinrazón de la violencia enfrenta a hermanos en
una guerra civil. Pero no podemos olvidar que, para muchos, la Iglesia Católica
era considerada como contraria a las legítimas aspiraciones del pueblo -¿pueblo,
partido, grupo político...?-. Acaso se puedan compendiar algunas de las motivaciones
que prepararon el sangriento balance de la Iglesia durante los años treinta
en los siguientes aspectos: “la incultura del pueblo, la malograda evangelización
de la sociedad, el anticlericalismo y la anti-rreligiosidad…”
[25]
.
Hemos de admitir que en el siglo diecinueve el clima sociopolítico de España
se fue deteriorando. Se acentuó en algunos momentos específicos, como el 1909
–la Semana Trágica de Barcelona- y el 1917 –revueltas sociales-. Y se descompuso,
particularmente, a partir del 1931, cuando la Segunda República, culminando
dicho deterioro con la breve pero intensa Revolución de Asturias de 1934.
Luego se prolonga en el conflicto de la Guerra Civil, 1936-1939, en la que
como tragedia en tres largos actos de un año cada uno, se baja el telón con
mucho derramamiento de sangre en la escena, con toda clase de muertes, con
desolación y destrucción por todas partes, y un hervidero de odios. Por lo
demás, en uno y otro bando, en una y otra parte de la España desgarrada, muchos
muertos por la paz y la justicia. Y, en la Iglesia, muchos confesores de la
fe y muchos mártires.
Manto
de escarlata
La situación de inestabilidad socio-política que vivió España en el siglo
diecinueve se prolongó en el primer tercio del siglo veinte. Se presentaron
una serie de nubarrones tormentosos que afectaron muy duramente a la Iglesia
de España: la “Semana Trágica” de Barcelona (1909), o los acontecimientos
sociales del 1917 que se prolongaron al año siguiente. Los truenos de tormenta
fueron tan retumbantes y secos que Sor Rosario de Soano, Superiora general
de las Terciarias Capuchinas, escribía: “Previendo que, por alguna revuelta
política, se obligue a las religiosas a salir de sus conventos, las Hermanas
se dejarán crecer el cabello, tendrán listo el vestido seglar y pensada la
casa donde acogerse, y, llegado el momento, estarán prontas para abandonar
rápidamente la casa religiosa”
[26]
.
La Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) fue un período de aparente tranquilidad,
estabilidad y prosperidad, fruto de una libertad reprimida. La máscara del
fingido bienestar y seguridad sociales desaparece cuando, en octubre de 1929,
la crisis financiera internacional provoca la devaluación de la peseta, y
arrastra consigo la caída del Dictador.
La República
El 12 de abril de 1931 se celebran las elecciones
administrativas, no legislativas. Los votos dan el triunfo a los partidos
republicanos. Éstos interpretan la victoria como un rechazo de la monarquía.
Alfonso XIII suspende el ejercicio de sus poderes reales e inicia, el 14 de
abril, su camino al exilio.
La Iglesia española va a sufrir un rosario
de calumnias. En el mismo saco entran los sacerdotes y los religiosos. Se
había llegado a un envenenamiento tal de la atmósfera de convivencia que todo
valía: “No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares. No hay
nada sagrado en la tierra. El pueblo es esclavo de la Iglesia. Hay que destruir
la Iglesia. Luchad, matad, morid”
[27]
.
La República se dejó arrastrar en muchas ocasiones por una minoría exaltada
y anticlerical, presentando una Iglesia española deformada por acusaciones
en parte exageradas y en parte gratuitas: “Una campaña propagandística cuyo
ensañamiento y tosquedad pueden parecer hoy increíbles, pero que resultaron
de probada eficacia… acuñada la imagen de una Iglesia rica, poderosa y corrompida,
enemiga de la República y del pueblo, precisamente cuando la Iglesia estaba
realizando todo lo posible por encauzar a los fieles por la vía pacífica de
la legalidad”
[28]
. “El esfuerzo denodado de muchos sacerdotes y religiosos
que dedicaron su vida entera a los humildes, naufragó en la ola de incomprensiones
y rencores…”
[29]
. No pudieron terminar de allanar montes y enderezar caminos
en el acercamiento al pueblo y estar al lado del pobre.
A partir de este momento, en la vida política de España, se adoptan posturas
y acciones legislativas que ciertamente lesionan muchos derechos de la Iglesia.
Así, el 9 de diciembre de 1931 se aprueba la nueva Constitución que incluye
el polémico artículo sobre la disolución de “aquellas Órdenes religiosas que
estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial
de obediencia a autoridad distinta de la legítima del estado…”. Este artículo
ponía el punto de mira sobre los jesuitas. Un mes más tarde, el 23 de enero
de 1932, la Compañía de Jesús era disuelta y sus bienes eran nacionalizados.
Por otra parte, el artículo 24 de la Constitución, no suprime los Institutos
religiosos, pero les prohíbe toda actividad educativa, lo que les ata las
manos para su apostolado y les aparta del contacto con la vida pública y su
aportación a la vida cultural del país.
A estos acontecimientos se añaden otros, como la supresión del Crucifijo
en las escuelas, que obligará a decir a Miguel de Unamuno: “La presencia del
Crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento, ni aun al de los
racionalistas y ateos, y al quitarlo ofende el sentimiento popular, hasta
el de los que carecen de creencias confesionales. ¿Qué se va a poner donde
estaba el tradicional Cristo agonizante?… Porque… la campaña es de origen
confesional… Lo de la neutralidad es una engañifa”
[30]
; o la publicación de la “Ley de Confesiones”, por la que
se prohíbe la enseñanza a los religiosos y se limita el culto católico.
Esta situación angustiosa de la Iglesia de España hace que otras Iglesias
se muestren cercanas y animen en este camino de destierro, de calvario, de
sufrimiento, como lo hace el episcopado portugués: “Hemos seguido paso a paso
con el corazón angustiado, pero al mismo tiempo lleno de esperanza, los caminos
de amargura y de cruz a donde os ha lanzado la impía persecución que se ha
desencadenado contra la Iglesia en vuestro país… Nosotros rezamos y hacemos
rezar…, para que, en breve, a estas tempestades de tormenta suceda la calma
religiosa, la dulce fatiga de la reconstrucción de las ruinas, la aurora de
mejores
tiempos”
[31]
.
Los
desórdenes de Asturias
El triunfo de las derechas en noviembre de 1933 no aportó cambios significativos
a la tensa situación que vivía la nación. Carentes como se estaba de una visión
política en favor de los más desfavorecidos, y por falta de colaboración y
comprensión entre gobierno y fuerzas políticas y sociales en el llamado “bienio
negro”, se llega a los desórdenes que origina la llamada Revolución de Asturias
de 1934.
Pío XI, en su carta encíclica Dilectissima
nobis, del 3 de junio de 1933, indica la grave situación de la Iglesia
de España. Al año siguiente, en el mes de octubre, fueron inmoladas las primeras
víctimas: sacerdotes, religiosos y seminaristas, con los que comienza el largo
martirologio del siglo XX en España.
En Asturias se viven días negros y aciagos, sobre todo del 5 al 14 de octubre
de 1934. La Iglesia asturiana siente en sus entrañas los dolores del martirio,
porque el odio desatado de turbas enardecidas asesina
a treinta y cuatro sacerdotes, religiosos y seminaristas, y el fuego y el
humo del delirio y de la rabia desatada destruyen cincuenta y ocho iglesias
y aniquilan los signos religiosos. El beato Jesús Hita escribe: “En nuestra
pobre España es cada vez más arriesgado ser religioso… y hasta simple
cristiano”
[32]
.
El obispo de Barcelona, Mons. Irurita, escribe por estas mismas fechas unas
palabras claras sobre los acontecimientos luctuosos que se han vivido, obra
de las turbas, pero no del pueblo. “No: el odio a Cristo no es popular, es
masónico; el pueblo no odia a Jesucristo, le desconoce o no le conoce bien
y, si va contra Él, es porque le empujan engañándole, porque se le dan malos
ejemplos desde arriba. ¿Qué extraño es que se arrojen al fuego los crucifijos,
después que el laicismo los ha arrojado de las escuelas; que se asesine a
los sacerdotes, después que el laicismo los ha condenado a morir de hambre?”
[33]
.
Las
elecciones de 1936
Las elecciones del 16 de febrero de 1936 dieron la victoria a una gran coalición
política que se autodenominaba “Frente Popular”.
No era un tiempo tranquilo. La chispa de la oposición ideológica, de la
tensión social y política, de un cierto radicalismo que obstaculizaba el diálogo
y las posibilidades de apertura de caminos más lúcidos, hace que la leña social
se reseque y una simple cerilla, una colilla de nada, provoque incendios y
asesinatos… de tal manera que, desde mediados de febrero a primeros de mayo,
se incendian ciento sesenta iglesias y se cuentan doscientos sesenta y nueve
asesinatos, básicamente políticos. Bastante bien fotografiado queda el momento
presente en un artículo de Ángel Ossorio y Gallardo, publicado en “La Vanguardia”
de Barcelona: “A estas horas ni el Gobierno ni el Parlamento, ni el “Frente
Popular” significan en España nada. No mandan ellos. Mandan los inspiradores
de las huelgas inconcebibles; los asesinos a sueldo y los que pagan el sueldo
de los asesinos; los mozallones que saquean los automóviles en las carreteras;
los que tienen la pistola como razonamiento… Ninguno sabe lo que va a pasar
ni presume quién sacará el fruto de la anárquica siembra”
[34]
.
En Granollers, donde estaban nuestros frailes, a través de las pocas cartas
que el fuego, la violencia y la destrucción nos han dejado, notamos cómo el
tiempo se va enrareciendo, aunque se mantiene la esperanza: “Nosotros, hasta
el presente, no hemos sufrido nada, y, gracias a Dios, en esta región por
ahora hay tranquilidad. Por esto nosotros continuamos la vida como antes”
[35]
. Ni siquiera un mes más tarde se nota cómo se eleva el
tono de la tensión ambiental: “La situación aquí en España va empeorando y
sólo nos queda la confianza en Dios que halla para los grandes males grandes
remedios”
[36]
. Y el primero de julio, escribía el padre Pedro Rivera
al Ministro general, Beda Hess: “No obstante las dificultades y angustias
de los tiempos, que son realmente graves en España, en donde la persecución
a la Iglesia y las vejaciones en las casas religiosas son favorecidas por
el Gobierno, aquí en Granollers, gracias a Dios, nuestras cosas marchan bien:
once jóvenes han terminado felizmente el curso…”
[37]
.
Así se encontraban las cosas en Granollers, pocas semanas antes de desencadenarse
abiertamente la persecución contra la Iglesia.
Tiempos de
persecución
Desde los primeros días del levantamiento
militar, iniciado en Marruecos el viernes 17 de julio de 1936, la persecución
a la Iglesia se hizo patente, y fue “cruel y premeditada”. Toda persecución
tiene ribetes negros y rojos: sangre y saña. Es una persecución contra la
Iglesia, fundamentalmente anticristiana y antidivina, en el intento de acallar
al Dios de la Vida y al Dios que salva. Juan Peiró escribía: “Matar a Dios,
si existiese, al calor de la revolución… es una medida muy natural y muy humana”
[38]
. Y Radio Barcelona daba la siguiente consigna general el
20 de julio: “Hay que destruir la Iglesia y todo lo que tenga rastro de ella.
¿Qué importa que las iglesias sean monumentos de arte? El buen miliciano no
se detendrá ante ellos. Hay que destruir la Iglesia”
[39]
. Las consignas que se habían recibido eran todas semejantes:
“Hay que extirpar a esa gente. La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de
nuestro suelo”. Algunos presidentes y miembros de comités declararon haber
recibido órdenes como éstas: “Tratándose de sacerdotes, ni piedad, ni prisioneros:
matarlos a todos sin remisión”; “Tenemos órdenes de matar a todos los obispos,
a todos los curas y a todos los frailes”; o la respuesta a una consulta hecha
acerca de un sacerdote, estimado por el pueblo, tanto por su bondad como por
su generosidad: “Ya os ordenamos matarlos a todos, y a los que tenéis como
mejores y más santos, los primeros”
[40]
.
La magnitud de la persecución religiosa
en España engloba a todos aquellos (obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas,
seminaristas, hombres y mujeres, seglares creyentes, cristianos de a pie cuya
fe era una praxis en la vida de cada día) que entregaron sus vidas por amor
de Dios y perdonando a quienes les quitaban la vida sólo y únicamente por
ser cristianos. La policía o los grupos milicianos practican registros domiciliarios,
‘buceando en el interior de las habitaciones, de la vida íntima personal o
familiar’, buscando víctimas o destruyendo imágenes y objetos de culto…
Jackson afirma que “los tres primeros meses
de la guerra fueron el período de máximo terror en la zona republicana. Las
pasiones republicanas estaban en su cenit y la autoridad del gobierno en su
nadir… Los sacerdotes… fueron las principales víctimas del gangsterismo puro”
[41]
.
Durante la guerra, los sacerdotes, frailes
y monjas, y los seglares comprometidos con su fe vivieron las circunstancias
de la Iglesia catacumbal de los primeros siglos del cristianismo. Su único
crimen era el “ser religioso” o “católico”. La fe, que es la luz de la vida
en Cristo, se continuó celebrando, desafiando el peligro que, como espada
de Damocles, hacía temblar a los más valientes, pero la “palma de la mano”
del Dios de la Vida y del amor misericordioso daba alas de esperanza en medio
de una sociedad y un mundo sin brújula y sin norte, donde dominaban en todas
partes destrucción y muerte.
El cardenal Tarancón, hablando del verano
de 1936, cuando la persecución religiosa llegó a su culmen, dice: “La verdad
es que la gran matanza sacerdotal se realizó… en los últimos días de julio
del 36, en que murieron unos 70 sacerdotes diarios. El día de Santiago se
batió el record y murieron 95. Este ritmo se mantuvo a lo largo de todo agosto…”
[42]
.
La persecución sufrida por la Iglesia de
España llegaba como noticia fuera de nuestras fronteras y hacía reflexionar
a una carmelita, Edith Stein, que más tarde sufriría el martirio en el campo
de concentración, en carta a una compañera: “Hasta ahora, hemos estado viviendo
en la más profunda paz, sin que nadie nos perturbara tras los muros de nuestros
conventos de clausura. Pero la suerte de nuestras hermanas religiosas de España
nos dice claramente a qué tenemos que estar preparadas también nosotras. El
que tan cerca de nosotras se dé un movimiento subversivo tan profundo es una
saludable llamada de atención. De todos modos, es obligación nuestra ayudar,
con nuestras oraciones, a las que están realizando tan duro trabajo en este
camino”
[43]
.
La
persecución en Barcelona
La situación en Barcelona, en los meses
del verano de 1936, fue muy violenta. La radio, la prensa y las consignas
se hallan cargadas de virulencia y fanatismo, como más arriba hemos visto
en el caso de Radio Barcelona, y aparece también en periódicos y discursos. El 2 de agosto de 1936, Andrés Nin, jefe del
POUM, escribía en “La Vanguardia” de Barcelona: “La clase obrera ha resuelto
el problema de la Iglesia sencillamente, no dejando en pie ni una siquiera”.
Y unos días después, el 8 de agosto, afirmaba en un discurso en Barcelona:
“…los republicanos burgueses no se habían preocupado de resolver el problema
de la Iglesia; …nosotros lo hemos resuelto yendo
a la raíz. Hemos suprimido sus sacerdotes, las iglesias y el culto”
[44]
. Y a finales de agosto de 1936, un alto dirigente catalán,
preguntado por una redactora de L’Oeuvre
sobre la posibilidad de reanudar el culto católico, respondió: “¡Oh, este
problema no se plantea siquiera, porque todas las iglesias han sido destruidas!”
[45]
.
En los primeros meses de la guerra civil,
en la diócesis de Barcelona fueron más de doscientos religiosos los que con
su sangre entraron a formar parte de la muchedumbre que lavaron sus vestidos
en la sangre del Cordero. Una lista recuerda algunas cifras y nombres de familias
religiosas, sólo de la diócesis de Barcelona: “trece agustinos, catorce carmelitas
descalzos, quince cartujos de Montealegre, dieciséis jesuitas, diecisiete
misioneros de los Sagrados Corazones, dieciocho Hermanos de las Escuelas Cristianas,
diecinueve Hermanos de la Caridad de la Santa Cruz, veinte dominicos, veintiuno
del instituto de San Pedro ad Víncula, veintidós capuchinos y veintitrés claretianos”
[46]
, a los que hay que añadir los seis hermanos
franciscanos menores conventuales de Granollers: Alfonso López y sus compañeros.
El 29 de julio, después de ser liberado de la cárcel de Granollers, el padre
Pedro Rivera escribe al padre Esteban Marcos y le comunica la muerte de los
primeros mártires de la naciente Provincia de España: “He de comunicarle también
la muerte de Dionisio, Francisco, Vegas…”
[47]
.
Pío XI describe así la situación española en un discurso dirigido a los
franciscanos seglares a principios del mes de septiembre de 1936: “Es horrible
que precisamente entre hermanos existan tan crueles discordias. Basta mirar
a los de España, donde hermanos asesinan a hermanos; horrible matanza fraterna,
sacrilegios, horrible tormento, horrible estrago de todas las cosas más humanas,
incluso divinas y cristianas…”
[48]
. Y añade en la audiencia especial a 500 prófugos españoles,
el 14 de septiembre del mismo año: “ Todo esto es
un esplendor de virtudes cristianas y sacerdotales, de heroísmo y de martirios,
verdaderos martirios, en todo el sagrado y glorioso significado de la palabra,
hasta el sacrificio de las vidas más inocentes, de venerables ancianos, de
juventudes primaverales… Rezad para que estén con nosotros cuando, dentro
de poco -…- el arco iris de la paz se lanzará sobre el hermoso cielo de España…
”
[49]
.
Difícil es encontrar unas razones a la sinrazón de una guerra entre hermanos.
Sólo hay un dato cierto, la muerte: la muerte de tanto pueblo pobre, de tantos
sacerdotes, frailes y monjas, que “eran tan pobres –eran tan pueblo- como
sus asesinos”, de tantos seglares practicantes que murieron simplemente por
vivir su fe
[50]
.
