Valentín Redondo Fuentes, OFMConv.
Alfonso López
y Compañeros Mártires,
Beatos Franciscanos Conventuales
Madrid, Enero 2001
©
Valentin Redondo Fuentes, 2001
Diseño portada: José Luis Silván Sen, OFMConv.
Impresión
y composición: La Gráfica Comercial, Cava Baja, 30. 28005 Madrid
I.S.B.N.
84-607-1705-4
Depósito Legal: M-51195-2000
ÍNDICE
A modo de parábola
Testimonio
de vida evangélica
El siglo XX, un siglo de mártires
Los Mártires constructores de paz
El marco socio-político de España
Manto de escarlata
La República
Los desórdenes
de Asturias
Las elecciones
de 1936
Tiempos de
persecución
La persecución
en Barcelona
La restauración de la Orden en España
Un nuevo amanecer
Os allanaré
los senderos
Caminaré delante
de vosotros
Os daré una
una tierra
Bajo el manto
azul de la “Moreneta”
Fundación
en Granollers
El terreno
Dios escribe
derecho con líneas muy torcidas
No miréis
hacia atrás
El enviado del Ministro general visita España (1921)
Perspectivas de futuro
Tiempos de sobresaltos (1931-36)
La fraternidad de Granollers
Vientos de guerra (1936)
La quema del convento
Nuestros Seis Testigos
Entrada en la Orden
Regreso a España
Vuelta de nuevo a Granollers
Disponibilidad
La salud
Personalidad
Desvelos maternales
Getsemaní y Calvario
Noche de tinieblas
A Can Diego de Llerona
La prisión
Camino de Samalús
Juicio sumarísimo
La muerte
La sepultura
Testimonios
Ingresa en Granollers
En la “Santa Casa” de Loreto
De nuevo en Granollers
Personalidad
Getsemaní y Calvario
Le ronda la hermana muerte
En busca de refugio
El arresto
Muerte y sepultura
Testimonios
Fotografías
Por tierras catalanas
Teólogo en Ósimo (Italia)
Regreso a España
Getsemaní y Calvario
Refugio provisional
Detención
Juicio
Camino del Calvario
Sepultura
Entrada en la Orden
Primeros ministerios
Personalidad
Al lado de los jóvenes
Docente en Brescia
Consideraciones de fr. Giacomo Mª Búlgaro
Maestro de noviciado
Regreso a España
Correspondencia
Producción literaria
Los achaques de la ancianidad
Getsemaní y Calvario
Al Hospital de Granollers
Prendimiento
Hacia “els Tres Pins”
Sepultura
En Granollers
En Asís
El Belén de la Basílica de Asís
Regresa a España
Getsemaní y Calvario
La noche del 19 de julio
En busca de
refugio
La prisión
En el hospital
de Granollers
Prisión y
muerte
Ingresa en
Granollers
Toma de hábito
Los cursos
de filosofía
Camino de
Ósimo
En el Colegio
Internacional .
Guardián de
Granollers
Personalidad
En el día
de mi Consagración
En el día
de la Epifanía
Getsemaní y Calvario
Busca refugio
En la cárcel
de Granollers
La liberación
En casa del
señor Llistuella
En Barcelona
El joven Eulogio
García
Su muerte
El reloj de
bolsillo
Conclusión
APÉNDICE I
APÉNDICE III
Los Franciscanos Conventuales de la Provincia de Nuestra
Señora de Montserrat de España nos alegramos de poder ofrecer el testimonio
de seis de nuestros hermanos que “Entregaron su vida” en el empeño de vivir
el Evangelio de Jesucristo al estilo de San Francisco de Asís.
Las tristes circunstancias de la Guerra Civil española
de 1936 produjeron un sinfín de dolor y muerte en el enfrentamiento fraticida
de unos contra otros. Nuestros hermanos Alfonso López, Modesto Vegas, Pedro
Rivera, Francisco Remón, Miguel Remón y Dionisio Vicente, que estaban ya dando
su vida en las tareas apostólicas de la vida diaria, tuvieron que darla de
forma martirial. Su entrega nos estimula a seguir en el camino, sembrando
siempre la paz y el bien.
El 5 de octubre de 1953 se comenzó, en el Obispado
de Barcelona, el proceso diocesano para la beatificación de nuestros hermanos;
terminado éste, sus Actas fueron enviadas a Roma y el 17 de mayo de 1961 se
reinició el proceso, esta vez en la Sagrada Congregación para las Causas de
los Santos; ahora el proceso será culminado con la Solemne celebración que
presidirá el Papa Juan Pablo II el 11 de marzo del 2001 en la Plaza de San
Pedro del Vaticano. Nuestros hermanos verán así reconocida por la Iglesia
su entrega martirial y nosotros podremos siempre hacer memoria de cómo han
sido semilla buena en el crecimiento y desarrollo de nuestra fraternidad provincial.
