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Anhelos de grandeza
Siendo un mozalbete, quise
fardar, presumir de lo rico que era mi padre, invitando a meriendas y
fiestas a mis amigos y a quienes me hacían la rosca por ese motivo;
quise fardar con mi francés y con un poco de música que
sabía -siempre me ha gustado cantar-, interpretando canciones juglarescas;
quise fardar ante las chicas de mi pueblo, pues todas anhelaban la posición
económica de mis padres; quise fardar..., y mis amigos me convirtieron
en el jefecillo de la pandilla. Era juguetón, dicharachero, alegre
y bromista, con los bolsos siempre rotos, ya me entendéis...; pero
era también un buen trabajador en la tienda de mi padre, al que
tenía que suceder en el oficio; mi padre soñaba conmigo
y se alegraba del modo de llevar las cosas, aunque a veces se enfadaba
porque despilfarraba bastante; pero decía que era cosa pasajera,
que ya sentaría la cabeza... Bueno, él quería hacerme
a su imagen y semejanza. Mientras tanto, me dejaba hacer y yo me lo montaba
para pasármelo chanchi. Eran años de romanticismo, de soñar,
de juventud...
El ser jefecillo no lo era
todo. Había que destacarse en algo más, sobre todo en ser
mayor, que entonces se manifestaba siendo "noble". Y se me presentó
la ocasión en una guerra entre Asís, mi pueblo, y Perusa.
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Me explico. Destruimos
el castillo -la "Rocca" lo llamamos nosotros-, mientras
el duque Conrado de Urslingen, representante del emperador, había
marchado a Narni a entrevistarse con los embajadores de Inocencio
III. Ausente el duque, vencimos a la guarnición que había
dejado, destruimos la Rocca y con sus piedras construimos la muralla
de la ciudad y la convertimos en "república".
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Los nobles, siempre acostados
a la sombra del representante imperial, siempre dominando sobre
los "menores" del pueblo y sus tierras, sufrieron las
consecuencias del levantamiento popular. Hubo muertes, incursiones
y destrucción de sus palacios, castillos y tierras, obligándoles
a exiliarse fuera de Asís. La
mayoría huyeron a Perusa, entre ellos la familia de Clara,
siendo ella de corta edad. Los castillos de las cercanías
de Asís fueron demolidos y las torres dentro de la ciudad
desmochadas; humillamos su altivez. Asís y Perusa nunca se
llevaron bien, y ahora había un doble motivo para enfrentarse:
ayudar a los mayores, a los nobles asisienses,
a recuperar sus bienes, sus tierras y sus castillos y palacios,
y, por otra parte, el deseo constante de Perusa de someter a Asís.
Sí, sí, las dos ciudades se enfrentaron y la guerra
fue cruel y larga.
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Pero a lo que iba. Yo, Francisco, no era
noble, sólo rico, pero me coloqué entre los caballeros
porque era "caballero", era capaz de tener mi propia cabalgadura
y mis armas de este tipo y mi escudero, y me puse del lado de los
caballeros en la batalla de "Collestrada", cerca del puente
de San Juan, y en la refriega caí prisionero con otros caballeros
asisienses y pasé un año, más o menos, en la
cárcel de Perusa.
Aquí, en un lóbrego calabozo,
comprendí lo que es la soledad obligada, la enemistad y la
envidia... Mi carácter jovial, alegre, abierto..., a pesar
de la situación en la que nos encontrábamos, sirvió
para romper barreras entre caballeros y nobles igualados por la
misma prisión, los mismos grilletes, la misma humedad...
y hasta las mismas enfermedades. Al final, logré que la amistad
nos uniera a todos. Era la única luz que podía iluminarnos
e infundirnos ilusión y esperanza.
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