EL MARTIRIO DE Alfonso
López y sus Compañeros, piedras de gran valor en la restauración de la Orden
franciscana menor conventual de España, da pie para recordar, aunque sea brevemente,
el floreciente pasado de los Conventuales en la geografía española. Estas
pinceladas sólo desean destacar el eslabón que une el pasado y el presente
de una misma familia que camina en el seguimiento de Cristo al estilo de Francisco
de Asís.
Un nuevo
amanecer
A principios del siglo XX, coincidiendo
con el amanecer del siglo, alboreaba también para los Franciscanos Menores
Conventuales un nuevo día, la alborada de una nueva vida y de una nueva historia
en España, que quiere alargar sus raíces hasta los radiantes siglos que van
del XIII al XVI, asumiendo toda la
preñez de vida y de historia que aquellos siglos conllevan: sus alegrías y
angustias, sus comprensiones e incomprensiones, sus luces y sombras...
Habían florecido durante tres siglos y medio,
desde el 1219 al 1567, tres Provincias religiosas: Aragón, Castilla y Santiago,
con casi ciento veinte conventos esparcidos por todo el territorio español,
de los cuales se conservan todavía significativos ejemplos: San Francisco
de Vilafranca del Penedès (Barcelona), San Francisco de Palma de Mallorca,
San Francisco de Teruel, San Francisco de Toledo –hoy casa madre de las Concepcionistas-,
San Francisco de Santiago, San Francisco de Betanzos… La Orden había hecho
aportes significativos a la sociedad y a la Iglesia de su tiempo: el carisma
evangélico de la vida fraterna al estilo de Francisco de Asís, que comportaba
una espiritualidad propia; el acompañamiento del pueblo fiel a través del
apostolado en las iglesias conventuales y las misiones populares; en el servicio
a las iglesias particulares: Pedro Gallego, obispo de Cartagena y miembro
de la Escuela de Traductores de Toledo, Bernardo Peregrí, obispo de Barcelona,
Domingo Suárez, obispo de Ávila, Juan Rubí, auxiliar de Barcelona y teólogo
en el Concilio de Trento…; en la aportación peculiar al pensamiento filosófico,
teológico, social…, en las personas del polifacético Juan Gil de Zamora, Poncio
Carbonell, Francisco Eiximenis, Antonio Andreu, Pedro de Navarra o de Atarrabía,
Pedro de Castrobol…; la disponibilidad para andar los caminos de las misiones
“ad gentes”: los beatos Juan de Cetina y Pedro de Dueñas, Pascual de Vitoria…
En tiempos de Felipe II, y bajo una fuerte
presión político-religiosa del monarca y otros colaboradores políticos, eclesiásticos
y religiosos, en 1567 se cerraban los conventos de los franciscanos conventuales,
con diversos breves emanados por Pío V. Esto hizo que se perdiera el carisma
de Francisco de Asís, transmitido según el estilo de vida de esta Familia
franciscana. La Iglesia de España y, por qué no, la misma sociedad se empobrecían.
Las puertas de España, aunque se llamó durante este tiempo con insistencia,
no se abrieron. Uno de sus reyes, Felipe V, reconoce las cualidades y el talante
del Ministro general conventual Vincenzo Coronelli, al que desea honrar con
un obispado, pero no se le concede la vuelta de su familia religiosa a España,
ni la posibilidad de abrir un convento en la Península, por presiones varias.
Coronelli, gran geógrafo, que obsequió a Felipe V con un “Árbol genealógico”,
le pidió a través del Sr. Juan Suárez que le permitiese abrir un convento
de su Orden para cuatro religiosos, y para él, le conceda el título de Grande
de España, en vez de una sede episcopal, con la que le quería honrar el
rey
[51]
.
A pesar de los reiterados intentos por volver a España, los Franciscanos
Menores Conventuales permanecieron fuera de sus fronteras, tanto peninsulares
como coloniales, durante tres siglos y medio.
Os allanaré los senderos
Un monje camaldulense español, residente
en Roma, fr. José Játiva, natural de Caudé (Teruel), vino a España en 1874.
A su regreso se llevó, como candidato para su Orden, a un joven caudetino,
Carlos Salvador Remón, de 29 años. Con
los camaldulenses inició los estudios eclesiásticos. Unos diez meses después
se pasó a los Franciscanos Menores Conventuales. Con éstos profesó el 1879,
tomando el nombre de Miguel. Finalizados los estudios de filosofía y teología,
fue ordenado sacerdote hacia el 1882. Sustituiría, posteriormente,
al padre Pedro Franquet en la Penitenciaría de San Pedro.
En 1886, al venir a España en visita de
familia, se llevó consigo tres aspirantes de su pueblo natal, de los que perseveró
sólo Dionisio Vicente, uno de nuestros mártires. Siete años después, en 1893,
le acompañó un sobrino y paisano, Eugenio Salvador Remón, quien más tarde,
con la profesión, cambió su nombre de pila por el de Miguel Ángel, aunque
se le conocía normalmente por el padre Ángel.
Los mencionados padres Dionisio y Ángel
fueron ordenados sacerdotes en 1898. Sus primeros destinos apostólicos fueron
Querso (Croacia) y Espoleto (Italia), respectivamente. El padre Dionisio fue
enviado como profesor de latín al convento de Querso, entonces de la Provincia
Dálmata-Patavina, y el padre Ángel marchó a Espoleto como vicario parroquial.
Ésta es la semilla, el pequeño grano de
mostaza del que nacerá la actual Provincia de España, cuya titular es Nuestra Señora de Montserrat.
Caminaré delante de vosotros
El padre Miguel Salvador tuvo un valedor en el obispo de Teruel, Maximiano
Fernández del Rincón y Soto, terciario franciscano desde su juventud, y deseoso
de que los Franciscanos Menores Conventuales volviesen a España. A pesar de
haber pasado más de tres siglos sin la presencia de éstos, España permaneció
siempre cerca del corazón de la Orden, o por tradición, o por hijos de España
en la Orden
[52]
.
El convento que les ofrecía era el convento
de San Francisco de Teruel, donde reposan los restos de los beatos Juan de
Perusa y Pedro de Sassoferrato, enviados por Francisco a misionar entre los
musulmanes de España. Vivieron en este convento turolense, y desde aquí marcharon
a Valencia, donde sufrieron el martirio pocos años antes de conquistar la
ciudad Jaime I. Son copatronos de la ciudad del Turia.
A este buen deseo del señor obispo se oponen
dos problemas: el económico, ya que la diócesis es pobre; y un segundo, más
difícil de salvar, ya que el convento, aunque estaba en manos del municipio
y la iglesia en las del obispado, pertenecía a los frailes Franciscanos Observantes,
quienes, como no vivían lejos de la diócesis, deseaban volver en el momento
más propicio.
En 1895, en carta de Lorenzo Caratelli,
Ministro general de la Orden, al señor obispo de Teruel, le comenta que lo
que le preocupa no es el volver a habitar la antigua casa conventual de dicha ciudad, sino la restauración
de la Orden en España
[53]
. Ciertamente, establecerse en Teruel, piensa el Ministro
general, significaría un doble beneficio: continuar en un lugar y convento
donde la Orden tuvo un gran historial y restaurar la Orden en España.
Os daré una tierra
El padre Miguel Salvador, en sus visitas periódicas a la familia, comienza
la búsqueda “in situ” de una casa, por los alrededores de Teruel, para dar
comienzo a la restauración de la Orden. Va abriendo surco y buscando tierra
donde sembrar la simiente del carisma de Francisco de Asís, al estilo de la
Familia Conventual.
A pesar de que la tierra se hallaba reseca,
por haber pasado tanto tiempo, Miguel Salvador, verdadero restaurador de la
Orden en España, siempre mantuvo la esperanza de un regreso de los frailes
Conventuales a España.
Los inicios son siempre insignificantes y no de fácil viabilidad. Es lo
que le ocurrió al padre Miguel. En 1903 puso la mirada en el santuario de
la Fuensanta, cerca del pueblo de Villel (Teruel), pero la enfermedad del
Ministro general, Lorenzo Caratelli, le impide terminar sus gestiones. Lo
intentó más tarde en el santuario de la Virgen de Camarillas (Teruel), pero
la pequeñez de la casa, su aislamiento y las difíciles comunicaciones, lo
dificultan y se margina el tema. Finalmente, parece que las cosas se presentan
con mejores perspectivas en relación
con el Santuario de la Virgen de la Vega, de Alcalá de la Selva (Teruel),
próximo a Mora de Rubielos, donde se reside casi un año. En carta de aquél
al Ministro general leemos que “se halla en una región bastante buena y de
fáciles comunicaciones, por lo que según mi parecer, éste es el lugar y santuario
que nos conviene para comenzar”
[54]
.
Parece que ya estaban instalados en el mes de octubre de 1904, aunque el
padre Ángel Salvador se reuniría con el padre Miguel unos meses más tarde.
Con todo, no era la fundación definitiva. En el santuario había un entramado
de Confraternidades, que junto a la actitud de algunos sacerdotes de la zona,
impiden que el santuario sea entregado definitivamente a los frailes.
Bajo el manto azul de la “Moreneta”
Todas estas circunstancias ambientales, junto con algunas otras que se agregaron,
obligaron a los hermanos Franciscanos Menores Conventuales a buscar un nuevo
lugar fundacional. El terreno se lo prepara Pedro Mártir Bordoy i Torrent
[55]
, joven ilustre y de letras, natural de
Barcelona, propagador católico, y apasionado de nuestra Orden; era pasante
en una notaría de Granollers. Él les presentó el proyecto catalán. El lugar
es Granollers, “donde venden un terreno
por 100 escudos, para poder fundar allí, pues hay espacio, como le he comunicado,
para construir el convento, para huerto, etc...”
[56]
.
Las solicitudes oficiales se presentan al secretario de cámara del obispado
de Barcelona el primero de octubre de 1905. El padre Ángel, en Barcelona,
estuvo hablando con el cardenal Casañas y el arcipreste de Granollers, Onofre
María Biada. Luego, acompañado por el padre Jacinto Fudzinski
[57]
, se acercó a Granollers para ver el terreno y hablar con
el arcipreste, “el cual se mostró acogedor a nuestra determinación,
y además de darnos el terreno y la fábrica de la iglesia en construcción,
prometió ayudarnos moralmente, ya que materialmente le era imposible”
[58]
.
Como primera medida, para su instalación y apostolado, se les “entrega, para poder oficiar, una capilla dedicada
a Ntra. Sra. de Montserrat, y todos los paramentos sagrados, que se trasladarán
después a la nueva iglesia”
[59]
. Esta capilla fue erigida hacia el 1887, por un clérigo
granollerense apellidado Carbó, en la avenida del General Prim, a la altura
del n. 64, y en ella se celebraba la Eucaristía todos los domingos y fiestas
de precepto. Esta capilla subsistió hasta entrado
el 1906. En noviembre de este mismo año, fue trasladada la imagen de la Virgen
a la capilla provisional del naciente convento.
El terreno de Granollers pertenecía a la
Curia episcopal. En él se estaba construyendo una iglesia, iniciada por Jaime
Barba, predecesor de don Onofre, de la que se había levantado el ábside y
el muro perimetral con una altura de unos dos metros.
Fundación en Granollers
El 8 de noviembre de 1905, el padre Ángel
escribe al Ministro general, Domingo Reuter, desde Barcelona, diciéndole:
“Escribo a Vuestra Paternidad Reverendísima
para informarle de nuestra fundación en Granollers...”
[60]
.
Pero parece que pasaban los días y no se
recibía ninguna respuesta del obispado. El padre Ángel, inquieto, decide acercarse
para mover el asunto: “Viendo que pasaba
el tiempo, volví aquí, y con el Sr. Arcipreste nos presentamos al Obispo Auxiliar
y Vicario general, el cual, apenas nos vio, dijo que se había olvidado de
darle curso. Ahora se halla en manos del Sr. Cardenal, y en breve harán el
rescripto canónico. Así nos ha prometido el Obispo, no habiendo nada en contrario”
[61]
.
Al día siguiente nos encontramos con una
nueva carta del padre Ángel al Ministro general, en la que con gran satisfacción
le comunica: “Hoy me ha hecho saber
verbalmente el Sr. Cardenal que estamos autorizados para fundar en Granollers,
y que la fábrica de la iglesia, con los terrenos adyacentes, los otorga a
nuestra Orden en usufructu perpetuo,
continuando la propiedad en manos de la Mitra, para evitar que el día de mañana
con una supresión vaya a manos del Gobierno... Contraemos algunas obligaciones
y son: 1/ dar catequesis los días festivos a los niños que se hallan lejos
de la parroquia; 2/ administrar los Sacramentos a los enfermos en caso urgente;
3/ hacer un horario de Misas para los días festivos, de tal manera que sean
horas distintas a las de la Parroquia, para comodidad de la población”
[62]
.
El documento de fundación fue otorgado por
el cardenal Casañas, obispo de Barcelona, el 21 de noviembre de 1905. Está
escrito por el secretario del señor obispo, Ramón Salvia Civit, y firmado
por él y por el padre Ángel Salvador Remón, como mandatario del padre Miguel
Salvador, todavía residente en el santuario de Alcalá de la Selva.
El terreno
El arcipreste de Granollers, don Onofre, quien acogió al padre Ángel en
su casa mientras se llevaba a cabo la gestión de la compra de una casa, le
aconseja compre la que se halla unida a la fábrica de la iglesia en construcción,
con lo que se encontrarán aislados y en su propia casa, mientras que las celebraciones
litúrgicas, de momento, tienen lugar en la capilla de la Virgen de Montserrat
de la avenida Prim.
Por valor de unas diez mil pesetas de entonces,
se compran las edificaciones colindantes, en cuyo solar se levantará el convento
y una capilla propia, evitando así el tener que ir a la capilla de la avenida
Prim. Económicamente les ayudó una marquesa de Barcelona, y, en lo burocrático,
la familia del párroco de Granollers. Los trabajos para agrandar la casa se
iniciaron el 1 de enero de 1906, y finalizaron definitivamente el 31 de mayo
de 1909.
El Cardenal Casañas, con el fin de impulsar
las obras del templo en construcción, en un escrito fechado el 10 de mayo
de 1906, concede doscientos días de indulgencias a quienes “contribuyan con alguna limosna en las obras
de la conclusión del templo del convento de los Frailes Menores Conventuales
de Granollers, bajo la advocación de Ntra. Sra. de Montserrat y San Antonio
de Padua”.
En carta del 29 de noviembre de 1907, el
padre Ángel comenta las primeras fotos de la nueva fundación que envía al
Ministro general: “Con la misma le envío
a V. Rvdsma. dos fotografías, una de la iglesia y
parte del huerto... La iglesia, como ve, es la parte que queremos utilizar
para el culto cuanto antes -presbiterio y crucero-; falta la nave central
que, como ve, está levantada poco más de un metro de los fundamentos. Tiene
25 metros de alta, por 15 de ancha”
[63]
.
La iglesia, presbiterio y crucero con la capilla del Santísimo, dedicada
a Nuestra Señora de Montserrat y a San Antonio de Padua, se abrió al público
el 13 de abril de 1908, Domingo de Ramos, aunque la inauguración se dejaba
para el mes de junio: “la fiesta la
haremos en junio -fiesta de San Antonio-, y
para tal ocasión esperamos que V. Rvdsma. pueda hacer
una escapada hasta Granollers”
[64]
.
En enero de 1907 la fraternidad de Granollers estaba formada por Miguel
Salvador
[65]
, Ángel Salvador, guardián, Pedro Balestra, Antonio Pastore,
hermano no sacerdote
[66]
, y un joven de 20 años. El día 15 de noviembre de 1907
ingresaba el joven de 28 años, Pedro Melero Gómez, y el
20 llegaba de Italia el religioso sacerdote Francisco Saba, para colaborar
en la restauración de la Orden en España.
Dios escribe derecho con líneas muy torcidas
En mayo de 1909, escribía el padre Ángel estas palabras al Ministro general,
acerca del convento de Granollers: “tiene
todas las dependencias que piden nuestras Constituciones: todo es pobre pero
decente. Pueden habitar quince o dieciséis personas, aunque sólo hay camas,
sábanas, etc... para diez personas”
[67]
.
Todas estas esperanzas e ilusiones se vieron muy pronto truncadas. El 27
de junio de ese mismo año, se proclama en Granollers la República. La muchedumbre
reunida en la plaza pide a gritos quemar la iglesia de los frailes. Cuando
a éstos les avisan amigos y terciarios, no les dan crédito. Les obligan a
esconderse. No se llevan nada, pensando que cesarán en su empeño. Sin embargo,
iglesia y convento ardieron durante tres días, alimentando el fuego con leña,
traída de fuera. Rociaron el techo de la iglesia con petróleo, pero no ardió.
Se acercaron las autoridades y algunos amigos, pero tuvieron que alejarse y algunos hasta huir, pues pretendieron
quemar sus casas. El señor Pedro Bordoy, que dio asilo a un franciscano en
su casa de Barcelona, tuvo serios peligros con su familia
[68]
.
El polvo de la tierra (el convento quedó totalmente destruido, en pie se
hallaban sólo las paredes perimétricas) metió el miedo en el cuerpo de los
frailes y, por qué no, también la desilusión, porque en muy poco tiempo se
había desandado el camino hecho. De ahí las palabras del padre Francisco Saba
en carta al Ministro general: “Dentro
de unos días, si Dios quiere, llegaré para contarle lo ocurrido aquí en España.
¡Nos encontramos sin casa! El P. Pedro (Pedro Balestra) y yo volvemos a ponernos a disposición de nuestros
Superiores... P.S.- El P. Ángel se quedará aquí para ver qué puede hacer”
[69]
.
El mismo padre Ángel parece que quiere volverse a Italia; suyas son estas
desalentadoras palabras que nos recuerda el señor Bordoy: “Me encuentro sin fuerzas para emprender la obra de reparación del templo
y casa”
[70]
. Pero será precisamente ese buen laico y amigo entrañable
Pedro Bordoy quien levante el ánimo y haga que la esperanza renazca, sobre
todo en el padre Angel. Valorando la actitud de este amigo, el padre Dionisio
dice que “ha sido el alma de nuestra fundación y quiere
serlo de nuestro restablecimiento”
[71]
.
No miréis hacia atrás
Efectivamente, el 7 de agosto de 1909 Pedro Bordoy escribía al padre Ángel
y le animaba a proseguir la restauración con estas palabras: “P. Ángel, se anime, ésta ha sido una cosa
muy excepcional y transitoria... Una buena noticia, los frailes han vuelto
a sus conventos, y también una buena parte de monjas. Otra buena noticia.