Nos disponemos a celebrar el Centenario de la Restauración
de la Orden en España, acaecida en 1904. Estos seis hermanos, que estuvieron
entre los artífices de la vuelta a España de los Hermanos Menores Conventuales,
son el mejor acicate para seguir esperanzados en la fuerza del carisma que
hemos recibido y en el proceso de conversión de todos y cada uno de nosotros.
¡Que nunca nos falte el arrojo de darnos a una vida santa, llena de autenticidad
y entrega generosa a los hombres y mujeres de nuestros días! ¡Que la Vida
que hemos recibido llene toda nuestra vida y la refleje a los demás! ¡Que
los seis mártires de nuestra Provincia intercedan hoy y siempre por nosotros
y por todos!
Fr. Nicasio Ibáñez Abad,
Ministro
provincial.
Madrid, 29 de noviembre de 2000,
fiesta de Todos los Santos de la Orden Franciscana.
NOSOTROS, Hermanos Menores Conventuales, miembros de la Iglesia
peregrina en Granollers, en comunión con la Iglesia diocesana en Barcelona
y con todas las demás iglesias diocesanas en Cataluña y en España, así como
con todos los hombres de buena voluntad, os comunicamos la alegre noticia
de fe y testimonio martirial de nuestros hermanos: Alfonso, Dionisio, Francisco,
Miguel, Modesto y Pedro, y os deseamos la misericordia, la paz y la caridad
de Dios Padre.
Ponemos en vuestras manos estas breves notas biográficas y el testimonio
martirial y de fe de nuestros hermanos franciscanos menores conventuales:
Alfonso López, Dionisio Vicente, Miguel Remón, Francisco Remón, Modesto Vegas
y Pedro Rivera, que en un momento de grave crisis política, social, religiosa...,
en el reciente pasado de España, durante el cual los ánimos rompieron los
lazos de la armonía y de la paz, y forjaron de los arados espadas y de las
podaderas lanzas
[1]
, ellos lavaron sus vestidos con la sangre del Cordero (cfr.
Ap. 7,14).
Su conducta, como frailes menores conventuales, fue la del seguimiento de
Cristo al estilo de Francisco de Asís, pues él nos dejó escrito que “la regla y vida de los hermanos menores es
seguir la doctrina y las huellas de nuestro Señor Jesucristo”
[2]
. Su postura ante el Reino fue de fidelidad confiada
hasta el final: “dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan
y os calumnien de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos,
que Dios os va a dar una gran recompensa” (Mt. 5,11); su gloria fue la
cruz: “el que quiera venirse conmigo,
que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga” (Lc.
9,23); sí, la cruz de cada día que no es nada fácil llevar, y que en Alfonso
López y sus Compañeros se corona con el martirio. Miremos, pues, a estos cristianos
y franciscanos menores conventuales como candelabros de la esperanza que se
fundamenta en “la paz y el bien”,
“no mirando sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos.
Porque obra es de verdadera y sólida caridad no buscar sólo la propia salvación,
sino también la de todos los hermanos”
[3]
.
Os invitamos, queridos lectores, como hacía Francisco en sus cartas, a ser
misioneros y propagadores de los valores humanos y evangélicos de estos hermanos
nuestros, mártires y testigos de la fe y, con su vida entregada y derramada,
testigos de paz y de reconciliación, pues, como dice Pablo a los corintios:
“nos encomendó el servicio de la reconciliación”
(2Cor. 5,19).
Alentados, pues, por el testimonio de vida, hasta regalarla confiadamente,
de estos seis frailes franciscanos menores conventuales, os invitamos a que,
“una vez que vosotros os hayáis
enterado, tened la bondad de remitir estas breves biografías a los hermanos
del contorno, a amigos y a personas de buena voluntad, a fin de que también
ellos glorifiquen al Señor, que es quien escoge a los que quiere de entre
sus siervos. Al que es poderoso para introducirnos a todos, por gracia y dádiva
suya, en su reino eterno, por medio de su siervo, su unigénito Jesucristo,
a Él sea gloria, honor, poder y grandeza por los siglos”
[4]
.
Caminad “conforme a la Palabra de Jesucristo, contenida en el Evangelio”
[5]
, sed fieles y coherentes.
Aprovechamos también para presentaros una breve introducción sobre el significado
de “mártir”, así como un esbozo sobre la restauración de la Orden franciscana
menor conventual en España, de la que Alfonso López y sus Compañeros son semilla
de resurrección y de vida, árboles que, “plantados al borde de la acequia, dan fruto
en su sazón y no se marchitan sus hojas” (Sal. 1,3), y levadura de justicia,
paz y bien que fermenta la masa.
