Las Alabanzas del Dios Altísimo

En el mismo pergamino que contiene la “Bendición de San Francisco al hrmano León”, se conservan, en la otra cara, las “Alabanzas del Dios Altísimo”. Es uno de los tres autógrafos de San Francisco y una de las más preciosas reliquias que guarda el Sacro Convento de Asís. Francisco escribió esta lauda a Dios antes de escribir la bendición a fr. León.
El texto es un firmamento de rico colorido, fresco y transparente, en el que se contempla un arco iris de cincuenta atributos divinos, entre substantivos y adjetivos:

eres santo, Señor,
Dios único, que haces maravillas.
Tú eres fuerte,
tú eres grande,
tú eres altísimo,
tú eres rey omnipotente;
tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra.
Tú eres trino y uno, Señor, Dios de dioses;
tú eres el bien, todo bien, sumo bien,
Señor Dios, vivo y verdadero.
Tú eres amor, caridad;
tú eres sabiduría,
tú eres humildad,
tú eres paciencia,
tú eres belleza,
tú eres mansedumbre;
tú eres seguridad,
tú eres descanso,
tú eres gozo,
tú eres nuestra esperanza y alegría,
tú eres justicia, tú eres templanza,
tú eres toda nuestra riqueza a saciedad.
Tú eres hermosura,
tú eres mansedumbre,
tú eres protector,
tú eres custodio y defensor nuestro;
tú eres fortaleza,
tú eres refrigerio.
Tú eres nuestra esperanza,
tú eres nuestra fe,
tú eres nuestra caridad,
tú eres toda nuestra dulzura,
tú eres nuestra vida eterna:
¡grande y admirable Señor,
omnipotente Dios,
misericordioso Salva
dor!

El momento en que Francisco escribe estos piropos a Dios es uno de los más singulares de su vida. Se encontraba en el monte Alverna, todavía cargado de la emoción extática de la visión del Serafín alado y del abrazo místico que dejó en su cuerpo las llagas del Crucificado. Francisco llama al hermano León y le dice: “Tráeme papel y tinta, porque quiero escribir unas palabras del Señor y sus alabanzas que he meditado en mi corazón” (2C. 49). Es una lauda de acción de gracias al Señor, escrita “de su puño y letra” (2C. 49). Es un borbotón, un torrente de substantivos y adjetivos que indican la cercanía, la grandeza, la potencia, la ternura, la bondad, la alegria..., de nuestro Dios.

El mismo fray León dejó escrito con tinta roja, en la cara de la Bendición: “El bienaventurado Francisco, dos años antes de su muerte, hizo en el monte Alverna una cuaresma en honor de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, y del bienaventurado Miguel Arcángel, desde la fiesta de la Asunción de Santa María Virgen hasta la fiesta de septiembre de San Miguel Arcángel. Y el Señor puso su mano sobre él. Después de la visión y las palabras del serafín y de la impresión en su cuerpo de las llagas de Cristo, compuso estas alabanzas que están al otro lado de esta hoja, y que escribió de su mano, dando gracias a Dios por el beneficio que le había hecho”.
La lauda es una oración poética que nace del profundo del corazón, recuerda mucho los himnos litúrgicos, y a ella iba unida la música. Muchos historiadores de la música consideran a Francisco autor de la lauda, que aporta una gran innovación en el arte de la música.
La lectura directa del pergamino es difícil, aunque se conservan varias transcripciones, la más antigua es la del códice n. 344, del siglo XIV, en la Biblioteca de San Francisco en Asís. Actualmente el pergamino ha sido sometido a los rayos ultravioletas, lo que ha permitido una lectura del texto original.

Valentín Redondo