Los sacerdotes andan ya por Barcelona tranquilamente con su hábito talar.
Otra buena noticia. El Gobierno indemnizará a los religiosos los daños sufridos
y ha enviado una circular a la Delegación de policía para que los superiores
presenten una relación detallada de los daños sufridos y de su valor.
“Yo, en su lugar, y muy tranquilamente
vestido de sacerdote, recibida la presente, tomaría el tren y sin perder tiempo
iría a la casa del párroco de Granollers para que tome las medidas y datos
necesarios e iría luego al alcalde para tratar de la indemnización. Ya estoy
yo en Barcelona para hacer las diligencias necesarias”
[72]
.
Al padre Dionisio, que entonces se encontraba en Loreto de penitenciero,
le informa sobre lo mismo y le pide que se lo comunique a la Curia general,
lo que hace traduciendo la carta de Pedro Bordoy, y añade: “Este buen señor ha sido el alma de nuestra fundación y ahora lo quiere
ser de nuestro restablecimiento. Si las cosas están como asegura, al menos
podremos recuperar la cantidad gastada...”
[73]
.
Un mes más tarde, con fecha del 6 de septiembre
de 1909, el mencionado Francisco Saba afirmaba, después de haber leído la
carta del padre Ángel en que solicitaba reconstruir el convento y terminar
la Iglesia: “en cuanto a la reconstrucción
de la casa somos del parecer que por ahora no se debería reconstruir”
[74]
.
A pesar de los muchos obstáculos y pegas
que encuentran para volver de nuevo a Granollers, hemos de confesar que había
gente, entre ellos los franciscanos seglares (los “terciarios”), que “proveen
de camas, ropa y todos los utensilios de cocina...” El padre Ángel espera
del Ministro general “la vuelta de los PP. Saba y Balestra para preparar todo”.
Pide también que se le envíe una estatua de San Francisco de Zanotto como
regalo a los franciscanos seglares, por lo que han hecho y continúan haciendo,
y para animarles a reconstruir su altar
[75]
.
Con sacrificios, trabajo y tenacidad se
va restaurando la iglesia, sobre todo la capilla del Santísimo y la sacristía,
que eran las que más habían sufrido las consecuencias del incendio, así como
el pequeño convento. Se les cierran las puertas cuando van a pedir limosna,
pero siempre hay gente generosa que les compra ropa, colchones, etc... para el nuevo convento.
El convento fue reconstruido y habitado
de nuevo en septiembre de 1910. Las obras de elevación de la iglesia, después
de muchos años suspendidas, se comenzaron el 13 de junio de 1926, bajo la
dirección del arquitecto Damián Rivas, y se terminan el 10 de diciembre de
1927; el altar mayor se inauguró el día de Noche Buena
[76]
.
Para ayudar a la naciente Provincia de España,
en mayo de 1913 vino de Italia el padre Aquiles Fosco.
Deseosos de establecerse en la Ciudad Condal,
se compró en 1915 una casa, pero el obispo de Barcelona, monseñor Enrique
Reig y Casanova, a pesar de la influencia y el buen hacer del Ministro provincial
de los Capuchinos, Miguel de Esplugas, no otorgó permiso de residencia. La
casa se arrendó durante varios años.
A pesar de la penuria material y de personal,
la mirada se dirige hacia un horizonte mejor, con la esperanza puesta en la
animación vocacional. Se tiene que ir creando el ambiente, modelando los formadores,
presentando el carisma a los jóvenes que están dispuestos a optar por la vida
religiosa.
El enviado del Ministro General visita España (1921)
El Ministro general Domenico Tavani envió, en 1921, al padre Francesco Dall’Olio,
Procurador general, con documento firmado el 28 de agosto de 1921, a realizar
la Visita canónica al convento de Granollers.
Tres eran las cuestiones de mayor importancia que traía en
su cartera:
ver
si era oportuno conservar o vender la casa de
Barcelona, y conocer quiénes eran sus propietarios;
nombrar
guardián en el convento de Granollers al padre Pedro Balestra o al padre Miguel
Ángel Salvador;
estudiar
la posibilidad de abrir una nueva casa en una región donde más fácilmente
se pudiesen tener vocaciones religiosas.
Como dato estadístico, hay que dejar constancia
que en Granollers, el 16 de septiembre de 1921, según la relación del Visitador
general, la fraternidad estaba formada por los siguientes miembros:
P. Miguel Ángel Salvador Remón
P. Dionisio Vicente
P. Alfonso López
Fr. Pedro Melero, profeso solemne
Fr. Buenaventura Remón, profeso temporal
Fr. José Gonzalvo, novicio no clérigo
Arturo Vicente Ortiz, de 14 años, postulante
Eugenio Remón Salvador, de 15 años, postulante
P. Pedro Balestra, que vino de la Provincia de Génova.
El visitador Dell’Olio cierra su informe
con estas palabras: “Dado el escaso
número de religiosos no es posible abrir una nueva casa. De este argumento
se podrá tratar de aquí a tres años, cuando vuelvan de Oristano los tres clérigos
teólogos”
[77]
.
Perspectivas de futuro
Durante estos treinta primeros años de restauración de la Orden en España,
dos eran los objetivos principales que ilusionaban la vida de la fraternidad
de Granollers: la animación vocacional y la expansión de la Orden en España.
Ninguno de los dos resultaba fácil, pero hubo interés e iniciativa en ambos.
En efecto, Granollers fue centro de iniciativas para todo, también de acogida
de los jóvenes vocacionables. A partir del 1906, con la llegada de Francisco
Remón, iniciaba su andadura el seminario de la
futura Provincia de España.
El postulantado y el noviciado, por lo general, tuvieron su sede en Granollers.
No así los estudios eclesiásticos, ya que las primeras vocaciones los cursaron
en Oristano (Cerdeña), y luego pasaron a Ósimo (Italia), de la Provincia de
las Marcas, o al Colegio Internacional y Facultad de San Buenaventura de Roma.
Con la vuelta a Granollers de los primeros religiosos españoles que estudiaron
en Oristano (Cerdeña), se incrementó el número de postulantes. En 1924, el
padre Esteban Marcos, antes de marchar a la Penitenciaría de Loreto (Italia),
acompañó a un grupo de once jóvenes, entre los cuales se encontraba Modesto
Vegas. Este número fue creciendo hasta el 1931, en que por motivos sociopolíticos
e internos no se acogía a jóvenes. En 1935, de nuevo se promovió la animación
vocacional, llegando a tener, durante el curso 1935-36, un grupo de quince
jóvenes
[78]
.
Los estudios eclesiásticos se intentaron cursar en el seminario diocesano
de Barcelona, ya en 1928. Al no obtener permiso del obispado, se vieron obligados
a regresar a Granollers, donde cursaron la filosofía antes de ir, en 1930,
a continuar la teología en Ósimo (Italia).
En este primer período de la restauración de la Orden en España, del 1905
al 1936, hubo diversos intentos de fundación: Barcelona, Tárrega (Lérida),
Santo Toribio de Liébana (Santander), Sagunto (Valencia), La Folguera (Asturias)...,
pero por carencia de personal, principalmente, no se hicieron realidad estos
sueños.
Tiempos de sobresaltos (1931-36)
El 17 de enero de 1931 llega a Granollers, como guardián, el padre Antonio
Rocchetti, de la Provincia de las Marcas. Aquí estuvo hasta el mes de marzo
de 1934 en que vuelve a Italia.
A partir de 1931, tras la instauración, el 14 de abril, de la Segunda República,
hubo ciertos momentos de tensión a nivel nacional, como la quema de conventos
en muchas poblaciones de España a partir del 10 de mayo de 1931, y otros hechos
desagradables, que también repercutieron en la fraternidad de Granollers.
El 12 ó 13 de mayo de 1931, el ministro de la fraternidad seglar franciscana
de Granollers, el señor Juliá, hizo llegar a los frailes la orden del señor
Obispo de que se cuidase la Iglesia y sus objetos sagrados y litúrgicos. Acabado
el rezo del rosario, se consumieron las sagradas formas y se conservaron en
lugar protegido las imágenes y objetos de culto.
La noche del 13 al 14, los postulantes, acompañados por el padre Ángel,
la pasaron en el lugar llamado “Las Torres” o “Las Tres Torres”, en el término
de Lliçà de Vall, de donde regresaron al día siguiente, fiesta de la Ascensión.
El entonces novicio, Bautista Díez,
que pasó la noche fuera de casa, escribía a su hermano, Jesús Díez, estudiante
de Filosofía en Urbino (Italia), y le comentaba: “No sé si te habrás enterado que ha sido proclamada la República en España,
conque ya te puedes suponer cómo estarán los curas y los frailes. Tan sólo
te digo que hace poco más de dos semanas los comunistas han quemado 200 conventos,
de manera que estuvimos con un miedo... (de esto
no digas nada a nuestra madre). Nos llevaron sin hábitos, a las 12 de la noche,
a las Torres porque creíamos que iban a quemar el convento, y sacamos las
cosas mejores de la Iglesia, las estatuas, etc..., pero aquí no hicieron nada,
veremos en las elecciones de Junio, me creo que vamos a tener un verano bastante
agitado”
[79]
.
Al grupo de frailes españoles que estudiaban Teología en Osimo les llegaban
estas noticias y la turbación que les creaba la vemos reflejada en las breves
líneas que nos han llegado de alguno de ellos. El padre Pedro Rivera escribe
en su “Diario”: “Día 10 de Mayo al 17. Tristes noticias de España dicen haber
comenzado en varias ciudades furiosa devastación de Iglesias y monasterios
llevada a cabo por agentes comunistas a pesar de las medidas tomadas por el
gobierno republicano. Dios quiera que tan grande calamidad pase presto, y
se(a) de verdadero provecho para la Iglesia española, avivando el celo de
sus ministros y la fe de nuestro pueblo”
[80]
. Y el padre Modesto Vegas describe lo mismo con otras palabras:
“Notificaciones políticas y religiosas de España te podríamos decir muchas…
Se ven cambios de una parte y desórdenes de por aquí y por allá muy perturbadores,
hasta que las Cortes Constituyentes que puede ser que no terminen hasta Septiembre
o al final de año, apacigüen todo esto, y con el nuevo Presidente, que aún
no se sabe, se cambie todo en paz y tranquilidad, en fin lo que se necesita
es rogar mucho y esperar más”
[81]
.
Desde el mismo Granollers llegaban noticias
no demasiado tranquilizadoras, aunque en Cataluña se viviese con cierta serenidad,
como escribe el padre Alfonso López: “Estamos esperando las elecciones del
28 de junio para ver si quedamos o nos echan. Parece que hay esperanzas que
suba al poder un gobierno de orden. Dios lo quiera. En Cataluña no ha pasado
nada, gracias a los catalanes de orden que amenazaron a los gobernantes que
si quemaban conventos por incuria iban a parar al mar: Gobernador, Alcalde
y Capitán General. En algunas poblaciones el pueblo es el que ha salido en
favor de los religiosos”
[82]
. Desde esta fecha no se recibieron más postulantes hasta
el 1935, ya que las cosas estaban bastante revueltas. Y, como añade el mismo
padre Alfonso: “Hemos mandado algunos jóvenes a sus casas por precaución y
porque así lo deseaban sus padres hasta ver en que para esto”
[83]
.
Tres años más tarde, cuando los sucesos de Asturias, el 6 de octubre de
1934, a causa de la intentona revolucionaria, todos los frailes abandonaron
el convento durante algunas horas, aunque no durmieron fuera de casa. Un mes
más tarde, el 6 de noviembre, moría en Granollers el padre Ángel Salvador,
verdadero restaurador de la Orden en España.
El 16 de febrero del 36, fecha de las elecciones, en las que obtuvieron
el triunfo las izquierdas, los frailes no abandonaron el convento, pero sí
el rector, padre Lorenzo Castro, con los postulantes, que pasaron la noche
en “Can Diviu”, propiedad del señor Juliá, en la carretera de Granollers a
Caldas.
De todas las maneras, el guardián de Granollers, en carta al Ministro general,
Domenico Tavani, le expone la situación socio-política de España como bastante
tranquila para la vida y actividad de la fraternidad: “Nosotros, hasta el
presente, no hemos sufrido nada, y, gracias a Dios, en esta región por ahora
hay tranquilidad. Por esto nosotros continuamos la vida como antes. El trabajo
no nos falta, porque además del trabajo de los Probandos, las clases externas
y el servicio de nuestra iglesia, llevamos también el servicio del Hospital
de la ciudad, además somos llamados con frecuencia a las parroquias limítrofes
para oír confesiones y ahora también para predicar; estos dos apostolados
son la fuente de los principales ingresos económicos de casa, porque son bien
remunerados y porque la mendicación de los hermanos laicos, que en otro tiempo
era el principal apoyo del colegio, ahora ha disminuido mucho”
[84]
. Aunque, en otra carta al Ministro general, un mes después,
dice escuetamente: “La situación aquí en España va empeorando y sólo nos queda
la confianza en Dios que halla para los grandes males grandes remedios”
[85]
.
Sin embargo, a pesar de los grandes nubarrones
que se cernían y afeaban el cielo español, todavía se mantiene una cierta
esperanza: “…no obstante las dificultades y angustias de los tiempos, que
son realmente graves en España, en donde la persecución a la Iglesia y las
vejaciones en las casas religiosas son favorecidas por el Gobierno, aquí en
Granollers, gracias a Dios, nuestras cosas marchan bien: once jóvenes han
terminado felizmente el curso; este número, a no ser que las circunstancias
políticas determinen otra cosa, lo aumentaremos en el próximo curso. Así pues,
también es deseo de todos, tan pronto como las circunstancias le sean favorables,
se abra una nueva casa en España, para que nuestra Orden florezca de nuevo
entre nosotros, como en tiempos pasados.… Dios quiera que tantos males como
se ciernen sobre nuestra Nación, nunca se realicen, y restituida la paz a
la Iglesia, a los ciudadanos, podamos gastar nuestras fuerzas para gloria
de Dios y salvación de las almas”
[86]
.
El mismo ambiente de dificultad, pero esperanzado,
expresa en otra carta el mismo padre Pedro Rivera, cuatro días después al
padre Jesús Díez: “…la situación de España no sé qué decirte, si vamos mejor
o peor: lo cierto es que han pasado ya aquellas violencias contra la Iglesia
de los primeros días después de las elecciones, ahora parece que se la emprende
contra los ricos y contra las compañías: todo son huelgas y todos piden aumento
de jornal y lo que sucede es que el trabajo va disminuyendo y aumentando la
miseria, así es que no sé donde iremos a parar…”.
“No obstante todo eso, aquí en Granollers
estamos como en Jauja, pues nadie nos ha molestado lo más mínimo, y continuamos
muy bien. El colegio marcha viento en popa y la Comunidad también. Dios quiera
preparar tiempos mejores para nuestra patria y entonces con el trabajo y buen
comportamiento de todos podremos hacer mucho, sobre todo si sabemos dejar
ciertos resabios contraídos en tierras extrañas y adquirimos verdadero espíritu
y verdadera formación religiosa sin la cual trabajaríamos en vano. El curso
próximo pensamos aumentar el número de los probandos que ahora se han reducido
a 11, pero buenos; si los tiempos se ponen mejores emprenderemos otra nueva
fundación, etc. De manera que ánimo y a prepararse seriamente para el trabajo
que te espera para gloria de Dios y bien de nuestra patria tan necesitada
hoy de hombres como sobrante de “pecore mate”
[87]
. Pero le advierte respecto a Asturias, donde vive su familia:
“En cuanto a tus vacaciones, creo estarás al corriente con tu familia y te
habrás enterado cómo están las cosas por Asturias que no creo que estén muy
a propósito para vacaciones, pero tú verás”
[88]
.
Durante el curso 1935-36 subió hasta diecisiete
el número de postulantes, lo que presagiaba un futuro alentador, como leemos
en la carta que escribe el P. Pedro Rivera al Ministro general: “A principios
de este año, todos hemos trabajado por la reapertura de nuestro Probandado,
lo cual se hizo con 17 jóvenes, y gracias a Dios todo marcha bien bajo todos
los aspectos, por el diligente cuidado del P. Maestro, P. Lorenzo Castro”
[89]
. Y continúa dicha carta diciendo: “También
la vida de la comunidad se ha reorganizado, siendo la aspiración de todos
el florecimiento de la vida religiosa que será el fundamento del florecer
de nuestra Orden. Pero aquello que más deseábamos todos era una nueva fundación,
para lo que se trabajaba intensamente y que parecía próxima su realización,
cuando las elecciones a Diputados han dado la vuelta a todos nuestros planes,
porque ha cambiado totalmente la situación, que se presenta ahora muy oscura
y amenazante, y existen motivos para esperar inconvenientes muy graves, aun
una supresión de todas las Congregaciones religiosas”
[90]
.
Acabado el curso escolar, las cosas se fueron
agravando y deteriorando. Los frailes se iban informando sobre el curso de
los acontecimientos a través de amigos y bienhechores de la Orden. “En vista
de la gravedad de los mismos -dice el entonces P. Arturo Vicente Ortiz, miembro
de la fraternidad de Granollers-, el objetivo común fue marchar del convento
para salvar la vida”
[91]
.
La fraternidad de Granollers
Con la vuelta de Italia, en 1934, de cuatro jóvenes sacerdotes, Agustín
Cisneros, Gregorio Millán, José Gómez y Modesto Vegas, se respiraron aires
nuevos y se mantuvo una esperanza rejuvenecida para nuestra presencia en España,
reforzada al año siguiente con el regreso de otros dos sacerdotes, Pedro Rivera
y Lorenzo Castro, además del Hno. Francisco Remón. Así, pues, la fraternidad
quedó formada por nueve hermanos sacerdotes, cuatro hermanos no sacerdotes,
un novicio y diecisiete postulantes.
Al estallar la Guerra Civil, los postulantes se repartieron entre los bienhechores
del convento, con los que algunos de ellos permanecieron hasta el final de
la contienda. Los religiosos también se vieron obligados a abandonar el convento
y vivir durante tres años con la vida pendiente de un hilo. Algunos de ellos
“recibieron el don eximio del martirio y supieron responder con la prueba
suprema del amor”
[92]
.