QUISIERA CLARIFICAR la palabra “mártir”. Mártir significa en nuestro lenguaje corriente el que sufre
o muere por amor a Dios, como testimonio de su fe, perdonando y orando por
sus verdugos. El ejemplo del mártir es Jesús: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que se hacen”(Lc. 23,34). Su ejemplo lo han seguido
muchos testigos suyos y del Padre bueno, del que se nos comunica que somos
hijos (cfr. Mt. 5,9.45). Entre estos testigos nos encontramos con Alfonso
López y sus Compañeros de martirio. Murieron perdonando. De Alfonso dice su
asesino, el Forcaire: “Aunque he asesinado
a muchas personas, siento un remordimiento especial por haber matado un fraile
de ese convento
[6]
, a
quien llaman P. Alfonso. Antes de morir nos dijo: “¡Vosotros me matáis; yo
os perdono y espero que Dios os perdone también!”. Mártir es el testigo,
que con su vida confiesa que Cristo vive, y con su palabra hace presente y
visible su mensaje de “buena noticia” en el mundo.
El uso tradicional ha reservado el término “mártir” a aquellos discípulos de Cristo que dan un testimonio no
sólo con su vida y su palabra, sino entregando la propia vida, sufriendo la
muerte o un tormento mortal por Jesucristo, y perdonando a sus verdugos, como
Cristo en la cruz. El título de mártir se dio más tarde, por extensión, a
quienes son víctimas de sus ideales políticos o sociales o al que sufre sencillamente
por alguien o por algo.
El martirio es una gracia, un don que Dios concede a algunos privilegiados.
El martirio es el testimonio supremo en el que se viven de manera extraordinaria
los contenidos teológicos de la fe, la esperanza y la caridad. Francisco,
cuando recibió la noticia del martirio de Berardo y sus cuatro compañeros,
Protomártires franciscanos y primeros misioneros en Marruecos, simplemente
exclamó: “¡Ahora puedo decir, de verdad, que tengo cinco hermanos menores!”
[7]
.
El mártir ama la vida, la vida presente, pero al mismo tiempo es un creyente
que se fía de Cristo y es capaz de apostar por Él hasta dar la propia vida.
El mártir es testigo de la esperanza y de la trascendencia. Su caminar hacia
la muerte es manifestar que confía en el Dios de la vida, en el Dios que es
vida, no es Dios de muertos (cfr. Mt. 22, 32), y espera participar de su misma
vida. El mártir es testigo de una liberación prometida en los sectores oprimidos
de la sociedad. El mártir es testigo de la no violencia: no paga con la misma
moneda, perdona y mantiene la esperanza de que el triunfo será de la vida
y de la luz. Es testigo también de la trascendencia, de una vida mejor y superior.
El mártir es el que ha lavado sus vestidos en la gran tribulación, en la
que la ambición del poder, gloria y riqueza no tolera la existencia de quienes
niegan las bases de este sistema, presentando los cimientos evangélicos del
servicio, la disponibilidad y la desapropiación. El mártir es testigo, a través
de su fortaleza, del consuelo que procede de Dios (cfr. 2Cr. 1,3-4).
A modo
de parábola
Cuentan que un día “los malos” se propusieron hacer a todos los hombres
iguales. Viendo que la mayoría eran pobres hicieron a los ricos pobres y se
repartieron sus bienes. Viendo que la mayoría eran necios e incultos, obligaron
a que todos fuesen ignorantes, por lo que cerraron universidades y escuelas.
Viendo que la mayoría eran feos, reprocharon la belleza de la minoría y les
afearon y desfiguraron. Y así continuaron obrando... Se dijeron también: somos
más numerosos que los buenos, por lo que decidieron acabar con ellos. Comenzaron
a ofenderlos, a maltratarlos, a martirizarlos..., pero veían que en vez de
renunciar al bien, la persecución los hacía más fuertes, al mismo tiempo que
se les veía gozosos y no respondían con las mismas armas y la misma conducta
que sus opositores... Al final, los malos se reunieron en consejo y determinaron,
al ver la resistencia de los buenos, vivir como ellos, y alcanzaron la dicha.
Cierto, es una parábola, pero en el transcurso de la historia de los mártires
de la Iglesia, la fortaleza, el perdón otorgado a los perseguidores y verdugos,
ha provocado en muchas ocasiones gran admiración entre los mismos verdugos.
Decía Tertuliano al hablar del valor de los mártires: “Atormentadnos, torturadnos,
condenadnos, trituradnos: vuestra perversidad es la prueba de nuestra inocencia...