Así describía a esta fraternidad, en 1921, el padre Francesco Dall’Olio
en la relación de su visita: “Dichos
padres gozan de buen nombre y tienen una conducta religiosa... En el pasado
ha habido alguna cosa entre ellos, pero no tardaron en restablecer la concordia
y ahora se hallan en perfecta paz”
[93]
.
Y en la relación del padre Dionisio Vicente al Ministro general, así retrata
a la fraternidad de Granollers y su apostolado, después del verano de 1935:
“Se celebran todas las funciones franciscanas. Existe una floreciente Orden
Tercera... Nuestros religiosos confiesan, predican, atienden muy bien la Iglesia
y ayudan a los párrocos de alrededor, colaborando así a una parte de entradas
del convento. Nuestra Iglesia tiene alrededor de veinte a veinticinco mil
almas, y se espera, con el tiempo, poderla declarar parroquia, y ésta es la
aspiración de los religiosos. Los religiosos son muy estimados por los párrocos
de alrededor, por los servicios que prestan...”
[94]
.
Esto escribía el guardián, padre Pedro Rivera, al Ministro general, P. Beda
Hess, el día primero de julio: “En esta casa actualmente habitan nueve sacerdotes
y cinco hermanos laicos; suficiente, sin duda, en cuanto al número, aunque
equivalgan a pocos en la práctica, pues de los padres uno está ciego y otro
es anciano; otros dos están enfermos y por lo tanto son más una carga que
una ayuda, aunque trabajan según sus fuerzas en lo que pueden; otro está al
cuidado de nuestros Postulantes y otro dirige el colegio de alumnos externos;
por lo tanto, no son sino dos o tres quienes pueden ejercer el ministerio
sacerdotal, particularmente oyendo confesiones y predicando en las parroquias
vecinas, donde más se pide nuestra ayuda y es bien remunerada, de tal manera
que constituye nuestro principal medio de sustento… Por lo demás, aquí en
Granollers nuestra vida transcurre regularmente, y aunque casi todos sean
jóvenes y hasta el presente pobres en muchas cosas, existe buena voluntad
en todos por avanzar en la virtud y el sacrificio, para que realmente nuestra
Orden crezca entre nosotros en número, virtud y ciencia”
[95]
.
Vientos de guerra (1936)
El 18 de julio de 1936, la Fraternidad de Granollers está compuesta por
los siguientes miembros:
P. Pedro Rivera, Guardián
P. Dionisio Vicente, Vicario
P. Alfonso López, Maestro de Novicios y profesor de Historia en las Escuelas Antonianas
P. Antonio (Arturo) Vicente, enfermo, pastoral sacramental
P. Gregorio Millán, encargado de las Escuelas Antonianas de primera enseñanza
P. José Gómez, ecónomo
y profesor de Historia y Geografía en el postulantado
P. Agustín Cisneros, profesor de Matemáticas y Música en las Escuelas Antonianas
P. Modesto Vegas, enfermo, pastoral sacramental
P. Lorenzo Castro, Rector de los postulantes y profesor de latín de los mismos
Fr. Francisco Remón, sacristán y portero
Fr. Pedro Melero, encargado de la sastrería
Fr. Buenaventura Remón, limosnero
Fr. Miguel Remón, cocinero
Fr. Pascual Coll, novicio
Sr. Angel Mazarrón, “El Mazarronero”, oblato, profesor
en el postulantado
y doce Postulantes: “Gabriel Gómez (P. Gabriel Gómez), Jesús Urbón, Jesús Gómez,
Abelardo Torres, Agustín Romero, Pablo Santiago, Eulogio García, Joaquín Villar,
Martí, José Luis Gago y el lego Gonzalo”
[96]
.
De esta fraternidad franciscana menor conventual,
con sus luces y sus sombras, seis de sus miembros van a ser testigos del perdón
y de la reconciliación en tiempo de violencia y persecución. Un séptimo, Fr.
Buenaventura Remón, llevó para siempre en su cuerpo los signos de su confesión
de fe. Dos más, el padre Lorenzo Castro y fray Pedro Melero estuvieron presos
por su condición de “frailes”. Todos
se vieron en la situación de esconderse. Y es que llegado el momento, su debilidad
se convierte en fortaleza, porque el Padre hablará por ellos. Y la Palabra
del Padre es palabra de amor misericordioso aun en el momento más negro y
calamitoso de la vida de su Hijo o de sus hijos adoptivos.
Los ánimos se encontraban exaltados y el aire enrarecido con olor a revuelta
y a pólvora, que lo envolvía todo. Así lo describe el padre Modesto Vegas:
“España parece que se va volviendo peor que el Africa; cuando recibas esta
carta ya puede ser que sepas que el Presidente Alcalá Zamora ha dimitido o
mejor dicho le han hecho dimitir, es la noticia del día que te escribo”
[97]
.
La inquietud en el convento de Granollers llegó el 16 de julio, fiesta de
la Virgen del Carmen. Mientras algunos de los frailes toman el fresco en la
terraza del convento, el padre Antonio Vicente, “que tenía unos auriculares”,
se acerca para comunicar que el ejército de Marruecos se había sublevado
[98]
. Todo quedó en una guerra de nervios, de situación incierta
y dudosa, aunque los frailes no abandonaron el convento nunca. Sin embargo,
al rector del seminario, padre Castro, el guardián le pidió que conectase
con algunas familias amigas del convento, para alojar a los postulantes –“seráficos” se les llamaba entonces–, dada la situación de inseguridad
que se iba creando.
El domingo 19, los frailes celebraron la
Eucaristía según el horario dominical, con toda normalidad, tanto en la iglesia
conventual de Granollers, como en aquellos lugares que fueron a ayudar pastoralmente
ese día, como es el caso del padre Gregorio Millán que fue a celebrar a Figaró
y ya no pudo regresar al convento, porque la revuelta se había extendido por
Granollers y sus contornos; y el padre Lorenzo Castro, que celebró la misa
de las doce en la parroquia de San Esteban de Granollers.
En la sacristía de la parroquia, el padre
Castro habló con el vicario parroquial y los Escolapios acerca de las noticias
que circulaban por la ciudad, pero ninguno sabía nada en concreto. Terminada
la misa, regresa al convento por la calle Corró. Al llegar a la altura de
la plaza de Jacinto Verdaguer se lleva una solemne sorpresa, al ver el convento
rodeado por los milicianos de la F.A.I., que no le dijeron nada ni le impidieron
la entrada al convento.
Al resto de la fraternidad la encontró en
el comedor, desconocedora de lo que sucedía fuera, y a la que explicó lo que
había visto y cómo el convento se encontraba “acordonado por los revolucionarios”.
El susto fue tal, que se suspendió la comida
[99]
. Avisado el lampista del convento, el señor Font, trajo
una radio para que los religiosos estuviesen al corriente de lo que sucedía.
Tanto las emisoras de Barcelona como las
de Madrid comentaban la sublevación militar e invitaban al pueblo a armarse
contra los rebeldes.
Hacia las tres de la tarde, la radio de Barcelona transmite unas palabras
del general Godet, entonces Capitán General en Cataluña, que deponía las armas
y ordenaba a todas las guarniciones de Cataluña a hacer lo mismo, con el fin
de evitar derramamiento de sangre.
A las cinco de la tarde la fraternidad se reúne en la iglesia para el rezo
del Santo Rosario. Terminado éste, se consumen las partículas del Santísimo,
que se distribuyen entre los postulantes.
Ya bien entrada la tarde, el señor Juliá, presidente de los Terciarios de
la fraternidad de Granollers, se acerca al convento. Comunica a los frailes
lo que se rumorea y es comidilla en los bares de la ciudad: “que esta noche
van a quemar el convento”
[100]
.
Hacia las ocho de la tarde se cena, aunque
con el desasosiego propio que nace con las noticias que llegan a nivel nacional
sobre la sublevación militar, y las que diversas personas, amigas, hacen llegar
a los frailes sobre la situación que se ha creado en Granollers. Terminada
la cena, los postulantes son distribuidos entre las familias con las que se
había conectado precedentemente, y el resto de la fraternidad, con el permiso
del guardián, se dispersa para pasar la noche fuera del convento. Sólo se
quedó en él esa noche el Hermano Buenaventura Remón.
Cada cual se improvisó un traje seglar,
aunque les delataba de lejos, y se llevó ciento veinticinco pesetas en monedas
de a duro, entregadas por el ecónomo del convento, padre José Gómez, para
hacer frente a situaciones imprevisibles
[101]
.
La quema del convento
En Granollers, por esos días, se estaba trazando el tendido del nuevo ferrocarril.
En esta obra trabajaban unos trescientos o cuatrocientos obreros.
Los ánimos de los trabajadores estaban muy excitados. La situación
de la ciudad, en la cual todavía se mantenía la calma, era muy tensa. El lunes,
20 de julio, hacia las cuatro de la tarde, el padre Castro y el Hno. Pedro
Melero vieron desde su escondite, la casa Creus (Peret
de la Era), como se acercaban a Granollers algunos camiones cargados con milicianos
de la F.A.I., procedentes de Cardedeu.
Al llegar al convento de los “Frares”,
antes de entrar, hicieron varios disparos dentro, para cerciorarse que se
encontraba vacío.
Luego entraron en la iglesia y sacando algunas estatuas, las queman en “El camp des Frares”. En medio de la iglesia,
por el contrario, amontonan bancos, sillas y cuanto encuentran a su paso,
lo rocían de gasolina y le encienden fuego. Suben a las bóvedas de la iglesia
y derraman unos cuantos barriles de petróleo que encienden. Las consecuencias
fueron que se hundió parte del tejado de la iglesia y dos o tres bóvedas;
mientras que todo el interior quedo ahumado con las llamas de los bancos y
la quema de las puertas.
La misma suerte corrieron la parroquial de San
Esteban de Granollers, de bello estilo gótico, que arrasaron, y la iglesia
de San Francisco de Paula.
El convento, antes de incendiarlo fue dado al pillaje, y los hábitos, sábanas
y mantas que dejaron, fueron colgados en el tendido eléctrico de la calle.
Posteriormente, el convento fue restaurado en parte y habilitado para colegio
con el nombre de “Concepción Arenal”.
Nuestros seis testigos
A través de las páginas precedentes hemos visto el concepto de “mártir”,
el ambiente difícil de la España de la primera mitad de los años treinta y
los pasos dados por los Franciscanos Conventuales en la restauración de la
Orden en España. Ahora, con detenimiento, vamos a recorrer una a una las biografías
de nuestros seis testigos del Mártir del Gólgota: Alfonso López, Miguel Remón,
Modesto Vegas, Dionisio Vicente, Francisco Remón y Pedro Rivera. Son los nombres
de aquellos hermanos menores que, parafraseando a Francisco, “siguieron al
Señor en la tribulación y la persecución”
[102]
, siendo testigos del amor, de la no-violencia y de la esperanza.
ALFONSO NACIÓ EN
Secorún, de la provincia de Huesca y diócesis de Jaca, el 16 de noviembre
de 1878. Secorún es una pequeña entidad de entre las diversas que componen
el municipio del mismo nombre: Secorún, del antiguo partido judicial de Boltaña.
Por aquellos tiempos debía comprender unos catorce edificios y menos de un
centenar de personas. Estaba situado, porque hoy ya no existe, en el centro
del Valle de Serrallo. Su vida económica se apoyaba en la agricultura y particularmente
en la producción de centeno, patatas y legumbres. Si el nacimiento de un niño
siempre es motivo de alegría y de júbilo, en un pueblo tan pequeño, estas
circunstancias se acrecientan. Fue bautizado cinco días después, el 21 del
mismo mes de noviembre, y se le puso el nombre de Federico. Como era frecuente
al final del siglo pasado, su familia era numerosa y él era el último de ocho
hermanos. Fue confirmado el 12 de noviembre de 1882.
Además de los estudios primarios, había cursado Humanidades, lo que le abrió
las puertas, antes de entrar en la Orden, para desempeñar diversos oficios
civiles, entre ellos el de Secretario de Ayuntamiento.
Queriendo responder a su vocación religiosa, pensó ingresar entre los benedictinos
en una abadía de Australia, donde llegó después de un largo viaje. El padre
Castro le oyó “varias veces explicar su viaje a Oceanía –dice él-, donde permaneció
una temporada... (En) dicho viaje tuvo que salvar el Cabo de las Tormentas,
pues todavía no estaba abierto a la navegación el Canal de Suez”
[103]
.
Entrada en la Orden
Desconocemos los motivos que le obligaron
a desandar tan largo viaje. Lo cierto es que a la edad de 27 años ingresó
como postulante en nuestro convento de Granollers, el 25 de julio de 1906
[104]
, por mediación del padre José Alonso García
[105]
.
Una conjetura es que se encontrase con éste,
el entonces Santiago Alonso García, en Australia, pues era diplomado en veterinaria
y acompañó al ejército español en Cuba. Ante el desastre del 98 huyó a Sidney,
donde trabajó en una farmacia especializada en medicamentos para animales.
De vuelta a España, pasa por Italia e ingresa en la Orden en Ósimo, el 19
de marzo de 1906. Ateniéndonos a los apuntes del padre Gabriel Gómez, debió
ser Australia o Italia donde se encuentra con aquél, y de común acuerdo deciden
ingresar en los franciscanos conventuales, aunque Federico lo hace en España,
en el convento de Granollers.
A principios de octubre de 1906 Federico
es enviado a Italia, en compañía de Francisco Remón, que se quedó en Asís.
Federico, por su parte, se incardina a la Provincia Seráfica Umbra.
En abril de 1907 inicia el año de noviciado
en Osimo, Provincia de las Marcas, bajo la dirección del padre Antonio Rocchetti
[106]
. La profesión temporal la emitió al año siguiente en abril,
cambiando su nombre de pila, Federico, por el de Alfonso.
Como ya tenía hechos algunos estudios de
humanidades, comenzó directamente los estudios eclesiásticos en Ósimo, y el
12 de junio de 1908 recibió la tonsura y las órdenes menores en esta misma
ciudad, siéndole conferidas por monseñor Giovanni Battista Scotti, obispo
de Osimo-Cingoli. Una vez acabado el trienio de teología, emite la profesión
solemne, en Ósimo, el 29 de noviembre de 1911. Es ordenado sacerdote el 24
de diciembre, y al día siguiente, Navidad, canta su primera Misa
[107]
.
Regreso a España
Ante la necesidad de personal en Granollers, tanto para las actividades
pastorales como para el acompañamiento en la formación de los candidatos,
el padre Ángel Salvador pide al Procurador de la Orden que el neo-sacerdote,
padre Alfonso regrese a España “a prestar sus servicios a nuestra Orden”
[108]
.
Regresa, pues, a Granollers en mayo de 1912, junto con el padre Dionisio
Vicente. Muy poco es el tiempo que permaneció en Granollers, donde colabora
en la formación de los seminaristas: Luis Hernández Murciano, Modesto Vicente
Torres, y Francisco Ramo Gómez, dando clases
[109]
de lengua española y aritmética.
En el mes de junio de 1912, el padre Pedro Balestra regresa a Italia, destinado
a la Penitenciaría de la Santa Casa de Loreto, pero se quedó en su Provincia
de Génova. El Vicario general, Francesco Dall’Olio, en octubre de ese mismo
año, destina al padre Alfonso a la Penitenciaría de Loreto. Aquí residió como
penitenciario durante el trienio 1912-15
[110]
.
El ministerio de la reconciliación y el acompañamiento espiritual serán
campos de apostolado predilecto del padre Alfonso. Tanto los seminaristas
de Granollers como el pueblo fiel encontrarán en él un apóstol del confesionario,
como lugar en el que el sacramento de la penitencia expresa y celebra el perdón
de los pecados y la conversión.
Vuelta de nuevo a Granollers
Transcurrido el período de penitenciario, en 1915 regresó al convento de
Granollers, donde se le encomendaron diversos ministerios, entre ellos, la
dirección del Colegio externo o “Escuelas Antonianas”. En ellas ejercía también
el oficio de maestro de tercera elemental. El Colegio tenía tres clases elementales
libres, en las que en 1920 había una matrícula de 180 niños, distribuidos
en tres clases
[111]
.
En 1918 era maestro de novicios, y vicemaestro el padre Dionisio. Posteriormente,
fue nombrado rector de postulantes
-maestro de probandos-, del 1924 al 1931. Alumnos suyos, y también novicios,
fueron Modesto Vegas, Pedro Rivera y Miguel Remón.
Durante la visita a Granollers, la primera a España después de cuatro siglos
[112]
, realizada por el Ministro general, Alfonso Orlini
[113]
, del 26 al 29 de mayo de 1928, éste dispuso que el padre
Alfonso ejerciera también de maestro de novicios, lo que llevó a cabo durante
el trienio 1928-1931; aunque este ministerio lo ejerció, dice el padre Castro,
“durante toda su vida, exactamente hasta el año 1935”
[114]
.
En el convento de Granollers residió hasta el estallido de la Guerra Civil,
excepto “una brevísima estancia de medio año en Italia, adonde volvió en 1932”
[115]
. En el mes de octubre de ese mismo año marchó a Roma a
entrevistarse con el Ministro general, debido a problemas de convivencia en
la casa de Granollers, donde era guardián el padre Antonio Rocchetti desde
el 17 de enero de 1931. Regresó a España a mediados de noviembre del treinta
y tres con el padre Angel y el Hno. Pedro Melero, acompañados por monseñor
Giovanni Sanna
[116]
, obispo de Gravina-Irsina (Italia), como Delegado del Ministro
general. Al regresar monseñor Sanna a Italia, dejó al padre Dionisio como
guardián del convento de Granollers.
Disponibilidad
Teniendo en cuenta que la Regla nos pide
a nosotros, “frailes menores”, que seamos “peregrinos y forasteros”
[117]
, podemos confesar esta disponibilidad en el padre Alfonso.
Es cierto que casi toda su vida discurre en Granollers, pero siempre dispuesto
a dejarlo cuando le proponen otros objetivos. Así, en 1934, se estaba esperando
el beneplácito de la Curia general para fundar en Barcelona, donde podrían
“ir los siguientes padres: P. Antonio Vicente, P. José Gómez y P. Alfonso
López... Con dos hermanos, formarían la Comunidad”
[118]
. La Curia no dio el correspondiente permiso y la casa no
se abrió.
También en 1934 estuvo visitando el monasterio de Santo Toribio de Liébana
(Santander), donde ya se tenía el permiso del obispo de León, José Álvarez
Miranda. Luego, por diversos motivos, quedó todo en las cartas de correspondencia.
En una de ellas se lee: “Los RR.PP. de esa Orden, Agustín Cisneros y José
Gómez, me hicieron entrega, el 22 de diciembre, de las letras comendaticias
expedidas por V. Rma. a favor de los dos citados, más los PP. Alfonso López y Modesto
Vegas, y de los HH. Luis Arenillas y Miguel Remín (Remón) como designados para formar la Comunidad en el citado Santo
Toribio de Liébana”
[119]
.
La salud
No gozaba de buena salud, como lo atestigua el padre Dionisio: “Al P. Alfonso
López, que es de poca salud, hemos hecho que le visite el médico más de una
vez, y declara que puede terminar pronto su debilidad en tisis”
[120]
120. Se estaba pensando, según atestigua esta carta, en enviarle
a una fundación en Castilla, a un Santuario cerca del pueblo del padre José
Alonso, lugar bueno para su salud y para un
descanso.
Su salud debía haber cambiado muy poco en 1914, ya que el padre Ángel Salvador
escribe a los superiores diciéndoles que tiene “un estado de tisis, y, según
se nos dice, no pasará este verano sin que nos dé un mal día”. Pide permiso,
al mismo tiempo, para que pase el verano en su pueblo
[121]
, y le conceden dos meses de vacaciones
[122]
. Es evidente, pues, que su salud es algo con lo que se
debe contar, por eso en su relación el padre Dall’Olio anota que: “no es muy
buena; sufre de nefritis, tiene necesidad de cuidarse y de atención en las
comidas”
[123]
.
A pesar de ser una persona enfermiza, a la que se le añaden nuevos achaques,
como indica en 1935 el padre Dionisio en carta al Ministro general (por ejemplo,
sufre de diabetes y es víctima de frecuentes agotamientos)
[124]
, las fuerzas que arranca a la enfermedad las pone al servicio
del seminario, de las “Escuelas Antonianas”, de la pastoral en nuestra iglesia
conventual de Granollers o en ayudar a los párrocos de la comarca del Vallés
Oriental…
Personalidad
La figura del padre Alfonso López es la
de un fraile íntegro, la de un franciscano que quiere vivir su carisma, su
profesión religiosa y su ministerio sacerdotal con una entrega total. Tres
años después de su profesión solemne, el padre Ángel Salvador nos ha transmitido
un interesante retrato de su personalidad en la relación enviada al Vicario
general, Domenico Tavani
[125]
: “El P. Alfonso es joven que promete con su seriedad y
cultura, unida a un espíritu religioso observante y, no obstante que haya
entrado en la Orden en edad avanzada la ama -tiene 36 años-, pero tiene una
enfermedad incipiente de pecho y no se le pueden dar trabajos gravosos, según
el parecer del médico, para que pueda ser paralizada; ahora parece que se
ha recuperado y lleva adelante la casa”
[126]
.
Por las referencias que encontramos en algunas cartas, era una persona querida
por los párrocos y los feligreses que frecuentan nuestra iglesia y por las
familias que envían sus hijos a estudiar a las Escuelas Antonianas: “El P.
López goza de la simpatía de la población, habla correctamente el catalán,
los párrocos le prefieren y lo quieren”
[127]
. Los mismos jóvenes encuentran en él una persona acogedora,
como se lee en otra carta: “su agradable trato social y ‘don de gentes’ es
adorado por los jóvenes”
[128]
.
“El P. Alfonso López -escribe el padre Alfonso Orlini, Ministro general
de la Orden-, maestro de los novicios, es hombre de mucha oración, serio y
observante”
[129]
. El padre Lorenzo Castro, que lo conoció cuando era estudiante
en Granollers y, luego, como miembro de la misma fraternidad, escribe que
“fue un hombre de conspicuas virtudes religiosas, de ardiente fe, de mucha
caridad, queridísimo por el pueblo, experto director de almas, celosísimo
en el sagrado ministerio de la asistencia a los enfermos”
[130]
.
Desvelos maternales
Contribuyó enormemente a la formación espiritual
de nuestros jóvenes aspirantes y religiosos. En esta línea debe subrayarse
su devoción a la Eucaristía y a la Virgen María, que inculcó a los jóvenes
“bajo la forma llamada de esclavitud mariana...”
[131]
, según la espiritualidad de San Luis Griñón de Montfort.
En carta a Fr. Jesús Díez
[132]
le exhorta: “sólo te digo dos cosas: que
seas muy sufrido por amor de Dios y te muestres muy valiente ante las dificultades
que se te presenten en el orden moral o intelectual. Abrázate a Jesús y a
María y Ellos te sostendrán. Se necesitan religiosos píos”
[133]
. “Hijo mío te recomiendo que seas bueno; acuérdate que
eres esclavo de María, Madre de la santa pureza”
[134]
. Los desvelos, solicitud y preocupaciones maternales del
padre Alfonso López para con los jóvenes que le habían sido encomendados quedan
atestiguados por estas líneas de una carta del padre Ángel Salvador, guardián
de la casa, escrita a nuestro Ministro general, Domenico Tavani: “El Padre
Alfonso López es maestro de nuestros jóvenes, los cuales aprovechan mucho,
bajo su dirección, en los caminos de la virtud y de la santidad. Es también
un experto maestro en latín y otras ciencias”
[135]
.
Al leer las pocas cartas que nos han llegado, se respira en ellas el cariño
y aprecio que sentía hacia los jóvenes candidatos a la vida religiosa en su
camino de formación: “Muy amado Fray Jesús en el Seráfico Padre: las ocupaciones
y más que todo la gravedad de nuestro querido fray Francisco me impiden ser
difuso”
[136]
. Y en otra carta también a Fr. Jesús Díez: “pocas palabras
te escribo porque el dolor que me ha ocasionado la muerte de Fr. Francisco
me incapacita hasta para escribir. A causa de la gripe que a mediados de enero
le atacó tan fuerte que lo fue consumiendo hasta que se quedó en la piel y
los huesos a su muerte. Dios nos dé resignación”
[137]
.
Agustín Corbera, un cristiano practicante y ferviente de Granollers, refiere
del padre Alfonso que “los vecinos decían que se parecía a una madre por la
ternura con que trataba a los que le habían sido encomendados”
[138]
. Otros testigos que le conocían personalmente y le habían
tratado reiteran las mismas alabanzas acerca de su ternura y cariño especial
para con los seminaristas y los chicos de las “Escuelas Antonianas”, manifestando
siempre una gran ternura para con éstos, propia de una madre
[139]
.
Getsemaní y Calvario
Noche de tinieblas
La noche del 19 de julio de 1936, el padre Alfonso, como hicieran todos
los demás frailes a petición del guardián del convento, el padre Pedro Rivera,
abandonó el convento, por los temores que corrían, y se refugió, junto con
fray Miguel Remón, en la casa de la familia Comas, conocida y cercana al convento.
Era el carnicero del convento y vivía en la Avenida de Joan Prim, frente al
garaje “Baulenas”.
A la mañana siguiente, lunes, 20 de julio, volvió al convento a celebrar
la santa misa; le acompañaban los Hnos. Buenaventura Remón y Miguel Remón.
Al despedirse de la familia que le había hospedado, donde se habló del borrascoso
momento que se cernía sobre la Iglesia y, en particular, para los sacerdotes,
frailes y monjas, les dijo, como oteando el horizonte cercano:“¡Que se cumpla la voluntad del Señor! ¡Estoy dispuesto a morir por Dios!”.
Hacia las diez de la mañana de ese mismo día, irrumpió en el convento un
grupo de milicianos con el fin de registrar la casa, pensando que encontrarían
armas. Aquí se encontraron con el padre Alfonso, fray Miguel y fray Buenaventura
Remón. A éste, el primero con el que se encontraron los revolucionarios, le
preguntaron si tenían armas y gente para guardarlas. Buenaventura respondió
negativamente. Sí les comunicó que en el convento se encontraban otros dos
religiosos, el padre Alfonso y fray Miguel. Le obligaron a ir en su busca,
pues se encontraban en el piso superior. Cuando se presentaron les dieron
el “¡alto!”, e inmediatamente fueron registrados.
Al hermano Buenaventura lo dejaron en la planta baja, custodiado, mientras
otros revolucionarios, acompañados por el padre Alfonso y el hermano Miguel,
registraron toda la casa: miraron por todos los rincones del convento, porque
estaban convencidos que los frailes escondían armas; al no encontrar lo que
buscaban, les amenazaron con incendiar la casa y matarlos, si los encontraban
allí en su próxima visita
[140]
.
El convento y la iglesia fueron dados a las llamas el día veinte por la
tarde. Los objetos de culto y las imágenes fueron quemadas.
La iglesia fue utilizada posteriormente como garaje y almacén. El convento,
que había quedado muy deteriorado por las llamas, fue acomodado y restaurado
en sus dos primeros pisos, utilizados como escuela
[141]
.
A Can Diego de Llerona
Con el susto metido hasta los tuétanos, y la muerte como presagio anunciado,
cada uno de los frailes salió con la intención de buscar una casa que le acogiese.
El P. Alfonso se dirigió a la masía “Can Diego”, de Llerona, pueblecito cercano,
al norte de Granollers. Aquí van a llegar, sin previo acuerdo, los otros frailes
Miguel y Buenaventura Remón. La familia era bienhechora del convento y tenía
un sobrino estudiando en las Escuelas Antonianas.
Desde este lugar, reconociendo que la situación era amenazadora, y temiendo
por su vida, escribió a su hermano Saturnino, residente en Barcelona, suplicándole
que le procurase un pasaporte para librarse de una muerte segura
[142]
.
En este refugio intentaban huir de la muerte, pero al mismo tiempo se preparaban
para ella. “Can Diego” era para el padre Alfonso y sus dos compañeros como
el Huerto de los Olivos, donde, conscientes de ser buscados y que pendía sobre
ellos una sentencia de muerte por ser religiosos, pedían al Padre que les
librase de beber aquel “trago amargo”, “sin embargo, -como Jesús- no
se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú” (Mt. 26,39).
La señora Antonia Nualart Palau, dueña de “Can Diego”, último refugio del
padre Alfonso y de fray Miguel, asegura que con frecuencia les oía decir que
ofrecían “su vida por la salvación de
España y de la Iglesia. Constantemente rezaba el santo rosario”. La espiritualidad
de la entrega generosa a María, en este momento era una enseñanza hecha vida.
El padre Alfonso, cuenta la señora Antonia, durante estos días que estuvo
con ellos, les inculcaba la devoción al Angel de
la Guarda.
La prisión
Había quienes estaban buscando a los frailes,
y aparecieron también aquí. El tres de agosto llegan los milicianos de la
F.A.I., entre ellos “El Forcaire”,
que había sido su alumno
[143]
, practican un registro y detienen al padre Alfonso junto
con el hermano Miguel y el hermano Buenaventura. Serían las seis o las siete
de la tarde. “No dieron ningún motivo para el arresto, ni manifestaron
otra cosa que no fuesen blasfemias e insultos, a lo que los religiosos
respondían con jaculatorias, porque veíamos cercano nuestro sacrificio -refiere
el Hno. Buenaventura, que sobrevivió al fusilamiento-. Durante este tiempo
nos daban fuertes golpes, a los que no oponíamos resistencia, ni tan siquiera
con palabras”
[144]
.
Al Huerto de los Olivos, donde se hace la
ofrenda generosa de la vida, sigue la flagelación material y moral de Jesús
y sus discípulos. Al P. Alfonso, lo mismo que a sus compañeros, le insultan,
le atan las manos, le golpean con las culatas de los fusiles, hasta causarle
heridas que sangran. Ante las blasfemias e insultos que lanzaban contra él,
respondía con el perdón: “¡Señor, perdonadles,
porque no saben lo que hacen!”
[145]
.
Camino de Samalús
Inmediatamente después de ser arrestados, les ordenan subir a un furgón,
y son conducidos desde “Can Diego” de Llerona al lugar denominado “Dels Puatells” del término municipal de
Samalús del Vallés, distante unos seis kilómetros. Inician así el camino al
lugar de “La Calavera”, a la muerte, aunque en otra forma de crucifixión.
Mientras les conducen al sacrificio les dicen que eran “los últimos que
mataban, que los demás ya habían muerto, y divulgaban la fortaleza y el espíritu
de fe del padre Dionisio, pronunciando -uno de los milicianos- estas palabras:
“Así mueren los hombres”
[146]
. Añadieron que la muerte de este padre había ocurrido hacía
poco.
Camino del Calvario, el padre Alfonso “exhortó
a los hermanos, fr. Buenaventura y fr. Miguel, a que hiciesen un acto de contrición
y les daría la absolución”.
Uno de los asesinos se dio cuenta de este gesto de la absolución que hizo
el padre Alfonso y mandó parar el coche “de la muerte”. La comitiva se detuvo,
y gritando y gesticulando, decía a sus camaradas: “¡Que había que fusilar inmediatamente a esta calaña de gente!”. Pasado
el momento de cólera, el coche reanudó su marcha, hasta llegar a un bosquecillo
del paraje llamado Dels Puatells,
distante un kilómetro y medio de Samalús.
Juicio sumarísimo
Llegados al Calvario, esto es, al punto elegido para la ejecución de los
tres frailes franciscanos menores conventuales, les obligan a descender del
coche. Colocados en fila, les invitan a apostatar, pero permanecen firmes
en su fe. Entonces, uno de los verdugos, antes de disparar, les soltó la siguiente
perorata: “Yo, que tanto he tenido que
sufrir por parte de esta mala gente que engaña y envenena al pueblo con sus
doctrinas, juntamente con mis compañeros aquí presentes, declaramos que estos
tres frailes son reos de muerte
[147]
y que sus cabezas van a volar ahora mismo por los aires”
[148]
.
La muerte
En las últimas horas de la tarde, dos disparos de fusil acaban con la vida
del padre Alfonso y de fray Miguel. Fray Buenaventura es dado por muerto al
caer envuelto en el charco de su propia sangre, al lado de sus compañeros
de martirio. Los verdugos regresan al Comité en busca de otras víctimas, y
al marchar les dan un puntapié, mientras se ratifican en su obra, exclamando
el jefe del pelotón: “¡Vámonos, ya han
caducado!”
[149]
.
Fr. Buenaventura Remón, testigo de excepción y “mártir-confesor”, intenta
cerrar su hemorragia y huye del lugar. Él es quien narrará, de primerísima
mano, los hechos vividos en propia carne, y cuyas cicatrices atestiguaban
su veracidad.
Cuando los verdugos volvieron al lugar de los hechos con tres ataúdes para
recoger los cuerpos de los recientemente fusilados, constatan que sólo hay
dos.
La sepultura
El cuerpo del padre Alfonso fue recogido tres días después, el seis de agosto
de 1936, a las once y cuarenta y cinco minutos.
El acta de defunción describe así su muerte: “falleció en la madrugada del
día cuatro del actual (aunque su muerte
fue el tres por la tarde) a consecuencia de dos disparos de arma de fuego,
cráneo y espalda, según resulta de la declaración de dos médicos que lo han
inspeccionado y reconocimiento practicado, en su cadáver”
[150]
.
Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de La Garriga del Vallés, a unos
cinco kilómetros de Granollers. Es difícil identificarlo porque fue enterrado
en una fosa común, en la que posteriormente fueron inhumados muchos más.
Testimonios
Una franciscana seglar de Granollers, Dolores Anglada, cuenta que unos meses
más tarde de este crimen, oyó lo siguiente de boca de quien mató al padre
Alfonso, el famoso “Forcaire”: “Aunque
he asesinado a muchas personas, siento un remordimiento especial por haber
matado un fraile de ese convento -refiriéndose al convento de franciscanos
menores conventuales de Granollers-
a quien llaman P. Alfonso. Antes de morir nos dijo: “¡Vosotros me matáis;
yo os perdono y espero que Dios os perdone también!”
[151]
.
El señor Mariano Gudayol, que conocía al padre Alfonso, testifica: “Sólo
quiero añadir que uno de los asesinos del P. Alfonso, llamado Faig, me dijo
que el Siervo de Dios les había perdonado y que rogaría por ellos desde el
cielo para su conversión”
[152]
.
EL HERMANO MIGUEL
nació en Caudé (Teruel), el 17 de septiembre de 1907, a la una de la mañana.
Sus padres eran Fidel Remón Vicente y Felipa Salvador Remón. Su familia, sencilla
y humilde, se dedicaba a las tareas agrícolas.
Caudé era y es un pueblecito de la provincia y diócesis de Teruel. Por aquel
entonces tenía unos 526 edificios en su territorio y lo habitaban 956 personas.
Se halla situado en una extensa llanura, contiguo al arroyo Cella. Goza de
tierras de secano y de regadío, con una hermosa vega, que puede considerarse
continuación del canal de Concud.
Su población se dedicaba particularmente a la labranza, base de su economía.
El campo les ofrece variedad de productos, que les sirve para su consumo familiar
y diario, así como para el intercambio o el comercio interno: cereales, legumbres,
hortalizas, azafrán, frutas riquísimas, cáñamo, nueces, nabos, patatas…
A la agricultura hay que añadir la ganadería, al menos para las necesidades
propias del vecindario, tanto para las labores del campo como para las exigencias
de una alimentación primaria y diversificada: ganado lanar, vacuno y cabrío.
A veces, podía verse mejorada la mesa con carne de caza menor: conejos y
perdices, o las anguilas y las truchas que ofrecía el arroyo Cella.
Fue bautizado el mismo día de su nacimiento por el párroco José Guillén,
en la parroquial de Santo Tomás de Canterbury. Se le puso el nombre de Eugenio
[153]
, que cambiará por el de Miguel al emitir los votos temporales.
Fue confirmado en el mismo Caudé, el 24 de marzo de 1908, por el obispo
de Teruel, Juan Antón de la Fuente
[154]
.
Ingresa en Granollers
Naturales de Caudé fueron también el restaurador de la Orden en España,
el padre Ángel Salvador y el fundador del convento de Granollers, el padre
Miguel Ángel Salvador. A estos dos frailes se sumaron luego muchas más vocaciones
caudetinas. Tres de los Mártires son naturales de Caudé: Dionisio Vicente,
Francisco Remón y nuestro Miguel Remón.
Miguel hizo sus estudios primarios en la escuela del pueblo. Las perspectivas
de futuro para los hijos del pueblo eran las de siempre: las labores del campo.