Segando nos sembráis; somos más cuanta más sangre derramáis; que la sangre
de los cristianos es semilla”
[8]
.
Testimonio
de vida evangélica
El mártir vive y testifica lo que Jesús
ya ha anunciado: “os perseguirán… por
causa mía” (Lc. 21,12); “dichosos
vosotros cuando… os persigan” (Mt. 5,11); “un discípulo no es más que su maestro” (Mt. 10,24).
El Concilio Vaticano II invita a todos los fieles a la santidad: “Todos
en la Iglesia, pertenezcan a la Jerarquía o sean regidos por ella, están llamados
a la santidad... Esta santidad de la Iglesia se manifiesta sin cesar y debe
manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles...
Todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor. Esta santidad favorece,
también en la sociedad humana, un estilo de vida más humano”
[9]
. Y en otra parte reitera: “Todos los cristianos están llamados
y obligados a tender a la santidad y a la perfección de su propio estado de
vida”
[10]
. Pero, la misma Iglesia venera de manera especial a los
mártires: “La Iglesia siempre creyó que los apóstoles y mártires de Cristo,
que habían dado con su sangre el supremo testimonio de fe y de amor, estaban
más íntimamente unidos a Cristo. Por eso los veneró con especial afecto...,
e imploró piadosamente la ayuda de su intercesión. A éstos se añadieron luego
otros: unos, que habían imitado más de cerca la virginidad y la pobreza de
Cristo, y finalmente otros que, a causa de la práctica de las virtudes cristianas
y de los dones de Dios, podían ser recomendados a la devoción religiosa de
los fieles para que los imitaran”
[11]
.
JUAN, EN EL APOCALIPSIS,
dice que un blanco ejército de mártires sigue al Cordero, y que lavaron sus
vestidos en la sangre de dicho Cordero. En el transcurso de los siglos han
sido numerosos los testigos de nuestra fe. La Constitución Lumen Gentium dice que “por el martirio,
el discípulo se hace semejante a su Maestro, que aceptó libremente la muerte
para la salvación del mundo, y se identifica con él derramando su sangre.
Por eso la Iglesia considera siempre el martirio como el don por excelencia
y como la prueba suprema del amor. Aunque se conceda a pocos, todos, sin embargo,
deben estar dispuestos a confesar a Cristo ante los hombres y a seguirlo en
el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia”
[12]
.
En la Abadía de Westminster se colocaron,
en julio de 1998, en las hornacinas medievales y actualmente vacías de la
fachada principal, diez estatuas de mártires del siglo veinte, de todas las
partes del mundo y de distintas confesiones cristianas, porque como dice la
carta del Vicedecano de la Abadía de Londres, el siglo veinte ha sido un siglo
de mártires cristianos, más generoso que cualquier otro. Y es que “como cada
siglo en la historia de la Iglesia -decía en un discurso Juan Pablo II-, también
el nuestro ha dado numerosos santos y beatos, y especialmente muchos mártires”
[13]
. El cardenal Höffner, de Colonia, decía en 1978,
que nunca tantos cristianos, a lo largo de la historia de la Iglesia,
han sido tan fieles a su fe, han dado la vida por Cristo, como en nuestro
siglo. Y Juan Pablo II en la carta apostólica “Tertio Millennio Adveniente” recuerda: “En nuestro siglo han vuelto
los mártires, con frecuencia desconocidos, casi “militi ignoti” de la gran
causa de Dios. En la medida de lo posible no deben perderse en la Iglesia
sus testimonios... Es preciso que las Iglesias locales hagan todo lo posible
por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio”
[14]
.
El mártir es el testigo fiel, el débil en quien se manifiesta la fortaleza
de Dios. El Papa, en sus palabras de reflexión dirigidas a los fieles el 26
de diciembre de 1994, recordando al Protomártir Esteban decía: “En sus dos
mil años de vida y de modo especial en nuestro siglo, la Iglesia se ha fortalecido
constantemente con la contribución de los mártires... El pueblo cristiano...
no puede y no quiere olvidar el don que le han hecho esos miembros suyos elegidos:
constituyen un patrimonio común de todos los creyentes. El ejemplo de los
mártires y de los santos es una invitación a la plena comunión entre todos
los discípulos de Cristo”
[15]
.
Entre estos innumerables testigos (entre los Hermanos Menores iniciaron la lista San Berardo y sus compañeros: Pedro, Acursio, Adyuto y Otón, mártires en Marruecos), se encuentran también nuestros hermanos Alfonso López, Dionisio Vicente, Francisco Remón, Miguel Remón, Modesto Vegas y Pedro Rivera. Podemos repetir con Francisco que son “verdaderos frailes menores”, y que