Acabada la escuela, pues, Miguel –Eugenio en aquel entonces– se dedicó a las
tareas de la labranza.
Durante este tiempo, viendo a los frailes franciscanos menores conventuales
que venían a pasar unos días con los familiares en verano, el recuerdo de
su pariente, el hermano Francisco Remón, los contactos con los padres Miguel
y Dionisio…, le indujeron a reflexionar sobre su vocación religiosa. Después
de madurada la idea, decidió marchar al convento de Granollers. Era el mes
de septiembre de 1925. Por esa misma fecha llegaban otros tres chicos de Castilla,
entre ellos el futuro padre Pedro Rivera.
Cumplidos los veinte años, el 8 de noviembre de 1927 recibe el hábito e
inicia el año de noviciado bajo la dirección del padre Ángel Salvador, pero
en el mes de mayo, después de la Visita del Ministro general Alfonso Orlini,
el noviciado se pone en manos del Maestro padre Alfonso López. Compañero de
noviciado lo fue también el joven Pedro Rivera. Los votos temporales los emitió
el 11 de noviembre de 1928, en manos del padre Ángel, guardián del Convento.
En Granollers pasó cuatro años sin hacer mucho ruido, pero viviendo la fraternidad
y la minoridad como regalo y don a los demás hermanos. Ejerció diversos servicios,
humildes los llaman algunos, no porque no se vean, son patentes, sino porque
no se les aprecia y aplaude como a otros, pero que son puntales para la buena
marcha del convento. Estos servicios los ejerció como cocinero, portero y, en tiempo libre, se dedicó
a mendigar limosnas para el seminario.
Francisco de Asís alaba estos valores sencillos
y de disponibilidad cuando le piden que defina al “hermano menor”
[155]
. Recuerda muy bien la paciencia
del hermano Junípero, al que las florecillas nos lo pintan en la cocina preparando
la comida para los frailes; la conversación
elegante y devota del hermano Maseo, tan necesaria para saber acoger al
que llama a la puerta, y acogerlo benignamente;
o el servicio de la mendicación, como añadidura a los recursos del trabajo,
si éstos no alcanzan, porque como recuerda aquél en la Regla de 1221: “La limosna es la herencia y justicia que se
debe a los pobres adquirida para nosotros por nuestro Señor Jesucristo. Y
los hermanos que trabajan en su adquisición recibirán gran recompensa, y se
la hacen ganar y adquirir a los que se la dan”
[156]
.
En la “Santa Casa” de Loreto
En marzo de 1933 marcha a Italia junto con fray Pedro
Melero, que se queda en el Sacro Convento de Asís, mientras que fray Miguel
tiene la obediencia para la Penitenciaría de Loreto.
En la “Santa Casa” de Loreto se encontraban los hermanos franciscanos menores
conventuales como penitenciarios desde el 1773. Había frailes procedentes
de diversas naciones para asistir espiritualmente en el sacramento de la reconciliación
a los peregrinos. Con la invasión napoleónica fueron expulsados todos los
frailes “extranjeros”. Durante la unificación de Italia algunos decretos volvieron
a repercutir negativamente en el Colegio de los Penitenciarios, que bajaron
de dieciséis presencias a doce. Después del Concordato de Italia con la Santa
Sede (1929), por el que el Santuario de la Santa Casa se convirtió en territorio
vaticano, Mons. Borgoncini Duca tomó posesión del Santuario el uno de julio
de 1934. En esta misma fecha dejan la Penitenciaría de Loreto los franciscanos
menores conventuales, y pasa a los franciscanos menores capuchinos. El último
rector conventual de dicha Penitenciaría fue el padre Filippo Colaiacomo de
Segni (+1972).
El padre Ángel Salvador, en carta al Ministro general, dice que “Fr. Miguel
Remón, destinado a Loreto, ha aceptado con gusto... Es profeso temporal, pero
ya ha terminado el trienio, y para la profesión solemne me parece muy oportuna
su permanencia en Loreto”
[157]
.
El mentado rector, padre Filippo, en la relación que envía al Ministro general,
Domenico Tavani, con motivo de la profesión solemne de fray Miguel, dice así:
“aunque lleva poco tiempo de familia en este Convento..., apenas dos meses...,
parece un buen religioso..., parece que haya conservado siempre buena vocación
religiosa..., amante de la piedad y del trabajo...”
[158]
. Así, pues, en Loreto emite los votos perpetuos el 14 de
julio de 1933
[159]
; aunque permaneció aquí hasta el 1934, concretamente hasta
que se cierra la presencia de nuestra Orden en dicha localidad.
De nuevo en Granollers
Terminada su estancia en Loreto, fray Miguel pasa por el Sacro Convento
de Asís, como consta en la ficha de destinos. Fue una breve estancia y experiencia,
porque al año siguiente, 1935, lo encontramos otra vez en Granollers, ejerciendo
el oficio de cocinero y de portero.
Personalidad
Fray Miguel era de “carácter afable, pacífico, muy idóneo para el desempeño
de todas las tareas de hermano religioso”
[160]
. Entre sus hermanos de fraternidad y la gente que lo conocía,
tanto de la ciudad de Granollers como de los alrededores, era considerado”un santo varón dotado de una fe extraordinaria”.
Ya el Ministro general, padre Orlini, en su relación, dice de Fr. Miguel,
cuando todavía se encontraba haciendo el noviciado, estas palabras elogiosas:
es “novicio no clérigo. Es muy bueno. Es el cocinero y trabaja el huerto”
[161]
.
La hermana Flora de los Santos Reyes Costa y Denesa refiere que era alabado
por sus compañeros, satisfechos de sus servicios de cocina
[162]
. Además, durante algún tiempo fue limosnero del convento,
como ya se ha dicho, y durante los años 1934 al 1936, según recuerda fray
Pascual Coll, atendía también la lavandería
[163]
.
Getsemaní y Calvario
Le ronda la hermana muerte
Como todos los frailes y postulantes de la casa de Granollers, la noche
del 19 de julio la pasó en casa del señor Comas Mas,
a unos doscientos metros del convento. Con él se encontraba el padre Alfonso
López, como ya hemos visto al tratar del padre Alfonso. Al día siguiente,
a las cinco de la mañana, acompañó a éste al convento, donde celebró la misa.
Se marcharon de esta casa para no comprometer a la familia que les había hospedado
esa noche, aunque el señor Comas insistía en que no se marchasen, ellos le
dijeron “que era preferible que les matasen a ellos dos sólo que no a todos”
[164]
. Eran conscientes, pues, de que la “hermana muerte” les
rondaba. Sabían muy bien que únicamente se les acusaba de ser religiosos:
éste era su único baldón. ¡Cuánto han perjudicado las sinrazones!
Cuando fray Miguel se despidió del señor Comas, le dijo: “¡Haré lo que Dios quiera de mí! ¡Estoy dispuesto
a morir por Cristo!”
[165]
.
En busca de refugio
El lunes, 20 de julio, después de la misa, es sorprendido en el convento
junto al padre Alfonso y a fray Buenaventura Remón. Ante la amenaza de los
revolucionarios de quemar el convento y matar a cuantos encuentren en él a
su vuelta, se dispersan. Busca un refugio y, sin previo aviso, llega a “Can
Diego”, de Llerona. Aquí se encuentra
con los anteriores.
Buscó refugio en esta masía, porque un sobrino de Antonia Nualart Palau,
casada con Andrés Puig, estudiaba en nuestras “Escuelas Antonianas”. Ésta
era la razón por la que la familia tenía una buena relación con el padre Alfonso,
con fray Miguel y con el padre Dionisio. En tiempos pasados, sus padres habían
ayudado al convento con algunas limosnas. Esto indujo a los tres religiosos,
Alfonso, Miguel y Buenaventura, a acercarse
con confianza a la casa de campo de esta familia. En una masía se creían más
seguros.
En “Can Diego”, escondido con sus compañeros en una especie de bodega, entre
las tinajas, carrales de vino, patatas, cereales y paja, permaneció casi dos
semanas largas. Durante este tiempo, junto con sus dos compañeros, pasaba buenos ratos rezando el rosario.
El arresto
Al sufrimiento moral que conlleva la inseguridad y el temor de ser descubierto
en cualquier momento, se añaden los malos tratos, una verdadera flagelación,
que une mística y realmente al testigo del Evangelio con el Mártir del Gólgota.
El 3 de agosto de 1936, por la tarde, un grupo de milicianos de la FAI registra
la casa. Al recibir culatazos que sueltan por doquier en busca de los que
supuestamente se esconden, y golpes de horcas, fray Buenaventura Remón exclamó:
“¡Eh! ¡Que me hacéis mal, caramba!”
[166]
. Así es descubierto fray Miguel y arrestado junto con el
padre Alfonso y fray Buenaventura, compañeros de refugio. Algunos sostienen
que fueron delatados. Era en torno a las cinco de la tarde.
Los milicianos, entre los que se encuentran “El Forcaire” y “El Trapaire”,
que habían sido alumnos del padre Alfonso López en las Escuelas Antonianas,
les invitaron a abjurar de la fe, pero no respondieron nada. Les esposaron
y les daban patadas. Sobre fray Miguel descargan los mismos golpes que sobre
el padre Alfonso o fray Buenaventura. A las palabras de un sicario, cuenta
éste último, compañero de martirio, mientras esperaban el coche que les llevaría
al lugar de la muerte, uno de ellos les dice: “¡De
ahora en adelante tenéis que renunciar a todo lo que hasta aquí habíais creído!”.
A lo que respondió con presteza fray Miguel: “¡Eso hay que verlo, ya veremos lo que haremos o diremos!”. Sólo entonces
se hace verdad y reconoce que la Palabra de Jesús es cierta: “cuando os entreguen no os preocupéis por lo que vais a decir o por
cómo lo diréis, pues lo que tenéis que decir se os inspirará en aquel momento;
porque no seréis vosotros los que habléis, será el Espíritu de vuestro Padre
quien hable por vuestro medio” (Mt. 10,19-20). El grupo de milicianos
le incita a blasfemar, pero fray Miguel responde con energía: “¡Perdónales, Señor!”.
La señora Antonia estaba presente cuando les hicieron prisioneros y oyó
cómo el padre Alfonso y fray Miguel hicieron un acto de contrición público,
rogando al Señor que les perdonase sus pecados
[167]
.
Muerte y sepultura
Desde “Can Diego”, en el furgón de la muerte, les conducen a su “Calvario
y lugar de crucifixión”, un bosque cercano a Samalús, a unos seis kilómetros
de distancia de Llerona. Al llegar al lugar del suplicio, le pidieron los
milicianos que renegase de la fe y blasfemase. Pero fray Miguel se mantuvo
firme e intrépido, confesando con su actitud que el seguimiento de Jesús daba
sentido a su vida, y respondiendo en nombre de los tres que iban a ser ajusticiados:
“no renegamos lo que hemos profesado”
[168]
.
Fue matado de dos tiros en el paraje “Dells
Puatells”, en el término y parroquia de Samalús, al atardecer del mismo
día tres de agosto. Fue ejecutado en el mismo lugar y fecha que el padre Alfonso
López: tal como fue referido a la señora Antonia por un trabajador de su casa.
Más tarde, conoció los hechos por el mismo fray Buenaventura, que los soportó
y sobrevivió al suplicio. El jefe del pelotón no les dio el tiro de gracia,
lo que salvó la vida de Buenaventura.
Cuando los de la F.A.I. volvieron al lugar de los hechos, al cabo de una
hora, para recoger los cuerpos de los fusilados, quedan sorprendidos al ver
que sólo hay dos. Fray Buenaventura contempló como buscaban al tercero que
habían fusilado. Cansados de tanto rastrear y mirar, cargaron con los dos
cadáveres y se marcharon
[169]
. El acta de defunción dice: “A las once y treinta y cinco
minutos del 6 de agosto de 1936..., se procede a registrar la muerte de un
hombre desconocido hallado muerto cerca de otro cadáver en el paraje ”Dells
Puatells”, distante un kilómetro y medio de la población, de unos veinticinco
o veintiocho años... Murió al alba del día cuatro (aunque
su muerte fue el tres por la tarde) de
los corrientes, a consecuencia de dos disparos de arma de fuego, uno en el
cráneo y otro en la espalda, según relación de los médicos que lo han examinado”
[170]
.
Su cuerpo reposa en el cementerio de La Garriga del Vallés, en una fosa
común, sin que haya podido ser identificado.
Testimonios
Luis Icart, bienhechor del convento de Granollers, que conocía a los frailes
y el por qué de su muerte violenta, confesó que uno de los asesinos conocía
de vista a los frailes, sin haber tratado nunca con ellos
[171]
.
Acabada la guerra, uno de los asesinos es apresado y procesado. Pero antes
de pronunciar la sentencia, el juez hace que se presente en el tribunal fray
Buenaventura Remón, que sobrevivió a la muerte. El verdugo del padre Alfonso
y de fray Miguel y fray Buenaventura confiesa: “conozco a aquel fraile, sí,
yo estaba entre los asesinos, pero yo no disparé”. El juez se dirige a fray
Buenaventura y le pregunta si reconoce a este hombre. El fraile sabe que la
vida de ese hombre se encuentra en sus manos; baja la cabeza, y su pensamiento
vuela al Calvario recordando las palabras de Jesús: “Perdónales, Padre...”(Mt. 23,34)..., al final rompe el silencio y exclama: “¡No
lo conozco; era de noche. Te perdono igualmente!”.
El confesor de la fe vuelve a perdonar y salva la vida de una persona. De
seguro que en el cielo hicieron fiesta todos los ángeles y se cantó con alegría
desbordante la estrofa del “Cántico de las Criaturas”: “Loado seas, mi Señor,
por aquellos que perdonan por tu amor...”
[172]
.
Al perdón evangélico que otorgaba en ese momento fray Buenaventura, de seguro
que se añadía, con el júbilo de los ángeles, el del padre Alfonso y fray Miguel.
MODESTO NACIÓ el
24 de febrero de 1912, a las ocho de la mañana, en La Serna (Palencia). Hijo
de Claudio Vegas y Mariana Vegas.
La Serna era un pueblecito de la provincia
de Palencia y diócesis de León. El censo que se hace en ese tiempo nos transmite
que el pueblo tiene unos 128 edificios y 326 habitantes. El nacimiento de
un niño era motivo de fiesta no sólo para la familia, sino para todo el pueblo.
La Serna pertenece al partido judicial de
Saldaña. Se encuentra situado en el territorio llamado Loma de Saldaña, cerca
del río Carrión. Su población se dedicaba a la agricultura, basada particularmente
en el cultivo de cereales, cáñamo y hortalizas.
Como la demás gente del pueblo, los padres
de Modesto se dedicaban a la labranza.
Fue bautizado cuatro días después de nacer,
el 28 de febrero, en la iglesia parroquial de la Asunción, por Mariano Rodríguez.
Se le puso el nombre de Modesto, y se le dio como protector a San Mateo Apóstol
[173]
.
El obispo de León, José Álvarez Miranda
le confirma el 9 de septiembre de 1922
[174]
.
En la parroquia del pueblo fue monaguillo.
Este servicio en los actos litúrgicos le ayudó a vivir una vida de piedad
sencilla pero cotidiana, le provocó la admiración, y luego la decisión por
la vida religiosa.
Los estudios primarios los hizo en la escuela del pueblo, continuando el
bachillerato en Granollers, del 1924 al 1927. De él dice su maestro, Ricardo
Alonso: “desde niño se significó siempre
por su carácter bondadoso, pudiendo afirmar que durante los años de escolaridad
demostró su bondad en todo momento, siendo un niño obediente y cariñoso con
sus compañeros de clase, practicando la virtud de la caridad”
[175]
.
Por tierras catalanas
Fray Pedro Melero, natural de Boadilla de Rioseco (Palencia), pueblecito
cercano a La Serna, en sus vacaciones hacía de promotor vocacional, yendo
por los pueblos de las provincias de Palencia, León, Burgos, Valladolid… Modesto
fue uno de los chavales que, con el consentimiento paterno, a la propuesta
de fray Pedro, respondió contento para ir al seminario.
El viaje a Granollers lo hizo con éste, ingresando en nuestro seminario
a la edad de doce años, en 1924
[176]
. En Granollers, estudió humanidades, teniendo como profesores,
entre otros, a los padres Alfonso López y Dionisio Vicente. El 22 de octubre
de 1928 comenzó el noviciado, teniendo por Maestro al padre Alfonso López.
Emitió la profesión temporal el 27 de octubre de 1929. También en Granollers
estudió un año de filosofía.
Teólogo en Ósimo (Italia)
El convento de Granollers dependía jurídicamente en este tiempo de la Provincia
de las Marcas. Esta Provincia tenía mejores estructuras para la formación
del postnoviciado. Así que el 29 de octubre de 1930
[177]
, por mandato expreso del Ministro general, Domenico Tavani,
Modesto es enviado a Ósimo, para realizar los estudios de teología. Con él
viajaron otros compañeros: José Gómez, Agustín Cisneros, Pedro Rivera, Lorenzo
Castro y Jesús Díez. En Susa (Italia) les salió a esperar el padre Pedro Balestra,
que del 1907 al 1912 trabajó en el convento de Granollers. El 5 de noviembre
emprenden viaje a Ósimo, acompañados por el padre Capurro.
El convento de San Francisco de Ósimo echa sus cimientos en los primeros
años de la fundación de la Orden. Hoy se le conoce como convento de “San José
de Cupertino”, porque en la cripta de su iglesia descansan los restos mortales
del “Santo de los vuelos” y patrón de los estudiantes. Sufrió las consecuencias
de la supresión de las Órdenes religiosas en Italia, en 1861, y el convento
pasó a manos del estado. En 1903 se volvió a abrir como centro de estudio
de teología, y en 1929 se restituía a la Orden buena parte del antiguo convento.
Aquí hará los estudios eclesiásticos el padre Modesto Vegas.
Un compañero suyo, el padre Giovanni Marinelli, dice de él que “era educado, piadoso, preciso..., muy delicado
con todos los compañeros”
[178]
.
La profesión solemne la emitió en Ósimo, la festividad de la Sagrada Familia,
el 7 de enero de 1934, siendo su rector el padre Ernesto Franciosi. Con él
profesaron también sus compatrioras José Gómez y Agustín Cisneros. Fue ordenado
sacerdote el 29 de junio del mismo año por el obispo Monaldusio Leopardi,
obispo de ósimo-Cingoli
[179]
.
Regreso a España
Terminada la teología y ordenado sacerdote, el padre Modesto regresó a España
el 9 de octubre de 1934. Con él regresaban también los recién ordenados: Gregorio
Millán, José Gómez y Agustín Cisneros. Viajaron el 20 de julio de Ósimo a
Asís
[180]
, donde permanecieron hasta primeros de octubre.
Ha llegado hasta nosotros la carta que escribió al Ministro general, Domenico
Tavani, junto con sus compañeros de curso, solicitando permiso para volver
a España, finalizados los estudios de teología: “Los neosacerdotes españoles
abajo firmantes, acabados los estudios canónicos de la Sagrada Teología con
buen éxito en los exámenes finales tenidos del 28 del corriente mes, piden
humildemente a Vuestra Paternidad Reverendísima permiso para acercarse a España
y poder ver a sus queridos padres que desde hace diez años no ven. El P. Provincial,
deseando mandarnos cuanto antes, espera su orden”
[181]
.
Mirando con perspectiva de futuro, la fundación española se robustecía con
este ramillete de frailes sacerdotes. Eran tan halagüeñas las condiciones
que se pensaba en fundar un convento en Castilla. Lo impedirá la difícil situación
política de España, porque el Gobierno había confiscado algunos bienes y,
de momento, el Nuncio estaba intentando un “modus vivendi” en las relaciones
entre España y la Santa Sede, como escribe el padre Antonio Rocchetti al Ministro
provincial de las Marcas
[182]
. Por otra parte, Pedro Bordoy Torrents invitaba a la fraternidad
de Granollers a abrir casa en Perpiñán (Francia), para extender la presencia
de los franciscanos conventuales en tierras catalanas, pero también como puerta
para entrar en Francia; y dada la situación político-religiosa de España,
sería útil en caso de una posible supresión
[183]
.
Residiendo en Granollers ejerció los ministerios de la predicación y de
la reconciliación, apostolado que también desempeñó en los alrededores, en
la comarca del Vallés Oriental.
Su salud no era buena, pues, padecía tuberculosis que se le manifestó una
vez terminados los estudios sacerdotales. Ésta se fue agravando, lo que le
ocasionó la pérdida de un pulmón, después de una operación que sufrió en una
clínica de Barcelona
[184]
. En carta a fray Jesús Díez, le escribía: “Voy mejorando
poco a poco de mi enfermedad”
[185]
; pero lo cierto es que debía ser muy poca la mejora tal
como se deduce de una carta del padre Rivera: “El P. Modesto Vegas por su
enfermedad pulmonar crónica, desde hace año y medio no sólo no es una ayuda,
sino que es causa de muchos y continuos gastos”
[186]
.
Tenía “un carácter fuerte”
[187]
e impetuoso
[188]
, pero en medio de la enfermedad y sus secuelas y molestias
supo resignarse y aceptar la voluntad del Señor.
La enfermedad, “soportando su tribulación y sufrida en paz”
[189]
, como canta Francisco de Asís, le ayuda a madurar la resignación,
como virtud de esperanza.
El ministerio de la reconciliación le permitirá ser portador y regalador
de la misericordia de Dios Padre a los muchos penitentes que se acercaban
a la iglesia conventual de Ntra. Sra. de Montserrat y San Antonio de Padua.
Su enfermedad y el dolor que le causaba, tanto físico como moral, le permitía
ser generoso y acogedor con quienes se acercaban al confesionario y buscaban
el perdón de Dios.
Getsemaní y Calvario
Refugio provisional
Al sufrimiento que le causaba la enfermedad, que se agravaba por días, se
añadía la situación política de España, que tanto afectaba a la vida religiosa.
El mismo día 19 de julio de 1936, fecha de comienzo de la guerra civil, con
el permiso del guardián, Pedro Rivera, dejó el convento y se refugió en casa
de la terciaria franciscana Dolores Artigas Font, casada con José Anglada
Artigas, sita en la Avenida de Joan Prim, casa en la que se encontraba prestando
servicios domésticos su hermana
Carmen Vegas.
En esa casa permaneció hasta el 27 de julio.
Algunos vecinos debieron alertar a la señora Dolores acerca de los planes
de los milicianos de registrar su casa. El padre Agustín Cisneros, que también
estaba hospedado en la misma casa, al conocer sus intenciones se refugió en
la casa de al lado saltando una gran tapia
[190]
.
El padre Modesto, enfermo como se encontraba,
hacia las tres de la tarde abandonó dicha casa acompañado por su hermana Carmen,
y se dirigió al Hospital-Asilo de Granollers, “donde equivocadamente se creía
(que estaría) más seguro”
[191]
. Convivió escondido en la misma casa de la señora Dolores
con su compañero Agustín Cisneros, quien afirma de él que “repetía muchas
veces que, dado su estado de enfermo en que se encontraba, prefería ser mártir
de Jesucristo que vivir dando preocupaciones y molestias a los que le rodeaban”
[192]
. Y es que la situación era muy grave y el ser religioso
conllevaba en esos momentos el ser odiado, rechazado, condenado a muerte…
En esas circunstancias es cuando uno vive en la propia carne la tensión de
la fidelidad en el seguimiento de Jesús y el padecer persecución por su nombre:
“Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen
a Dios por Rey. Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien
por causa mía. Estad alegres y contentos, que Dios os va a dar una gran recompensa”
(Mt. 5,10-12). Esta experiencia se vive, difícilmente se describe; además,
porque por lo general esto lo hacen otros.
La misma señora Dolores manifestó la buena disposición
de ánimo y serenidad del padre Modesto Vegas
[193]
; y su hermana Carmen asegura que, hablando con él, le inculcaba
la devoción al Ángel de la Guarda.
Detención
Sale de casa camino del hospital, donde
creía iba a encontrarse más seguro, como se ha dicho. Lo acompañó, como decimos,
su hermana Carmen. Desconoce que los milicianos están “al acecho en su escondrijo como león en su
guarida” (Sal. 10,9), y que el enemigo lo cerca, pero la oración del salmo
se hace presente: “guárdame… de los
malvados que me asaltan, del enemigo mortal que me cerca” (Sal. 17,9).
A mitad del camino, en el paso a nivel del tren, de la antigua carretera de
Cardedeu y a corta distancia del hospital, a pesar de que iba vestido de seglar,
un grupo de niños lo reconoció y comenzaron a gritar y a llamarle por su nombre:
“¡Padre Modesto!”. “¡Padre Modesto!”. Esto alertó a un grupo
de milicianos de la FAI, que se hallaban desparramados por todas las esquinas
de Granollers, y lo detuvieron. Esta situación nos conduce de nuevo al salmo
donde el león, el violento, el poderoso “acecha al desgraciado para secuestrarlo, secuestra al desgraciado, lo
arrastra en su red” (Sal. 10,9).
Inmediatamente lo condujeron al Comité Revolucionario
de Granollers, delante del cual confesó su condición de religioso franciscano
y sacerdote. Por este motivo fue víctima de todo género de injurias y vituperios.
Se actualiza en los preámbulos de su muerte el dicho del salmista: “estoy
echado entre leones que devoran hombres; sus dientes son lanzas y flechas;
su lengua es puñal afilado” (Sal. 57,5). Intentó defenderse de las falsas
acusaciones que lanzaban contra los religiosos en general
[194]
. Sólo por ser fraile y sacerdote fue inmediatamente detenido,
para horas más tarde ser conducido a la muerte.
Juicio
Todo mártir revive la pasión de Jesús: “buscaban un falso testimonio contra Jesús
para condenarlo a muerte, pero no lo encontraban…” (Mt. 26,59-60). Sobre
el padre Modesto ya pendía una causa: “ser fraile”. En el Comité le pidieron
la documentación, a lo que respondió que no la tenía consigo, sino que se
encontraba en casa de su hermana, que si querían iba a buscarla inmediatamente...
“A lo que respondieron los de la FAI: “¡Tú no eres uno cualquiera! ¡Dinos la verdad!”.
Cuenta su hermana Carmen, que siempre permaneció
al lado de su hermano Modesto, que durante el interrogatorio “los del Comité
preguntaron a mi hermano si era religioso, lo que no negó ni afirmó. Fui yo
la que negué esta condición de mi hermano, con el fin de salvarlo de una muerte
que creía segura”.
“Nos invitaron a sentarnos un momento para
que nos recordáramos de esto. Durante este tiempo, mi hermano me rogó que
no ocultase su condición de religioso, y yo me oponía a ello”.
“Interrogado nuevamente..., aun siendo consciente
del peligro mortal que implicaba semejante confesión, mi hermano afirmó ser
religioso. “Soy un religioso y sacerdote
franciscano”. A la confesión de mi hermano, los rojos prorrumpieron en
horrendas blasfemias, y en acusaciones contra los curas y los frailes. Ellos
dijeron: “¡Ya lo sabíamos! ¡Sois una
mala raza! ¡El opio del pueblo! ¡Las sanguijuelas de la humanidad! ¡No servís
nada más que para hacer mal al pueblo soberano! ¡El pueblo ahora, en tu persona,
castiga a todos los curas y frailes!”.
“Entonces mi hermano con calma y serenidad,
replicó: “¡No es cierto! ¡Los curas
y los frailes no hacemos mal a nadie! ¡Por el contrario, hacemos todo cuanto
está a nuestro alcance en beneficio de los demás!”.
“Entonces un ex-seminarista, lleno de ira
y de rabia, contestó: ¡No seas embustero!
¡Yo he estudiado con curas y frailes y os conozco bien! ¡Todos debéis ser
quemados vivos!”
[195]
.
Modesto vive lo que dice de nuevo el salmista:
“abren contra mí las fauces leones que
descuartizan y rugen” (Sal. 22,14). La sentencia, aunque no se hace pública,
ya está decidida: la muerte.
Camino del calvario
Acabado el interrogatorio, dejaron en libertad
a su hermana Carmen, no así al padre Modesto, a quien inmediatamente después le hicieron subir a un
camión, con la excusa de llevarlo a la cárcel. “No supe más de mi hermano”
[196]
.
El camino no era el de la prisión, sino el que conduce al lugar de “la Calavera”.
El seguimiento del Jesús pobre y crucificado, el carisma de Francisco de Asís
asumido por el P. Modesto, le conducirá hasta la cruz del Maestro, que para
él será la cruz del fusil, del arma de fuego.
Le condujeron al bosque de Can Montcada, término municipal de Lliçà d’Amunt,
a unos cuatro kilómetros de Granollers, donde “fue fusilado hacia las cinco
de la tarde” de ese mismo día 27 de julio de 1936.
En la vía dolorosa continuó el diálogo entre el condenado a muerte y sus
verdugos, por cuanto refiere Dolores Anglada, que dice habérselo contado uno
de los asesinos del padre Modesto, quien “les dijo: “¡¿Me lleváis a la muerte?!”.
“¡No!”, le respondieron
ellos.
“Pero el padre Modesto, que estaba seguro que pretendían su muerte, les
dijo: “¿No tenéis compasión con un pobre
enfermo?”.
“Le respondieron: “¡Si realmente estás
enfermo, ya no tienes nada que hacer en esta vida! ¡Nosotros te vamos a llevar
a un lugar donde, según tus creencias, estarás mucho mejor!”.
Pasados unos tres meses, su hermana fue informada por un joven, natural
de La Serna, un tal Agustín Romero, quien le dijo que halló el cadáver del
padre Modesto en un bosque cercano a Granollers, que pertenecía al municipio
de Lliçà d’Amunt. Este joven le conocía muy bien, y según él fue fusilado
[197]
. Esto mismo cuentan muchas personas de la localidad de
Lliçà d’Amunt.
Sepultura
Su cuerpo estuvo abandonado tres días, hasta las cinco de la tarde del treinta
de julio. Muerto, dice el acta de defunción; “a consecuencia de hemorragia
interna, según resultado de la autopsia practicada, y reconocimiento practicado”
[198]
. Fue enterrado en el cementerio de Lliçà d’Amunt
[199]
, en una fosa común, en la que continuaron enterrando a
otros muertos durante tres años, por lo que resulta imposible su identificación.
El acta de defunción lo describe como “sujeto desconocido, de unos venticinco
a treinta años”
[200]
.
CAUDÉ ES LA CUNA
del padre Dionisio Vicente, y el pueblecito turolense donde nacieron los hermanos
Miguel y Francisco. Dionisio vio la luz el 9 de octubre de 1871, a las siete
de la mañana. Eran sus padres Simón y Bibiana. Como la mayoría de las familias
del pueblo se dedicaban a las labores del campo.
Fue bautizado el mismo día de su nacimiento en la parroquia de Santo Tomás
de Canterbury, por José Calvo, párroco. Se le puso el nombre de Dionisio
[201]
. Fue confirmado por Francisco de Paula Moreno y Andreu,
obispo de Teruel, el 15 de mayo de 1878, durante la visita pastoral a la parroquia
[202]
.
Entrada en la Orden
Natural de Caudé (Teruel) era también el padre Miguel Salvador, restaurador
de la Orden de los Franciscanos Menores Conventuales en España, como queda
dicho precedentemente. En una de sus visitas a la familia desde Roma, donde
tenía la residencia, se llevó consigo a Dionisio Vicente. Era el año 1886.
Como la Orden por entonces no tenía conventos en España, el padre Miguel
se lo llevó consigo a Italia. En Montalto, Las Marcas, realizó el postulantado
y los estudios de bachillerato. En octubre de 1887 fue enviado a San Miniato,
en Toscana, donde hizo el noviciado y, posteriormente, el 1 de noviembre de
1888, emitió los votos temporales. Los estudios de filosofía los realizó en
Bagnoregio, cuna de San Buenaventura, en el convento de la Provincia Romana.
Perdido con la desamortización del Reino de Italia, se compró al ayuntamiento
el 1 de mayo de 1884 a través del canónigo Settimio Marini y se instaló en
él el seminario mayor de la Provincia. Es ahí donde emitió Dionisio Vicente
la profesión solemne el 1 de noviembre de 1891. La Teología la estudió en
Roma, residiendo en el Colegio San Nicolás de Tolentino y cursando los estudios
en la Universidad de Propaganda Fide. Obtuvo el doctorado en teología: el
28 de junio de 1895. Fue ordenado sacerdote en Roma de manos del Vicario cardenal
Parocchi, el 26 de julio de 1894. Aunque se afilió a la Provincia Seráfica
Umbra
[203]
, hasta su vuelta a España estuvo bajo la obediencia del
Ministro provincial de la Romana y del Ministro general.
Primeros ministerios
Acabados los estudios, fue enviado por el Ministro provincial de la Romana,
Angelo Fratelli di Castro dei Volci, a dar clases de filosofía en el seminario
de Bagnoregio, del 1894 al 1899. Pacifico Paolozzi di Segni, Ministro provincial
de la Romana, le envió como vicario parroquial de la parroquia de la Inmaculada
de Civitavecchia, del 1899 al 1902 (se trata de una iglesia construida sobre
la antigua de San Antonio Abad, que recibió la Orden en un intercambio con
la de San Francisco, hoy catedral de la ciudad, consagrada en 1856, y dedicada
a la Inmaculada). Durante este mismo tiempo fue profesor de filosofía en el
seminario diocesano. Posteriormente, el provincial Paolozzi lo trasladó a
Anzio, durante el trienio 1902-1905, como vicario parroquial de nuestra parroquia
de los Santos Pío y Antonio. Es una iglesia construida por Inocencio XII (1691-1700),
al tiempo que construía el puerto de Anzio para dar vida a la ciudad, y que
Benedicto XIV (1740-1758) la elevó a parroquia, entregándola a la Orden en
1746.
El Ministro general, Domingo Reuter, le nombró penitenciario en la Basílica
de la Santa Casa de Loreto, en 1905. Aquí estuvo ejerciendo el ministerio
de la reconciliación hasta el 1912. El nombre del P. Dionisio
[204]
se hallaba todavía, en 1913, entre los miembros del “Colegio perpetuo de defensa de la Santa Casa”.
En 1912 vuelve a España, permaneciendo en Granollers hasta el 1930. Durante
este tiempo dio clases en un colegio público y en nuestras Escuelas Antonianas.
En nuestro seminario enseñó griego, literatura, geografía, historia sagrada,
canto y “cultura religiosa”, sobresaliendo particularmente en la docencia
del latín.
Personalidad
Los rasgos de su personalidad los podemos encontrar en una relación que
el padre Ángel Salvador escribe al Vicario general de la Orden, Domenico Tavani,
en estos términos: “El P. Dionisio Vicente es un religioso con gran amor a
nuestra Orden, gran trabajador, de profundo espíritu religioso y de conducta
moral y religiosa intemerata, según he podido asumir en estos años, pero al
mismo tiempo de una voluntad obstinadísima, unida a un carácter versátil...
Según mi juicio es el óptimo maestro para regentar una cátedra de filosofía
y el paciente consultor de libros...”
[205]
.
A la descripción anterior, se pueden añadir las breves palabras con las
que el padre Francesco Dall’Olio describe al padre Dionisio, en la relación
de su visita al convento y fraternidad de Granollers en 1921: El “P. M. Dionisio
Vicente, retirado, estudioso, carente de comunicativa, nervioso, muestra mucha
piedad”
[206]
.
Unos años más tarde, cuando se solicita la presencia de un religioso de
Granollers en Loreto como penitenciario, el padre Ángel escribe al Ministro
general que Dionisio Vicente es el más idóneo. “Recuperada la salud, volverá
de buen grado a su puesto”
[207]
, pues estuvo allí siete años. Y un año más tarde, el padre
Ángel vuelve a escribir de él que “es más apto para el confesionario y para
el recogimiento de los libros, donde puede prestar un buen servicio a la Orden
y que volvería con agrado a Italia” (como penitenciario a Loreto)
[208]
.
El Ministro general, Alfonso Orlini, escribe
en la relación de su visita al convento y fraternidad de Granollers: “el P.
M. Dionisio Vicente, en otro tiempo penitenciario en Loreto, hombre docto
y piadoso..., tiene los ojos enfermos y ahora deberá operarse”
[209]
.
Por otra parte, nos ha llegado la descripción
que del padre Dionisio Vicente nos ha dejado fray Giacomo Búlgaro, hermano
no sacerdote de la Provincia de Padua, de quien fue Maestro de Noviciado,
y que se halla en proceso de beatificación. Volveremos sobre el tema más adelante,
pero quiero plasmar aquí las pinceladas ricas de color y calor espiritual
y humano de Fr. Giacomo. Dice: “Desde que llegó a Brescia el P. Dionisio hasta
el comienzo de mi noviciado, es decir, desde abril a agosto, mi alma se enamoraba
de él. A finales de julio comprendí que iniciaría pronto el noviciado, pero
no sabía quién sería mi Maestro. Un día, hacia el mediodía, cuando los padres
salían de la iglesia después del rezo de la Hora Intermedia, este venerable
padre me dijo: “Giacomo, ha llegado de Roma la orden de admitirte al noviciado”.
No puedo expresar la alegría de mi alma cuando supe que el Maestro era precisamente
él, se llamaba P. Dionisio Vicente… El año de noviciado lo pasé bien, bajo
la férrea mano del Maestro”
[210]
.
Y en otra parte, describe su veneración por el padre Dionisio, y la confianza
puesta en un hombre que le ayudó a madurar espiritualmente y a profundizar
en la espiritualidad franciscana: “Su entrada (en San Francisco de Brescia)
fue una bendición. Su figura, sus blancos cabellos me inducían a una profunda
veneración y confianza. A él se abría mi corazón, y mi alma, alimentándose
de las sabias instrucciones de su sabiduría, ascendía a los horizontes más
sublimes. Padre, me perdone si en este capítulo me he extendido demasiado”
[211]
.
El padre Dionisio era, como percibimos por los rasgos que nos han descrito
las semblanzas que han llegado hasta nosotros, de carácter fuerte, hombre
de oración, muy devoto, acérrimo defensor de la libertad y de la justicia,
enemigo del ocio, muy culto... Era tenido en muy buena consideración, según
manifiestan algunos testimonios, por ejemplo el del párroco de Palou, Juan
Calvet, quien decía de él que “era un
santo”. Y la Hna. Montserrat Serra, religiosa de Santa Ana, decía: “El Padre Dionisio era un varón piadoso”;
y añadía con referencia a la celebración de la misa: “¡Enfervorizaba a la gente!”. También la Sra. Dolores Anglada, franciscana seglar,
decía que “¡Era un santo!”.
Al lado de los jóvenes
Poco tiempo después de llegar a Granollers, fue nombrado rector de postulantes,
que, en 1914, eran: Luis Hernández, Modesto Vicente y Francisco Ramo. En 1918
era vicemaestro de novicios.
Además de las clases en el seminario, se entrega al acompañamiento espiritual
de los seminaristas, como escribe el obispo franciscano conventual Giovanni
Sanna
[212]
. Y, al mismo tiempo, trabajaba continuamente en la modelación
de la propia persona y en la aportación de los ricos valores de la espiritualidad
franciscana a los candidatos de la Orden.
Durante el período 1926-1930 fue director espiritual de nuestro seminario
de Granollers, reconociéndosele la importante ayuda y los ricos estímulos
que otorgaba a nuestros seminaristas, para forjar su vida de piedad y colaborar
en su discernimiento vocacional. Era un amante extraordinario de la Virgen,
cuya devoción inculcaba a los aspirantes y a los fieles de nuestra Iglesia,
como también la devoción tan franciscana del Vía Crucis.
En 1922 parece que el Ministro general requería sus servicios para la Penitenciaría
de Loreto: el caso fue expuesto al padre Dionisio, pidiéndole su parecer,
y la respuesta fue que le parecía mejor la de Roma; y el padre Angel completa
la información: “dados los compromisos que tenemos en curso en esta nuestra
restauración conventual, he consultado el caso con los padres del convento
y son del parecer que, dado el estado del P. Vicente y su condición, no hay
lugar más adecuado para él que el convento de Granollers”
[213]
.
Docente en Brescia
Sin embargo, en el mes de abril de 1930, a petición del Ministro general,
Alfonso Orlini, marchó a Brescia. Dejamos hablar de nuevo a Fr. Giacomo Búlgaro
a través de su Diario: “Este santo religioso partía de Granollers (Barcelona,
España) el sábado, 12 de abril de 1930, por la mañana, ignorado de todos.
Dejaba su ciudad natal para seguir la voz de Dios que lo llevaba a tierra
extranjera, en donde, en una ciudad de Italia, en un oscuro claustro, se hallaba
la ovejita descarriada que el Señor confiaba a sus cuidados”
[214]
. Lo acompañó el padre Luis Hernández.
En San Francisco de Brescia estuvo hasta 1932, como profesor en nuestro
seminario, pues había sido enviado para enseñar a los seminaristas del convento.
Pero fueron los últimos años que ejerció la enseñanza, ya que las cataratas
le hicieron perder la vista, siendo destinado de nuevo a Granollers, donde
se dedicó particularmente al ministerio de la reconciliación.
En el convento de Brescia estaba realizando el año de prueba, para decidir
si era admitido a la Orden, y trabajaba como zapatero, Giacomo Búlgaro, que
como queda dicho se halla también en proceso de beatificación. Fray Giacomo
tenía entonces 51 años y la fraternidad había solicitado al Ministro general
que, dada su edad y el servicio que prestaba al convento, le permitiese hacer
el noviciado en Brescia. La respuesta, después de consultar a la Santa Sede,
fue positiva. Pero pide a la fraternidad que nombre un maestro de noviciado
para Fr. Giacomo. El designado será el P. Dionisio Vicente, un español, del
que se sirve el Señor para la formación religiosa y franciscana del Siervo
de Dios Fr. Giacomo Búlgaro.
El nombramiento, acaso, recayó en el P. Dionisio, porque dado lo avanzado
de la enfermedad de cataratas que le afectaba a la vista, le impedía dedicarse
totalmente a la docencia de otras materias en el seminario.
Pero sabemos que tanto los estudiantes seminaristas como Fr. Giacomo estaban
muy agradecidos al P. Dionisio. Cuenta Fr. Giacomo que el 9 de octubre de
1930, onomástico de dicho padre, los seminaristas quisieron homenajear con
cantos y discursos en diversas lenguas a su profesor de griego; a ellos se
añadió fray Giacomo, quien pidió la palabra y dirigió un discurso con serenidad
y rico en contenido. Todos se maravillaron de que
hablase tan bien en público. No volvió a hacerlo más. “Sólo el agradecimiento
al P. Dionisio obró el milagro de abrirle la boca delante de la comunidad
de frailes y de estudiantes”
[215]
.
Consideraciones de fr. Giacomo Mª Búlgaro
Así describe fray Giacomo la llegada del padre Dionisio Vicente al convento
de Brescia: “Era el 13 de abril de 1930, domingo, una jornada de lluvia...,
cuando hacia las 7 se paró una carroza y bajaron dos Padres de la Orden de
San Francisco, uno joven
[216]
y el otro un poco más anciano; el joven había acompañado
a aquel venerable Padre a Brescia, que debía ser el maestro y guía de la ovejita...
había venido de España. Al verlo mi corazón se elevó a altos sentimientos
de devoción e intentaba estar cada vez más cerca de él en cuanto me era posible,
para escuchar sus palabras de sabiduría y sus sabios consejos. Transcurridos
algunos meses en el convento, supe que debía ser mi Maestro de Noviciado.
Ante tal nueva,... , mi alma se llenó de una alegría
inefable, y aumentaba más mi veneración hacia él”.
“Era la tarde del 3 de agosto de 1930, domingo, los Padres habían determinado
que hiciese el Año de Noviciado: me llamaron y me pidieron si quería cambiarme
el nombre; el nombre lo había preparado ya... Deseaba cambiarlo después de
haber leído la vida de un Santo de una Orden religiosa, pero, propuesto, los
Padres, después de breves instantes, me dijeron: Conservad el vuestro, porque
todos os llaman así”.
“También el venerable Padre Maestro, dirigiéndome la palabra, me dijo: “¡Giacomo,
mantened el vuestro, porque Santiago es también el Apóstol de España!”. Ante
esta orden incliné la cabeza y dije: se haga la voluntad del Señor”
[217]
.
Continúa Fr. Giacomo: “Tuve como Maestro de noviciado al padre Dionisio Vicente, un religioso español
de gran virtud y lleno del espíritu de Dios”. El padre maestro durante todo
el año guió e instruyó con gran amor a su discípulo. Le explicó a fondo las
reglas y la espiritualidad de la Orden franciscana, le indicó la vía de una
cada vez más alta perfección.
“La veneración aumentó después, porque consideraba a su padre Maestro un
mártir de la fe. De hecho el P. Dionisio Vicente, poco tiempo después, fue
llamado por la obediencia a España, su patria. Aquí, el 1936, fue matado por
los comunistas,... junto con otros religiosos”
[218]
.
Fr. Giacomo conservó siempre gran veneración y reconocimiento hacia su padre
Maestro. Y es que éste lo acompañó con total entrega, atento a su carácter
y defectos, y ayudándole en la construcción de su personalidad humana y franciscana.
Por esto, siempre le estará agradecido. En 1933 escribe en su “Diario” estas
expresiones de afecto enviadas a su Maestro: “Padre, le agradezco todo lo
que ha hecho por mí. ¿Qué hubiera sido de mí si Vd. hubiese usado de medios
contrarios a los que ha usado?”
[219]
.
Maestro de noviciado
Giacomo Búlgaro comenzó el noviciado
el 3 de agosto de 1930, en el convento de Brescia, teniendo como padre “Maestro”
al P. Dionisio Vicente, proveniente de Granollers (Barcelona). Me parece que
es suficiente detenernos y gustar la descripción que del año de noviciado
nos ha dejado Fr. Giacomo, su relación con su Maestro, y el enriquecimiento
de su espíritu con sus diálogos.
“Aquí estoy, en el Noviciado. Pasé el año de Noviciado bajo la continua
guía de mi padre Maestro. Él se entregó de inmediato a mi instrucción. No
ahorró nada por mí.
“Mi buen Maestro me amaba muchísimo y también yo le amaba con toda la devoción.
El Señor lo había elegido entre todos para que fuese guía de su ovejita.
“Cada día me daba clase, excepto las fiestas. Cuando salía del convento
a pasear, me quería siempre en su compañía, porque tenía enfermos los ojos
y veía poco. El paseo con el padre Maestro era de gran utilidad para mí. Cada
vez que salía me decía: “Fray Giacomo, vamos a dar un paseo, que un poco de
movimiento te hace bien también a ti”. Pero, además del bienestar material
que podía derivarse, era mayor el del espíritu, por las continuas conversaciones
espirituales que me daba. Y mi alma, deseosa de sus santas instrucciones,
lo interrogaba continuamente”
[220]
.
Habiendo visto un día Fr. Giacomo en la habitación de otro fraile la autobiografía
de Santa Teresita del Niño Jesús, tuvo grandes deseos de leerla. Se la pidió
a su compañero. “Obtenido el consentimiento, fui al P. Maestro a pedirle el
permiso y su bendición. La lectura de aquella vida me impresionó mucho y me
llenó de maravilla”.
“Pero algunas frases no las entendía bien; y entonces, durante el paseo
con el P. Maestro le manifestaba mi duda. Él, con toda bondad, me aclaraba
todo, añadiendo que Santa Teresa era una santa inteligentísima y que todo
aquello que había escrito era inspiración del Espíritu Santo.
Añade fray Giacomo: “Es verdaderamente así. Los Santos han obrado todos
bajo la inspiración del Espíritu Santo”
[221]
.
“Pasé el Noviciado bajo la guía de mi padre Maestro, el cual me instruía
cada día acerca de la Regla y los votos. Llegado al final, el padre Maestro
me mandó hacer una semana de ejercicios espirituales en preparación a la profesión.
“El padre Maestro hubiese deseado que hiciese la profesión el 15 de agosto,
fiesta de la Asunción, pero el padre Guardián la pospuso ocho días después,
no sé por qué motivo. Fue fijada para el domingo 23 de agosto, fiesta de San
Felipe Benicio.
“Mi alma, concentrándose en sí misma, suspiraba, meditaba, rezaba... Llegado
el momento de la Misa, el padre Maestro me acompañó hacia la iglesia... Subí
al altar, me arrodillé delante de mi Superior con las manos unidas a las suyas.
Allí, ante la presencia del representante de mi Señor, emití con voz conmovida
mis votos, ofreciendo al Señor mi corazón, mi alma, mi voluntad...
“Acabada la profesión, me levanté y abracé a mi padre Maestro, que estaba
cerca de mí, y vi que de sus ojos salían lágrimas... Entre tanto los cantores
entonaban el “Te Deum” de acción de gracias”
[222]
.
Regreso
a España
Dionisio Vicente, en 1932, recibió la orden del Ministro general, Domenico
Tavani, de regresar a España. Su separación fue causa de gran dolor para fray
Giacomo. He aquí cómo recuerda el hecho:
“Un domingo por la mañana el padre Maestro me dijo: “Fray Giacomo, ven a
sentarte aquí, cerca de mí (estábamos en el salón del convento), porque debo
decirte una cosa. Creo que te dolerá mucho.
“Yo me senté cerca de él escuchando, con el corazón destrozado, sus palabras.
“Fray Giacomo, me dijo, quizás lo hayas intuido ya, pero te lo digo. Debo
dejaros. Sé que os causo un gran dolor, pero es necesario que vuelva a mi
convento en España, porque las cosas no van bien allí (en España habían subido
al poder los comunistas). El padre Secretario general quisiera que partiese
en seguida, pero el mal de mis ojos no me permite hacer solo un viaje tan
largo. Espero al hermano que me acompañará. Vosotros, entre tanto, no debéis
desconsolaros. Tomemos de las manos de Dios todo lo que Él nos da: será siempre
lo mejor para nosotros.
“Pocos días después vino el hermano a Brescia. El padre Maestro partió el
20 de agosto de 1932, a la una de la tarde. “Le acompañé a la estación y bajo
el techo, en medio de tanta gente que miraba, me arrodillé con lágrimas en
los ojos y le pedí por última vez su bendición, porque no lo vería más en
esta tierra. Luego, subió al tren. El tren arrancó y yo le seguí con la mirada
hasta que pude...”
[223]
.
Correspondencia
La relación fraterna y espiritual de Fr.
Giacomo Búlgaro con el P. Dionisio se mantuvo viva siempre. Como llama de
amor viva la encontramos en su “Diario”, aunque no siempre le permitieron
cartearse con su padre Maestro.
“Pasaron varios meses de silencio, pero
el corazón del discípulo sentía todavía la ausencia del Maestro.
“Un día pedí permiso al Superior para escribirle
una carta. He aquí el resumen:
“Padre, le agradezco todo aquello que ha
hecho por mí... He pedido al padre Confesor si me permitía rezar cada día
tres Avemarías por Usted. Me dijo que sí.
“Padre, se recuerde de mí cada día cuando
celebre el santo sacrificio de la Misa.
“¿Cómo se encuentra? ¿Y sus ojos?
“Su devmo. fray
Giacomo”.
Una semana después,
el padre Dionisio, le escribió la siguiente carta:
“Queridísimo fray
Giacomo, gracias por tu carta que me llega de improviso... Conozco la pena
que sentiste a mi partida de ahí. Pero me alegro que la soportases con amor.
Por lo demás, se cumpla la voluntad de Dios, que es siempre el mejor bien
para todos. Mi vista no va muy bien. Espero poder soportar la extracción de
las cataratas. Será lo que Dios quiera.
“Si tienes ocasión,
saluda de mi parte a los padres y hermanos de ahí, y también a don Angelo,
Mons. Pè, las Hermanas y tu familia. Yo tengo la intención de rezar por ti
en la santa Misa.
“De nuevo te saluda
y soy tu humildísimo hermano fray Dionisio Vicente”
De hecho, el día de su profesión solemne,
el 16 de octubre de 1934, quiso enviar una invitación al padre Maestro, “pero
los superiores no lo consintieron. Así que no tuve más correspondencia”
[224]
.
Producción literaria
Ya hemos señalado que el padre Dionisio era un “paciente consultor de libros”,
un “estudioso”. Hombre de vasta cultura, estuvo muy al contacto con los libros.
Ya en 1910, siendo penitenciario en la Santa Casa de Loreto, publicó, traducido
del francés al italiano: Loreto nel
secolo XII. Opuscolo del P. Luigi Poisat, S.J.
[225]
. Y un año después, Il giuramento prescritto dal S.P.Pio X. Nel motu-proprio “Sacrorum Antistitum”
del 1 settembre 1910 ed i Documenti Pontifici relativi contro il Modernismo
[226]
. También dio a luz Expositio
Psalmi 118: “Beati immaculati in via”
[227]
.
En España, tradujo del italiano el Devocionario
de San Antonio. Tenía intención y ya había apalabrado con el P. Domenico
Sparacio la traducción al español de su Vita
di S. Antonio, pero no se llevó a término
[228]
. Como tampoco llegó a publicar una biografía del insigne
franciscano escocés Juan Duns “Escoto”.
Los achaques de la ancianidad
Sufría, dice el P. Gregorio Millán, de arteriosclerosis
[229]
. Siendo guardián del convento de Granollers, en otoño de
1935, escribe al Ministro general una relación de la fraternidad y sus actividades
y dice de sí mismo: “imposibilitado y casi completamente ciego, con miopía
progresiva tan fuerte y avanzada que no tardará mucho en que esté ciego del
todo. Además sufro de estómago, de tal manera que muchos días estoy obligado
a ir a la cama antes de tiempo”
[230]
.
Al quedarse casi ciego, por razón de las cataratas, el tiempo libre que
le dejaba el ministerio del confesionario, lo dedicaba a hacer rosarios, encuadernar
libros, remendar y coser la ropa.
Getsemaní y Calvario
Al hospital de Granollers
Era vicario del convento cuando estalló
la guerra civil. El 19 de julio, por la noche, después de una cena frugal,
habiendo distribuido a los postulantes por las distintas casas de los bienhechores,
los religiosos buscaron dónde poder pasar la noche. El P. Dionisio, debido
a su ceguera
[231]
, a su avanzada edad y al poco trato que tenía con la gente,
no sabía a dónde ir. Ante esta incertidumbre, en la escalera que une la iglesia
con el convento, el guardián, el padre Pedro Rivera, le aconsejó acercarse
al Hospital de Granollers; estaría más seguro allí, pensaba y así se lo manifestó,
pues el hospital estaba regentado por las Hermanas Carmelitas de la Caridad
de la Madre Vedruna (Santa Joaquina de Vedruna).
Nadie pensaba que l